Luis Ignacio Muñoz

LAS SIETE PALABRAS

Nueve años y unos días, fue en los primeros de marzo, casi en semana santa, recuerda con sobresalto. Faltaba poco.
Juan le había dicho vamos este viernes donde Matilde, va a ver que no se equivoca en lo más mínimo. A mí me dijo lo del accidente en la moto y por no tenerla en cuenta vea como me quedó el brazo, recuerda que pudo evitarlo si vende la moto la semana anterior al tío de Natalia que  le había ofrecido buena plata, además ya no la necesitaba y vea la equivocación, salir ese día con unos tragos en la cabeza y tenga el estrellón contra el antejardín de la prima Carolina. También a Carlos le dijo en esa misma visita usted no debe cargar tanto dinero cuando camina por la calle, sea menos confiado, cuídese de uno de sus compañeros de trabajo, es un mono crespo de ojos claros que no lo quiere. No pasó una semana cuando lo abordaron los cuatro tipos antes de llegar al parque con navajas y no le dieron tiempo ni de mirarles la cara, se llevaron todo.
  Por eso le había hecho caso a Juan, un hombre tan difícil de convencer en estas cosas de lo sobrenatural, un tipo tan incrédulo que maldecía la ingenuidad de la gente que hablaba de fantasmas y allí estaba, contándole de la mujer leyendo el tabaco en una sala rustica, sentada al otro extremo de la mesa de madera; una persona vestida con la normalidad de las demás mujeres del barrio. Una casa de paredes sin pañetes que no tenía nada de extraño, pero eso sí, su cara irradiaba algo que oscilaba entre luminoso y oscuro en la penumbra, no era por el humo, estaba seguro, hablaba el lenguaje de una persona con cierto estudio, tranquila, fluida, mirándolo a los ojos una y otra vez ese viernes, unos minutos antes de las siete, después de llegar al barrio en una buseta porque Juan tenía guardada la moto en su casa con el letrero se vende y casi estaba cerrado el negocio con un vecino, faltaba ponerse de acuerdo por cien mil pesos que al final no era mucho pero servían.
  La mujer los recibió en la puerta, los hizo seguir hasta el comedor a que se sentaran mientras empezaba la consulta. Vale diez mil, usted sabe, don Juan y él, por supuesto, pero hoy le traje un amigo, está interesado con lo que le conté el otro día además es de mi confianza, si porque usted sabe, la gente envidiosa me han echado hasta la policía, claro, yo siempre le he traído personas serias, hoy le voy a preguntar muy poco, ya sabe usted, debe acordarse de la vez pasada, también estuve aquí con una profesora muy amiga mía y se encuentra  contentísima, imagínese, le está saliendo todo al pie de la letra.
  Recordaba el humo del tabaco entrando y saliendo por la boca de la mujer, de un color indefinido, trazos de figuras móviles en el espacio, bolas que no adquirían forma completa, ella diciendo: bueno, empecemos ya, le puedo responder siete preguntas, si son menos no importa. Él claro que sí, podría ser con la más elemental, Juliana, quisiera saber si las cosas entre ella y yo van a llegar a un feliz término. El humo seguía saliendo de su boca mientras parecía leer en su vasta gramática con los ojos quietos, no se vaya a sentir mal por lo que le voy a decir, se lo advierto pues a otros les ha pasado, hasta se desesperan y reaccionan muy agresivos y esto no es culpa mía; sólo quisiera decirle las cosas buenas a la gente, usted sabe, esto de andar dando malas noticias a nadie le gusta, hay veces pienso en irme lejos y dejar este oficio, me lo he propuesto y apenas lo intento no faltan los que se enteran y me buscan siempre a donde vaya. Tranquilo, no viene al caso, quisiera decirle que esta muchacha ya no piensa en usted y si sigue aceptando sus regalos y sus invitaciones con esa sumisión de ovejita mansa, lo hace temiendo herirlo, tiene cierta confusión y mucho temor para decírselo, es más, ayer le dio el último beso.
Claro, y no pasaron tres días, se acordaba como si lo estuviera  viendo en una pantalla aunque el rostro de Juliana a ratos se le desdibujaba, no sabía cómo el olor de su cabello rojizo entraba por su nariz, esa tarde al salir de la universidad mientras caminaba distraído por la avenida lo sorprendió un cuerpo como el de ella de espaldas caminando a media cuadra cogida de la mano de un tipo de chaqueta azul desteñida, refundiéndose a ratos entre la multitud hasta encontrar un hotel, era ella, no cabían dudas, como equivocar aquel pantalón blanco tallando esas caderas y esa blusa azul pegada a la espalda, regalo del primer cumpleaños juntos, sin notar en ningún momento su presencia.
Ya no le cupieron las dudas del principio, esta mujer empezaba a acertar en lo primero y se lo dijo a Juan unas horas después en la puerta de su casa cuando lo buscó para hablar con alguien porque no hubiera dormido en paz sin poder hablar con alguien de confianza, además era un secreto de los dos, le prometió antes y después del viernes aquel pero dígame una cosa, en este trabajo que tengo, me siento cansado, quisiera saber si voy a encontrar otra oportunidad diferente, si claro, no lo veo definido del todo, se quedó callada unos segundos, sí, va a tener que esperar lo menos un año pero le va a salir algo muy bueno, un avión, vuelo, si, se trata de un viaje, le espera un porvenir muy interesante después de irse, creo que al otro lado del mar. En efecto, un día se veía en el aeropuerto con maletas, Juan y los otros amigos despidiéndolo rumbo a España, un aire nuevo, cierto temor a lo desconocido pero la decisión firme de devolverse al