Fernando Otero

El Lenguaje del Inmigrante

No había sido un camino fácil el que lo llevó adonde se encontraba. La aventura comenzó en su ciudad caribeña, en una tarde soleada y caliente, con ese calor que sube desde las aceras y hace sudar con el simple esfuerzo de pensar que hace calor, cerrando un círculo de hostigamiento que no podía tener otro final que camisas empapadas en sudor y un sofoco solo atenuado por la ayuda pasajera de la loción de mentol con la que saturaba el pañuelo en el que la abuela, entre rosarios y misas, había bordado su nombre en letras azules. Fue en esa tarde, la más caliente que podía recordar, por algún milagro o quizás por un error del cónsul en turno le habían aprobado la visa. Y fue así como pudo emprender el camino hacia el norte soñado, lleno de ilusiones y con la esperanza de morirse de frío en un tormenta de nieve decembrina.
Cuando llegó y se encontró solo en una tierra donde nadie lo entendía, ni él entendía a nadie, donde las palabras escritas tenían el mismo sentido y significado para él que páginas vírgenes, donde la comida no tenía el gusto y sabor fresco de verduras cultivadas en el patio de la casa y con la sazón conocida de la cocinera morena de siempre,  y donde encontrar un trabajo era una angustia que le comía las entrañas. Fue en ese ambiente de desesperación y melancolía que pudo encontraba sosiego en las palabras aprendidas del cura Agustino que fue su profesor de filosofía en los años del bachillerato y que se refería a una frase de Wayne Dyer que se volvió su mantra, “no puedes estar en soledad si te gusta la persona con la que estas solo”. Así que tomó la decisión de continuar hacia adelante. Y al fin, después de tocar muchas puertas que no se abrieron encontró trabajo en una fábrica de equipos electrónicos.
El primer día llegó lleno de ilusiones y de temor en sus deficiencias con el idioma. Había asistido juiciosamente a las clases nocturnas y gratis de inglés en el Vocational Tech pero en realidad no tenía idea si se podía comunicar pues todos los compañeros venían de otros países hispano parlantes convirtiendo la clase en un evento social donde hablaban en la lengua materna más de la nostalgia del ayer que en la promesa del mañana. La fábrica era un galpón inmenso con dos hileras de bancas llenas de herramientas. Cuando sonó el timbre, el galpón se fue llenando rápidamente mientras él, ansiosamente trataba de identificar en los rostros las similitudes de su raza Caribe pero no pudo encontrar a nadie con quien pudiera compartir la nostalgia por el olor de la guayaba. Todos sin excepción eran de una raza indudablemente asiática, y él era la mosca en el proverbial vaso de leche. Por alguna razón había terminado trabajando en una fábrica que empleaba refugiados vietnamitas recién llegados de los campos de muerte y dolor, chinos que habían entrado escondidos en barcos que venían cargados de transistores y televisores que eran el furor del momento, y filipinos que llegaban lleno de sueños e ilusiones.
Se sentó en el lugar asignado. El supervisor, el único americano en el grupo, le demostró sin hablar, la tarea rutinaria que tenía que repetir segundo tras segundo. Y así comenzó, en silencio, y solo hablando consigo mismo. Fue en un día de tantos que en un periodo de descanso, su vecino de banca se le acercó y le ofreció de su termo una taza de café dulce. Al día siguiente, camino al trabajo, decidió parar en el supermercado Latino con olores de la tierra, y compro un dulce de leche para el vecino sin nombre. Y así iniciaron una relación en la que cada uno hablaba al otro en una mezcla del inglés aprendido en las 
clases gratuitas y la lengua materna. Era una oportunidad de desahogarse sin un deseo real de comunicarse ni expectativa de respuestas. Cada quien hablaba al otro, muchas veces los dos a la vez, pues no era una conversación, sino simplemente una hemorragia emocional de palabras incoherentes que contaban secretos, y noches en campos refugiados, y cumbiambas a la luz de la luna en una playa lejana.
Y todo hubiera quedado así, en una comunicación sin sentido de no ser porque el día 29 de Abril, el día de su cumpleaños, su vecino llegó con una cajita en la que traía fritos típicos del Caribe, los cuales les había descrito en detalle en esas conversaciones solitarias.
Esa misma  noche mientras el sueño llegaba, la sorpresa del regalo inesperado le seguía rondando en la cabeza. ¿Era acaso que su compañero le había entendido la nostalgia por la celebración que no iba a ocurrir?- Y fue entonces entre sueños que le vinieron imágenes de campos de arroz, de voces familiares en un idioma desconocido. Se despertó y ya despierto, llegó a la conclusión de que de alguna manera esas conversaciones unilaterales en  realidad comunicaban historias y que de alguna manera los mensajes pasaban del uno al otro.
Al día siguiente llegó al trabajo con el convencimiento de que había descubierto algo especial y que este hallazgo era real y estaba dispuesto a probarlo. El día transcurrió normal con la rutina de siempre. Y así segundo a segundo, los minutos y las horas pasaron y llego el momento del descanso. Todos como siempre, se sentaban en el salón de descanso a comer en silencio. Esta vez el decidió cambiarlo todo, y fue de mesa a mesa, invitando en su inglés machacado a que se iniciaran conversaciones. Y poco a poco el ambiente se fue llenado de voces y acentos que no decían nada pero a la vez lo decían todo. La habitación se lleno de historias, de fraternidad. El supervisor americano, un tejano de 2 metros, se quedo mirándolo. Era obvio que no podía entender ninguna de las palabras que llenaban el ambiente. Fue en ese momento cuando comprendió que solo ellos podían entenderse entre ellos. Por alguna razón inexplicable, le inocencia del no poder dominar el idioma, les permita comunicarse de una manera diferente, como si hubiera un traductor instintivo de ideas y sentimientos. Y la conclusión lógica es que con el tiempo, poco a poco, esa capacidad de entender al inmigrante de otras partes se pierde hasta que nos volvemos los supervisores tejanos que miramos con asombro como esos recién llegados se comunican y cuentan historias en un idioma lleno de palabras sin sentido.
 

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Published on e-Stories.org on 09.02.2017.

 

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