Angel Negro

Cachete Blanco y el pan de plástico


 
En mis épocas de estudiante, yo vivía en una vieja pensión del barrio de Once, en Buenos Aires. Era un lugar muy tranquilo, con una bella decoración de principios de siglo, frío, con techos altos, pero a la vez acogedor.
El primer año que llegué ahí resultó ser un tema complicado el asunto de la convivencia. Al principio no me acostumbraba a estar solo, entonces me juntaba con un colombiano y un loco de por ahí, y nos íbamos a fumar y a tomar cerveza a la terraza por las noches. El colombiano era un tipo raro y siempre hacía bromas con tirarse al vacío, una vez casi se cae, y lo tuvimos que agarrar de las piernas para que no se tire. La terraza quedaba arriba de un quinto piso, y yo tenía un vértigo terrible con solo acercarme ahí.
Al pasar el tiempo echaron al loco que nos acompañaba porque no pagaba la pensión, y se ve que se había llevado la llave con él, entonces la dueña, una señora de unos ochenta años más o menos, me confundió una vez con el loco, y agarrándome del brazo y gritándome quiso echarme a patadas a la calle. Yo reaccioné diciéndole que era Ariel, y no aquél pirado. Por suerte la vieja recobró la memoria y me pidió disculpas. Luego de dos meses ahí dentro, mi hermana vino a vivir allí a la pensión, entonces bebíamos y fumábamos durante todo el día, nos levantábamos siempre después del mediodía, y yo solía ir al conservatorio empastelado, con algunos Valium encima. Los fines de semana eran un descontrol por aquel lugar, después de volver del bar por la madrugada, llevábamos a varias mujerzuelas y hacíamos obscenidades, estando ebrios y fumados.
La cosa es que en cierto tiempo las cosas empezaron a cambiar un poco, y comenzaron a faltar alimentos de la nevera. Entonces hasta que investigaban quien era el que robaba, pasaba cierta cantidad de tiempo, y luego la dueña, si tenía la certeza de quien se trataba, lo echaba a patadas a la calle.
Por allí vivían algunos ancianos también, que eran un poco particulares, en especial uno de ellos, llamado Alberto. Era un vejete de unos 65 años o más, ex militar, retirado. Tenía muchos problemas de salud, como por ejemplo las várices. El tipo era muy sucio con los demás, porque con él mismo era muy limpio, ya que se aseaba a diario, pero lugar por donde pasaba, lo ensuciaba. Acostumbraba a escupir y dejar el retrete verde, lleno de gargajos, luego de entrar, también cagaba de lo lindo, hasta podíamos escuchar sus pedos desde nuestras habitaciones, y en cada estruendo el vejete lanzaba una estridente puteada. En otra ocasión, el tipo comenzó a masturbarse en el baño insultando a una puta. Alberto gritaba mientras se la meneaba:-¡Oh, hija de puta, toma, toma por el culo, zorra!
Luego de dos años ahí, el vejete casi se muere desangrado por una várice que le explotó de la pierna. Inundó toda la pensión de sangre. El pasillo se convirtió en un gran río rojo. Al verlo tirado en el piso, clamando, lo ayudamos a incorporarse y llamamos a una ambulancia. A la semana, la dueña lo terminó echando también. Me dio tanta lástima, pero en fin, el acontecimiento más raro que aconteció ahí en aquella pensión, fue que la dueña se cansó de algunas mujerzuelas que vivían en aquel recinto y empezó a traer cada vez más hombres. El tema era que las pocas tías que quedaban cada vez se quejaban más, dejaban el baño siempre sucio, con sus menstruaciones y varias mierdas más. Comenzaron a llegar nuevos hombres, algunos homosexuales, como Jef, que era otro colombiano que le encantaba fumar marihuana. Luego de un tiempo se fue, pero vinieron otros marimachos. Yo ya llevaba cuatro años ahí y me había casado con una brasilera, entonces la llevé a vivir un tiempo conmigo a la pensión y ahí conoció a estos amiguetes. Había una nueva pareja de gays, uno era chileno, y el otro paraguayo. El chileno era alto, esbelto, se llamaba Cholín, y el otro era un petiso, morocho, raquítico, y se llamaba Cachete. Este último era muy entrometido, y te preguntaba cuanto pito se le ocurría. Algunas veces llegaba a ser insoportable, entonces le decías que te tenías que ir y lo dejabas hablando solo. Cachete trabajaba en una zapatería,
