Elena Domínguez Robles

Ensayo sobre la divagación

“How does it feel
To be on your own
With no direction home
Like a complete unknown
Like a rolling stone?”

Cantaba Bob Dylan desde la memoria flash del reproductor... su amiga se retrasaba, como siempre... no había un solo día que llegase a la hora. Era un típico día de invierno en una ciudad que podría bien ser la vuestra, o bien la mía, o, si lo preferís, otra distinta.

Miró a su alrededor mientras se ajustaba la bufanda. Madres con sus hijos, algún que otro oficinista que cruzaba rápidamente la calle hablando por teléfono, ancianos sentados en un banco conversando sobre cualquier tema... Incluso un perro que se paseaba a su aire como si la calle fuese suya. También vio a unos metros de ella a un chico, que, aunque al principio no le llamo la atención, al no tener otra cosa que hacer, acabo dejando su mirada puesta en él.

Un par de canciones más adelante bajó la vista hacia el reproductor y al levantarla vio que el chico le estaba hablando. Pausó instintivamente la música.
-...porta si me siento?
-No, claro claro.-contestó rápidamente mientras se apartaba. Tras unos instantes callado, volvió a hablar.
-¿Esperas a alguien?
-Si, a una amiga, pero siempre llega tarde.
-Oh, que casualidad... yo espero a un amigo... podríamos esperar juntos ¿te parece?-sonrió.
-Claro.-Durante unos minutos ninguno de los dos volvió a hablar... todos sabemos lo difícil que es romper el hielo. Pero cuando entre miradas desesperadas al móvil o al reloj, el silencio ya era insoportable, él comentó:
-Hace mucho frío. ¿No crees? ¿te parece bien si te invito a un café y les esperamos dentro de la cafetería?-Ella puso cara de sorpresa, pero asintió.

Después del primer café pidieron otro, y nadie aparecía. Ninguna cara conocida al otro lado del escaparate. Les habían dado plantón. Hay que ver como puede cambiar nuestra opinión hacia que nos dejen tirados. En cualquier otra situación ella se hubiese enfadado. Ahora ya ni recordaba porqué había quedado con su amiga. ¿Alguien en su situación se acordaría? No la llaméis egoísta, todos lo somos aunque sea un poco en el fondo de nuestro corazón.

Tras el café vino un paseo por el parque, el típico paseo por el parque al cuál recurren una y otra vez los guionistas cuando no tienen una playa a su alcance (o cuando se está a 5 grados, lo que prefiráis) y él incluso le compró un ramo de Violet Carson, su flor favorita.
Hablaron de millones de cosas, de las millones que tenían en común y llegaron de forma simultánea, como solo se puede llegar cuando de verdad encajas con la otra persona, a la conclusión de que estaban hechos el uno para el otro.

Y una cosa llevó a la otra y la otra a la siguiente y cuando se quisieron dar cuenta sus caras se encontraban tan cerca que podían sentir la respiración del otro... ella pensó que ese era probablemente el mejor día de su vida y aferrándose a ese pensamiento cerró los ojos, acercó su cara a la suya y

-¡Chema tío! ¡Siento llegar tarde! Pero es que me encontré a mi madre de la que bajaba de casa y se puso pesada... bueno, tú ya sabes como es...

Abrió los ojos. La lista de reproducción se había acabado y la música pausado. Miró la hora. Pasaban diez minutos de las seis, apenas dos desde que bajase la vista hacia el reproductor. Lo desbloqueó y tras apretar el botón correspondiente se dejaron oír los primeros acordes de “Hurricane”

-¡Hey!-Se giró. Era Sara.-Me estaba planchando el pelo y demás... ¿nos vamos?-Se levantó y, con los últimos retazos del sueño aún grabados en su mente, giró la cabeza a donde estaban los dos chicos que se alejaban en dirección contraria. Él miró hacia atrás. La miró a ella.

¿Le había guiñado un ojo?

Ella sonrió.

“Here comes the story of the hurricane...”

Es fantástico cuan rápido trabaja la mente... ¿No os lo parece? 

 

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Published on e-Stories.org on 29.07.2008.

 

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