Fernando Otero

El Dia de Thanksgiving

La mañana comenzó con el anticipo de día de fiesta. Los voluntarios del shelter, parejas gringas, mayores de edad, y llenos de frases bíblicas, estaban de buen humor, dando los buenos días en el spanglish aprendido a base de conversar con los latinos que eran los clientes mayoritarios en el homeless shelter ubicado en el medio del downtown. Para ellos también era un día especial pues en la realidad de los que viven en el olvido, el jueves de Thanksgiving es el día en que la esperanza guardada en secreto por una  llamada telefónica o de una visita de los hijos ausentes es una posibilidad tangible. En el fondo los gringos viejos viven una vida tan solitaria como la del inmigrante con hijos y familiares viviendo en la distancia existiendo en recuerdos, llamadas esporádicas,  o en la magia de Skype.
 
Me duele la rodilla – pensó en silencio – deber ser el frío de mierda. Los olores y el ruido desde la cocina comunitaria acabaron de despertarlo. Se levanto de la cama crujiente, y con el gesto automático de todas las mañanas buscó la bolsa de cuero que escondía en el calzoncillo pues no había manera que las manos de un ser humano llegaran a las proximidades de las pelotas y no lo despertara. Allí estaba su tesoro, la bolsa con el escapulario que le dio la niña Chechi el día de la partida, el pedazo de papel amarillento por el tiempo, con una dirección y un número telefónico de un amigo de un amigo que supuestamente le iba a dar albergue durante los primeros días de llegada, pero que nunca contestó el teléfono o abrió la puerta a pesar de que en más de una ocasión oyó los tropezones de los que salían a esconderse cuando tocaba inútilmente el timbre, veinte dólares en billetes y monedas producto del rebusque de todos los días y de robarse los quarters de la fuente en frente del edificio de la alcaldía. Me jodí con el invierno, se dijo a si mismo, pues con la fuente congelada no había manera que los pendejos buscando la realización de sueños a veinticinco centavos puedan hacer su compra arrojando monedas en una tradición que el menos servía para que los pobres pudieran completar su anhelo de un BigMac. Se desperezó e inicio su camino hacía el comedor con una parada obligatoria en el baño.
 
Las calles estaban llenas con compradores de último minuto de botellas de vino o en busca del ingrediente olvidado en la larga lista de elementos tradicionales del día. Cuando las calles estaban llenas de gente, la vida era menos triste pues podía mezclarse con todos y pretender que el también tenía un lugar adonde ir aunque en realidad lo único en su mente era el recuerdo de la partida. Había llegado a ser tan bueno en este juego de la imaginación que a veces sentía el afán por llegar a ninguna parte como si en verdad hubiera alguien esperando por el.
 
El día de la partida fue un Lunes a las seis de la mañana. El barco, La Sirena Caribeña de bandera Panameña, lucia imponente anclado en el terminal. Con la ayuda del primo Juancho y armado con una lata de Saltinas La Rosa, medio salchichón, dos latas de sardina, y un galón de agua, se aventuró a esconderse en un contendor lleno de bananas y como aprendería durante la travesía, de ratas que se cagaban indiscriminadamente en los ramos de fruta que eventualmente encontrarían punto de destino en los supermercados del norte. Fue una jornada de calor, miedo y asco pero sobrevivió los cuatro días y logro salir sin ser visto. Eso sí, nunca más en su vida volvió  a comer guineos pues el simple olor de la fruta le producía un vomito incontrolable como un volcán que hace erupción después de una pausa de mil años.
 
