Fernando Otero

Los Dias Del Calor

Daba la impresión que los treinta años de casados hubieran transcurridos a la velocidad de la luz. Sin embargo y contrario a ese sensación, los días de la llegada como inmigrantes al norte prometido y las memorias de todas las peripecias vívidas para alcanzar el mitológico sueño dorado, no parecían recuerdos vívidos y sufridos en carne y hueso propio, sino reminiscencias lejanas mezcladas con los recuerdos de libros leídos durante las vacaciones del colegio y de las telenovelas venezolanas de las cuatro de la tarde con Ricardo Bardina y Lupita Ferrer que veía sin falla de lunes a viernes, rodeado por las tías que comentaban a gritos las incidencias y le lanzaban insultos al televisor que habían instalado en el cuartito de la costura, cada vez que el personaje de Lupita Ferrer sufría los ultrajes diseñados por el libretista de turno.

Habían tenido dos hijos quienes nacieron, crecieron, y se fueron antes de que las raíces que les comenzaban a nacer en las plantas de los pies encontraran tierra fértil en el patío de la casa. Un sábado los encontró cuando el uno le cortaba al otro las raíces usando la cortadora de poda que tenía guardada en la caja de herramientas. Después de que acabaron de cortar hasta la última ramificación que los retenía al terruño familiar, metieron los pies en agua tibia, se echaron sulfato de cobre para evitar infecciones, se cubrieron los pies con gasa blanca, y se fueron.

Flor había sido una madre ejemplar, estirando los ingresos para darles todos los gustos a los hijos, y encontrando la fórmula mágica para que la casa se llenara del olor de guayabas invisibles para que de esa manera no se perdiera el recuerdo de la patria lejana. Nunca había sido mujer de quejas, pero desde hace unos meses había comenzado a quejarse por el calor. Ya le pasará, pensó, pero igual que las contracciones del parto, el tiempo entre quejas se acortaba cada día hasta el punto que se había convertido en una queja constante y sin fin. Un día cualquiera, cuando llegó del trabajo, la encontró sentada al frente del televisor con el aire acondicionado resoplando al máximo y dos abanicos de pie a cada lado. La imagen absurda la trajo a la memoria un recuerdo de la infancia que se había refundido en un rincón del cerebro. El recuerdo se remontaba a los días en que vivía con las tías en la casa de la Calle del Cuartel. Las tías que andaban juntas para todo, llegaron de una manera simultánea a la menopausia. En esa época tuvieron que contratar a tres cargadores de bulto del mercado, que cada día llegaban con bloques de hielo seco cargados al lomo. Las tías y los bloques de hielo se encerraban en la salita de té por horas. El poseído por el virus de la curiosidad, pegaba el oído a la puerta y escuchaba gemidos que nunca antes había escuchado y que sólo volvió a escuchar muchos años después cuando fue por primera vez a la casa de María de la Hoz, la meretriz del barrio Abajo, que se había vuelto famosa por crear una estrategia innovadora de mercadeo cuando instituyó una tarifa de medio precio para estudiantes de bachillerato entre las 4 y las 5 en las tarde de lunes.

Un atardecer aprovechó la presencia de los vientos alisios para invitar a Flor a cenar en el café del parque que por muchos años había sido el sitio preferido para disfrutar el oficio de no hacer nada sino simplemente dejarse atender, mientras observaban el paso de la humanidad a través de los ventanales que daban a la calle principal. Gotas de sudor comenzaban a aparecer en la frente de Flor mientras ella discrepantemente se abanicaba, sin querer quejarse, para no dañar el momento. Esa noche había un concierto de rock en el muelle por lo que grupos de adolescentes iban y venían llenando la calle de colores, risas, y energía.

Flor no pudo disimular más y las gotas de sudor comenzaron a inundarle el rostro. Si sigues sudando así te vas a desaparecer, bromeó. Ella prefirió no hacer caso al comentario, al final de cuentas, oídos sordos a palabras necias era el arte que había aprendido desde niña para evitar argumentos innecesarios, así que simplemente le sonrió y le dijo que se iba al baño a refrescarse. La vio alejarse y se quedó con la compañía de la cerveza fría recordando con añoranza los tiempos de la conquista, del primer beso, y de las caricias disimuladas durante la función de matiné del Cine Murillo. Estaba absorto en esos pensamientos cuando a la distancia vio a una chica que caminaba sola y que seguía la ruta de los otros chicos hacía el concierto en el muelle. A medida que se acercaba se le hizo obvio un parecido increíble con la Flor de 40 años atrás. La chica caminaba alegre, sonriendo, con la alegría y despreocupación que sólo se tienen a los 17 años. Cuando llego exactamente al frente de donde él estaba, se detuvo, se dio vuelta, lo miró, le sonrió, y siguió su camino. El sintió un frío en el espinazo que le puso los pelos de punta. La chica era una calcomanía de la Flor del pasado. Se sintió inquieto y un poco asustado por el momento inexplicable e inesperado.

Flor se estaba demorando. Ese pensamiento lo sacó del estado de estupidez en que se encontraba. A lo mejor Flor se había enfermando, pensó. Así que decidió ir a buscarla al baño. Para su sorpresa, la puerta de baño estaba medio abierta. La empujó, encendió la luz, y sintió una descarga de diez mil voltios en todo su cuerpo. En una esquina, en el suelo y en medio de un charquito de agua estaba perfectamente doblado el vestido de Flor.

 

All rights belong to its author. It was published on e-Stories.org by demand of Fernando Otero.
Published on e-Stories.org on 06.02.2018.

 

Comments of our readers (0)


Your opinion:

Our authors and e-Stories.org would like to hear your opinion! But you should comment the Poem/Story and not insult our authors personally!

Please choose

Previous title Previous title

Does this Poem/Story violate the law or the e-Stories.org submission rules?
Please let us know!

Author: Changes could be made in our members-area!

More from category"Fantasia" (Short Stories)

Other works from Fernando Otero

Did you like it?
Please have a look at:

El Lenguaje del Inmigrante - Fernando Otero (Pensamentos)
Pushing It - William Vaudrain (Geral)