Fernando Otero

El Misterio

El sacerdote iniciaba las plegarias en un latín incomprensible pero con tonos no totalmente desconocidos porque a pesar de su corta edad había comenzado la rutina de la misa diaria de la mano de la abuela desde siempre, ó mejor dicho desde cuando la memoria le permitía regresar al pasado.
Desde hace unos meses le había pedido que se sentaran lo más cerca posible al altar. Y ella aceptó como aceptaba todo aunque ella hubiera preferido sentarse atrás para rezar el rosario en silencio mientras el sacerdote hablaba en ese lenguaje extraño y ceremonioso que sonaba a sagrado. El miraba de reojo a la abuela contar las cuentas avanzando con una precisión matemática llegando siempre a la última pepita diez segundos antes de que se iniciara el ofertorio. Mientras la abuela guardaba el rosario en una carterita de cuero que tenía una imagen decorativa de la Virgen de Fátima, el agudizaba los sentidos pues el momento se aproximaba y él quería ser testigo presencial de ese misterio del que todos hablaban pero que nadie podía explicar. Observaba cada gesto del sacerdote envidiando la posición privilegiada del monaguillo tan cerca de la acción mientras que él a la distancia apenas distinguía la espalda del oferente quien ofrecía oraciones a las imágenes esculpidas en el retablo de madera.
Hoy habían encontrado un par de espacios disponibles en la segunda hilera de bancas barnizadas y pintadas con el mismo tono marrón oscuro del retablo. Además antes de salir de la casa se había robado un par de gotitas del colirio de agua de rosas que la abuela conservaba para tratar el mal de ojo. Definitivamente se sentía totalmente preparado para enfrentar el misterio. Cuando llegó el momento crucial todos en la congregación, arrodillados, bajaron la mirada al suelo en señal de respeto. El desafiando las enseñanzas de la abuela de quién aprendió a distinguir la frontera entre el bien y el mal, y corriendo el riesgo de condenarse a ser cocinado en una paila llena de aceite caliente por toda la eternidad mantuvo la  mirada fija en la hostia, conteniendo el aliento, sin moverse, los ojos abiertos sin disimular la intención. Las palabras sonaban pero no loas oía, pues con todo el poder de concentración que siete años de vida le permitían estaba dedicado a su misión. Y llego el momento del Padre Nuestro. Fué entonces cuando al fin se movió y dejó escapar un soplido lleno de desilusión. Tiene que haber una explicación, pensó, otra misa más sin poder presenciar la mágica unión del espíritu poseyendo la forma sagrada. 

 

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Published on e-Stories.org on 25.01.2017.

 

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