Nicolas Frega

Robertito

Robertito
A veces me da por contar historias, historias que son como cuentos.
Teresa siempre me pide que le cuente uno. La verdad es que los cuentos los empiezo y los termino dentro de mi cabeza, que es en el único lugar en que me parece que es donde deberían estar. A pesar de todo, despues de tanto insistir le cuento uno. Me salen así como una bocanada de humo de esos cigarrillos negros que fumo y que se hicieron novios con esta tos que me da a la mañana.
Maldigo el puto día de cuando éramos novios y yo la encandilaba con ese chamuyo. Ahora a regañadientes le mando uno cuando se pone pesada. Siempre me pregunta si son historias reales o son inventos. Me río por dentro. Por momentos le dibujo la cosa como para que crea que en serio eso pasó, después le digo que todo es mentira, y ella siempre se queda con la duda. Sé que en fondo le gustan porque le meto miedo, suspenso, incertidumbre y los remato con algo imprevisible. Pero sobre todo me convenzo que le gustan porque si no estaría viendo esa novela empalagosa de gente que habla mejicano y que pasan todos los días por la tele. Sin embargo ella me pide un cuento. Cómo desearía que pasaran novelas de Alberto Migré o Nené Cascalllar así ella los preferiría a mis historias y me podría rajar más tiempo al bar para tomarme unos vinos.
La cosa es que cuento historias. La que viene son de esas que nunca habían salido de mi balero. Tampoco ahora nadie va a saber si esto ocurrió o no. Cuando esto caiga en manos de algún desprevenido se va parecer a Teresa. Escribo y tengo en mi mente la cara de ingenuidad y suspenso que tiene ella cuando me despacho con esos asuntos.
En una tarde de verano de esas que te secan hasta los pulmones, estaba como siempre a esa hora tomando unos mates fríos, debajo del naranjo. Me acuerdo que fue meses después que descubriera la existencia de ese brebaje. Un albañil paraguayo que estaba laburando en el frente de la casa de al lado se hizo amigo mío y de tanto charlar y que se yo un día me convidó uno.
- Tomáte un tereré- me dijo mientras cuchareaba la pared con ceresita desde lo alto del andamio. Lo miré de reojo pero al final me mandé uno pensando que iba a tomar leche de magnesia Phillips. Al rato, me parecieron ricos, después de todo ese yuyo competiría un poco con los blancos que me zampaba en el bar y además ahorraría guita.
Como siempre viví al día, creo que me convenció más este segundo argumento que el de redimirme del alcohol.
A la hora me estaba dando la receta de cómo se preparaba la dichosa infusión.
-Mirá, primero metés en una jarra agua mucho hielo, después un poco de jugo de limón y si querés unas cascaritas de naranja, un poco de menta y burrito.-
Todo, claro, en un acento guaraní que me daba un poco de risa. Terminada esa instrucción nos despedimos. Al tiempo se tomó las de San Diego y no lo vi más. El frente del vecino quedó medio sin terminar. Nunca supe si a mi vecino se le acabó el combustible o lo rajó porque el paragua no era muy prolijo que digamos. Como el burrito y la menta eran difíciles de conseguir, más bien nunca me tomé el trabajo de conseguirlos, yo le metía lo que tenía a mano. Así que con el tiempo la receta de mi amigo se fue transformando en algo completamente distinto. En vez de jugo de limón le mandaba esos jugos en polvo que compraba Teresa y salían dos mangos, en vez de burrito le ponía unas hojas de cedrón que sacaba de una planta del vecino pegada al alambrado y como para amarga estaba la vida, lo endulzaba con una cucharadita de azúcar. Así que lo único que quedó de la receta original fue el agua fría.
En la tranquilidad pegajosa y polvorienta de esa tarde de verano me tomaba esos ricos tererés leyendo un libro de Nieztche.
Yo era un asiduo lector, pero no de la altura de esos tipos, lo cierto es que me la pasaba leyendo historietas de El Tony y Dartagnan. Ahí era como Teresa. Me dejaba llevar por esas historias de espionaje o de guerras contra los indios y me sentía parte de ellas. Así me pasaba horas. Y cuando no tenía para comprarlas volvía a leer las viejas que tenía y que por necesidad había olvidado, previendo que eso me pasaría. O sea tenía esa importante virtud de olvidar. Un caso a la inversa de Funes.
