Luis Alberto Serrano

Elegir un Hombre (2ª Parte)

     Aarón estaba intentando aparcar el coche. Era hábil, pero el sitio parecía demasiado pequeño. Con esfuerzo y alta dosis de cabezonería logró dejarlo lo suficientemente cerca de la acera para que el guardia lo diera por bueno. Cogió el maletín con tratamientos y material de curas y salió medio apurado. Ya había ido a inyectarle antibióticos a la paciente durante toda la semana e iba tenso ya que no se le daba bien tratar con chicas atractivas porque se ponía demasiado nervioso. La de hoy lo era y mucho.
 
     Haciendo ejercicio de autosugestión, infundiéndose seguridad en sí mismo, de repente oyó una voz que lo llamaba: “Aarón, ¡Aarón!”. Miró hacia la terraza del bar desde donde salía la voz y allí estaba Begoña. Cinco años habían pasado, ya, desde la última vez que se vieron en aquel parque donde ella quedó llorando por fuera y él, por dentro. Sintió un fuerte frio en su interior. Le cogió de sorpresa y no supo evaluar si le agradaba ese encuentro o le haría daño. No quedaba más remedio que lidiar el toro y se acercó asustadamente sonriente.
 
     Ella estaba acompañada por un hombre apuesto que no se digno ni a levantarse cuando ella lo hizo para abrazar al que, un día, fue pretendiente empeñado de su corazón. Los presentó contenta de que se conocieran, por fin. Cuando Ramiro escuchó que ese era Aarón, le cambió la actitud chulesca que siempre demostraba por una más conciliadora. Incluso, se puso de pie para estrecharle la mano. Notó que Begoña le había hablado de él e, intuyó, que de todo su frústrate intento de romance. En menos de un segundo, Ramiro se dio cuenta que no era buena estrategia enfangarse en una nueva lucha con su rival y prefirió seguir por la vía amistosa. Esta reacción no era muy “de él” y eso no se le escapó a la chica.
 
     Al contrario, cuando Aarón escuchó el nombre de Ramiro, volvió a ver al rival que le había ganado, injustamente para él, la batalla por conseguir a Begoña. Había estado esos cinco años odiándolo sin conocerlo y no iba a cambiar de opinión por un apretón de manos. Le invitaron a quedarse a tomar algo por los buenos tiempos. “Así me cuentas como han sido estos años en los que has estado trabajando fuera, en esos países tan peligrosos. No sé como tuviste valor”, se intereso. A pesar de que no podía, que llegaba ya casi tarde a la reunión, tampoco le apetecía nada tener que oír a los artífices de la más sufrida derrota que había vivido. Declinó, educadamente, con una sentencia: “si hay algo que nunca puede hacer un sanitario es llegar tarde y mantener al paciente con un dolor que, quizás, sea insoportable”. Se fue y todo siguió su curso. Ellos hablando de sus cosas y él intentando relajarse para que no le temblara el pulso al irle a poner la inyección a la joven enferma.
 
     Esa noche Begoña no podía conciliar el sueño. Todo le daba vueltas. Ver a Aarón la turbó demasiado. Era un capítulo de su vida que no había cerrado y eso la traspuso. “¿Qué hago, lo llamo? ¿Lo dejo pasar y cierro el capítulo así?”, se preguntaba. En ese estado no dormiría en toda la noche. Decidió levantarse y tomarse una pastilla para poder recuperar el sueño.
 
     Al día siguiente se levantó muy cansada. La preocupación de verse desorientada de nuevo la agotó mucho. Ella era consciente que durante esos cinco años había envejecido mucho. Su vida sentimental daba tumbos de mes a mes. Empezó a salir con chicos y a disfrutar de ellos hasta el momento justo de prescindir de ellos. A Ramiro lo usaba como colchón porque a él no le molestaba. Cuando ella tenía una nueva conquista desaparecía y cuando se veía sola recurría a él. Aunque parezca mentira, sin ser pareja fue el único con el que duró los cinco años.
 
