Emilio Puente Segura

LOS JUGUETES ROTOS ACABAN SIEMPRE EN UNA BOLSA DE BASURA. 8


                                                                                                                  Cpítulo 8


Apartamento de Sergio Suárez

10.20 a.m.

 

Con la ayuda de una escalera de mano y la mesa cercana a los pies del cadáver, miembros de la policía científica se afanaban en la delicada operación de bajar el pesado cuerpo sin vida.

En el suelo, dispuesta a recibir a su frío inquilino, esperaba extendida una bolsa de polietileno para cadáveres.

Segré, Mata-Santos y Blanchard, entraron al  estudio acompañados por un agente.

--Doctora Durán. Cuánto me alegro de volver a verla. ¿Cómo está..? --Segré estrechó su mano.

--¡Más gorda…, inspector! Y con el culo helado.

Segré sonrió.

--¿En serio? No... Yo la veo igual.

--¿De gorda..? --preguntó con sorna la doctora.

--¿No ha empezado bien el dia Claudia?

--No inspector Segré, no es un buen día. Ni por el frío que estoy pasando, ni por tener que hacer guardia hoy, ni por las circunstancias, que tristemente son las que son. Pero bueno, yo también me alegro de verles, por qué no. Y creo que parte de culpa la tiene éste virus contagioso navideño que estamos obligados a respirar por todas partes. Es imposible huir.

--Se le llama espíritu navideño doctora.--apuntó Mata-Santos--. Y déjeme decirle que está usted tan atractiva como siempre.

--Y usted sigue siendo un fresco y un zalamero. Como siempre. Para mí es un virus Laurencio. Una epidemia anual que se propaga con rapidez, ablanda el comportamiento diario de los afectados y vacía sus bolsillos. ¡Qué asco de Navidades! --desvió la mirada hacia los operarios que iniciaban el descenso del cadáver.

Los demás la imitaron y seguramente, el escalofrío que recorrió sus espaldas, no fue motivado por las gélidas temperaturas que se colaban desde la calle al apartamento a través de la puerta de entrada.

--Ya ven, toda mi vida en permanente contacto con la muerte... --empezó diciendo la doctora con cierta tristeza en la voz--. Y tengo que reconocer que nunca he podido acostumbrarme. Jamás seré lo suficientemente dura…, o fría…, o lo que haya que ser para no sentir nada en estos momentos. Y no sé si es bueno o es malo que mis tripas sigan revolviéndose como el primer dia. Quiero pensar que todavía sigo siendo humana. Si no sintiera nada, si mi corazón no se encogiera, significaría que ya no corre ni una sola gota de sangre por mis venas, y que estoy tan muerta como las propias víctimas a las que tengo que meter en una bolsa y practicarles la autopsia. Y si así fuera, me odiaría a mí misma. --suspiró profundamente--. Como odio ese lado tan primitivo del ser humano, ese acercamiento a la bestia impasible que llevamos en el interior y para la que resulta tan fácil matar. Porque matar es fácil ¿No creen?

--Tan fácil como morir doctora. --apostilló Segré.

--Ésto es lo más jodido de esta jodida profesión. Pero no es nada saludable para el coco que nuestros sentimientos se vean afectados continuamente por la muerte de otros. --intervino Mata-Santos--. No debemos permitir que los fantasmas de las víctimas nos acompañen a casa. Yo intento evitarlo, a duras penas, pero lo intento.

Había logrado crear una especie de acristalamiento blindado como los que hay en las cajas de los bancos entre él, y todo lo que sucediera al otro lado. Tenía que protegerse de alguna manera. En realidad no era tan fuerte como pudiera aparentar por su tamaño. Únicamente le afectaba, y de forma brutal, ver el cadáver de un niño asesinado. Eso conseguía despertar al oso salvaje que hibernaba en sus adentros. Si en ese momento lo tuviera delante, destrozaría con sus propias manos al cobarde hijo de la gran puta que había acabado con la vida de un ser tan indefenso e inocente. “¿Quién, por muy mal que esté de la cabeza, puede llegar a ser tan cruel e insensible como para cometer una atrocidad semejante con un niño?” Durante horas permanecìa tan desalentado y abatido que parecía no pertenecer a este mundo, y no lograba apartar de su mente la terrible imagen hasta pasados unos días.

