Héctor de Souza

Revancha

(LA INSTITUCIONALIZACIÓN DEL INCONSCIENTE)

Nota: Relato publicado en el libro “La Empresa Inefable. Fragmentos de una historia apócrifa”, 2003, edición del autor. Desde una perspectiva uruguaya, los relatos de La Empresa Inefable articulan y recrean, mediante una narración irónica y antojadiza, un repertorio de anécdotas provenientes del mundo de lo cotidiano en las empresas. 
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     Los docentes se preguntaban por qué en aquella universidad la escala de calificaciones tenía once grados y no doce como era tradicional en la universidad pública. ¡Existían tantas hipótesis! Que tratándose de una universidad privada, que vaya si están haciendo las cosas más ágiles y actuales, pues una razón pragmática debe existir, decían los más liberales. Pues que la justificación, inferían otros, estaba por aquello de la pedagogía, que probablemente el número once fuera el preferido de Piaget a la hora de apostar a la ruleta suiza en la época en que formuló la doctrina de la epistemología genética (los educadores son personas con fuertes conocimientos en los temas biográficos de estos prohombres). Que seguramente tal rareza correspondiera menos a una innovación académica que a la imposición imperialista de los sistemas de software, que tal vez impidieran doce posiciones en la escala, y los tercermundistas debemos acatar, que es bien conocido el dominio globalizador que desde el norte se ejerce sobre nuestros sojuzgados países, decían otros. Algunos, más empíricos, atribuían las causas al trabajo de la secretaria; se dijo que, en días en que se gestionó la habilitación de la Institución, la secretaria, al tipear los documentos originales de los estatutos, habría omitido un grado –un simple número, en realidad– en la escala y, tan sencillo, pues no hubo manera posterior de solucionarlo, que en el Ministerio de Educación y Cultura no lo advirtieron –se sabe lo desatenta que es la burocracia estatal–, y desde propia Institución no habrían querido tocar el tema después de aprobada la habilitación, que tanto ha costado lograrla, y ya saben lo que representa ir de nuevo a modificar algo, que uno puede ir por lana y salir trasquilado… Y presumiblemente el error de la secretaria ha quedado impune, como siempre, que es claro a todas luces que está saliendo con un directivo (los docentes son muy hábiles en urdir historias porque, no olvidemos, en el arte de enseñar hay que tener, entre otras muchas destrezas, la de ser un buen contador).
 
     Las historias se multiplicaban como la incertidumbre. Alguien tuvo a bien incorporar una buena pregunta para dar luz y ordenamiento a la búsqueda de explicaciones. Todos comentaban la peculiaridad de que la escala tuviera once grados, y no doce, como fue dicho. Pero, ¿cuál era la nota que no estaba presente? Faltaba el S.S.MB. o, sencillamente, el Sobresaliente-muy-bueno.
 
     Por qué precisamente esta calificación; ¿era el azar que jugaba aviesamente, o había una intención lúcida y reflexiva, acaso? Ni lo uno ni lo otro.
 
     Todo se originó mucho antes. Cuando el actual director de la Institución era un joven y pujante estudiante, que lo había sido y muy bueno –tanto que su estirpe quedó reconocida por sus altas calificaciones–, allá lejos en el tiempo, sufrió, sufrió mucho cuando en un examen recibió la mala nota: “Aprobado con S.S.MB.”. Le resultó difícil soportar la ignominia. Hombre con escasa capacidad de asumir con flexibilidad situaciones difíciles y sobreponerse a ellas –de apechugar con la frustración, digámoslo–, no pudo él solo con la pena; ni siquiera años de terapia le permitieron superarla. ¡¿Cómo él, justo él?!...que acostumbraba a recibir con cierto desdén, por natural, la calificación de SOBRESALIENTE, así, límpida, sin claroscuro, había llegado a recibir un percudido Sobresaliente-muy-bueno. Sí, SO-BRE-SA-LIEN-TE-MUY-BUE-NO; qué clase de malicia se enmascaraba detrás de este matiz.
 
     Pero lo que no puede la inteligencia lo ha de poder el tiempo. Un día, pasados los años, cuando el joven había dejado de serlo, y era ahora el director de una novedosa carrera, en aquella novísima institución universitaria, llegó el momento de desquitarse contra la injusticia, de descargar la profunda ira y resentimiento contenidos tanto tiempo…
Y el hombre lo hizo: declaró írrito, nulo, disuelto y de ningún valor para siempre jamás el aborrecible Sobresaliente-muy-bueno.

FIN
 

 

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Published on e-Stories.org on 06.10.2016.

 

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