Jona Umaes

Mujer en la playa


          La mar estaba en calma. Las olas rompían en la orilla con timidez, en un susurro. Apenas se apreciaba la ondulación del agua cristalina, que parecía un inmenso cristal a través del cual podía verse el suelo marino. Era cerca del atardecer y ella caminaba descalza por aquella orilla, con su largo vestido de gasa blanco, humedecido por el agua mansa. La playa desierta tan solo era sobrevolada por gaviotas que se posaban para buscar algo de comida.

 

          En su discurrir por la arena, se preguntaba qué hacía en ese lugar. No lograba recordar lo que había hecho, ni de dónde venía. Tenía la sensación de haber estado allí antes, paseando como en esos momentos, en la misma playa, con los mismos pájaros, con el sol poniéndose, inundándolo todo de una nebulosa cálida. Perdida en sus pensamientos, disfrutaba sin embargo del frescor del agua, bajando cada poco la mirada para contemplar cómo sus pies se hundían en la arena húmeda, dejando una leve huella que las olas se encargarían de borrar en tan solo unos instantes.

 

          A pocos metros de ella, un puesto de vigilancia lucía como una isla en aquel mar de arena. Aquella playa se perdía en la distancia, y era tan amplia que los árboles se apreciaban empequeñecidos. El puesto era de madera, con una larga escalera que ascendía varios metros. Todo le resultaba tan familiar que cuando se fue aproximando, reconoció detalles como el primer escalón roto y la forma de las vetas en el pasamanos. La arena aún conservaba el calor del día. Era agradable caminar por aquella tibieza, suave al tacto de los pies. Cuando llegó, empezó a subir los escalones. No tardó en llegar a lo alto. Con los brazos apoyados en la baranda pudo divisar como el crepúsculo envolvía con su manto el horizonte. Tras ella una silla de madera invitaba a sentarse a contemplar el panorama. En el suelo, junto al asiento, las hojas de un viejo periódico descolorido se movían levemente por la escasa brisa que corría. Se sentó y lo cogió. La luz era ya muy tenue pero aún podía leer los titulares de enormes letras.

 

“Tragedia en la Playa de las Gaviotas. Unos bañistas hallan el cuerpo sin vida de una mujer en la orilla. No presentaba signos de violencia. Todo apunta a que ha sido un ahogamiento. Yacía vestida en la orilla. Aún no han encontrado restos de ninguna embarcación ni han aparecido más cuerpos.”

 

“Qué lástima” pensó.

 

          La aflicción se apoderó de ella por unos momentos. El mar que contemplaba, tan agradable y manso en ese momento, cuando se enfurecía, podía segar vidas e infligir sufrimiento por doquier. Dejó de nuevo el periódico en el suelo y se levantó. Quiso ver qué había en el interior de la caseta. Abrió la puerta y contempló desde la entrada la pequeña cabina. La ventana no tenía cristales. Una ráfaga de aire que entró por ella hizo que bailaran los pliegues de su vestido, produciéndole una sensación de frío a causa de la humedad adherida a la tela. El interior de la pieza estaba desnudo. Solo había restos de arena sobre el piso esparcidos como harina sucia.

 

          Bajó con cuidado del puesto de vigilancia y se dirigió de nuevo hacia la orilla. La temperatura de la arena había descendido considerablemente mientras estuvo en la caseta. Parecía que se le fuera yendo la vida con el crepúsculo para volver a nacer al día siguiente con el calor del sol. Continuó caminando por la orilla y encontró los restos desvencijados de un parasol a merced de las olas. Se paró para observarlo. Reconoció, en lo poco que quedaba de él, motivos y colores que le hicieron pensar que era el suyo. Pero no entendía por qué estaba ahí tirado y en ese estado. Ese fue el primero de los objetos, de muchos otros, con los que se topó conforme caminaba. Estaba convencida de que algunos eran suyos, otros, sin embargo, le resultaron totalmente ajenos. Desconcertada, no entendía nada de lo que estaba ocurriendo.

 

          La curva dorada del sol terminó de esconderse tras el horizonte, pero en el cielo sonrosado aún quedaban restos de luz. Comenzaba a refrescar y sintió como el frío ascendía desde sus pies y se apoderaba de ella. Por alguna razón no podía alejarse de la orilla. Continuó caminando, dejando atrás los restos que había encontrado. La noche se cerró y se encontró a ciegas. Su único contacto con la realidad eran sus pisadas en la arena. Todo lo demás era un oscuro abismo que la aterraba.

 

          Continuó caminando en aquella playa infinita y todo lo que había ocurrido momentos antes fue desvaneciéndose en su memoria. Poco a poco dejó de sentir en sus pies la frialdad del agua, el sonido del mar se fue apagando, y hasta su cuerpo le pareció que se iba diluyendo en la noche. La oscuridad la engullía y lo fue sintiendo hasta el último hálito de su consciencia.




 

 

 

 

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Published on e-Stories.org on 05.09.2020.

 

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