Sonia Realpe

Los Cuatro Días de Ella


Ella, descansaba en su cama de madera cubierta por su sabana azul favorita. Estaba allí, sola, encubierta, y distraída entre la gente que la rodeaba. A lo lejos divisaba una luz que se filtraba por el extremo superior de la ventada izquierda de su habitación, en la que se refugiaba para rememorar todas aquellas cosas que la abatían y que la dejarían totalmente sola a pesar de tanta compañía. Mientras una mujer de voz tenue no paraba de hablar de la labor divina de su presidente en la lucha contra la guerra, Ella esquematizaba cada uno de los eventos que debería recordar desde ese momento hasta que la luz que observaba llegara a su extremo inferior, porque cuando eso pasara sabía que podría descansar. Hizo un cálculo rápido y logró estimar que para ese lapso de tiempo tendría alrededor de treinta y siete años, no recordaba hacía cuanto tiempo yacía en su cama de madera, ni porqué, pero su mente inmaculaba cuatro recuerdos memorables. El primero de ellos el día en que al lanzarse a la piscina sintió que flotaba; el segundo, el día en que le pareció ver una estrella muy cerca de su espalda, el tercero, el día en que sintió la lluvia sobre sus ojos; y el cuarto, el día que se despidió de la mujer más bella. La mujer de voz tenue se va. Ahora Ella tiene la disposición para sumergirse en su mente y revivir cada uno de esos recuerdos que la inquietan.

De aquel día recordaba haber llevado puesto un vestido celeste con líneas color amarillo pastel y círculos blancos en los espacios que delineaban el dobladillo de las mangas. Era un vestido especial, hacía juego con sus zapatos blancos brillantes, sus pendientes oro, su cabello negro largo y liso y, sus ojos miel que amaba cada día más. Se veía caminando al lado de un hombre de tez blanca, delgado y no muy alto, un hombre del que no podía recordar más que eso. Caminaba con él a través de una espesa hierba, mientras a su paso lidiaba con la belleza de las cordelias que inundaban el camino. El esplendor de aquel valle le hacía sentir que había estado allí e infería que había estado acompañada de aquel hombre; hasta podía concebir que era alguien especial.

¿Hacia dónde iban? ¿Quién era aquel hombre por demás guapo? Recordó el verde rozagante del valle por el que caminaban, distinguió al finalizar el camino estar en una piscina grande divida en tres secciones de colores, aguamarina la más superficial, celeste la mediana y verde la más profunda. Una piscina tricolor completamente cuadrada. Recordó el esplendor de la luz al hacer contacto con cada uno de los colores, fue un momento atónito en el que sin duda su mente debatía para escoger el color en el que quería permanecer. Aunque aquel hombre le había advertido que no debía pasar al área verde, esa era la zona que más la cautivaba. El reflejo del sol en esas losas le producía una sensación de tranquilidad, un sentimiento al que en la vida real parecía no podía acceder. La misma idea seguía rondando por su cabeza, sentía la necesidad de ir a la zona verde, no entendía porque tenía que abstenerse de hacer algo que quería. Recordaba haber estado analizado que en su corta vida sólo había tenido la libertad para seguir indicaciones: hay que obedecer a los mayores, decían. ¿Por qué? ¿Y si los mayores se equivocan? ¿Y si mis ideas son mejores? ¿Y si mis decisiones me hacen más feliz? De repente se había dado cuenta que el raciocinio era inadecuado. Aquel hombre era superior a Ella, cuestionar sus decisiones era sin duda grosero e inapropiado. Optó por obedecer. Así que empezó a quitarse sus zapatos blancos y sus calcetines. Los dobló en dos partes y los metió dentro de los zapatos dejándolos debajo de una silla donde no correrían el peligro de mojarse. Guardó la ropa en su bolsa y la puso junto a los zapatos. Entró a la piscina con su traje de baño y sus pendientes dorados. Se paró en el centro de la zona aguamarina, divisando a lo lejos el área verde. Para ese momento supo que el área celeste le sería indiferente, así que decidió quedarse el tiempo necesario en la zona amarilla donde se resignaría a permanecer.