Pero esta vez me encontraba leyendo a Federico, lo llamaba así respetuosamente, porque lo admiraba y me había hecho amigo de él aunque no entendiera un corno de lo que decía. Que se yo , me sentía importante con ese libro entre las manos, en el fondo me decía , este tipo sí que dice cosas profundas. En realidad ese el libro me lo enchufó un vendedor de esos que antes iba casa por casa tratando de deshacerse de todo ese material que le habían encajado. Yo me negaba, pero el fulano seguía con su discurso. Que son obras que no deben faltar en una casa, que la historia, que las letras, que la humanidad y que se yo que ocho cuartos más, pero el tipo seguía hablando y hablando sin parar como una catarata interminable de recursos del chamuyo. Al rato me ví confrontado entre comprar unos diccionarios de la Real academia Española o este Zaratrustra. Me decidí obvio por lo más barato, y así me hice un lector de filosofía.
Cuando me embrollaba mucho la cabeza paraba un rato y me tomaba unos cuantos tererés seguidos mientras pensaba en lo que había leído y me sentía como distinto. Pensar que hay tantos sujetos que en este momento están dedicados a cosas tan prosaicas, en cambio yo me estoy elevando sobre la humanidad. Claro que ni yo me lo creía del todo, pero bueno, me sirvió para meterle a Teresa unos bocadillos de vez en cuando, como para que creyera que era un tipo leído. Ella si que se lo creía.
De pronto entre los mates el calor y mi amigo, sonó el teléfono. Seguro es para Teresa , pensé, que ya debía haber llegado de la fábrica y la llama su amiga Rosita para chusmear sobre las novedades del vecindario. En realidad nunca atendía el teléfono porque Rosita no me caía muy bien. Pero no sé por qué ese día me distraje de mis ensoñaciones literarias y levanté el tubo. No era Rosita. Era una voz grave y ronca, muy lejos de los chillidos guturales que emitía la susodicha. Al principio me costó reconocer esa voz, parecía venir desde muy lejos. No la reconocí hasta que me dijo quien era.
-Soy Roberto y me tenés que ayudar.
Habían pasado más de veinte años desde la última vez que nos vimos, pero ahora que me decía su nombre enseguida me vino a la mente su imagen. La puta que los parió, dije para mis adentros.
A él no sé qué le dije, me sorprendí, estaba paralizado un balde de agua fría como dicen.
-Necesito verte, me tenés que ayudar.
Pensé decirle que la verdad que me resultaba difícil, pero no podía decirle que no. En el mismo instante que se me cruzaba eso y otras mil cosas por la cabeza, escuché del otro lado :
- Te veo el viernes a las ocho de la noche en el lugar de siempre.
-Pero, escucháme, la verdad es que…
Y seguí hablando hasta que al final dije, sí sí el viernes a esa hora. Después me di cuenta que Roberto ya había cortado y mis últimas frases fueron en vano.
Si no escuchó lo último que dije, entonces no va a saber si voy o no, voy esperar que me llame de nuevo, total faltan tres días para el viernes, pensé. No vi mi rostro, pero me daba cuenta que estaba pálido. A veces no hace falta el espejo para poder saber qué cara tiene uno. Esta era una de esas veces.
Apenas colgué llegó Teresa. Traté de disimular mi preocupación y no le dije nada, estaba blanco como una hoja de papel, pero no le dije nada. Era la hora en que siempre me rajaba alegremente para el bar de la estación a tomar unos vasitos de Zumuva. No tenía ganas. Casi no podía moverme, hice un esfuerzo y salí de la casa con mi habitual frase
– Vuelvo en un rato
-Andá nomás que total estoy yo para hacer todo.
-Después lavo los platos, chau.
Al instante mismo de pronunciar esa frase me recordé que yo nunca lavaba los platos y menos era capaz de hacer una promesa de tal magnitud, por lo que intuí que la fulana estaría medio desconcertada y ya sospecharía algo raro. En verdad creo que las minas, siempre saben lo que uno está pensando, o para no generalizar, Teresa siempre adivina lo que estoy pensando. Uno se cree un piola bárbaro pero ellas lo saben todo. A veces me dice; seguro estás pensando en tal cosa, y generalmente la acierta. Lo cierto es que siempre pienso en las mismas dos o tres cosas. La verdad es que casi siempre la emboca y cuando no, la cosa es que yo debería estar pensándolo, en vez de que mi cabeza se vaya por otro rumbo.
