Pilar Ana Tolosana Artola

FLORES PARA OSVALDO

“Flores para Osvaldo”

 

 

 

     Y veinte años no es nada… Como decía aquel tango argentino escrito por Carlos Gardel y Alfredo Le Pera…

 

     Y veinte años no es nada… Y veinte años no es nada…

 

     Es el poco tiempo que aprecie a tu lado. Y ahora te miro, y adivino tus ojos en la frialdad de tu panteón; donde me gustaría reconocer tu cálida voz, pero hasta el alma se me hiela por el inmenso dolor de no poder tenerte.

 

     Siempre te voy a buscar y te voy a nombrar, como cuando estabas en mi mundo. Como innumerables veces te he amado, hasta que sin querer decidiste ser un regalo para Dios.

 

     Derramé lágrimas porque nunca más te iba a ver, aunque tenga la certidumbre de que cuando yo muera tú serás el que me tenderá la mano para estar conmigo por los siglos de los siglos. Ésta será mi felicidad completa, aunque temo el reencuentro, y me tiemblan las piernas al igual que aquella noche que me besaste por primera vez.

 

     Y veinte años no son nada…

 

 

     En broma me decías que yo iba a vivir más que tú, que con los disgustos que te daba no ibas a durar mucho. No sabías que iba a ser cierto, que dejarías en esta tierra de ánimas a tu amor de toda la vida, y a tus dos hijos, cada uno más necesitado que el otro de tu cariño y tu afecto.

 

     Parece mentira que tu identidad sea la que se dibuja en esa lápida tan agreste y tan tosca. Empieza ya mi pelo a teñirse de blanco, y mis arrugas se van incrustando en mi faz; sólo son indicios de la soledad que me desbarata.

 

 

     Fue un accidente de tráfico el que se lo llevó sin una amonestación siquiera. Le hubiera dicho tantas cosas… Pero no, no se lo pude transmitir. Osvaldo murió en el acto.

 

     El mejor amigo de Osvaldo es el que me anunció su fallecimiento. Él sólo se había fracturado el brazo, y cuando llegué al hospital preocupada por mi marido, él se encargó de hundirme en la miseria más rotunda. Actualmente, no puedo ni verlo, creo que me traumatizó admitiendo tan crudamente la pérdida absoluta de Osvaldo.

 

     Me pidió mil perdones por las duras formas con que revisó la verdad que a mí y a mis hijos, nos caería como un mazo. Necesitaría tiempo para que mi familia y yo pudiéramos estabilizarnos emocionalmente.

 

 

     Osvaldo iba al volante cuando tuvieron el accidente: en una curva, un ciclomotor de esos trucados que meten mucho ruido, le cerró del todo, y frenó en seco; siendo luego alcanzado por otro coche que colisionó reciamente contra el primero.

 

     Verdad debía ser lo que me contó el sargento de policía del exceso de velocidad y la ausencia de la colocación de cinturones.

 

     Casi no podía creer que Osvaldo no fuera a levantarse para contarme todo de primerísimo mano, como si hubiera sido una de sus locas aventurillas, con las que tanto le deleitaba decorar las comidas y las cenas.

 

 

     Seis meses después de su separación obligada, todavía sigue ornamentando en nuestros corazones la depresión y la tristeza por no oír sus sarcásticos comentarios, y sus apostillas en clave de humor.

 

 

     Si Osvaldo algo me había enseñado, era que el trabajo ayuda a superar las fosas, y que lo más fácil era hundirse y desviarse del camino correcto; que aunque no se tuviera ganas se tenía que hacer. No, por ganar dinero… No, por ser más… Sino, por hacer las cosas bien; porque la recompensa será que trabajando nos podremos sentir mejor.

 

     Después de dar a luz a mi segundo hijo, no levantaba cabeza. Pedí la excedencia para cuidar a mi hijo pequeño, y estaba dispuesta luego a negar la vuelta a mi empleo. Osvaldo me convenció de que como en mi puesto no iba a estar en ningún sitio.

 

     Tenía razón, poco a poco fui saliendo de la abatimiento que me estaba construyendo en mi propio hogar, para entrar en convivencia con mis compañeros, y a desarrollar orgullosa mi realidad. Entonces le tenía a él para darme ánimos.

 

 

     Es el momento de superarme a mí misma, y conciliar lo laboral y lo familiar. El resultado de esta suma será una autoestima fuerte, una autoestima sólida. Será mi salvación, mi puerta hacia la libertad.

 

 

     Sentí que verdaderamente era Osvaldo el que me estaba ayudando por segunda vez. Sobre su tumba depuse dos rosas rojas, con sendos besos en cada una. Me noté más decidida y precipitada, con más ganas de seguir hacia delante, y amar a mi familia sin explicaciones ni definiciones.

 

 

     Mis dos hijos van a estar orgullosos de su madre: los dos, Pablo y Fidel; el pequeño y el mayor.

 

     Pablo tenía cuatro añitos, Pero ya era todo un hombretón, aunque yo solía decirle que era un proyecto de hombre birrioso:

 

-         Pero ama… -, maullaba como un gato.

 

-         ¡Nada! Con lo poquito que comes te vas a quedar escuchimizado… -, añadía yo, haciendo como que me enfadaba.

 

-         Es que siempre nos das lentejas… Son tan aburridas -, argumentaba Fidel.

 

-         ¡Pues tienen mucho hierro! Ya me lo diréis cuando os hagáis hombres de provecho. Como decía mi abuela, con lentejas y con estudios… Veréis, vais a llegar a donde queráis -.

 

-         Por las lentejas, ¿no? -.

 

-         Por eso, y por los estudios… ¡Los estudios! A ver si os aplicáis que ya os vale a los dos -.

 

 

     Solía pensar que estos niños eran un poco sabihondos, no obstante me divertía mucho con ellos. Sobre todo, el mayor me recordaba mucho a su padre, no sólo físicamente, sino también mentalmente. Tenía la misma forma de hablar, y hasta sus mismos gestos: subía la ceja izquierda sin mover un ápice la otra, cuando se mostraba incrédulo y expectante.

 

     El otro, el pequeño era más como yo: un pelín apesadumbrado y tremendamente quejita. Ese mismo año había empezado el colegio, y unos preescolares gamberretes empezaban a arrinconarle un poco, y no se amilanaba en contárselo todo a la profesora. Tengo de hijo al chivato de la profe: espabilará como lo hice yo, no me preocupo.

 

 

     El cementerio iba a cerrar, así que me di prisa en despiezar un ramo de claveles que llevaba, y obsequiar con una flor a cada una de los sepulcros contiguos a los de mi Osvaldo. Ellos son los que le acompañan día tras día, mes tras mes, año tras año, siglo tras siglo, evo tras evo…

 

                                                                           PILAR ANA TOLOSANA ARTOLA          

 

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Published on e-Stories.org on 16.09.2005.

 

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