Emilce Muriel Gandó

La ignorancia también es una enfermedad

Mi mamá conoció a mi papá a sus 18. Fieles a los mandatos de la época, pasaron seis años de novios, se casaron y a los dos años de convivencia, nací yo. Papá era un mujeriego. Patológico. Pero había elegido a mi mamá como compañera de vida y como futura madre de sus hijos. Mamá siempre (dicho por quienes la conocen desde la cuna) fue especial. Pinta como una reina, escribe, es divertida, es una fuente de cultura. Pero a veces se abstraía. Quedaba sumida en vaya a saber uno qué pensamiento. Se ponía ansiosa. Mi papá, más pragmático y resolutivo, empezó a impacientarse (calculo que tentado por el impulso de no perderse más aventuras extra matrimoniales que estaba resignando).
Yo tenía dos años cuando mamá ya no quiso levantarse de la cama. Papá se había ido de golpe y porrazo medio año antes. Cansado de “verla siempre triste, ensimismada”. Mi abuela, Tata, la mamá de mamá, falleció dos meses después de que papá la dejara.
Todo lo que sé de ésta historia es lo que diferentes actores me contaron…es mito urbano y subjetivo. Sí guardo la imagen de mamá en la cama. Y yo llorando, pidiendo que se levante. Eso me lo acuerdo. Era más grande ya. Me acuerdo el nombre de su primer psiquiatra, Galinoski. Nunca lo voy a olvidar. Yo contaría los siete años y ese hombre, literalmente, le salvó la vida.
¿Cómo sabemos que alguien tiene síndrome de down? Porque, de primera, le vemos los ojitos achinados. ¿Y que alguien tiene psoriasis? Fácil: or las manchas en la piel.
La depresión es una enfermedad que no se ve en un rasgo físico puntual. Es silenciosa la guacha. Capaz empieza de a poco. Quizás hay un detonante. Como cuando papá la dejó. Es solo un detonante. La tristeza estaba ahí, latente, esperando a emerger y, si uno tiene suerte y apoyo adecuado, a resolverse.
Volviendo a mis progenitores, papá era el mejor del mundo. Bostero, fanático de Serrat y de El Che, aunque le gustaba tener siempre el último modelo de Ford Focus disponible y veraneábamos en Uruguay. Hoy le dirían “hippie con OSDE”. Nos decían los burguesitos a él y a mí.
A papá también le gustaba leer, como a mamá. Siempre llevaba un libro en el auto. Pero leía cosas simples. Ni Proust, ni Kafka, ni Nietzsche ni Schopenhauer. Nada que le hiciera analizar demasiado el mundo. Leía relatos de fútbol. Era relajado. Era más mundano. La vida lo tocaba menos. Él lo prefería así. Era autosuficiente e independiente. Hasta que se enfermó de cáncer, se quedó sin caminar y entendió que siempre, siempre, necesitamos al otro. De la forma que sea. Durante los seis años que estuvo postrado entendió que, si no hubiese cuidado y alimentado las relaciones como lo hizo, no hubiese salido a ver el sol nunca más, ni siquiera en silla de ruedas. Por suerte, sus hermanos y mi mamá estaban ahí para empujar esa silla. Y sobre todo, esos seis años de letargo y muerte lenta le hicieron entender, por primera vez, que mamá había estado también enferma mucho tiempo. Enfermedades que en la década del ´80 no eran consideradas como tal.
De todo esto hablamos unos meses antes de despedirnos. Fueron los meses en los que mejor lo conocí.
Hoy está un poco más aceptado colectivamente que la depresión es una enfermedad, al igual que la leucemia o el resfrío. Que es un trastorno psico-físico, generado en el sistema límbico. Que no es solo falta de voluntad. Pueden ser episodios de tristeza temporales. O puede ser algo mucho más profundo. A alguien deprimido no le sirve el “mirá todo lo que tenés en la vida”, “no seas desagradecido”, “levántate por tu hijo”, “no puede ser que te la pases llorando”, “¿hasta cuándo vas a elegir estar así?”. No lo entendemos. Tenemos un vacío existencial demoledor. El mundo no solo nos atraviesa. Nos parte al medio. Sentimos el triple. Vemos el triple. El viento se hace poesía y la poesía nos lleva, de nuevo, a la amargura. A la nada. La depresión grave, clínica, no es solo estar tirado en la cama y sentir que no hay motivo para levantarse. Es estar sumido en la mismísima nada. Y para sentir que hay algo o por la presión del “cuándo se va a terminar esto”, el depresivo se lastima. Si me lastimo, siento algo, además de vacío. Algo sucede. O, si me lastimo, alguien va a ver la herida. Va a oír el dolor. Se va a hacer cargo.