Caminaba las aburridas cuatro cuadras de tierra que me llevaban al bar y mi cabeza daba vueltas como un remolino. Y si me llama mañana, que le digo ?, por qué cortó tan rápido?, que querrá decirme después de tantos años y de tanta distancia entre nosotros?
Llegué al bar y sin decir nada, el viejo Anselmo me sirvió el tradicional vaso de blanco. Miré de reojo la botella y constaté que no era Zumuva, esta vez era Resero . Lo importante era que estuviera frío y que los cubitos flotaran como barquitos de papel en un arroyito. Los cubitos flotaban, el viejo puso la soda y se fue para el andén a ver la llegada del tren. Me preguntaba por qué hacía eso y descuidaba a su refinada clientela entre los que me contaba yo como el principal protagonista. Mis pensamientos se dirigieron hacia Anselmo un momento y me imaginé la historia de un desencuentro y un reencuentro, que por el paso de los años consideré que sería eterna. Nunca le dije una palabra sobre esto, en realidad nunca le dije una palabra de nada, ni él tampoco el a mi. Nunca habíamos conversado en realidad ahora que lo pienso. Al principio me preguntaba que iba a tomar, después al cabo de un mes y mi estricta dieta ya me servía mudamente .
Esa noche había menos gente que de costumbre, o sea estaba yo solo, porque eran raras las veces en que había más de dos personas. De frente a mi languidecían en los estantes una botella de Old Smugler con una etiqueta que sería de la década del treinta. Debería ser así porque estaba sin abrir y tenía ese tapacorchos que era de plomo y que hacía mil años ya que venían de plástico. Una botella de vino Talacasto y otra de Peñaflor tintos sin abrir y que tenían un líquido amarillo clarito. También mil años. Todo tenía mil años, los vinos , el wiskhy , el bar , las mesas y hasta el mismo viejo Anselmo.
Cuando se acercaba el tren mi cabeza volvió a ser un remolino y sentía como don Anselmo suspiraba estremecido. Al llegar a la estación y antes que bajaran los pasajeros el viejo se metía para adentro. Creo que ya estaba cansado de esperar y hacía todo ese ritual pero olvidando para que lo hacía.
Detrás del mostrador había una radio a pilas forrada en cuero marroncito claro, que el viejo cambiaba a cada rato de estación. Siempre ponía programas de tangos y ahí empecé a conocer un poco las orquestas y los cantores. Sonaba ahora Troilo con Marino cantando “Soledad.”
-La cosa fue por Barracas, la llamaban Soledad
No hubo muchacha más guapa
Soledad la de Barracas
Que me trajo soledad.
En realidad la cosa no fue por Barracas ni hubo una muchacha tan guapa ni nada de eso. La cosa fue por Pompeya, donde de pibes con Roberto íbamos a la imprenta de mi tío Luis. Yo tendría catorce años y él dieciséis. Claro que yo lo veía mucho mayor.
Mi tío Luis era un personaje de esos que te deslumbran con la palabra, era más fabulador que Esopo y a nosotros nos encantaba escucharlo.
Roberto vivía a dos cuadras de la imprenta en Erezcano y Roca. Había dejado la secundaria en segundo año y empezó a ir a la imprenta. Se la pasaba todos los días cebándole mate a mi tío escuchando el ruido de la Rotora y las historias de Luis. Una vida de ensoñación. Así lo veía yo.
A los viejos les dijo que había conseguido un laburo y que prefería aprender un oficio en vez de estudiar. Hablaron con mi tío y él les dijo que se quedaran tranquilos que iba a ser un gran artista gráfico. El decía un arista gráfico, que tipo! La imprenta no podía dejar de hacer alusión a las artes y se llamaba Artes Gráficas Diderot. Que tal !. Mi tío las sabía todas. Una cosa es ser imprentero y otra es ser un arista gráfico decía.
Tenía más perros que el Pasteur y un loro que cantaba la marcha peronista. Mi tío le daba pan con vino y el loro se ponía a cantar la marcha. Había inventado de cada uno una historia estrambótica que nosotros creíamos como unos chorlitos.
Supongo que de ahí me viene esa manía de inventar historias.