El cielo empezaba a oscurecerse, el sol descendía iluminando la zona verde, era un reflejo hermoso y perturbador. Ella sufría inmensamente, sentía lo que siente alguien que con todas sus fuerzas quiere algo pero no puede tenerlo. Cuestionaba una y otra vez la decisión que tomaría. Resolvió entonces salir y sentarse en un extremo de la piscina donde pudiera percibir más cerca la sensación que transmitían las losas iluminadas por el sol. Se sentó al frente del lado izquierdo de la piscina. Se quedó un buen rato pensando en porque las diferencias de colores definían su estado de ánimo y porque no podía tener lo que quería. A su mente le costaba lidiar con tanta indecisión. No pudo más. Entendió que algunas cosas en la vida se harían a pesar de saber que estaban mal, porque la incertidumbre de no hacerlas provocaría una desesperación con que la tranquilidad jamás podría conciliar. Concertado el argumento, recreó un plan. Debía fijarse en el momento en que el hombre guapo no estaría espiándola y rondándola como solía hacerlo, y entonces en aquel momento se lanzaría a la zona verde que tanto le reclamaba ser visitada. Llegó el tiempo: se lanzó.

Mientras llegaba a la profundidad de la zona verde, sintió que flotaba. Recordó una sensación plena y llena de paz. Inmortalizó el recuerdo añorando no haber vuelto, queriendo haberse quedado para siempre en ese estado de desinhibición y coherencia. Nada más importante para ella que sentirte cuerda y en paz. Sólo recordaba haber permanecido un poco de tiempo en ese estado. Una fase de somnolencia que fue interrumpida por el hombre de tez blanca. Era él quién le había salvado la vida. Había despertado. Todo había sido un sueño dentro de una pesadilla cercana a la muerte. El hombre de tez blanca encarnaba ahora a un médico que controlaba sus pálpitos de manera regular. Ha vuelto, indicó. Seguidamente la mujer de voz tenue que habitaba en el sueño, cambia el tono de su voz y llora ahora de alegría; sonriendo agradece a la providencia que su hija haya sobrevivido.

Estaba en la tina, tomaba un baño y tenía en la mente la luz incandescente de la estrella sobre su espalda. No recordaba cuando había tomado su último baño de tina. Le parecían extraños los olores de las velas encendidas y aún más la sensación de sales en su piel. Se sentía distante, pensativa y algo triste. Llevaba mucho tiempo dentro, trataba de leer aquel mismo cuento de siempre, pero algo la hacía desconcentrarse. Miraba fijamente los azulejos que adornaban la cobertura de la tina. El techo color arena combinaba perfecto con el color encendido de los azulejos. ¿Quién habría tenido la delicadeza de cuidar tantos detalles? Se preguntaba. No recordaba mucho de ese espacio, pero tenía la certeza de que era diferente antes de su regreso.

Aquella noche iba en el carro que tanto odiaba. El camino era interminable. Seguían conduciendo, mientras Ella solo pensaba en el momento del arribo. Parecía que el camino se había construido muchos años atrás y no había evolucionado con el transcurrir del tiempo. El mundo giraba, pero el camino se había detenido, era de antaño; invitaba a pensar en épocas de vestidos elegantes. El paisaje mostraba una geografía rocosa y desértica, donde el verde era un color minimalista. Había poca iluminación, realmente muy poca, así que el plan más adecuado para el momento era explorar el cielo. El cielo descubierto, amplio y lleno de estrellas de todos los tamaños. Empezaba a recordar haber estado mucho tiempo observando por el costado de la ventana del auto. Todo era callado, sigiloso; sólo las luciérnagas y grillos aparecían en escena. Nada cambiaba, Ella seguía observando, el seguía conduciendo, ellos seguían hablando. Debió ser un choque fuerte pensaba, debimos habernos salido de la carreta y cada uno debió haber volado por lo extenso de la zona. Debió ser así, porque al despertar sólo estaba acompañada de una luz lejana, una luz estelar. Nadie más estaba con ella, estaba sola con la luz en su espalda, mientras su cabeza sangraba y pasaban muchos pensamientos a la vez por su mente, soñaba con estar en una piscina tricolor totalmente cuadrada. Recordaba haber pensado que iba a morir, y sólo quería despedirse de su hermana.

Al despertar como de costumbre en momentos de fatalidad, escuchó la voz tenue de su mamá; estaba a su lado. La recibe con una sonrisa y le anuncia que pronto dejarán el hospital. Habla una y otra vez sobre los detalles del accidente, sobre todos los esfuerzos que hicieron los médicos por salvar la vida de él, de ellos y de Ella. Toma su mano, y la mira con una de esas miradas que sólo pueden declarar algo malo, agregando, esto también pasará. Preguntó por él, por los demás. La respuesta fue la misma, esto también pasará. Sólo Ella había sobrevivido.

