Lola Gil Estevan

Sinfonía número 25

Albert nunca imaginó lo que aquellas páginas desgastadas por el tiempo le iban a reportar. Hacía años que nada sabían de su padre, que desapareció en extrañas circunstancias un 25 de agosto de un año cualquiera, al igual que le sucedió a su abuelo, cuando recién acabada la guerra, salió con el ánimo de recuperar sus tierras un 25 de enero. ¿Sería el 25 un número de mal agüero para los hombres de su familia? Su madre, que evitaba hablar del tema, había prohibido los calendarios en toda la casa.
Aquella mañana decidieron vaciar la habitación que había ocupado su abuelo, y en la que su padre tenía instalado un pequeño despacho, donde solía recibir a los pacientes. En un rincón, un viejo piano siempre dispuesto a ser acariciado, parecía estar esperando su gran momento. Sobre el atril, una partitura sin acabar con un título inquietante, “sinfonía número 25”. Y allí estaban, roídas por el olvido, las páginas que relataban en palabras de su abuelo, cómo le fue concedido el don, y cómo éste debía ser transmitido de generación en generación hasta que la sinfonía fuera completada. 
Tiempos difíciles, tiempos oscuros en los que la guerra, el hambre y la desolación, devoraban a hombres y mujeres, que habían perdido sus tierras, sus hijos, la esperanza y la confianza en sí mismos. Y fue una de aquellas noches tras un bombardeo, cuando encontró a una mujer que le miraba con ojos desorbitados y llenos de lágrimas. Y de sus resecos labios solo pudo escuchar, antes de su último aliento, una frase que cambió su vida: acaba la sinfonía, no te mueras con tu música dentro. A partir de ese día, lo que le sucedió a aquel hombre fue algo extraordinario. En sus sueños no dejaba de escuchar una melodía caótica, que tenía que ordenar. Algo en él cambió, y los demás también se dieron cuenta. Sus manos calmaban la fiebre, sus palabras apaciguaban las almas. Y poco a poco la melodía iba tomando forma… Pero sus fuerzas flaqueaban, y fue así, que decidió dar un poquito de aquella luz a su hijo, para que terminara su obra. Su hijo adquirió el don, y la música que albergaba en su interior despertó y ¡estaba ansiosa por salir!. Estudió medicina y continuó con la labor de su padre. Los tiempos no parecían tan oscuros, pero las almas y los cuerpos de hombres y mujeres gritaban lo contrario. Todos los días al acabar la jornada, su padre se sentaba delante del piano y completaba otra estrofa. Fue así, escuchando y observando, que Albert aprendió a tocar el piano y a sanar las almas. Ahora sabía lo que tenía que hacer, ahora sabía que su padre y su abuelo esperaban que terminara lo que ellos habían empezado. Y así, día tras día, noche tras noche, la sinfonía se iba completando. Y un 25 de marzo, tras darle un largo abrazo a su hijo, se marchó con una sonrisa en los labios.

 

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Published on e-Stories.org on 11.06.2014.

 

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