Manuel Falcones

El parque


Me dirigía hacia el parque, como todos los días, a sentarme en aquel banco apartado del camino.
Las tardes del caluroso verano eran más llevaderas en aquel rincón, protegido de los rayos del sol por el frondoso follaje de las encinas.
Al adentrarme entre los majestuosos árboles vi una sombra. Había alguien en mi tranquilo y siempre solitario banco.
Reduje mi paso, acercándome lentamente, vigilando los movimientos de quien se encontraba mancillando mi pequeño espacio sagrado. Las sombras formadas por la hojarasca del encinar no me permitían diferenciar con claridad los rasgos de aquella persona que disfrutaba de un libro, en el lugar en el cual debería de estar yo.
Una oportuna brisa, permitió que durante un instante, un rayo de sol incidiera en el banco, alumbrando así a una bella mujer de pelo largo y negro como el carbón, ojos verdes almendrados y unos labios rojos y carnosos.
Detrás de un tronco y protegido por las sombras, estuve deleitándome con la belleza de aquella mujer, ampliada por el haz de luz que le iluminaba el rostro.
Pasados unos segundos, colocó su marca páginas rosa, cerró el libro, lo guardó en su bolso y como si supiera dónde había estado todo el tiempo, levantó sus ojos. Nuestra miradas se cruzaron y tras sonreír, se levantó y desapareció entre los árboles.
Tras unos minutos, en los que permanecí inmóvil, me acerqué al que hasta ahora había sido mi banco, sólo mío. Al sentarme percibí una fragancia embriagadora, que me hizo recordar a la mujer que acaba de ver desaparecer en la oscuridad del parque.
Saqué mi libro, busqué el marcador y me dispuse como todas las tardes a leer. Pero me ocurrió algo que nunca antes me había sucedido: por mucho que lo intentase no conseguía concentrarme en la lectura, no podía terminar un párrafo. La imagen de aquella desconocida paseaba permanentemente por mi cabeza.
Decidí volver a casa, pues empezaba a enfriar y al fin y al cabo no conseguía la tranquilidad mental, que buscaba en aquel lugar.
Estuve toda la noche soñando con aquella mujer.
Al día siguiente mi mente estuvo jugando con los recuerdos, con cada mínimo detalle de aquella sonrisa con la que se despidió de mí aquella mujer.
A la misma hora de siempre me dirigí hacia el banco con nerviosismo y ansiedad por volver a verla. Estaba mentalizándome para acercarme a ella y decir algo. Pero a falta de unos metros, pude darme cuenta de que allí no había nadie. No llegaba el olor de su perfume, aquel que el día anterior se grabo a fuego en mis recuerdos.
Totalmente desilusionado me di la vuelta y me marché a casa. Esa noche, volvió a ser la protagonista de mis sueños.
Pasaron los días y repetía una y otra vez el camino entre el trabajo y el parque, pero siempre me encontraba con el banco vacío, tranquilo. Lo que me atrajo de aquel lugar ahora lo detestaba…
Tras unos meses, decidí no volver a acudir a mi “cita” con el desengaño, llegué a pensar que había sido un sueño, que me estaba volviendo loco, que nunca había ocurrido realmente.
Mi vida continuó, conocí a muchas mujeres, pero nunca pude tener una pareja duradera, no había conseguido olvidarme de aquella mujer, que solo con una sonrisa conquisto mi alma y mi mente.
Me concentré en el trabajo para mantener la cabeza ocupada, distraída. Pero esa actitud me pasó factura. El estrés que me provocaba el mantener la mente activa permanentemente, me fue minando el cuerpo. Me diagnosticaron un tumor cerebral. Según los médicos no existía ningún motivo racional para se hubiera generado, pero yo sabía a ciencia cierta, cuál era la causa de su aparición. Aquella mujer que se introdujo en mi subconsciente y no me permitía pensar en otra cosa.
Yo sabía que no me quedaba mucho tiempo de vida y pese a las recomendaciones de los médicos me fui del hospital.
Mi destino lo tenía claro, era aquel banco en donde comenzó todo, donde mi mente decidió marcharse detrás de aquella mujer y desaparecer entre la penumbra de los árboles.
Me senté en el banco y percibí un aroma que me resultaba familiar. ¡Era ella! Pero…¿dónde estaba?
La llamé, la busqué entre las encinas, pero no la encontré. Agotado por el esfuerzo me tumbé y casi al instante me quedé dormido. Mientras mi cuerpo estaba en un estado relajado mi mente seguía buscando a aquella mujer entre la maleza.
Después de unos minutos, quizá unas horas, abrí los ojos y allí estaba ella. Mirándome. Se acercó a mi cara y me besó.
La pregunté su nombre, la pregunté por qué no había vuelto al banco nunca más, pero ella no respondía, solo me miraba y me sonreía con dulzura. Iba a seguir pidiéndole explicaciones, pero un escalofrío recorrió todo mi cuerpo. Me quedé paralizado. No veía, no olía, lo único que conseguí escuchar fue su diciéndome: “Por fin llegó la hora de que estemos juntos para siempre”.
Mis ojos se llenaron de lágrimas, mi corazón dejo de latir y mis pulmones de respirar.
El banco y la mujer misteriosa por fin me regalaron lo que fui a buscar en aquel lugar desde el primer día: TRANQUILIDAD.

 

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Published on e-Stories.org on 05.12.2011.

 

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