Ricardo Rasillo Ahumada

Oro Negro

 
—Usted
será el nuevo superintendente de la región marina Este.
Había dicho el presidente del país a
Casimiro, en lo que se consideraba uno de los acontecimientos más grandes en
México junto con la primera visita del Papa Juan Pablo II ese mismo año.
Había sido una mañana en el mar pacifico,
donde las maquinas trabajaban y los tubos ardían. Casimiro giraba una válvula
para que hubiera más flujo de químicos cuando un sonido agudo y ensordecedor
comenzó a oírse por toda la plataforma petrolífera. Algunos obreros pasaron
corriendo a un costado de Casimiro. El, desconcertado y aturdido comenzó a dar
unos pasos rumbo a la dirección en que sus compañeros habían corrido. El sonido
de la alarma aumentaba su intensidad cuando fue silenciado por una explosión
que hizo temblar toda la plataforma y hacer perder el equilibrio a Casimiro,
dándose este de bruces contra el suelo metálico.
Cuando se levanto, vio en el cielo una gran
columna de humo negro que escalaba el cielo a una velocidad descomunal,
mientras tanto hubo otra detonación menos intensa que la primera, pero igual de
inquietante. Oyó unos pasos que se acercaban precipitadamente en el momento en
que otra columna voluminosa de humo se elevaba a las nubes.

¡Casimiro!, ¡Casimiro!

¡Ernesto!, ¿Que es lo que está pasando?
— ¡Los
otros obreros!, ¡han provocado una explosión al otro lado de la plataforma!—. Decía
agitadamente, tratando de recuperar el aliento.
Ernesto,
el mejor amigo de Casimiro desde hace años. Habían ido a la misma universidad
juntos y estudiado lo mismo, ahí Ernesto conoció a su esposa. Donde Casimiro
fue el padrino de boda y más adelante lo fue también de Eleonora: la hija de
Ernesto.
— ¿Por qué
lo han hecho?
— ¡Han
enloquecido!, ¡dicen que están hartos de las condiciones de trabajo!, ¡planean
dejar que se queme toda la plataforma y decir que fue un accidente!
— ¿Y los
supervisores?
— Se les
han unido Casimiro.
Casimiro
sabia cual era el plan que tenían en mente: si todo sale como lo planean,
mandaran a sus casas a todos creyendo que fue un accidente y les seguirán
pagando hasta que se les encuentre otra plataforma para trabajar.
Por días y
días trabajaban bajo el agonizante sol de la tarde y la fría brisa de la
mañana. Los obreros sufrían quemaduras por el contacto contra el metal ardiente
y humeante a pesar del riguroso equipo de protección que llevaban. “Los esclavos
deben existir”, Casimiro se repetía constantemente la frase que había leído de
Platón hasta que quedara incrustada en su cerebro como un clavo que se
amartillaba repetidas veces hasta quedar introducido firmemente en la pared.
Eso era lo que todos los obreros se sentían: esclavos. Y estaban dispuestos a
toda costa a cambiar aquello.
Era un
plan que beneficiaria a todos los trabajadores del lugar, sin embargo a
Casimiro no le convencía la idea; en su cabeza se encontraban los recuerdos de
su padre y el cómo murió: Había sido un día cualquiera, tenía que ir a sus
clases en la universidad y esa misma mañana tendría una evaluación importante.
Su padre, un hombre trabajador y enérgico, le había dicho que fueran ambos esa
mañana a tomar un café y platicar. Anteriormente, ya habían ido muchas veces a
ese mismo restaurant: era el café preferido del papa, donde platicaba y reía
con su hijo innumerables veces. Siempre habían sido muy unidos, pero
últimamente Casimiro estaba más distanciado, porque concentraba toda su
atención en sus estudios; por eso su padre le había invitado a tomar un café
esa mañana, porque hacía tiempo que no platicaba con su hijo, quería decirle
algo importante y pasar un momento con él.
Casimiro,
siendo uno de los alumnos más aplicados de la clase, rechazo la invitación de
su padre para ir a pasar un rato, diciéndole que tenía una evaluación de suma
importancia.
Su papa,
sabiendo lo importante que eran los estudios para el futuro de su hijo y no
queriendo preocuparle con noticias desagradables, no puso objeciones.
Muchas veces Casimiro se ha
arrepentido de no haber aceptado ir a tomar ese café con su padre, porque
cuando llego a casa, se entero de que le había dado un paro cardiaco y había
muerto en aquel restaurante: tomando su último café. Unos días después, su
madre había enfermado al enterarse que su esposo había tenido una enfermedad
llamada diabetes y que esa había sido la causa de su muerte.
Por eso a
Casimiro no le parecía la idea de seguir con el plan de quemar la plataforma.
Una fuerte ira hacia todos los obreros se comenzaba a formar en su interior. Se
había esforzado demasiado en sus estudios, había luchado tanto por sus
objetivos, había perdido demasiado como para dejar que quemaran su trabajo y
arriesgarse a que se descubriera la verdad y al final todos terminar despedidos
o encerrados en una prisión y dejar a su familia sin ninguna clase de sustento.