Ahora solo podía pensar en él. Pareciera que el mundo, su mundo, se había resumido abruptamente, llegando a la conclusión que lo único importante de tener era todo aquello en lo que él existía. Reconocía en él al poseedor de todas las cosas que había querido encontrar en el hombre de su vida. Lo había conocido un día lluvioso. Ella vestía un vestido corto deportivo, uno de sus preferidos, una combinación entre marinero y atuendo para jugar tennis. Amaba la combinación de rayas azules y blancas. Acompañaba el vestido con tennis blancos, también unos de sus favoritos y tenía un suéter celeste, que no combinaba mucho, pero era el único que había encontrado en el asiento trasero del auto (obviamente no esperaba la lluvia). Estaba sentada en el sofá de siempre, en el café de siempre, tomando el mismo capuchino de siempre; leyendo la historia de una mujer francesa con la que creía identificarse. Era de noche, el clima propiciaba ese buen sentir de la comodidad que se mezcla entre un buen café y un libro mágico. Estaba ahí, sola, como de costumbre. No había notado que aquel hombre la observaba hacia un buen rato. No imaginaba que había estado compartiendo con él las caras de alegría, de tristeza, o de incertidumbre que aquella mujer francesa le trasmitía. Él pensaba que había estado bien encubierto; la verdad es que no hacía falta. Cuando ella estaba en aquel sofá leyendo, el universo entero dejaba de existir. No lo hubiera descubierto, no había forma.

Como él era un hombre sutil, decidió preguntarle al mesero del café de siempre, que era lo que ella tomaba, así podría invitarle algo, así por un momento podría hacerle desviar su atención hacia él. Un capuchino deslactosado con triple carga hizo que ella lo viera. Sonrió y desde lejos agradeció tan intachable atención, y siguió en lo suyo; aunque desde ese momento levantar la mirada se volvió una actividad de normal intercambio entre los dos. Él decidió que el tercer café no debería llevarlo el mesero, esta vez él tomaría la orden y fue a sentarse con ella. Ambos recordarían ese día como uno de esos que la gente llama mágicos, de esos que parece que ya se hubieran vivido, de esos con los que los seres humanos tienden a creer en vidas pasadas.

Amaba su sonrisa y sus ojos perfectos. Amaba cada tramo de su piel, aquella que la abrazaba. Amaba su elocuencia y su inteligencia. Amaba que él encontrara la manera sutil de tener el control de las situaciones. Por alguna razón tenía la virtud de saber cuándo estar presente o ausente, sabía cómo sorprenderla, como enamorarla, como hacerse necesitar. Estaba ella desarmada ante los pies de alguien que era capaz de desnudar su alma y por primera vez no se oponía. Era él el hombre de su vida. Cada momento a su lado era perfecto. No recordaba haber sido tan feliz.

Ahora, estando en el sofá de siempre, en el café de siempre, tomando el mismo capuchino de siempre, prefería no leer nada. Ésta vez había ido hasta allí sólo para rememorar los momentos a su lado. Estaba sentada en el mismo lugar, con el mismo atuendo, observando fijamente la mesa de roble amarillenta donde debía estar él; tratando de devolver el tiempo para empezar de nuevo, para volver a él; creyendo que lo que se vivió una vez puede vivirse dos. Tratando de tener fe, algo de lo que siempre ha carecido, intentando eliminar la tristeza de su ausencia, pensando que a la gente buena no deberían pasarle cosas malas y que por ese motivo él debería estar ahí. Estaba ahí, siendo alguien muy diferente a lo que reconocía de sí misma.

Entraba y salía gente del café. Éste, era un día de verano. ¿Quién imaginaría que las ventas de café y sus variedades disminuyen tan poco durante la época de calor? Ese pensamiento se mezclaba con los cientos de recuerdos que pasaban por su mente. Empezaba a anochecer y cada minuto que transcurría alentaba su dolor porque enfrentaba la realidad que conocía, él no estaba allí, ya no estaba para ella y nunca iba a volver; el accidente lo había matado. A diferencia de Ella, él no contaba con ninguna estrella protectora.