Y no. Nadie se hace cargo. Porque así no se cura. Dicen que se cura, en primer lugar, con el tratamiento médico que corresponde. Con rivotril, en el mejor de los casos. El medicamento estrella del siglo XXI. Es arduo el camino de encontrar la dosis justa de la droga indicada para que la dopamina, la serotonina y todas las “inas” que tenemos en la cabeza fluyan con normalidad.
Como segunda medida, dicen que hay que tener voluntad. Suena irónico. Pero si el depresivo manifiesta a gritos, con llantos y papelones su depresión, en un punto tiene voluntad de salir. Está buscando ayuda.
Ahí viene la parte heavy. Muchos te ayudan. Se compadecen. Están. El día de tu peor ataque de llanto te abrazan y te consuelan. Al décimo ataque, muchos ya se cansaron. Y es válido. Como acompañar a alguien a quimio, acompañar a alguien con una enfermedad mental puede ser un poco contaminante. Hay que estar preparado. Si tenés suerte, conocés a alguien que la vivió y que salió…y se asoma nuevamente la poesía de la sanación. Si tenés suerte, tenés ese amigo o hermano o padre que está. Así llores y repitas el mismo error infinita cantidad de veces. A veces el acompañamiento que dura en el tiempo viene de aquellos amigos por los que no dabas un mango. Que estaban una vez al año, para un café. En medio, tu amiga de bailes y fiestas se borra. Obvio. Un depresivo suele recordarte que la vida es injusta. Que a la gente buena le pasan cosas malas. Y que no hay explicación. Solo hay que aprender a convivir con eso.
Si el mundo no nos atravesara así, a los seres que somos así, complejos e inestables, no podríamos ver todo lo que muchos otros no ven. Esa es la contracara de los que elegimos pensar tanto, leer, ser curiosos y manifestar abiertamente lo que nos pasa. Porque llega un momento en que el depresivo no puede ocultarse. Porque deja de trabajar, deja de comer. O come para tapar. O se droga para olvidar. Hay un punto en que no sos vos con depresión. La depresión te come, te desborda.
En general, los que estamos en este estado buscamos razones para entender cómo funciona el mundo. Cómo la gente que es una mierda y que le hace mal a otros vive feliz y uno no puede levantarse de la cama. Nos preguntamos por qué nos pasa esto.
Mamá se curó. Después de años de tratamiento. Papá entendió, antes de morirse, que eligió ser un ignorante toda su vida, para no ver el dolor que le causaba a ella. O para no ayudarla a curarse. O porque así, ignorando lo malo, su vida era más fácil. Aun así, papá y mamá se quisieron mucho.
Si papá estuviera acá, entendería que no estoy eligiendo sentirme así. Esto simplemente me sucede. Y así como hay días enteros en los que no salgo de la cama porque solo quiero dormir para no pensar, hay momentos de luz donde pequeños gestos de gente ajena me hace sentir que no estamos tan solos, que el tratamiento tiene que funcionar. Que tengo que permitirme las recaídas y atravesarlas. Solo yo. Nadie más puede madurarlo, por muchos consejos que me den.
Si conocés a alguien así, intenso, triste, emocionalmente inestable...fijate que aunque te parezca un plomo, capaz es una persona hermosa, atravesando una enfermedad. Capaz es un sol tapado por una nube de tormenta. Te aconsejo que seas humano y lo abraces fuerte. El ardor en la espalda, la sensación de estar cortado por heridas sana solo con un abrazo sincero.
La depresión se cura. Elegir ser ignorante, no. No seas ignorante.

 

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Published on e-Stories.org on 08.12.2017.

 

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