     De repente recibió un wasap de un número desconocido: “TE QUIERO”. Así, sin más y sin firma. Se le levantó una ligera sonrisa. Podía ser de cualquiera de las conquistas que había hecho, pero ella, como era lógico, se imaginó a Aarón. Le gustó la idea de que, a pesar de los años, la siguiera queriendo. Se decidió a tirarle de la lengua a juguetear con él, como hacían cuando salían del cine, juntos.
 

  • “Si, ¿y cuánto me quieres?
  • Pues lo de antes… y mucho más
  • Vaya, que sorpresa y en buen momento, ahora que estoy con el corazón vacío, le escribió ella.
  • Me gustaría que quedáramos, que habláramos de los viejos tiempos y, si se tercia, de los nuevos.
  • Me encantaría, podíamos ir a ver alguna película francesa y luego a tomar algo.
  • ¿cine? ¿y, además, francés?, no se yo si podría soportarlo.
 
El desconcierto se hizo presa de Begoña. ¿Con quién estaba hablando?. Aarón amaba el cine francés más que a otro vicio del mundo.
 
  • Perdona, ¿Quién eres?, le preguntó
  • Pues Marco, ¿Quién te creías, si no?
 
     Un tenso compás de espera se hizo antes de poder contestar. ¡Que pintaba su ex en este momento de su vida!. “¿”Te quiero”, me puso: “te quiero”?”, se le venía una y otra vez a la cabeza. Ahora sí que estaba perdida. No entendía nada. Hacía una semana tuvo que recuperar a Ramiro tras la debacle de su último romance y hoy, tres hombres se agolpaban en su cabeza. Los quería a los tres, pero a cada uno de una manera diferente.
 
     Se propuso una solución, quedar con los tres y mirar en el escaparate que es lo que ofrecería cada uno de ellos. Pero esta vez decidió dejarse llevar por la razón, que la vez que lo tuvo que hacer por el corazón, se equivocó y salió perdiendo.
 
     Tres opciones, y al igual que la otra vez, sabía que una sobresalía por encima de las demás. Tenía que llamar a su amiga y confidente Luorie para contarle y aclarar las ideas. Había visto hace poco en un cortometraje en el que un “loco” le pedía a un “inmigrante” que le contara sus problemas porque a medida que se los fuera contando le iría sirviendo para ordenar las piezas en su cabeza. Cuantas verdades dicen, a veces, las personas a las que consideramos locos. Se citó con ella en el café de siempre y le contó.
 
     Por un lado estaba Ramiro. A éste no debía evaluarle. Ya llevaba 5 años evaluándolo y sabía que no era el hombre de su vida. Simplemente era la tabla de salvación de días grises. No es que los iluminara más, pero hacía que no se volvieran más oscuros. Por otro lado Marco, su ex. Fueron muchos años y, en honor a la verdad, casi felices. Pero también era del convencimiento que si la cosa no funcionó una vez por apatía o aburrimiento era muy posible que con el tiempo volviera a suceder lo mismo. La única incógnita era Aarón. Pero tenía pareja.
 
     Lourie ya no le hacía mucho caso a Bego. Durante estos años la había escuchado muchas historias y sabía que le podía aconsejar lo que fuera, que ella haría lo que le diera la gana. Así que, se mantuvo prudente. “Prueba a los candidatos y si ninguno funciona, siempre tendrás a Ramiro”, sentenció. Eso mismo pensaba ella. “Ojalá, Aarón, se hubiera interesado por mi y no por ti. Yo no lo hubiera dejado escapar, te lo aseguro”, acabó diciéndole.  Al final, decidió a citarse con los dos. Llamó a su ex. Lo hizo feliz. Quedaron para el siguiente sábado.
 