Al poco tiempo de estar con Roberto mi tío se dió cuenta que el pibe lo que menos quería en la vida era ser un artista gráfico o como se llamara, entonces lo nombró oficial cebador y se la pasaba cebándole mate a él y al Chochi, un santiagueño que sí aprendió el oficio y laburaba de verdad.
Me rateaba de la escuela y me iba uno que otro día en la semana para encontrarme con ellos. Me tomaba el 128 y bajaba en Roca y Centenera. Tenía que caminar seis cuadras por Roca y dos por Matanza para llegar a la imprenta, que además dicho sea de paso era su casa. Caminaba esas cuadras flotando como en una nube , entonces llegaba y me encontraba con ellos y era feliz. Todos éramos felices.
Luis nos bancaba en todas. Nos daba plata para comprarnos lo que se nos viniera en gana. Nunca se preocupó por la guita, por lo menos con nosotros. Me acuerdo que yo siempre me compraba unos caramelos Mu-Mu y los Chu Cola, Roberto se reía mientras se tomaba unas botellitas de chocolate con alcohol adentro y unos cigarrillos sueltos.
El me convidaba pero yo no aceptaba porque pensaba que estaba cometiendo un delito. Lo miraba como se tomaba las botellitas y lo veía mucho más grande.
En el fondo de la casa había un patio con una escalera de material que daba a una azotea. Subíamos y un mundo de perros nos recibía. Ahí estaba Puñal un perro negro y callejero que era el preferido de mi tío. Tenía su cucha de material y con letras en relieve se leía su nombre, Puñal. Mi tío sí que era un tipo excéntrico pensaba.
Al lado de la cucha había un cuartito de madera destartalado que era nuestro refugio. Tenía unos estantes, con cosas de bazar, de la época del ñaupa que me dejaban deslumbrado. Eran los restos que quedaban de un bazar que tenía mi abuela y que funcionaba donde está ahora la imprenta al frente de la casa. Queda todavía la puerta de enrollar que es de chapa.
En ese cuartito nos reuníamos y hablábamos de mil cosas, planificábamos el futuro y soñábamos. Cosas de pibes.
Me di cuenta que el único lugar en que realmente era libre era ahí en Pompeya.
Le conté a mi viejo que quería dejar la secundaria e irme a trabajar con Luis para aprender el oficio. Mi viejo casi me mata, creo que me tiró un zapatazo que si no lo esquivo terminaba medio tuerto. No hicieron falta más explicaciones, había entendido el mensaje. Seguí por lo tanto yendo al Colegio y para no tentarme demasiado dejé de ir tan seguido a lo de mi tío. Igual iba a visitarlo, menos, pero igual iba. En el colegio me aburría como un sapo, pero me aguanté hasta terminar. Diploma, una reunión con el rector y nada más. Nada de viaje ni cosa por el estilo.
Me convenció de seguir una carrera, cosa que asentí para no ligarme otro zapatazo, pero hacía tiempo que sabía que mi destino no era el estudio. Al final me incliné por medicina. No sé como pito tomé esa decisión pero a los tres meses ya me estaba tomando el 140 para irme a la mañana a la facultad.
Mi vieja estaba radiante de alegría porque había sido enfermera en sus años de soltera y esto de tener un hijo médico la llenaba de orgullo. Hasta yo me creí por momentos que el guardapolvo blanco y eso que me llamaran doctor me gustaría.
Todo duró hasta la primavera.
A principios del otoño mi viejo se enfermó. Empezó con una tosecita por las noches a las que no le dio importancia, a pesar de los retos de mi vieja. Era duro como para ir al médico y dejar de laburar. La cosa fue que la tosecita se llamaba cáncer de pulmón y el viejo luego de pasar unos meses en el Hospital Fernández tosió por última vez a principios de octubre.
Lo extrañamos mucho.
Por no desilusionar a mi vieja seguía yendo a la facultad. Pero al poco tiempo, empecé de nuevo a ir más seguido a lo de mi tío. Ella pensaba que seguía estudiando pero la verdad es que ya no estudiaba. A fines de año le dije que no quería que ella pasara apremios económicos y que iba a trabajar, porque con la pensión que cobraba, no nos iba a alcanzar. Lo entendió. Lloró, pero lo entendió.
