Vicente Gómez Quiles

LOS TÍTERES ROTOS

                                                                                              

 
                                    Si volviera a nacer cambiaría muy pocas cosas en mi vida. Básicamente, porque siempre hice lo que yo consideraba importante. Inesperados rumbos pueden adueñarse de tus decisiones, cautivándote de forma que lo demás queda en un segundo plano. Me gusta comprometerme en ayudar al prójimo. Y esta conducta te hace distanciarte en ocasiones de lo que más quieres: los amigos o la familia. Pero saber que están bien, felices y sanos, subsana cualquier sacrificio. También reconozco mis defectos. Siempre fui un manojo de nervios. Saltando de aquí para allá. Recuerdo lo absurda que debía parecer a los paulistas de la estación Jabaquara, corriendo descalza para agarrar el autobús porque tenía que llegar a Itanhaém esa misma mañana. A veces me despierto y olvido dónde me encuentro. Ahora, algo excitada, recojo este desorden de recargada habitación e instalarme lo antes posible en Valencia por la vacante de enfermería. Cuántos trastos acumulados. Son demasiados recuerdos en apenas cuatro metros cuadrados. - ¡Uf! ¿Qué es esto? Dios mío, son mis títeres y están rotos! ¡Cuántas historias inventé con ellos! Llevándolos conmigo desde niña. A Dublín para aprender inglés y desde entonces siempre fueron mi compañía. Incluso llegué a pensar que tenían un poder especial como los amuletos que encierran la misma diosa fortuna. Cuántas veces fueron conocedores y testigos mudos de mis íntimos deseos. Aunque como están rotos, no sé… - ¿Debería dejarlos? ¿Y estas cartas? Las epístolas enviadas desde  Tchad, solicitando ayuda. Hace tanto tiempo de esto…
                       
                                    “Bokoro, Jueves 24 de Abril de 1.997. Las dificultades con las que nos encontramos por falta de recursos materiales y humanos son inmensas. Llevamos dos semanas sin medicinas básicas. Hoy, tampoco escuchamos el alentador ruido del motor de repartos. Ese destartalado camión improvisado de la cruz roja, conducido por el loco Klein Spencer. Loquillo, como le llamamos cariñosamente, es un voluntario británico que después del conflicto de las Malvinas, decidió colgar sus armas y apalancar una larga carrera militar para dar un giro rotundo en su vida. Persuadido, seguramente, por algún hondo vacío interior o esa imbuida llamada extraña y redentora que todo ser humano escucha en alguna ocasión. Era impresionante el júbilo que se producía alrededor del vehículo cuando entraba poco a poco en la aldea. En este poblado donde aún depreco auxilio, sigo sentada frente a la radio. Junto a las cajas metálicas, relucientes pero vacías. Las moscas rezumban alrededor y el estanco aire parece más tórrido que nunca. Últimamente, rezo más de lo acostumbrado. Quedo callada con la mirada perdida, lejana, izada a un mundo mejor, más justo. Como si pudiera mágicamente cambiarlo todo, idéntico a como hacía con mis títeres de niña. Mientras  inventaba finales siempre felices. Pero ahora no conseguía improvisar ningún final feliz. La sensación de completo abandono es sin duda la excitatriz contra esta apodíctica desesperación. Avisamos cada cincuenta minutos por radiofrecuencia y nos aseguran que la ayuda fue enviada hace varios días. En otras no descuelgan ante nuestra reiterativa insistencia, evitando así el incómodo compromiso de tener que escucharnos nuevamente. Todavía no entiendo cómo se puede desatender de tal manera a otros seres necesitados. No me importa suplicar: rogar, pedir infinitas veces, las necesarias, las pertinentes por ellos y para el resto del mundo si estuviera en mi mano, sin embargo me cuesta asimilar la terrible indiferencia mostrada en los países avanzados. Hablan de numerosos envíos y yo sigo sin poder suministrar una simple aspirina por carecer de ellas. Tchad; con una población superior a los seis millones de habitantes apenas cuenta con 9.000 turismos. Recuerdo que en mi familia compuesta por cinco miembros, cada uno de nosotros disponía de vehículo propio. A veces, recibo noticias de España como el Plan Prever impulsado por el Gobierno. Y desde aquí, inmersos en esta sombría e insólita perspectiva me parecen secundarios esos problemas sociales o aspiraciones políticas para alcanzar tan deseada cumbre de moneda única. Nunca porque carezcan de importancia, pero sin embargo, todo guarda una sutil escala entre las apretadas prioridades, por ejemplo, creo que es más triste no poder dar de comer a un hijo como ocurre con algunas familias del poblado. Y digo algunas familias, porque las demás están completamente sesgadas. La mayoría de niños perdió a sus padres, tíos y abuelos. En occidente existen invisibles epidemias, no tangibles que aquí se desconocen. Una avaricia que ciega e indudablemente descuelga más aún a los auténticos pobres, hundiéndolos en la desesperante y completa miseria. Desde mi llegada, saliendo de N´Ojamena a pie; atravesando campos de algodón, selva y básicamente polvoriento suelo rojo sin caminos que los cruzaran; sólo vislumbro desolación, niños famélicos con sus madres resignadas, miseria… Únicamente el cielo simula poseer cierta riqueza. Un magnetizador tul inmenso como de terciopelo. Creo que Dios, también se ha olvidado de esta pobre gente y alardea caprichosamente, mofándose sobre nosotros. He venido para ayudar, y son precisamente ellos quienes me dan una extraordinaria lección magistral de humanidad, fe y misericordia cada día. Algunos te piden que les cuentes historias de España, sin importarles si sus casas carecen de techo, si sus zapatos - quienes cuentan con ellos -, son los viejos zapatos de siempre o si sus ropas son simples trapos roídos, sucios y descosidos. En misa con el sacerdote Elías, con sus ojos compasivos revisan cada fracción del Evangelio. Son instantes inenarrables cuando alzan sus plegarias con hermosos cánticos. Misteriosamente te sientes un ser diminuto, insignificante, como si te entremezclaras en una especial atmósfera lábil, transportándote a un lugar impalpable y difuminaras todos tus pensamientos en la pureza del etéreo momento. Entonces reconoces que Dios también está aquí entre nosotros y te sientes grandiosa por disfrutar de ese espectáculo y participas. Es un cúmulo de excitaciones que te hacen más libre y próxima a la mayor pureza. Y pienso entonces en esos finales felices en las improvisadas sesiones del teatro de guiñol; que anticipaba recortando cartones,  cosiendo telas de viejos trajes de mamá y clavándolas con chinchetas de colores vivos. Y entonces suspirabas profundamente, algo nerviosa y preparabas la función, sin temor a que la bruja volviera a la vida sin tú saberlo, ni el dolor en ese milagroso instante en que el príncipe fue herido por el dragón de tres cabezas.”
 