Mientras recordaba el momento en que fue anunciada la muerte, bajaban las lágrimas por sus mejillas sin inmutar algún sonido. Lloraba como esas veces donde cualquier extraño puede percibir que el doliente siente en verdad un dolor muy profundo, esas lágrimas que parecen salir del alma, que salen porque adentro hay una inundación, como una lluvia en los ojos, esa que se precipita porque para el cuerpo es inviable tenerla por más tiempo dentro de sí. Lloraba sin fijarse en nada ni en nadie, sólo quería hacerlo hasta que dejara de tener sentido.

Pasados siete meses del funeral del hombre de su vida, había descubierto lo que significa pensar en alguien todo el tiempo, en no encontrarle sentido al mundo, ni a la gente, ni a la existencia. Su vida había dejado de ser un momento de encuentro constante entre el pasado y el futuro, ya no cabían sueños ni metas; el presente era lo que importaba, y el presente tal como lo percibía hacía siete meses estaba sepultado en un féretro del que Ella había escapado.

Hacía siete meses, cada tarde de viernes, descansaba en su lugar preferido de la casa. El jardín poseía todas las características que necesitaba para alejarse de su estado depresivo. Era un jardín inmenso, habitado por acacias, gardenias, orquídeas, uno que otro helecho, e infinidad de florecitas verdes, azules, rojas, amarillas, y violetas, sus preferidas. Había descubierto perfumes que la seducían, que le brindaban una sensación de efusividad. Estar sentada en el sofá con sus pies descubiertos sobre el césped semihumedo y recién cortado le hacía creer que el universo contenía un sentido esperanzador y que existía para ella; pero tal sensación sólo duraba el tiempo que disponía en el jardín, antes y después de cada tarde de viernes después del accidente, todo lo demás era inerte y epidémico.

Estar en el jardín la alejaba de la tristeza, se permitía huir del dolor, recordar momentos felices. Recordaba por ejemplo aquel viaje a la orilla del lago frio, el cielo despejado, y el amanecer tardío. Recordaba sus juegos de infancia, los buenos restaurantes que había conocido, las noches acompañadas de vino; el mar, la soledad, su familia y la compañía de aquel otro hombre al que también había amado. Mientras leía y tomaba una y otra taza de café, pensaba en que necesitaba atesorar uno de esos momentos, y encapsularlo en una burbuja en la que pudiera entrar y permanecer y salir cada vez que quisiera, así; podría tener a su alcance un sentimiento de felicidad siempre que lo necesitara. Obviamente esa ilusión se difuminaba rápidamente cuando se encontraba con la realidad. La realidad la obligaba a pensar en que debía seguir, en responderse, en entender ¿cómo se sigue después de la pérdida?, ¿cómo lograría aceptar que la vida eliminó personas y cosas que no quería que se fueran? ¿Cómo sabe cuál es el paso siguiente? No es que Ella no haya tenido antes una pérdida, por supuesto que si, como todos los humanos sobre la faz de la tierra; es sólo que ésta última, había saturado su nivel de aceptación, la había hundido, estaba ahogándose porque el peso era demasiado fuerte y no encontraba ningún salvavidas. Habiendo sido tan fuerte siempre, tan poco derrotista, la sumatoria de sus pesares se hacía ahora presente y no encontraba nada ni nadie que le suministrara la felicidad necesaria para restarle a tal suma desproporcionada de sufrimiento.

Mientras tanto en la sala de estar, se escuchaba un alboroto, gritos de mujeres asustadas. ¿Qué pasaba? ¿Por qué tanto escándalo? No había quien diera explicación, así que Ella no tuvo más remedio que salir de su burbuja para incorporarse en la realidad. A su mente llegaba el recuerdo de su hermana. Era verdad que estaba allí. Su hermana, esa a la que llevaba más de cinco años sin hablarle, estaba allí y parecía que todo el caos giraba en torno a ella. De repente se escucha el sonido de una ambulancia llegando, los paramédicos corren y montan en la camilla a la hermana embarazada a punto de dar a luz; preguntan ¿algún familiar que nos quiera acompañar? Sólo Ella, así que sin mucho entusiasmo sube al carro.

A la hermana le ponen un respirador y controlan su pulso cardiaco continuamente. Ella aun no entiende que pasa y se resigna a no preguntar nada mientras su hermana esté consciente de que se interesa por ella. Hace cinco años no hablaban, hace cinco años no expresaban la preocupación, o la felicidad, o la rabia, o la decepción que sentían la una por la otra; habían dejado de existir. El carro se movía a toda velocidad y Ella recordaba el momento de la ruptura. Sólo se diferenciaban por un año de edad, así que habían vivido juntas y habían sido las mejores amigas hasta el momento de la crisis, eran una para la otra, no concebían la felicidad sin la presencia de la otra, sin embargo y para evidenciar que nada en la vida es más difícil de superar que el dolor del engaño, ellas, gracias a un evento, a un momento de estupidez, se habían olvidado para siempre.