     También llamó a Aarón. Con más miedo que otra cosa. Le intimidaba. Aunque él siempre había sido correcto, sabía que le debía una disculpa y le asustaba como plantear la cuestión. Además, ella sabía que la elocuencia y las estrategias no eran su fuerte. ¿Y si volvía a meter la pata?. Posiblemente, hasta le ofendiera que le pidiera una cita después de haberlo rechazado, ahora que había rehecho su vida. Decidió merendar con él, sin expectativas. Sin sexo, sin un más allá, sin reproches.
 
     A él le sorprendió mucho más la llamada de lo que cabía esperar. Su corazón había latido muy rápido durante todo el día en que, fugazmente, se vieron. Pero dio por sentado que había sido eso: un encuentro casual y fortuito. La llamada lo dejó atónito, casi sin saber contestar. “No se, podemos vernos, tomar algo, ver una película de las que nos encantan, te dejo elegir”, le invitó ella. Con una excusa absurda, declinó la invitación. Ella lo entendió. Siguieron hablando por teléfono de cosas banales hasta que se despidieron tan amigos.
 
     Bego sabía que no tenía derecho a irrumpir en su vida de nuevo. Él había encontrado su camino y no quería piedras que lo hicieran abrupto. Y ella podría ser una piedra y de las grandes. Aun así, no quería dejar de pasar una noche y saber cómo le iban las cosas, acabó mandándole un wasap: “Si quieres, vente con tu pareja una noche a cenar a casa. Me encantará conocerla”. No tuvo respuesta.
 
     Empezó a preparar la cita con Marco, su ex. Notó que comenzó a sentir mucho morbo por volver a hacer el amor con alguien con el que había compartido tanto tiempo. De hecho pensó que era una sensación que todo el mundo debería experimentar. Puso en la balanza a Ramiro y a Marco y era una batalla rara: un pasado incierto contra un futuro incierto. Nada que aclarara en absoluto. Ella lo tuvo claro, escucharía las pretensiones de futuro de Marco y luego acabaría teniendo sexo con él. Aunque sólo fuera por los viejos tiempos le apetecía mucho y él, ella lo sabía, no le iba a decir que no.
 
     El sábado empezó a arreglarse, su belleza estaba ya en un límite de descuido que hacía que ya no fuera tan atractiva como cuando ellos eran novios. Pero él había mandado un mensaje diciéndole que la quería. Aun así, se arregló bastante para estar guapa. Se tomó todo con calma, sabía que su ex no llegaría a la hora, ni de lejos. Aprovechó para sentarse un poco a mentalizarse de lo que iba a hacer. Sonó el wasap y miró la hora a ver si era que se le había hecho tarde. No era él. Era un mensaje que la nubló por completo: “Ya no tengo novia, murió hace un año en un atentado en la embajada donde trabajaba”.
 
     Tuvo que mandarle a Aarón un wasap para decirle que llegaba media hora tarde. Ese fue el tiempo que empleó en desmaquillarse todas las huellas que sus abundantes lágrimas le habían dejado en la cara. Volvió a maquillarse, pero esta vez con pocas ganas. Antes de salir a su cita de hoy, respondió al wasap de Aarón: “Mañana te llamo. Amor”. La palabra “amor”, la escribió y la borró tres veces pero acabó mandándola.
 
     El encuentro con Marco cambió de color. Cenarían, hablarían de los viejos tiempos, escucharía lo que él le tuviera que contar, todo en buena onda. Pero esa noche, ella no estaba para tener sexo. Sintió una sensación extraña de que si lo hacía, sería como serle infiel a Aarón. ¿Cómo puedo tener la sensación de ser infiel a alguien a quien ni poseo ni he poseído nunca?. No se entendía a sí misma, como le pasaba a menudo.
 
     La reunión, en un céntrico restaurante donde solían cenar cuando eran novios, vino precedida de un ramo de flores. A ella le gustaban, pero él nunca se las había regalado. Decía que eran una cortesía absurda e improductiva. Ella entendió que ese regalo era una forma de firmar la rendición. Ahí estaba él para que ella pusiera las condiciones. El chico había elegido el sitio con el fin de que le recordara los buenos tiempos que habían pasado ahí. De eso hablaron largo y tendido. Era su estrategia, apelar a que si una vez fueron felices, podrían volver a serlo. Durante el postre, la conversación se volvió más directa. Él era una persona eminentemente práctica. Nada de rodeos que no hacen sino perder tiempo. Le preguntó directamente si quería volver con ella.
 
