Jose Luis Hernández Castro

Una visión


El joven maya miró al cielo exploro las estrellas y
lloró.  Sus ojos se elevaban vacíos hacía
el firmamento y se movían de constelación en constelación como leyendo una escena
viva que se dibujaba en el infinito pizarrón de la noche.  Su llanto era un llanto amargo proveniente de
la impotencia y la revelación.  
Desde pequeño los ancianos de su clan le habían enseñado a
leer en el firmamento. Mucho hacía ya que su civilización utilizaba el cielo
para encontrar respuestas y no era raro que durante la noche los mayas pudieran
ver su muerte o la de algún familiar querido.  Incluso los
más sabios lograron ver plagas y pestes, seguidas de invasiones que
marchitarían su cultura hasta disminuirla varios siglos después a algunos
habitantes de un país llamado Guatemala. Nada de esto había sido enseñado como una
desgracia, los ancianos sabían que en el curso de la historia la violencia y la
muerte formaban parte, junto con la vida y la paz del curso del tiempo.
EL mismo joven, una vez a los 11 años leyó su muerte
mientras combatía la invasión de unos hombres blancos con pelos en la cara que
vestían ropas duras y brillosas; lejos de miedo o espanto, ese día sintió el
orgullo de una muerte digna.
Esto que hoy veía era distinto, jamás había visto tanto
dolor y sufrimiento junto.  
A su alrededor se habían juntado cientos de personas de su
mismo clan y de otros vecinos que enterado de sus visiones llegaron guiados por
la curiosidad de ver el dolor que desde hacía tres noches se reflejaba en el
rostro del joven maya. Llegaban solos o en grupos y se sentaban formando un
círculo, nadie emitía un sonido, ni siquiera se podía escuchar la respiración
de la gran masa de personas que se había congregado en torno a él.
La luna había dado un largo recorrido a través del cielo y
justo antes de posarse encima de una colina a la espalda del joven, este dejó
escapar un suspiro, provenía de lo más profundo de su alma y traía consigo todo
el dolor de un pueblo. Dos gruesas lágrimas atravesaron sus mejillas y en ellas
se reflejó la poca luz que llegaba de los astros. Despacio, fue quitando la
vista del cielo y mirando al frente, primero su mirada estaba ausente, luego
fue volviendo a su realidad y aunque no esperaba encontrarse rodeado de
personas no había sorpresa en su mirada. Solo el terror y el sufrimiento se
podía leer en su expresión.
Después de un largo silencio el más anciano de su clan se
atrevió a hablar. Preguntó con voz solemne:
-Dinos hijo; ¿Dónde has estado y que tiempos son esos que te
han mostrado las estrellas?
El joven, sin fuerzas para emitir sonidos, logró articular
dos palabras que parecían venir de otra lengua, dijo al tiempo que se dejaba
caer sin fuerzas:
-Hiroshima milnovecientoscuarentaycinco. 

 

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Published on e-Stories.org on 20.01.2012.

 

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