Había empezado la época universitaria, por lo que decidieron mudarse y compartir la angustia y felicidad que se desprende de la decisión de vivir solos (sin papá o mamá) por primera vez. La hermana era más jovial que Ella, siempre lo fue, más atractiva, más tierna y amorosa. Ella, por su parte, era más calculadora y radical, tal vez por ser mayor, sentía que debía asumir un papel más notorio en su relación. Todo marchaba bien, cada una tenía un rol en el hogar y parecían vivir cómodas con la presencia de la otra a pesar de tantas diferencias. Todo estaba en calma, hasta el día en que Ella se enteró de que su hermana invertía gran parte de su tiempo y dedicación en buscar justificaciones para sacarle dinero a su padre. Había dejado la escuela y sin embargo declaraba ser una estudiante ejemplar, una que necesitaba cantidades de dinero amplias para mantener el orgullo de papá. Ella había encontrado un baulito lleno de facturas relacionadas con todo tipo de compras y además un folder donde estaba guardado un certificado de notas de algún estudiante ejemplar que su hermana reemplazaba. Ella se había dado cuenta que su hermana era una mentirosa, manipuladora, ladrona, embustera y corrupta. El dolor había sido inmenso. ¿Cómo era posible? Se preguntaba ¿cómo dos hermanas criadas bajo los mismos preceptos y valores pueden tener tantas diferencias en la madurez de sus vidas? Pensaba en el dolor de sus padres, lo sentía por ellos, le dolía el alma. ¿Cómo no se había dado cuenta antes? Como siempre se sentía responsable. Su hermana era una extraña, tal vez una sociópata que aún no había culminado su plan. ¿Cuál era su plan? Eso fue lo que le preguntó, cuando la hermana parada en la puerta le dijo ¿Qué haces aquí? En seguida sólo hubo una explosión de gritos. Ella lloraba, la hermana sólo le reclamaba el hecho de haberla encontrado hurgando sus cosas. No respondía a preguntas, sólo la miraba con mucho odio, como si quisiera golpearla, con una de esas miradas que se fijan hasta siempre en la memoria porqu! e hieren hasta lo más profundo. En seguida, sólo tomó de nuevo su bolso y se fue. A su regreso, sus padres estaban esperándola. Ella les había contado todo, les mostró las evidencias que describían la vida frívola y mediocre que acostumbraba a llevar su hermana. Los padres la escucharon, la justificaron, le reclamaron, lloraron, gritaron, se sintieron culpables, sobre todo papá que pensaba que el divorcio había dejado una herida tan grande en su hija que ningún dinero ni complacencia podría curar, fue una guerra idílica; al final como sabemos, la mayoría de los padres se sienten culpables por las penas de sus hijos, ésta no fue la excepción, así que la guerra se terminó con una decisión contundente: volverás a vivir con tu madre e iras a terapia. La hermana salió bien librada, pero Ella no, ya que a partir de eso momento debió empezar a sentir que era hija única. Su hermana nunca le pudo perdonar haberla acusado; o tal vez, aún no tocaba ese punto en su sesión clínica, bien sabemos también, que la terapia solo sana cuando el paciente se vuelve consciente del problema y de la solución potencial.

Se detiene la ambulancia, los paramédicos trasladan a su hermana hasta la sala de parto. Ella por fin tiene la oportunidad de averiguar que sucede. Hasta ahora se entera que el embarazo de su hermana ha sido bastante complejo. El historial clínico señala dos riesgos de aborto y una alerta de término prematuro del embarazo. La insuficiencia cardiaca con la que desde niña cargaba su hermana amenazaba con matarla o matar al feto. Ella corre a la sala de partos; para ese momento su hermana ya se encuentra en el quirófano, así que corre con más fuerza mientras solo puede pensar en porque dejó perder cinco años de su vida al lado de su hermana. Los cinco años ahora prometían volverse una eternidad.