Él, y su esposa Lara, soñaban con el día en que pudieran estrujar entre sus brazos a su primer hijo. Llevaban casi dos años intentando quedarse embarazados, como solía decir Laurencio en tono de broma, sobre todo al principio. Ahora con el paso del tiempo evitaba que se hablara del tema. Últimamente, ese era el único motivo por el que había alguna discusión entre el matrimonio. El deseo de querer tener un hijo desde hacía tanto tiempo y no ver ningún resultado positivo pese a su frenética actividad sexual, comenzaba a convertirse en una verdadera obsesión, y la obsesión provocaba cierto nerviosismo cuando tocaban el tema, diciendo cosas desagradables el uno del otro que en realidad no pensaban. Laurencio siempre posponía cualquier intento de su compañera para coger cita con un especialista. Ya no le quedaban más excusas que poner. A ella esa postura la sacaba de sus casillas porque no la entendía, él precisamente era quien más ganas tenía de ser padre. Y es que el grandullón de Laurencio Mata-Santos, temblaba angustiado ante la posibilidad de recibir el humillante diagnóstico por parte del médico: “Siento darle una mala noticia caballero, pero es usted infértil. Estéril. Improductivo. Ineficaz. En definitiva: Inútil”. Nunca había confesado sus miedos a Lara. Luego, después de discutir y no mirarse a la cara durante unas horas, la reconciliación solía ser especialmente apasionada.

--¿Qué tenemos claro por el momento? --quiso informarse Segré.

Claudia  Durán recitó de carrerilla el parte de guerra.

--Lo único seguro por ahora es que la víctima es un varón joven. Entre veintidós  y veinticinco. Sabemos que se llamaba Sergio Suárez Luna. Que sufría paraplejia debido a un accidente, y que la hora de la muerte se sitúa entre las tres y media y las cinco de la madrugada.  ¡Ah! Y vivía solo.

--¿Y qué le ha hecho sospechar que no se ha suicidado doctora? --cuestionó Laurencio--. Porque yo, así de primeras, lo que veo es un señor colgando de una soga.

--De primeras es lógico pensar en el suicidio. Pero hay un elemento tan revelador y tan a la vista, que sería un pecado no darnos cuenta enseguida de que el chico no pudo hacerlo por sí mismo.

--¿La silla de ruedas..? -observó Segré

--Al verla, tuve la sospecha de que la víctima padecía algún problema físico. Observé su cuerpo, y en efecto, si se fijan, la carencia de masa muscular en sus piernas es evidente, nada que ver con la musculatura más desarrollada que presenta en torso y brazos, por lo que le hubiera resultado prácticamente imposible subirse a la mesa él solo y... de haberlo conseguido trasladando su cuerpo a pulso desde la silla de ruedas a la mesa, que es de la única manera que podría hacerlo, después, y siempre estando sentado no lo olvidemos, debería contar con la destreza y la habilidad suficiente como para lanzar la soga y acertar a pasarla por encima de la viga… --todos miraron hacia el techo--. Sí…, por ese estrecho espacio que queda entre la viga y el techo. Suponiendo que lo lograra. ¿Cómo demonios anudó la soga a la viga si no puede ponerse de pie? Imposible.

--Está claro que él solo no pudo hacerlo. --Segré se llevó la mano a la barbilla y acarició el hoyuelo con el pulgar.

--Además, con sus limitaciones, yo hubiera elegido cualquier otra forma más sencilla que ésta para quitarme la vida. --añadió Laurencio.

