Brandon Balderas Rocha

Tercer día: Nuestro Inicio

En ese entonces no lo sabía, pero lo sospechaba.
Tú llevabas días diciéndome que no sabías como ibas a actuar al verme.
Yo rompí ese miedo con un simple “¿Quieres ir a comer?”
Y entonces fui por ti como si no importara nada, te saqué de tus menesteres
y te introduje en mi rutina.

Efectivamente no sabías como actuar frente a mí,
pero el miedo a causarme alguna molestia, el miedo a hacer el ridículo frente a otros.
Ese desapareció, porque llevé lo nuestro donde y como mejor lo hacíamos: a solas.
Recuerdo bien lo que comimos ese día, aunque no sé si se calmó tu apetito,
pues a cada bocado que dabas me soltabas uno a mí de risa nerviosa, de risa coqueta.

Y así desde ese instante de en que venciste tus dudas al aceptar comer conmigo,
Empezó verdaderamente lo nuestro, empezó este hermoso jugueteo que algunos llaman conquista, otros coqueteo y yo…
"La inevitable atracción entre dos mitades de corazón."

Empezaste a pasar tus tardes conmigo, empecé a anhelar las noches contigo.
Comencé a acariciarte el pelo cuando te recostabas en mi hombro y eso, eso era amor.
Me sentía el hombre más gracioso y te encontraba cada día más endemoniadamente encantadora.

Lo nuestro inició de la manera más inocente posible, y eso es lo que lo ha hecho tan hermoso.
Cada día suspirabas más con mis poemas, cada madrugaba más extrañaba tu canto.
Poco a poco empezamos a cambiar las aulas y los corredores de la facultad por bancas en un jardín,
paseos en la ciudad, probamos a cuentagotas los licores del amor mutuo
y comenzamos a creer que el momento más bello del día era aquel en que nos veíamos por vez primera,
porque siempre, siempre venía acompañado de un abrazo, de esos que nunca nos faltaron.

Viendo hacia atrás, fui un necio en no reconocer a tiempo mi limerencia.
Lo justifico con miedo y no me arrepiento, pero que tonto fui al negarme mi verdad.
Y sin embargo… te sentías protegida, te sentías querida y te sentías feliz.
Recuerdo perfectamente aquella tarde que te encontré comiendo con un extranjero,
y que te saqué de ahí porque confundida e ingenua no te habías percatado de lo que sucedía.
Recuerdo tu figura aferrada fuertemente a mí, recuerdo mis brazos rodeándote.

Cada día, cada segundo sabía más de ti, y con cada palabra que me dabas quería saber más.
Cada momento, cada risa, cada contacto físico entre los dos (por más que los evitaba)
nos volvían menos nosotros y más… “lo nuestro.”
 

 

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Published on e-Stories.org on 26.03.2018.

 

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