Fue entonces que me presenté en la imprenta y le dije a mi tío si me podía dar trabajo. Lo miró a Roberto, sonrió y me abrazó. No dijo nada y se puso a cortar papel en la Gloria .
Yo tenía 19 años y me tomé el asunto en serio.
A los pocos meses Roberto me abrió los ojos y me contó la verdad; Luis no podía tener un empleado porque el negocio no daba para tanto. Lo supo desde el principio, por eso prefirió tener el título de cebador oficial ad honorem, para no avergonzar a mi tío.
-Luis no tiene guita como para tener un empleado-me dijo- apenas le da para mantenerse él, y al Chochi no lo puede rajar porque es el único que sabe manejar esa offset nueva que compró en lugar de la Rotora.
Ahí me di cuenta que Roberto era mucho mayor, que sabía de la vida cosas que yo nunca había aprendido.
-Tenés razón- y cerrando los ojos para no llorar de la verguenza le dije me me iba a buscar otro trabajo.
-Esperá.
-Esperar qué? No puedo darme el lujo de no trabajar, no soy como vos que vive de sus viejos sacándoles la plata.
Me miró fijo y la sangre se me heló.
-No te rompo la jeta porque sos mi amigo y porque todavía no saliste del cascarón. Vení mañana. Vengo a la tarde y hablamos. Mandále un saludo a tu vieja.
-Pero qué me vas a decir?
-Lo que voy a decirte hace mucho que lo sé. El tema es cómo te lo digo. Por eso te pido que hablemos mañana, esta noche tengo que pensar.
No quise insistir más, me había dado un cachetazo de esos que no se ven, pero se sienten en lo más profundo y como agradecimiento le enrostré eso de sus padres.
-Bueno , mañana nos vemos. Disculpáme por lo que te dije.
Sin mirarme y sin saludar a nadie enfiló por el pasillo que da a la calle. Antes de llegar a la puerta murmuró:
-Quedáte tranquilo.
Cuando salió quise correr para abrazarlo , pero quedé petrificado, no podía despegar los piés del piso.
Supe que en ese instante, mi adolescencia se terminaba de golpe.
Le saqué a Luis sin que se diera cuenta un par de cigarrillos Parliament. Me despedí con un beso y me fui. En el 128 de regreso a casa, mientras fumaba mi primer cigarrillo saqué la cabeza por la ventanilla y empecé a preguntarme qué sería lo que me tenía que decir. Tan difícil era?
Esa noche no pude pegar los ojos. Abrí la ventana para tomar aire porque no podía respirar. La brisa se filtró por el agujero cuadrado y con la vista fija en un punto brillante del techo esperé la madrugada.
Con las primeras luces de la mañana me levanté como un resorte y salté de la cama. Ahí me di cuenta que no había dormido pero me vestí y me puse a tomar mate, escuchando las noticias de la radio. En realidad no escuchaba nada, mi atención seguía fija en lo que sucedería ese día.
Me pasé la mañana junto a mi tío pero ya nada era igual. Todo parecía deshilachado. Lo vi por primera vez como un ser humano, ni un genio, ni un excéntrico ni nada de eso. Ahora veía todo con otros ojos. Las paredes manchadas, las arrugas de mi tío, las canas , la tristeza disimulada, su soledad.
Las máquinas rechinaban como una locomotora enloquecida cuando llegó Roberto.
Saludó a mi tío, preparó unos mates y al rato me susurró al oído:
-Vamos arriba
Subimos en silencio las escaleras y entramos al cuartito. De pronto me di cuenta que llovía porque se filtraban unas gotas por los agujeros de las chapas. Quiso cerrar la puerta, pero el marco que alguna vez fue de cedro ahora era una gris madera apolillada y se salió de lugar. Como no tenía los vidrios, no cambiaba mucho la cosa. Comprendí que ese intento representaba la necesidad del secreto.
Empezó a hablar.
- La verdad que no estoy enojado por lo que me dijiste ayer, sentí que aunque fuera muy difícil era necesario que vieras las cosas como son.
-Y cómo son las cosas?
-Mirá las cosas son que tu tío es un gran tipo, como lo fue tu viejo, como es tu vieja y como son los míos. Y hay muchos otros buenos tipos. Muy buena gente. Ayer mencionaste que yo vivo de la guita de mis viejos…
-Bueno, ya te pedí disculpas
-No, no es un reproche, todo eso sirvió para que yo pudiera decirte lo que te estoy diciendo ahora, me entendés?