--Estoy de acuerdo, de esta manera habría tenido que solventar una complicación tras otra. Y está claro que uno mismo no puede auto elevar su propio cuerpo tirando de un extremo de la soga. --Osvaldo miró a la doctora esperando su confirmación.

--¿Iban de boda? --preguntó Claudia con una soltura no exenta de ironía ante la elegante estampa de Osvaldo Blanchard.

Segré y Laurencio soltaron una sonora carcajada. El subinspector Blanchard introdujo las manos en los bolsillos de su gabardina y la cerró escondiendo el traje que llevaba debajo, como haría un exhibicionista después de mostrar sus atributos en público.

--Disculpe Claudia, no les he presentado. --se excusó Segré con la sonrisa todavía en los labios--. Nuestro nuevo y elegante compañero, el subinspector Osvaldo Blanchard. Ella es Claudia Durán, la mejor forense del mundo y la más sarcástica, como has podido comprobar.

--No exagere por favor… --replicó la doctora tendiendo la mano al joven subinspector--. Excuse la broma y también mi atrevimiento subinspector Blanchard. Encantada de conocerle.

--Lo mismo digo doctora. No pasa nada. Me quitaré el maldito traje, lo guardaré en el armario y dejaré que se lo coman las polillas. Está claro que la idea de ponérmelo para causar buena impresión, no ha sido de las mejores que he tenido. --rieron todos de nuevo.

--No hagas caso tio. --intervino Laurencio--. La puta envidia fue lo que motivó al primer asesino de la historia, Caín. Todos sabemos que si un francés no viste de forma elegante y es fino en sus modales, no es un auténtico francés. Y tú subinspector eres un señor “mesié”. Ojalá el traje me sentara tan bien como a tí.

--Ya expliqué que no soy francés Lauren, pero gracias por tu apoyo.

--De todas formas Lauren, aunque la mona se vista de seda… Ya sabes como termina el refrán. Te imagino con él puesto y seguirías pareciendo un motero macarra del tamaño XXL, embutido a duras penas y con bastante esfuerzo en un traje demasiado elegante y caro para tí. --bromeó Segré.

--Ja ja, deja que me ría. Después de tu graciosísimo comentario. ¿Podemos seguir de una puta vez con lo que nos ha traído hasta aquí señores?

--En lo de continuar estoy de acuerdo, pero por favor Laurencio, si no tiene usted nada en contra de las señoras putas no sea ordinario, deje de nombrarlas, modere su lenguaje. Al menos cuando yo esté delante.

Laurencio bajó sumiso la mirada.

--Prometo ser más comedido doctora.  

--Se lo agradezco. Sigamos. Osvaldo..., por favor, antes le he interrumpido. --se disculpó de nuevo la doctora Durán.

--Si. Sólo quería resaltar que, si no me equivoco, quien lo hizo tuvo que elevar el cuerpo a pulso. Y para hacerlo, no  cabe duda de que hay que tener bastante fuerza y por supuesto, la víctima debe estar inconsciente o muerta, porque de no ser así, es casi imposible que una sola persona pueda ahorcar a otra que sea capaz de oponer resistencia.

--Pero tenga en cuenta que la víctima no contaba con ningún tipo de sensibilidad de cintura para abajo. Eso corría a favor del supuesto asesino. Coloquialmente hablando, era una presa fàcil. O quizás fueran más de una persona, quiero comprobar si en alguna parte de su cuerpo hay marcas, tanto de lucha como de defensa. Después de ver el cadáver por encima, pasaremos a la habitación del muchacho. Parece ser que allí es donde ha comenzado todo.

--¿Quién le ha encontrado?

--Por desgracia... su madre. --arguyó apesadumbrada.

--¡Vaya..!

