Jona Umaes

Cuento de Navidad

Alberto trabajaba en una gran empresa de telecomunicaciones. Era director del departamento de innovación. Todo su trabajo lo tenía en su portátil, que, aunque ya tenía sus años, seguía rindiendo como el primer día. Era un hombre de carácter fuerte, aunque no lo exteriorizase salvo en contadas ocasiones. Se tomaba muy en serio su trabajo. Era a la vez exigente y comprensivo. Ninguno de sus empleados tenía queja de él, y aunque sabían lo tajante que era en sus decisiones, en el trato cotidiano era un trozo de pan. Eso sí, había que mantener las distancias. El jefe era el jefe.

Un día de diciembre, se disponía a salir del trabajo. Se sentó un momento en el sillón del hall de recepción para revisar unos papeles que llevaba en su maletín. Su móvil sonó y mientras hablaba, cerró el maletín y lo dejó a sus pies. Charlando, se le fue el santo al cielo. Se había puesto en pie y daba paseos cortos, de un lado para otro. Cuando terminó de hablar, miró el reloj y entonces se dio cuenta lo tarde que era. Fue para el sillón donde estaba sentado y el maletín ya no estaba. Comenzó a mirar a un lado y otro del sillón. Nada. Había desaparecido. El corazón se le aceleró y fue directo al vigilante de seguridad. Le contó lo sucedido y fueron los dos a buscar de nuevo por donde estaba sentado.


No se preocupe. Tenemos cámaras de seguridad. Podemos ir al departamento de vigilancia y visionar las grabaciones recientes.

¡Cómo que no me preocupe! ¿Usted sabe el trabajo que llevo yo ahí? Mis papeles y mi ordenador. No puedo hacer nada sin ellos.

La preocupación había hecho saltar la alarma en su cabeza y ahora estaba fuera de sí. Él era el único responsable si perdía el maletín. Lo sabía y más furioso se volvía por esa razón.

Cuando vieron las grabaciones, la casualidad quiso que el ángulo de visión de la videocámara no captase donde estaba sentado Alberto, pero sí el resto de sillones.

Lo siento señor. Habrá que llamar a mantenimiento para que reubique mejor esa cámara.

Bueno, veamos la cámara de la puerta –dijo Alberto.

Visionaron las imágenes en el espacio de tiempo que estuvo Alberto en el Hall y no observaron a nadie que portara un maletín como el de Alberto.

Así estuvieron un buen rato sin éxito.

Si el que se lo ha llevado, no ha salido por esa puerta, puede continuar aún en el edificio. Váyase a casa, y mañana veremos las grabaciones hasta el final del día. Si detectamos algo le avisamos.

De acuerdo. Mañana, nada más llegar, me acerco por aquí. Gracias.

De camino para casa, no hacía más que darle vueltas al tema. Estaba muy enfadado consigo mismo. Era como una olla hirviendo con silbido amenazante, a punto de explotar.


Hola cariño. ¿Qué te pasa? - le dijo la mujer nada más entrar.

He perdido mi maletín.

Su semblante era como el de alguien que hubiera perdido algún ser querido. Estaba hundido y al mismo tiempo rugía por dentro. Cuando su mujer le abrazó, él se agarró a ella como un náufrago a un madero perdido en un inmenso mar.


No te preocupes, aparecerá. ¿Has hablado con los de seguridad?

Sí, fue lo primero que hice. Tengo que denunciarlo a la policía, aunque sea inútil.

Su mujer lo conocía bien. Sabía que por dentro le estaría desgarrando la rabia. Él era muy responsable y ese error lo iba a torturar un buen tiempo.

Vamos a comer y nos echamos un rato luego.

Sí, aunque no tengo mucha hambre. Esto me ha quitado el apetito.

Esta tarde te vas al gimnasio y te desfogas allí. Te vendrá bien.

Alberto lo comentó con sus amigos en el grupo de Whatsapp.