-Si, si te entiendo, decime
- Te quería contar, que al contrario de lo que pensás, no vivo de la guita de mis viejos, si no todo lo contrario, yo le doy guita a ellos, porque si no, no les alcanza para comer, y con tu tío hago lo mismo.
-Pero .., y de dónde sacas la guita? No te preguntan de dónde sacás la guita?
- A mis viejos les llevo casi todos los alimentos del mes para ellos y mis hermanos. Les dije que tengo conocidos en el mercado central y en unos frigoríficos que me traen la mercadería sin intermediarios a mitad de precio. A ellos es más fácil engrupirlos. A Luis le dije que tengo un amigo, que el padre trabaja en el puerto y que importa el papel que él usa y que me lo deja a un precio regalado. Al principio creyó que había algo raro, pero después de la primera compra ya no me hizo más preguntas. La cosa le convenía demasiado como para preguntar.
- y entonces? Cómo es la cosa?
-La cosa es que en realidad yo pongo la mitad de la guita, sin que ellos crean que los estoy ayudando.
-Pero y la guita?
No me contestó y siguió hablando
-No les digo que yo pongo la guita para no avergonzarlos y también para que no me hagan esa pregunta.
Lo que quería decirte es que en el mundo hay dos clases de tipos, en realidad hay muchas clases, pero para simplificar y al caso que voy digamos que hay dos clases. Por un lado, los Luises, tus viejos los míos y toda una serie de crotos a los que llamamos, buena gente. Pero resulta que toda esa buena gente tiene en común que son pobres, no tienen un mango donde caerse muertos. Y está la otra clase, las de los que tienen guita, digo los que tienen guita en serio. Esos afanan. No digo los que ganan bien laburando y pueden comer todos los días y tener para pagar una consulta en el médico o salir de vez en cuando al cine con los hijos, y hasta se pueden comprar con los años una casita o un auto. Esos es probable que también sean buena gente. Pero si te fijás en todos los tipos que tienen la mosca de verdad, esos o afanan o afanaron, o afanaron los viejos o alguien de la familia. Alguna vez en algún momento afanaron. Ahí encontrás, abogados ricos, médicos ricos, comerciantes ricos, políticos, verduleros , curas, mecánicos, gasistas, arquitectos ,banqueros, empleados, milicos, sindicalistas, periodistas, los policías y los ladrones en fin de cualquier oficio o profesión , y acá paro con la lista si no, no termino nunca. Los que son ricos de verdad o afanan o afanaron alguna vez. Claro que los tipos invierten, invierten ellos o la familia en ellos. Se la pasan un largo tiempo, sin conocer concientemente que cuando se presente la oportunidad, van afanar. Se preparan estudiando, aprendiendo bien un oficio, contactándose de a poco con gente que la sabe, hasta que pasado unos diez o quince años de inversión ya están técnica y mentalmente preparados para afanar. Cuando tienen entre treinta y cuarenta pirulos están maduros como un durazno para el asunto.
-Quiere decir que vos afanás?
-Sí, como todos los que te mencioné, aunque no haya llegado a los treinta , solo que yo me sincero y me anoto en el grupo de los chorros, que en realidad son los únicos sinceros en este embrollo.
Me quedé con la boca abierta como un pescado.
-Entonces?
-Entonces te digo todo esto para que elijas si querés ser un buen tipo, es decir un croto o querés afanar. Así de simple.
Me quedé mirándolo en silencio mientras en mi cabeza la imagen de Roberto se agrandaba y se achicaba de un segundo a otro, como cuando era pibe y miraba al capitán Piluso en esa tele en blanco y negro, que por las subidas y bajadas de tensión la figuras por momentos cubrían toda la pantalla y al rato eran solo una débil línea a mitad del cuadrado negro. Cuando se achicaba, pensaba en decirle que no, cuando se agrandaba pensaba en decirle que aceptaba. Así en menos de un minuto la imagen se agrandó y se achicó como mil veces, hasta que de pronto aparecieron los dos, Olmedo y Roberto a pantalla completa y ya no se transformaron más en una dudosa línea. Era una señal.
Tenía mil preguntas para hacerle, pero en un rapto de coraje o vaya a saber que corno, le dije simplemente que sí, que aceptaba.