     Ella lo veía venir. Fueron muchos años en pareja y él era demasiado previsible. Pero ahora no podía contestar, y menos sabiendo que Aarón no tenía pareja. Le pidió que le diera tiempo para pensar, que si quería siguieran viéndose y que el tiempo hiciera su trabajo. No era un “sí”, pero tampoco era un “no”.
 
     En casa, por la noche, rehízo su cabeza. Llamó a Lourie para contarle y se acostó con más dudas que certezas.
 
     Al día siguiente, con la mente fría, decidió el camino. Quedaría un día con Aarón y otro con Marcos. Tendría sexo con los dos y el ganador, como dice la canción de Abba, se lo llevaría todo.
 
     El viernes, turno de su ex. Iba relajada por dos razones: porque le apetecía volver a tener sexo con él y porque sabía que era lo que más le hacía disfrutar. Lo iba a dejar satisfecho. Ella, a pesar de todas las parejas que había tenido en esos cinco años, echaba mucho de menos la especial forma que tenía de chuparle entre las piernas. Un “maestro”, cómo ella lo llamaba. Se maquilló, se vistió, se perfumó con el perfume que sabía que le gustaba y se lanzó a la calle.
 
     Cena con abundante vino. A ella, la inhibición que da el alcohol, la excitaba mucho más. Según su apreciación, la volvía más sucia y perversa. Y ese fue el efecto. Los dos sabían lo que iba a pasar y tardaron poco en cenar para ir a casa rápido. Una noche de pasión desenfrenada donde él se lució muchísimo más que de costumbre. Los dos terminaron satisfechos. Ahora venía la parte en que ella lo desencantaría. Lo de decirle, “esto no quiere decir que vayamos a volver, ha sido un polvo y punto, me apetecía por los viejos tiempos y nada más”. Se notó que eso decepcionó a Marco. De hecho el resto del rato que estuvo en la casa estuvo más callado. “¿te vas a quedar a dormir?”, le pregunto ella. Él, renunció a la pregunta-invitación, se vistió disimulando malamente su desencanto y se marchó con un “nos volveremos a ver pronto” y un beso frio en los labios.
 
     A ella no le afectó tanto. Lo justo porque tampoco le apetecía jugar con los sentimientos de alguien a quien había querido mucho. Pero lo que más la mantenía distante de la postura de Marco era la ilusión de que esa noche le tocaba el turno a Aarón. Cinco años reprochándose haberlo dejado marchar, alimentaba sus ganas de verlo desnudo retorciéndose de placer. Se adecentó para la ocasión menos que el día anterior. Con éste no servían los artificios. Le gustaba la gente natural y sin aditivos. Eso sí, se puso la colonia que él le había regalado una vez para que cambiara la que tenía y que no le gustaba.
 
     Durante dos horas hablaron mucho de sus ex parejas. Bego hubiera querido que alguien hablara de ella como Aarón hablaba de su novia. De hecho, se fijó en que conservaba el anillo de compromiso de un noviazgo que, entendió, sería eterno y que la muerte no separaría. Aun así, el muerto al hoyo. “Yo le calmaré las penas”, pensó. Después de la divertida cena, llegaron a la casa y se fueron a despedir. Sabían que era inevitable y deseado por las dos partes ese abrazo que les hacían sentir tan bien.
 
     El de esa noche fue el más largo que se habían dado nunca. Se les aceleraron los corazones a los dos. Ese mismo corazón se le paró de golpe a Aarón al sentir la mano de Bego bajando por sus nalgas y al sentir un inequívoco apretón. Se miraron a los ojos como intentando hacerse preguntas mentales. “¿Qué hacemos? ¿Seguimos en la casa o lo dejamos aquí?”. Al que no le quedó duda fue a Marco, que los estaba espiando. Vio lo que tenía que ver y cuando ellos decidieron entrar en la casa, arrancó el coche y se fue.
 