Qué putada, tío.

Sí. Sólo fue perderlo de vista un momento, y luego ya no estaba.

No te preocupes. A lo mejor aparece.

―  Lo dudo. Voy al gimnasio. ¿Alguien se apunta?

Yo voy también, que me está empezando a apretar el pantalón -dijo su amigo Juan.

En el gimnasio, hicieron cinta de correr, abdominales y un poco de pesas. Acabaron con unas decenas de largos en la piscina y luego se relajaron en el jacuzzi.

Cuando llegó a casa, estaba rendido.

¿Qué tal el gimnasio? ¿Vienes cansado?

Sí, vengo molido.

Bueno, ahora el último achuchón. Vamos a acabar la faena.

A Alberto se le dibujó una sonrisa de oreja a oreja.

Al día siguiente, al llegar al trabajo se dirigió a sala de vigilancia.

No ha habido suerte, señor. Hemos repasado todas las grabaciones y no hemos visto nada sospechoso.

Es igual. Gracias de todas formas.

Subió a su despacho y llamó a la secretaria para poner en orden sus ideas y ver los documentos que tenían de los últimos asuntos tratados.

Esa mañana, todo el personal a su cargo supo lo que había sucedido.

Quedaban apenas un par de días para la Navidad y Alberto se puso al día en sus asuntos con papel y bolígrafo, a la antigua usanza. Ya no estaba habituado a escribir de esa forma y tenía que hacer pausas por el dolor en la mano.

Pensó que dejaría unos días de margen, por si aparecía de forma milagrosa el maletín. Si no fuera así, compraría otro portátil.

El día de Noche Buena había salido a hacer unas compras y cuando regresó vio un paquete de Amazon en la entrada.

Cariño, ¿y este paquete?

Lo han traído hace un momento. ¿Qué has pedido?

Yo nada. Por eso te he preguntado.

Pues yo tampoco.

Cogió la caja y se fueron al salón. Cuando lo abrió vio que era un portátil.

Pero bueno, ¿y esto?

No sé. La caja viene a tu nombre.

Alberto lo abrió y lo encendió. El escritorio del MacBook había un icono de un video. Lo pulsó y aparecieron sus amigos, y uno tras otro fue hablándole.

― ¡Pedazo de portátil que te has echado, cabronazo!.

Alberto sonreía.

Y mucho mejor que el que tenías. Te hacía falta actualizarte.

Ya ves que no hay mal que por bien no venga –saltó otro.

La idea de coger una de las cintas adhesivas de un paquete de Amazon y colocarla en la caja del portátil como si viniera de la tienda, fue muy acertada. Le daba un toque de intriga.

Vaya, ¡qué sorpresa! ¡Eso son amigos! –dijo la mujer.

Sí, son buena gente -dijo él, con voz trémula del sentimiento.

Se estaba emocionando. No esperaba aquello. Su mujer también sonreía.

Otro amigo dijo:

Esto es de parte nuestra y de todos tus empleados. Han querido poner su granito de arena.

Aquello ya terminó con la resistencia de Alberto y se le inundaron los ojos de lágrimas. Con el puño impidió que se escurrieran. Su mujer le cogió el rostro y lo atrajo hacia sí. Alberto lloraba y se estremecía entre sus brazos.

Yo también tengo algo para ti.

Se ausentó un momento y le trabajo un paquete envuelto en papel de regalo. Alberto lo abrió con manos temblorosas. Era un maletín, exactamente igual que el que perdió.

Ya sé que no es tú maletín, pero supuse que te haría ilusión tener uno igual.

Sí, me gusta mucho. Es como el mío. -Alberto la abrazó fuerte.

Y así fue como el espíritu de la Navidad pasó por la casa de Alberto, en forma de amistad y amor de las personas que le apreciaban y querían.

 

 
 

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Published on e-Stories.org on 30.12.2019.

 

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