Trató inútilmente de buscar al amigo del amigo y cuando  entendió que no habría ayuda, se las ingenió con otros indocumentados del mundo, y encontró el camino a una fabrica ilegal de camisetas de los equipos de la NFL y NBA. Fue un trabajador excepcional, trabajando siete días a la semana, catorce horas al día por 2.75 la hora sin paga de overtime.  Parecía que todo podría tener un final feliz y algún día podría traer a su vieja a vivir al norte  o volver al terruño con unos centavos ahorrados y como Juanita en la historia convertida en leyenda en la voz de Joe Arroyo, y que El Gran Fidel, El Sibanicú, El Rojo y los otros picos de la ciudad repetían incansablemente en la verbenas de todos los viernes y sábados, quedarse para siempre degustando el jugo de tamarindo debajo de la sombra de un palo de matarratón. Pero no pudo ser así. La migra llegó un día y arrasó con la fabrica y todas las fabricas ilegales de la ciudad. El corrió y escapó aunque si pudiera volver a vivir la historia, se hubiera quedado sentado para que lo cogieran y deportaran. Si solo hubiera podido predecir lo que venía…
 
Lo que siguió fue soledad, miedo, y locura. Primero lo sacaron del cuartito que rentaba por falta de pago. Luego fue dejando una a una sus posesiones en los pawn shops hasta que se quedo con la bolsita de cuero y lo que llevaba puesto. Se volvió habitante de la calle. Aprendió a chapucear el inglés y a dominar a la perfección el idioma de los pájaros con los que sostenía conversaciones diarias y profundas en sus visitas matinales al parque central. Los pájaros le dieron las direcciones al albergue para homeless, pues los pájaros eran el medio de comunicación usado por los más pobres de la ciudad para mandarse mensajes y estrategias de sobrevivencia. Lentamente la vida se volvió una rutina de caminar, albergue, conversaciones con los pájaros, y momentos fugaces de cordura.
 
El hambre volvía apretar así que instintivamente dirigió los pasos hacía el shelter. Típico de los días de Thanksgiving, había una hilera larga de carros lujosos parqueados en frente del edificio viejo y camionetas de estaciones de televisión. Allí estaban sus compañeros de todos los días. Mujeres, hombres, niños, jóvenes, y viejos. Seres humanos que por cosas del destino habían terminado compartiendo el titulo reconocido solo por ellos mismos, entre este circulo de pobreza y desesperanza, de ciudadanos y residentes de la calle. Cada año en este día, los políticos que cerraron las fabricas ilegales, los jugadores de football  y basketball cuyos nombres imprimía en los jerseys que armaba siete días a la semana, catorce horas el día a 2.75 la hora sin paga de overtime, y otros miembros prestantes de la sociedad que en los otros 364 días del año no se asomaban por esta parte de la ciudad venían a servir el  almuerzo de Thanksgiving de pavo, cranberry, sweet potatoes, y green beans con un pedazo de pumpkin pie. Comió con ganas y repitió porque hoy se podía repetir. Todos hablaban y contaban historias, y el coro de la iglesia cantaba aleluyas y amen, las cámaras de la televisión grababan el evento para repetirlo en los noticieros de la noche,  mientras el seguía en silencio pues desde hacía un tiempo decidió que era mejor hablarle a los pájaros.
 
Salió a caminar de nuevo. La calle estaba desierta. Los voluntarios habían desaparecido en su camino hacia las celebraciones privadas a las que iban con una conciencia tranquila pues ya habían hecho la buena obra del año. Sintió la soledad, lo cual era anticipo a uno de esos momentos esporádicos cuando salía de la locura y podía ver su realidad. A Dios gracias eran momentos fugaces, pues la realidad dolía.  Las calles vacías lo traían al presente. No podía pretender que iba a ninguna parte pues no había nadie yendo o viniendo. Los almacenes estaban cerrados. Los únicos habitantes de la calle eran otros que como el, no tenían adonde ir. Eso era lo malo, pues podía verse en otros e identificar el cabello largo y sucio, los zapatos viejos 2 tallas mas grandes que la de su pie, la ropa de todos los colores que lo hacían parecer una cotorra. Además el frío, preludio de nieve,  le daba un tono lúgubre a la tarde e incrementaba el dolor en la rodilla a un nivel casi insoportable. Al menos sabia que en unos minutos la locura volvería  pero no antes de que pudiera llegar a la conclusión indiscutible, pues la había vivido en carne propia de que la pobreza sabe igual en todos los idiomas: it tastes like shit,.

 

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Published on e-Stories.org on 23.11.2012.

 

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