todos pensábamos que era pareja con Cholín, su compañero gay, pero una vez lo vimos con un vejete polaco, de unos cincuenta y pico de años, y nos dijo que era su pareja. El anciano estaba casado y al parecer, Cachete era su amante. El tío siempre platicaba horas con mi esposa, y ella le prestaba atención ya que era inofensivo, pero no por eso dejaba de ser molesto, por lo tanto yo no lo podía ni ver, y además me daba asco aquel tipejo. Recuerdo que un sábado, luego de haber bebido toda la noche, yo me encontraba, como siempre, en el estado más resacoso y podrido de mi vida, entonces mi esposa justo abrió la puerta de nuestra habitación y vimos pasar a Cachete con algo blanco, medio amarillento en sus manos. Ella me dirigió una mirada, y dudando me preguntó:
-¿viste qué pan extraño que lleva Cachete en sus manos?
-mmm, a ver. Me levanté de mi lecho y lo perseguí hasta la cocina. Pero el tipo no estaba en la allí, estaba en el lavadero, y cuando levanto la mirada, vi al tipo lavando el famoso pan. Una soberbia polla de plástico de color blanco, amarillento. El tío, sin siquiera sonrojarse lanzó una sonrisita escondiendo el objeto al cual lavaba, y pronto yo pasé al retrete a echarme una cagada. Luego de aquello, el tipo desapareció con su famoso pan de plástico.
Pasó un tiempo más y casi me echan de la pensión por haberme embriagado y haber traído a todos mis amigos a beber y a blasfemar en la cocina del lugar. ¡Joder! Encima al finalizar, uno de ellos se echó una buena cagada en el bidet de uno de los retretes. Mierda dura y pestilente. Mierda de borracho espirituoso. Así que luego, tuvo que venir la vieja a limpiar todo. También, en ese mismo año, me quedé solo en aquel lugar, ya que mi esposa había viajado hacia Brasil. Una de esas noches comencé a oír varios ruidos por la pensión, algunos gritos, risas, sonido de vasos y bebidas, cuando de repente alguien me golpeteó la puerta. Era Cachete, pero ahora solo, y sin su pan de plástico. Iba vestido de gala y llevaba una copa de champagne en la mano, me dijo súbitamente:-Oye, ¿puedo pasar a tomar algo contigo?, voy a invitarte.
-No, gracias tío, estoy muy ocupado.-Contesté.
-Por favor, Ariel, puedo invitarte, enserio.
-No, no puedo hombre, tengo que hacer cosas, te he dicho.
Entonces le cerré la puerta en sus narices. El tío salió de allí y fue a joder a otro gay de por ahí, se arrebató y le golpeó la puerta más fuerte que de costumbre. Cachete ya estaba bien colocado con aquel champagne. El otro gay de la habitación salió y comenzó a gritarle:
-¡Cabrón de mierda, no te das cuenta de que tengo que dormir!
-Pero solo vine a invitarte con una copa, ¡tarado!
-¡Te voy a moler a palos, desgraciado, nunca me dejas dormir! ¡¿Qué mierda es lo que te sucede!?
-Estoy muy, pero muy, pero muy cachondo.
-Te voy a matar infeliz, y voy a llamar a la dueña si no te vas de aquí ahora mismo.-A los cinco minutos no escuché más a aquél tío. Seguramente había caído borracho, dormido y con su pan de plástico consolándolo.
Al poco tiempo tuve que salir de la pensión pero nunca olvidaré las cómicas escenas de Cachete, el panadero alcohólico de la pensión.

 

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Published on e-Stories.org on 07.05.2013.

 

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