--Está siendo atendida en la ambulancia. Hace un momento me han confirmado que sigue fatal, continúa en estado de shock. No hemos podido hablar con ella

--Un descubrimiento terrorífico. Un instante de locura, traumático, de esos que no te dejarán levantar la cabeza jamás. Habrá que esperar hasta que se recupere. No es probable que el móvil sea el robo, pero aún así tendrá que hacernos un inventario de los objetos de valor que había en la casa por si echara algo en falta.

--Demasiado ensañamiento con la víctima sólo para robar. ¿No cree Segré? No tiene pinta de que el móvil fuera el robo. Le adelanto que lo único desordenado que hay en la casa es su dormitorio. Por otra parte, lo poco que sabemos de la víctima es gracias a la vecina del piso de abajo que fue quien encontró a los dos y llamó a emergencias. La madre estaba tumbada en el suelo sin conocimiento. La vecina en cuestión está ahora mismo acompañando a la madre en la ambulancia. Dijo que les une una buena amistad. Estaba pendiente por si el hijo necesitaba cualquier cosa o para dar la voz de alarma en caso de que tuviera algún percance doméstico. Casi no hay que preguntarle nada, ella solita te cuenta hasta lo que no te interesa saber. Habla por los codos.

--Eso es una ventaja, y también que tuviera vigilado al chico, sabrá quién ha pasado últimamente por el apartamento. Puede ser una buena fuente de información. Hablaremos con ella. ¿Algo más? ¿Hay huellas de pisadas? --continuó Segré.

--Las que hemos encontrado y son recientes, corresponden a un zapato de tacón femenino, aproximadamente de una talla treinta y seis. Serán de la madre, o quizás de la vecina. A no ser que el asesino nos sorprenda y sea asesina. Pero que esto sea obra de una mujer queda descartado al cien por cien sabiendo como sabemos que quien lo hizo debe tener una fuerza física fuera de lo normal. Por otro lado, en el rellano de la puerta, en las escaleras, o abajo en el portal, olvídense de encontrar nada. La casualidad no nos ha favorecido. A eso de las siete de la mañana, como todos los jueves, la persona encargada de la limpieza del inmueble lo ha dejado todo impecable.

--¿A las siete? Es una hora bastante cercana a la del asesinato ¿verdad? Sería interesante localizarla. Lauren, ocúpate de dar con ella por favor.

--Ok... Seguro que la vecina guardián debe tener su número de teléfono. Me acerco a la ambulancia, y de paso pregunto por el estado de la madre.

Mata-Santos subió la cremallera del parka para abrigarse y salió del estudio.

--Hay agentes tomando declaración a todos los inquilinos del inmueble… --informó Claudia.

--Muy bien, perfecto. Otra cosa doctora. Al entrar me he fijado en la cerradura de la puerta y no está forzada. ¿Se sabe cómo accedió a la vivienda?

Claudia negó lentamente con la cabeza.

--No hay nada forzado inspector. Ni las ventanas, ni la puerta de entrada... Nada.

--¡Doctora! --un miembro de la policía científica llamó su atención--. El cuerpo está preparado para su traslado.

--Perfecto, gracias.

Sergio Suárez yacía dentro de la bolsa para cadáveres con la cremallera todavía abierta. Claudia se acercó junto con sus acompañantes, se acuclilló y examinó el cuello detenidamente.

--¡Vaya! Miren. Fíjense en esto. La marca dejada por la soga es la que recorre en sentido oblicuo el cuello y se pierde por detrás de las orejas, pero luego hay una segunda lesión más nítida que la primera. ¿La ven? Rodea en horizontal casi la totalidad del cuello. Me jugaría el puesto a que es la que le ha producido la muerte por asfixia.

--¿Estrangulado..? --preguntó Osvaldo.

--Eso parece. Puede que estuviera usted en lo cierto cuando dijo que una persona no puede ahorcar a otra si no está inconsciente o muerta, y nuestra víctima tiene toda la pinta de que ya estaba muerta. Pero hay que actuar con rigor y esperar a los resultados finales para poder asegurarlo.

La doctora Durán retiró con cuidado las bolsas de papel y examinó las manos del cadáver.