Casimiro
no ayudaría a los demás obreros y así se lo expreso a Ernesto, que desde que lo
conocía siempre lo había apoyado en cualquier situación y esperaba que esta no fuera
la excepción.
Mientras
el tiempo seguía agotándose y el fuego de la plataforma ganaba terreno. Ernesto
y Casimiro se dirigieron a una sala de control, una cabina en la que se
encontraba una radio que comunicaba con fuerzas especiales militares en caso de
incidente o terrorismo en plataformas petrolíferas. Casimiro tras lograr
encontrar la frecuencia que lo comunicaba con los militares, les aviso sobre la
catástrofe que estaba sucediendo en la plataforma y una pequeña detonación con
un estremecimiento corroboro lo que Casimiro les decía. Los militares dijeron
que estarían de inmediato en el lugar.
Ahora solo
quedaba esperar a que llegara la ayuda antes de que toda la plataforma se
viniera abajo. Después de un corto lapso de tiempo, Casimiro vio como unos
barcos se acercaban, pero no eran barcos de transporte o de los que cargaban
con los barriles de petróleo. El los reconoció al ver la forma de los barcos y
los tripulantes que llevaban consigo. Eran la fuerza especial militar: la ayuda
había llegado.
Cuando los
militares abordaron la plataforma, se encontraron con un grupo de obreros que
se resistía a que se extinguiera el fuego. No tuvieron más opción que retirarse
a una parte segura del lugar e idear una forma de lidiar con el problema.
— No
podemos extinguir el fuego mientras no podamos acercarnos lo suficiente o
esperar a que lleguen los barcos bombero—. Explicaba un comandante a los demás
militares—. Pero sería demasiado tarde para cuando llegue la ayuda.
— Hay una
forma más de apagar el incendio—. Dijo Casimiro que había ido con Ernesto a donde
se encontraban los militares.
— Díganos
que hacer ingeniero—. Dijo el comandante—. Usted está al mando.
— Si
quieren apagar el incendio, tendrán que hacer las cosas como yo las diga.
— Solo
díganos que debemos hacer.
— En
primer lugar, los obreros no dejaran jamás que ustedes apaguen el fuego, ¡así
que quiero que les disparen y dispersen a todos!
— ¿Qué les
disparemos?, ¡Usted está loco!, ¡tan loco como lo están todos en este maldito lugar!
— ¡Mi
locura salvara esta plataforma!, ¡Denme un arma!
— ¡No lo
haremos!
— ¡Pues si
ustedes no harán algo, yo lo hare!
— ¡Por
supuesto haremos algo! —. Dijo el comandante al mismo tiempo que todos los
militares apuntaban a Casimiro—. No te iras de aquí. Eres un peligro para toda
la plataforma y todos los que estamos en ella. ¡Detengan a ambos!
La
plataforma se estremeció de manera desmedida por una fuerte detonación en la
que las garras del fuego se elevaron al cielo e hizo que todos los militares
cayeran al suelo. Casimiro y Ernesto aprovechando esta oportunidad, huyeron de
la zona donde algunos militares yacían inconscientes por haberse golpeado
contra tuberías o los rifles de sus propios compañeros.
— Vamos
Ernesto, acabemos con esto nosotros mismos—. Dijo Casimiro cuando ya estaban
alejados de la zona de la que huyeron.
— Pero
Casimiro, ¿te has escuchado?, de verdad pareces alguien que ha perdido la
cordura.
— Mi
cordura poco importa en estas situaciones. Dime Ernesto, ¿Estás conmigo?
— ¡Querías
que les dispararan a nuestros compañeros!, entre ellos se encuentran algunos
amigos Casimiro.