Después me me contó que ya hacía dos años que andaba en eso, de cómo se había iniciado, de los contactos que tenía con la cana y unos políticos y otros mil chanchullos que hacían a la cosa.
-Creí que me ibas a decir que no, pero ahora veo que el cascarón se empezó a romper. Para dentro de dos días tengo una fija. Por ahora lo único que vas a tener que hacer es esperarme en el auto con el motor encendido mientras yo hago lo mío. El motor encendido y cuando yo llego le metés pata al acelerador. Si tardo más de quince minutos vos te las picás, nunca intentes entrar donde me meto. Por ahora eso. Con dos o tres laburitos de esos por mes te llevás más del doble de lo que te pagaba Luis. Entendés, estás de acuerdo?
-Pero…? Si, si, está bien, estoy de acuerdo.
-Mañana nos vemos y te explico bien lo que vamos a hacer, pero en vez de vernos acá nos vemos en el Bar de los Rodríguez en Sáenz y Alcorta. Mañana a las seis de la tarde
-Bueno si mañana a las seis.
Nos despedimos sin mirarnos, me dio un beso y un abrazo y se largó del cuartito. Me
quedé sólo unos minutos más, pensando en todo lo que me había dicho. Tuve un momento de duda, pero al final me fui de la cueva, decidido.
Ya no llovía sobre Pompeya.
Mirando para el riachuelo un cielo gris y rojizo, anunciaba el fin de la tarde. Yo en ese momento era una de las tantas nubes negras que dibujaban inciertas figuras movedizas desde lo más alto.
Volviendo para mi casa en el bondi de siempre, recordaba una película de Jorge Salcedo, “Apenas un delincuente”. Era la historia de un tipo que laburaba hacía muchos años en un banco y tenía una novia que estudiaba derecho, Olga Zubarry que andaba siempre con una eterna carita tristona hasta cuando se reía. Un día le pregunta a ella a cuánto tiempo condenaban a un ñato por afanar mucha guita y a cuánto a uno que afana unas chirolas. Ella le dice que el tiempo es el mismo, que el monto no importaba. Ahí el tipo hizo un clic y se decide a hacer una manganeta. Le hace firmar al gerente una suma para un cliente, mucho mayor de lo que giraba normalmente. Al final de cuentas se queda con la guita y la esconde, estaba dispuesto a pagar por ser millonario unos añitos en cana.
Al final hace eso, va en cana sin resistirse, nunca dice donde está la plata. Pensaba que a los pocos años saldría y sería millonario. No me acuerdo bien como siguió la trama pero al final de cuentas la cosa terminó fiera porque unos presos de la cárcel arman una fuga y él se prende en eso. Los mismos chorros una vez libres, sabiendo que éste tenía la mosca escondida, lo aprietan para que les diga dónde estaba. Ya no me acuerdo más, pero la cosa termina en que a él lo matan.
Pensé en eso y en la vergüenza de la madre cuando se enteró de todo, entonces me acordé también de mi vieja. Pero muy interiormente me parecía más justo que yo sea chorro y que a ella no le faltara para comer. Necesitaba una idea así en el balero para poder seguir adelante. En el fondo la figura de mi vieja lo justificaba todo y valía la pena el riesgo. Lo hacía por una causa justa.
A las seis en punto yo ya estaba ahí. A las seis y media llegó Roberto. Me pidió disculpas y me dijo que él nunca fallaba a las citas, que siempre lo esperara, que siempre vendría y que él también me iba esperar no importara el tiempo que tardara. Comprendí que la cosa iba en serio y que ya me estaba tirando códigos que había que respetar. Me percaté de que mi amigo se había transformado ahora en mi jefe, y su figura se agrandó en tamaño y se distanció muchos años por encima de la mía, como si fuera mi padre.
En media hora me explicó todo lo del día siguiente, mientras fijaba mi vista en sus ojos que chisporroteaban y se encendían como los chispazos de una batería cuando se juntan los bornes con un cable.
Como siempre él se fue primero, sin antes pagar los dos cafés que habíamos tomado.
Así fue como empezó mi carrera delictiva. Al principio tenía un julepe bárbaro. En esos minutos que esperaba en el auto transpiraba como un beduino en medio del desierto.