otro día si no le gustaba. Horas de vuelo, Madrid, tres años de trabajo sin descanso para conseguir mucho dinero y regresar a Bogotá, sin mucha nostalgia de sentirse lejos del barrio, las cervezas del fin de semana, las jugarretas de tejo en las canchas del cojo Rodríguez y el recuerdo de Juliana por siempre echado al barril sin fondo del olvido, ya no más por el resto de los tiempos. Juliana era una borrosa silueta de pelo rojizo de espaldas a su presente, luego al regreso al país, convertido en un hombre prospero pues en adelante usted va a ser una de las personas prestantes de la ciudad, dueño de un prestigio que le van a envidiar, recuerde que ya van tres preguntas. Esto está muy bien, otra mujer en su vida, imagínese, es alta, cabello negro y la piel del color de mi brazo, la va a encontrar donde menos se la imagina y esto era también real, aunque la buscó siempre en cada lugar que recorrió de la imponente Madrid y se detuvo tantas veces en los rostros trigueños de tantas muchachas altas y espigadas parecía no haber nacido aún, ninguna se fijaba en él, por eso dejó la insistencia como primera razón pensando en que sería algo imprevisto, segunda por no ocurrírsele preguntar en cuanto tiempo. No estaba en España, esto le quedó claro un año después del regreso en un restaurante de Bogotá cuando iba a pagar la cuenta y chocó con el cuerpo de una mujer de buzo gris que apenas lo miró como si se sacudiera de un sueño y le dijo yo como que a usted lo conozco, no sé de dónde, él sin comprender nada, me parece, creo que sí tal vez, iba a seguir con las vaguedades cuando se le ocurrió decir en el colegio, cuando salíamos al patio, sus voces al unísono repitiendo que no, cual colegio si yo estudie en el Cervantes y yo estuve en otro, mejor pudo ser en el metro de Madrid, ah sí, de modo que usted también vivió en España, si, fue el año antepasado, estudiaba artes, en fin no me explico cómo no nos dijimos nada, tal vez porque fue algo muy rápido, mejor dejémoslo en cualquier ocasión, una buseta de esas destartaladas que van a los barrios, le ayudé a llevar los paquetes en la silla, sí, me parece, dejémoslo así.
Casado, tres hijos, viudo a los cinco años, esto de la imprudencia de los conductores que corren como suicidas, el carro nuevo, regalo de aniversario, se lo dije, no todo lo que hablo puede ser bueno y para mi hay cosas difíciles de decir, me cuesta trabajo ponerme a contar mentiras, por eso quisiera irme a otro lugar donde nadie me conozca y trabajar en cualquier cosa, así sea lavando ropa, fregando pisos en algún edificio, que se yo, ni siquiera es por falta de no intentarlo, estuve en Bucaramanga, en Medellín, en Cali, era como si llevara un letrero pegado a la espalda haciéndome propaganda, la gente resultaba buscándome, cualquier cosa me ponía en evidencia. Véame en este barrio de Bogotá donde ni las calles están pavimentadas y casi no entran las busetas, en el supermercado de la otra cuadra como al tercer día de llegar voy a comprar unas verduras para el almuerzo y me dice un viejo con cara de venido del campo, óigame doña y usted no es la que leía el tabaco allá por los lados de Caldas y le dijo a mi sobrina que se iba a ganar un chance de diez millones pero el marido se le volvió loco, imagínese a la pobre, no le alcanzó la plata sino para meterlo en el hospital, eso me pasa siempre, bueno, dirá usted que le cuento un poco de cosas que no valen la pena, estoy haciéndole perder el tiempo, dos preguntas más, como no, primero me preguntó por su novia, después por el trabajo, después otra mujer, el matrimonio, ah sí que cuantos hijos, que como le iba a ir otra vez en Colombia, ya le dije, hay un poco de bueno y el resto no quería decírselo, pero ya sabe, el humo del tabaco lo dice todo y no podría callar lo otro, no crea que ya intenté en varias ocasiones ¿el resultado?
Es lo más extraño, ve usted el humo, si como no, se va disipando de manera más tranquila, cada bocanada se parece al ánimo de la persona que me pregunta, no siempre es sereno como el de ahora, la gente emana muchos humores, es peor cuando oculta alguna cosa, el humo agarra un color negro y es como si fuera a compactarse, va negreándose  como una madeja de lana flotante y me da susto porque hace alrededor de siete años una señora, de esas viejas rezanderas que se iba a morir en quince días y no me atrevía a decírselo creyó estar viendo una calavera dentro del ovillo de humo, otros me aseguran haber visto buitres con dos cabezas, el sobrino de una amiga cree que en una mesa parecida a esta tomaba forma una cobra, en fin, tal vez usted olvide toda esta palabrería cuando salga a la calle y dirá lastima mi plata que le di a esta vieja, usted es una persona seria, se me hace, pero hace falta la última pregunta, si desea hacerla, ya sabe, son siete, hay quienes piensan que son muchas y no hacen sino tres o cuatro, bueno, muy bien, es algo muy personal, ¿Su salud? Eso está bien, le entiendo, es su deseo y mi deber es cumplir con la misión que Dios me ha encomendado, lo veo tan claro como el día y no quisiera decírselo pero usted me lo ha preguntado, no puedo evadir una respuesta, ¡Ay señor¡ estas preguntas inoportunas que me llevan a una contestación despiadada, no me queda más remedio: le quedan nueve años de vida
 

All rights belong to its author. It was published on e-Stories.org by demand of Luis Ignacio Muñoz.
Published on e-Stories.org on 13.09.2018.

 

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