¡Amigos!, no son mis amigos aquellos que quieren quemar mi esfuerzo y
menospreciar mi sacrificio.
— ¡Les
querías disparar!
— Una
consecuencia que no merecía menos.
— ¿Consecuencia?,
¡No puedes arrebatarles la vida a estos hombres y dejar a sus familias solas!
— ¡Yo
salvare esta plataforma y le daré a  mi
familia lo que se merece!, ¡Han sufrido bastante y no dejare que sufran mas
dejando que se queme la única manera en que puedo ayudarles!

Casimiro… yo...
— ¿Confías
en mi Ernesto?, Dime ¿Confías?
— Por
supuesto que si Casimiro.
— Entonces
si de verdad confías en mi, ayúdame a parar este infierno.
Y dicho
esto Casimiro, se fue junto con Ernesto al lugar del incendio. Mientras iban de
camino hubo dos detonaciones que hicieron temblar la plataforma de forma que
pareciera que se estaba destrozando. Las llamas se propagaban y el metal
crujía, el calor aumentaba y no se percibía casi nada por el humo negro que
predominaba.
Casimiro y
Ernesto avanzaban, pasando desapercibidos entre los demás obreros. Llegando a
la zona del incendio, tuvieron que tomar una escalera al piso inferior y ahí
cerrar una válvula para que la plataforma dejara de bombear petróleo a la
superficie.
Pero era
más peligrosa esa parte ya que ahí el incendio estaba con mayor fuerza. Cuando
Casimiro y Ernesto corrían en la dirección de la válvula principal, una explosión
ocurrió. Casimiro logro salvarse de las llamas, pero Ernesto fue alcanzado
directamente por la explosión, ensolviéndose en los mortales brazos del fuego
que le succionaban la vida, con cada grito que daba una parte de su alma se
consumía en el dolor y sufrimiento de dejar a su esposa e hija sin un hombre
que cuidara de ellas.
Casimiro
veía arder a su mejor amigo, que no dejaba de desgarrarse la garganta con los
alaridos que poco a poco se iban acabando como la vida misma de Ernesto. Donde
finalmente su cuerpo quedo inerte y su espíritu se había desvanecido en el humo
que aun salía de lo que quedaba de sus ennegrecidos músculos. 
Casimiro,
lloroso y devastado, logro cerrar la válvula de bombeo, rápidamente el petróleo
dejo de salir y el fuego se extinguió. Llegaron los barcos bombero y con ello
mas fuerzas militares para encontrarse con el hombre que había salvado una de
las más importantes plataformas petroleras del país. Los obreros fueron
apresados y llevados a juicio. Y Casimiro fue llevado ante el presidente de la
república, donde recibió felicitaciones y aplausos que pronto pasarían a la
historia. Más nunca lo haría el horror que Casimiro pasó en aquella plataforma
petrolera: donde su mejor amigo había quedado del mismo color del oro negro.

 

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Published on e-Stories.org on 05.07.2013.

 

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