--A simple vista no veo nada entre las uñas… Sin embargo, alrededor de las muñecas hay unas marcas. Como si hubieran estado aprisionadas durante un tiempo prolongado, y en el vello… si os fijáis bien... hay restos adheridos... --observó detenidamente unos segundos.

Con las pinzas tomó una mínima muestra y la moldeó entre los dedos para comprobar su tacto. La olió--. Es una sustancia pegajosa. Quizá caucho sintético de cinta de embalaje. En los reposabrazos de la silla hemos encontrado algo similar. Se cotejará en laboratorio.

--¡Un momento... Déjeme sus pinzas Claudia!

Segré se puso un guante y dirigió las pinzas hacia el bolsillo del lado izquierdo de la camisa del pijama de Sergio, donde asomaba tímidamente el borde blanco de lo que parecía ser un papel. Lo sacó despacio del bolsillo y se lo entregó a Claudia.

--La tarta tiene sorpresa...

Ésta, agarró el papel por los extremos y leyó en voz alta:

“LOS JUGUETES ROTOS ACABAN SIEMPRE EN UNA BOLSA DE BASURA”

Los tres guardaron silencio, repitiendo como un eco para sí mismos la frase que acababan de escuchar por boca de la perita forense, buscando dar algún sentido lógico al contenido.

“LOS JUGUETES ROTOS ACABAN SIEMPRE EN UNA BOLSA DE BASURA” -- volvieron a repetirse.

--¡El hijo de puta! --gritó Osvaldo rompiendo el reflexivo momento.

--¡Subinspector..!

--Perdón doctora..., no he podido evitarlo. Es que se me ha pasado por la cabeza la idea de que para éste loco el muchacho era simplemente un juguete roto... Lo digo por su minusvalía. Sabemos que hay gente para todo y nunca faltan esos iluminados de mente retorcida convencidos de que las personas con una deficiencia física o psíquica son un paso atrás en el camino hacia la perfección del ser humano, una lacra, un gasto excesivo e innecesario para las sociedades modernas. Son totalmente prescindibles. Son…, juguetes rotos. ¿Y dónde está ahora mismo el supuesto juguete roto? Dentro de una bolsa. No precisamente de basura, sino para cadáveres.

--Suena fuerte. Pero no sabemos si la nota la dejó en el bolsillo la persona que le mató. O si ya estaba ahí antes de que ocurriese lo que ocurrió. --cuestionó Segré.

--¿Por qué motivo iba a guardar el chico una nota como esa en el bolsillo del pijama?

--Podría ser el título de un libro. Una canción. Una frase de alguien famoso. No sé...

--Pero normalmente uno no suele irse a la cama con una nota…,  de lo que sea…, en el bolsillo del pijama.

--Por qué no, hay gente para todo.

--Porque la puedes dejar sobre la mesilla. O en el cajón. En cualquier lugar donde echar mano de ella al dia siguiente. Pero en el bolsillo del pijama… Seguro que acabaría arrugada entre las sábanas.

--Tienes razón. La posibilidad de que la haya dejado quien le mató gana enteros, hay más factores a su favor.

Mientras, Claudia introducía la nota en un sobre transparente que cogió de un maletín que había a su lado.

--Juguetes rotos…  por esa regla de tres, segùn este tipo, habría que eliminar a más de la mitad de la población mundial. --pensò en voz alta-- La triste realidad es que todos podemos encarnar ese papel, ¿no creen..?--dijo sin dejar de mirar lo que estaba haciendo.

--Hoy Claudia, tiene usted un dia filosófico ¿A qué se refiere? --quiso saber Segré.