Ya está en el quirófano. Los doctores le han proporcionado el atuendo adecuado para estar presente en la cirugía. Las miradas entre hermanas se cruzan y ambas lloran. Ella la toma de la mano. La hermana la besa. No pueden parar de llorar. Los doctores han decido darles unos momentos. La insuficiencia cardiaca no puede tolerar niveles más altos de estrés. Ella le dice, no te preocupes, todo estará bien. La hermana rápidamente responde, ahora eres tú la optimista, ya sabes que soy un caso perdido. Ella mueve la cabeza con intención de negar la afirmación, pero la hermana la interrumpe para decirle que siempre la había amado, que siempre se había preocupado por ella, que no hablarse no significaba nada más que eso, una acción que no se hacía. Ella la mira con una de esas miradas de amor que también se graban hasta siempre en la memoria porque logran avivar el alma, y le dice: claro que significaba. Nunca entendí como alguien con quien tuve una relación tan profunda y tan sólida quiso olvidarse de mí de una manera tan radical. Nunca entendí porque nuestro amor, ese que construimos a lo largo de la vida no fue suficiente para perdonarnos y entender que aunque íbamos por caminos diferentes, siempre habría un lazo que nos haría estar cerca, un lazo del amor más puro, de ese que no tiene necesidad de complacer al otro. Claro que significó, porque la fe no alcanza para materializar la necesidad que tenia de ti, de verte, de sentirte, de olerte, de pensarte. Es verdad ya no éramos tu y yo, pero debimos seguir siendo dos personas que un día se amaron tanto, que tanto amor les alcanzó para tomar la decisión de necesitarse siempre. La hermana sólo la escucha y sigue llorando, pero ahora teme por la vida de su hija. Es niña, ¿sabías? y agrega ¿Te gustaron los azulejos en la tina?

Los doctores entran indicando que no hay más tiempo que perder. Ella piensa en lo banal que puede ser el balance de la vida, aquel tiempo había sido una de sus mayores ganancias, para los doctores en cambio era tiempo perdido. Debemos anestesiar rápidamente. El adormecimiento es local, así que la hermana permanece consiente. Hay mucho ruido en el quirófano, los ruidos de los aparatos médicos, las enfermeras, los doctores, y la hermana que siente que se le va la vida. El panorama se complica, así que Ella es expulsada de la sala de operaciones. Se sienta con las piernas cruzadas al lado de la puerta del quirófano mientras siente que el tiempo va en reversa. En su mente aparece su abuela para decirle lo de siempre, no pienses mal, porque mal sale lo que pienses, así que decide imaginar cómo será su vida con su sobrina, es niña, le había dicho su hermana. Recordaba aquel momento en el jardín buscando una motivación mayor para su vida, ahí estaba, era niña. Además estaba el tema de los azulejos, era su hermana quién se había puesto en la tarea de hacerla sentir mejor, es verdad que a veces la tristeza vuelve al amor imperceptible, se decía. Se veía con su sobrina en el jardín, disfrutando el césped, la brisa, las florecitas de todos los colores que tanto le gustaban; estaría con su hermana hablando de alguna obra clásica de la literatura mientras la niña corría por el jardín. Aquella imagen era increíble. Sólo esperaba que se acabara la cirugía para contarle a su hermana los planes que tenía ahora que lo habían aclarado todo. No importaba que no se conociera el paradero del padre de la niña, ahora estaban las tres y eso era suficiente. Una sonrisa se veía marcada en su rostro.

Se escucha el rechinar de la puerta. El doctor viene acompañado de la enfermera. Ella está ávida de buenas noticias. Es una niña sana, confirma el doctor; sin embargo, no pudimos salvar la vida de su hermana. Ha muerto. Ella recordaría ese preciso momento como el más confuso de su vida. ¿Qué debía sentir? ¿Vida? ¿Muerte? ¿Qué sentimiento tiene más peso? En seguida la sobrina es puesta en sus brazos, ella mira a la enferma y la rechaza. Camina lentamente hacia la cama donde posa su hermana muerta. La mira fijamente, percibe el color rosa aun presente en sus pómulos, su piel blanca y tersa, su cabello negro brillante y hermoso. Es cierto, siempre había sido más bella que Ella. Hoy tenía que despedirla para siempre. Besó su frente y le dio gracias por su perdón y por su regalo. Volvió con la enfermera, le sonrió tímidamente reclamando a su sobrina. La tomó en sus brazos mientras lentamente se deslizaba por la pared hasta el piso, al mismo lugar donde había estado esperándola, también besó su frente y suavemente al oído declamó: eres tú ahora y para siempre la mujer más bella, Inés.

 

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Published on e-Stories.org on 16.05.2013.

 

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