“De una invicta satisfacción; veraz bondad. Encauzada en la mejor de las satisfacciones, alegre y flotante. Desde el inmenso silencio de las noches cuando todo parece en calma, sosegado, transitoriamente dormido, excepto la enfermedad y el hambre, perdida en medio de la jungla rememoro mis años de infancia  cuando jugaba con mis títeres. O mi época de adolescente cuando coleccionaba ropa de marca en el armario empotrado, siguiendo las modas. En ocasiones nunca estrenaba ante tanta abundancia. Ahora, vinculada a mi pequeña institución, junto al doctor Ricardo Palacios; tras sin mucha reflexión, convencida de ésta gran oportunidad y decidirme a ir voluntaria sin remilgos, recién finalizada la carrera de enfermería; imploro y renazco por ellos. Lucho mucho, lucho sin desmayo, porque la lucha se hizo para el hombre, ya que la lucha es de todos. No concibo triunfos o recompensas sin esfuerzo. ¿Cómo clausurar el corazón ante tanta obvia necesidad o desafortunadas demandas? Tchad; es uno de los países más pobres del mundo, con una renta per cápita inferior a 300 dólares; con siete de cada diez individuos analfabetos entre otras penumbras. Como dijo Antón Chéjov, la vocación de todo hombre en actividad espiritual consiste en la búsqueda continua de la verdad y el sentido de la vida. Esta tarde, apartada de todo y de todos, entre mis regulares rezos y meditaciones. Moyam, una de mis niñas, de 11 o 12 años y extremadamente tímida porque ha visto mucho, como la ejecución de sus padres. Mirando pudorosa el suelo, sin atreverse alzar la cara ni fijar una sola mirada, me dijo: - Mi abuelita trajo un puñado de cacahuetes para ti. Y en una breve sonrisa y sencillo gesto enternecedor me ha entregado la pequeña bolsa que guardaba entre las manos. Dudo que cualquier prestigioso cocinero, pudiera hacer un menú diario algo decente con dos batatas y seiscientos gramos de arroz para cuarenta y dos niños. Ahora, me siento mal por haber reñido a Tomboko al mediodía. Es un niño demasiado bajo para su edad pero muy vivaz; no debí haberle gritado por quererse adelantar en la cola del racionamiento. Recuerdo haber leído en un escueto artículo de revista juvenil, que un chico asturiano proponía quitar la corteza en las rebanadas del pan de molde, ya que se tiraban y nadie se las comía. Aquello me dio que pensar. Abstraída de nuevo. De repente, imaginaba millones de cortezas de pan lloviendo sobre nuestras cabezas. Tomboko perdió a sus padres en la guerra y fue amputada su pierna derecha. Tres años después, cuando le trajeron la prótesis, recobró una sonrisa tan limpia que le dura todavía y con la que nos ampara en los momentos más duros de reflexión. Se trata de una prótesis sencilla, de esas que en Europa cualquier chico de su edad renunciaría por evidentes razones estéticas. ¡Cuánto nos importa la opinión de los demás en el mundo occidental! Tras el éxodo del largo día, mientras la perpetua luna nos deleita con su magna presencia. Se te ocurren miles de programas e ideas para mejorar esta penosa situación. Pero descubres tu impotencia y deseas socorrerlos y dar apoyo con una sonrisa piadosa, con unas palabras tranquilizadoras; plenas de fraternal dulzura. Y sólo te queda decirte postrada en tu rincón, sobre las tablas donde difícilmente reposas, no por la falta de comodidad sino porque los problemas únicamente traen insomnio. Decirte desde lo más imperioso de la necesidad: “mañana cuando despierte intentaré ser mejor…”
 
 
    

 

 

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Published on e-Stories.org on 23.05.2011.

 

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