--A que de algún modo, y sin que sea necesario tener un problema físico o psíquico, la vida te puede dar  un mazazo de los suyos y romperte los esquemas que te unen a la rutina social. La gente que pasa por situaciones dramáticas acaban como peleles de trapo, como juguetes rotos. Juguetes maltratados por la vida. Por el destino. Abandonados encima de un viejo armario. Olvidados en un rincón oscuro de cualquier habitación olvidada. La soledad. El desamor, la pérdida inesperada de un ser querido. Por unas circunstancias u otras, casi todo el mundo tiene una pequeña parte de su alma rota. ¡En fín..! Veremos si el grafólogo nos aporta algo de luz cuando la analice. --se puso en pie como si no hubiera dicho nada de lo anterior y anotó la enésima prueba encontrada en el informe pericial.

Hubo un nuevo silencio. Segré, aún de cuclillas, permanecía con la mirada perdida en algún punto indefinido del cadáver. Claudia negaba lentamente con la cabeza mientras escribía. Osvaldo se levantó exhalando un suspiro, introdujo las manos en los bolsillos de la gabardina y paseó la mirada por la sala hasta detenerse en el cuadro que adornaba la pared de la derecha por encima del escritorio. Era tanta la paz que transmitía la joven tumbada y a medio hundir en ese riachuelo de agua cristalina y mansa, que nadie diría que su objetivo final era el de suicidarse. El joven subinspector sintió ganas de sonreír al pensar que incluso de la muerte, los artistas saben descubrirnos el lado más hermoso. Le devolvió al aquí y ahora la voz de Segré.

--Si la dejó el asesino, no me gusta nada… --comentó con tono pesimista.

--Si la dejó él…, a mí tampoco. --le apoyó Claudia antes de mordisquear la capucha del bolígrafo.

--Sí. Puede ser una mala señal. --añadió Osvaldo--. Parece que el tipo pretende desafiarnos, llamar nuestra atención.

--Poniéndonos en lo peor, podríamos estar ante la primera víctima de un potencial asesino en serie y la nota es una declaración de futuras intenciones.

--Lo que me tiene intrigado es, no sé... por qué se habrá tomado las molestias de ahorcar a su víctima después de estrangularlo. --comentó contrariado Osvaldo.

--Podemos manejar varias hipótesis… --dijo Segré levantándose--. Ahorca, estrangula y deja la nota en el bolsillo de su víctima. Así nosotros pensamos que su objetivo es eliminar personas con problemas graves, ya sean físicos o psíquicos, y así oculta sus verdaderos motivos. Nos despista, para complicar y retrasar nuestro trabajo. También puede ser que esa manera de matar colme sus oníricas fantasías homicidas. Incluso no deberíamos dejar de lado un posible ajuste de cuentas y que ėsta sea la forma de humillar a la víctima, matarle dos veces. Lo que está claro es que no parece que actúe de manera torpe o imprudente. No hay nada forzado. Ni huellas de pisadas... Y como seguramente llevaba guantes, no habrá dejado ninguna huella dactilar. Más bien diría que es un planificador y habrá visualizado de antemano unas tres mil veces cada paso que iba a dar. Pero podríamos especular con cada detalle durante horas sin llegar a concretar nada. Esperaremos a la autopsia y los resultados de los análisis.

Claudia asentía con la cabeza dando la razón al inspector.

--Yo, por la parte que me toca, voy a intentar acelerar mi trabajo. Si es preciso sacrificaré la cena navideña y la cambiaré por una jugosa y emocionante autopsia que me llevará el resto del día y toda la noche. Me gustaría enviarles los resultados a más tardar mañana por la mañana. Ya saben que los análisis patológicos, químicos, o grafológicos respecto a la nota, pueden tardar más o menos tiempo, aunque las prisas no son recomendables si no queremos que cualquier detalle importante se nos pase por alto.

--Bien. --aprobó Segre-- Todo lo que podamos avanzar irá a nuestro favor para detenerlo cuanto antes. Por si acaso sus planes fueran los de seguir matando.

--Dios quiera que no. --imploró la perito antes de suspirar.

 

 

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Published on e-Stories.org on 22.07.2016.

 

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