     Ajenos a ello, subieron la escalera jugando con las manos entrelazadas. Se tumbaron en el sofá en un abrazo que se convirtió en beso y, por excitación, se convirtió en pasión. En un momento de lucidez, Aarón se separó. “¿Qué pasa?”, pregunto ella extrañada. “No puedo”, contestó. Se sentaron y hablaron largo y tendido. Ella llorando y él intentando explicarle su teoría: “nunca vuelvas a repetir algo que ya salió mal en el pasado”. Ella oía esa frase y le dolía. La entendía, pero no la compartía. Es más, no era como en el pasado como él decía. En otros tiempos, ella estaba equivocada en sus percepciones y no era la misma situación que ahora. Esta vez sí que podría salir bien. Y, aunque él era muy disciplinado con sus “normas”, en este caso no la tenía del todo clara. Al final se quedó a dormir, ella en la cama y él en el sillón. Por la mañana, cuando ella se levantó, él ya se había ido.
 
     Estando desayunando con la mirada perdida, intentando encajar todas las piezas de un puzle que se había vuelto incomprensible, sonó el wasap. Pensó que sería él para darle un mensaje final ya que no era de los de irse así, sin más. “Nunca me podría llegar a imaginar que tú y Aarón… en fin, os deseo que seáis muy felices”. ¿Marco? ¿Cómo se habría enterado?. “Tenemos que hablar”, le contestó.
 
     A la par le llegó el esperado mensaje de Aarón. Era una foto sacada del Facebook de su amigo poeta el la que se podía leer:
 
Tiempo, tutor amigo y aliado.
Siempre dispuesto a mostrar la luz
en los momentos más angustiados.
 
Tiempo, que calmas la ira,
enseñas con prudencia.
Consejero de mi muerte y de mi vida.
 
Haz tu cadencioso trabajo, Tiempo,
que yo espero tu señal
en nuestro justo momento.
 
     Ella lo entendió a la perfección. No juzgó sus dudas y se las respetó. Le contestó: “el Tiempo me ha dicho que quiere que vayamos al cine a ver una de nuestras películas.
 
     La cita con su ex, Marco, fue triste y tensa. Pero él aceptó la derrota con una mezcla de pena y alegría cuando ella le contó toda la historia. Le detalló los cinco años, sus pasiones y sus frustraciones. En el fondo la quería y quiso dejarla volar. Prefería eso a perder su amistad. Ella, agradecida lo besó en los labios y le pidió que no la dejara nunca. Ante todo… amigos.
 
     Un año después se celebró la boda. Aarón portaba un anillo que le regaló Begoña con la condición de que ella portara el anillo que su malograda novia le había regalado a él. Lo cual, la hizo muy feliz porque era ese marido que quería, el que tenía capaz de vivir y sentir por los demás.
 
     Le pidieron a Marco que fuera el padrino, pero no pudo. En las fechas en que se celebró el enlace estaría fuera de España presentando unos estudios en un congreso internacional. Una pena, porque siempre dijo que le hubiera encantado. Lourie tampoco fue a la boda. La excusa es que tuvo que ir a ver a su tío a París. Su enfermedad la reclamaba cerca de los suyos. Nadie sabía, por la discreción que tenían, que se había ido al congreso con Marco.
 
     Una noche, viendo una película, a Aarón se le ocurrió una pregunta.
 
  • ¿Y de Ramiro que sabes?, ¿Cómo se lo tomó?.
  • Pues, ¿sabes qué?. Nunca lo llamé. No me acordé nunca de que le debía una explicación.
  • ¿Y él no te llamó?
  • Pues no… así que, creo que no debo dar una explicación a alguien que no la necesita.

 
FIN
 

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Published on e-Stories.org on 12.10.2016.

 

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