Maria Teresa Aláez García

Trayectoria erratica

 

Recordó aquella pregunta con trampa que algunas personas se hacían: “Si un árbol cae en medio de un bosque y no hay nadie en su entorno… ¿hace ruido?” Pues claro que hace ruido. Otra cosa es que se escuche el ruido o no. Si no hay atmosfera y esta en el vacío, pues no.

Pero no era eso lo importante.

El vestido arrastraba por algún sitio. Sentía como se deslizaba por algún tipo de suelo que no veía pero algo se iba materializando en su camino.

Era muy cómodo vivir allí arriba. Permanecer al margen de todo. Tan pronto acercarse a un grupo de meteoros, a un sistema planetario o a una porción del polvo de un cometa, hacer acto de presencia, dejar huella y después, de repente, abandonarlo todo cuando se sobrepasa.  ¿Y lo que se deja atrás? Habría que pensárselo antes de acceder e implicar a un montón de energía positiva que solo tiene ganas de agradar, de querer o amar y pasárselo bien.

Se estaba a gusto allí. No hay más dolor que el interior, más fuego que el volcán eterno del vientre, más rocío que el de las lágrimas y más guardián que aquel que permanecía en su sitio esperando… ¿Qué esta esperando? El caso es que al pasar no impedía el paso pero por alguna razón, mejor no se le ocurría violentarlo o provocarlo. Mejor la paz.

Era egoísta por su parte. No poder compartir y no poder recibir. Demasiada tranquilidad, demasiado frío, demasiado miedo. Allí abajo, demasiado sufrimiento y atrocidad, violencia, egocentrismo.

Pero debería de ir y estar con la gente. Compartir lo que debía, recibir lo que se le tenia que dar.

Se levanto. Fue entonces cuando sintió que el borde de su vestido se deslizaba por algún tipo de suelo. No entendía nada. Era todo oscuridad y aquella especie de catarata manando agua continuamente.  Decidió pasar a una zona donde nunca había ido.

No vio el rostro del hombre. Pero sintió como el caballo se iba volviendo hacia la zona donde ella caminaba y el hombre, en la penumbra, volvía su rostro. El rostro oculto, invisible.

Ante ella aparecieron rayos horizontales que formaban una valla que le impedía el paso. Por arriba y por abajo. De repente el vacío se había solidificado.

El hombre seguía sus movimientos. Como esas figuras que siguen al cursor con la cabeza.

Se dirigió a otra zona. Los rayos iban apareciendo conforme pretendía atravesar los límites. Pero no descartaba el encontrar algún tipo de agujero que le permitiera pasar y liberarse o quizás romper su defensa.

Su vestido se engancho y se fue deslizando por su piel. No fue suave el desapego, sino desgarrador. Como si fuera su propia piel la que se eliminara de su cuerpo. Empezaron a volar gotas oscurecidas que salían desde todas las partes de su cuerpo y vio volar su capa hacia el planeta azul. En un principio, en forma de sombra oscura, poco después en forma de ave de rapiña y al pasar la atmosfera y limpiar su superficie, cambio de forma.

Miro al hombre.

El rostro del jinete seguía sin verse. Dirigían de algún modo su mirada hacia el vacío de su piel ensangrentada pero volvió a su posición inicial.

Ella se refugio en su lugar.

Conforme se iba sentando de nuevo, la sangre comenzó a formar un tejido suave y a coagularse. No era rojo ni negro… era azul…

Mientras tanto, en el planeta azul, iba cayendo su antigua piel. Tomo forma de paloma para poder planear. Tomo forma de lluvia para poder descender sobre la superficie y tomo forma de nieve para no morir evaporada. Y al caer al suelo, se convirtió en una pequeña mota de arena dorada.

El sol era fuerte en aquella tierra casi desértica. No parecía haber vida, solo desolación.

Allá arriba, ella se refugio poniendo su rostro entre sus rodillas y protegiéndose con los brazos. Se durmió y las lágrimas fluyeron sin control, deslizándose hasta sumergirse en el lago de la cascada junto a las demás gotas de agua.

La estrella evaporo aquellas gotas. Cambio su estado y absorbió el contenido de las lágrimas.

Un rayo cayó sobre el desierto.

Se reflejo en un pequeño, minúsculo prisma dorado que yacía, abandonado a su suerte, desintegrándose al sol.

La arena cambio de forma  y el prisma fue hundiéndose paulatinamente en el hueco donde se encontraba.

Llego la noche, el silencio y la soledad. En el desierto se escuchaban ecos de sonidos irreales que reflejaban la angustia que rodeaba aquel lugar.

Al día siguiente, todo seguía igual.

O casi todo.

Una pequeña rosa con un sépalo dorado, ofreció sus pétalos de cristal al sol quien la adorno de brillo, de cadencia y de luz.

Y una mano humana, trastornada por el tiempo, descubrió la rosa y beso su sépalo.

 

 

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Published on e-Stories.org on 18.09.2009.

 

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