Un día se estaban por cumplir los quince minutos y no sabía si irme o esperarlo. Los quince se hicieron veinte, treinta y lo esperaba. Al rato llegó todo transpirado y apreté el acelerador como si fuera Fangio. Siempre tenía que doblar en la esquina más cercana que pudiera. Roberto estaba mudo. Yo también. Cuando nos acercábamos a Pompeya me levantó en peso y me dijo que yo era un boludo, porque habíamos quedado que a los quince minutos, me tenía que rajar.
-En vez de agradecerme me puteas?
-Agradecerte qué, salame ?
-Que te esperé, que no te abandoné !
- Mirá, habíamos acordado que te quedabas quince minutos nada más. Más o menos a los 25 salí del negocio y enfilé para la otra esquina. Sabía que en un ratito iban a caer los ratis. Pero cuando llegué me di vuelta y te ví, entonces tuve que pasar de nuevo enfrente del negocio para venir hasta acá.
Me retó como a un chico y me quedé rojo de vergüenza, ahí aprendí eso del espejo.
-Ddisculpáme , yo no sabía , no sé, yo creí que te tenía que esperar, no sirvo para esto…
-Dejáte de joder- Dijo en un tono más paternal.
-Tenés que aprender a cumplir las consignas, nada más.
En vez de rebajarme me dijo que la próxima yo iba a participar con él en un afano. La banda se iba a agrandar y a partir de ahora íbamos a ser tres.
Creo que en el fondo, reconoció mi lealtad y por eso me puso las jinetas. Pero también me hizo creer que yo le debía una, y yo me lo creí. En resumen al cabo de dos años me ascendían en el trabajo. Me sentía entre feliz y humillado.
Con el paso de los años mientras la banda crecía y las cosas salían bien, mi causa justa se fue deshilachando de tristeza hasta que un día al llegar la encontré tendida en el jardincito del fondo cerca del rosal que habíamos plantado con mi viejo. En el bolsillito del vestido tenía una foto en la que estábamos los tres juntos, ella conmigo en sus brazos y mi viejo mirándola.
Me sentí como ese bebé de la foto y me puse a llorar mientras la abrazaba tendida sobre la tierra. La luna de agosto iluminaba su rostro de un azul muy suave.
Ahora empezaba a ser solo un recuerdo.
Al mes me fui del departamentito de Almagro, a vivir con mi tío Luis. La última noche me la pasé recorriendo las habitaciones vacías y el corazón me empezó a latir como un caballo. A la mañana cuando cerré la puerta sentí que dejaba un pedazo de mi vida, un pedacito de ternura, pero muy escondido llevaba conmigo las imágenes de mis viejos en el corazón.
Había perdido también la causa justa para seguir afanando. Igual seguí con la banda, que a la sazón y al cabo de esos casi tres años se había agrandado de modo tal que ya éramos cinco en el asunto. En realidad éramos cuatro los que hacíamos la obra de teatro, que tenía como director a Roberto y un quinto que se había asociado con nosotros y que era un pez gordo de la cana. Ese mismo tipo nos presentó a un abogado petiso y regordete , el Dr. Bekenstein, un ruso de unos cuarenta años que se dedicaba a sacar a perejiles como nosotros cuando los enjaulaban.
Seguí dos años más, medio a regañadientes, no porque la cosa fuera mal, sino porque el recuerdo de mi vieja me atormentaba y aún muerta, la idea de caer en cana era como que la avergonzaría tanto que moriría más todavía. Pensamientos medio extraviados esos de morir más de lo que se está, pero esa era la idea me taladraba el coco.
Le conté a Roberto lo que me pasaba, pero él me decía que no fuera gil que mi vieja ya no estaba más y que ahora era más libre que nunca. Pero cada vez que íbamos a hacer algo yo tenía esos pensamientos, hasta que un día le dije que ya no quería seguir, que esto no era para mí.
-Y ahora te das cuenta que esto no es para vos? no entendés que estas metido hasta el cogote. Ya le encontraste el gustito a eso de laburar dos o tres veces por mes y ganar como gerente de un banco.
Iba a callar como siempre, hasta que se me cruzó ahora la imagen de esa película de Salcedo en que todo iba bien y al final al tipo lo boletean.
-No, ahora no me dí cuenta, me dí cuenta desde el principio, pero me alentaba la idea de hacerlo para que a mi vieja no le faltara nada.
-Quedáte tranquilo que ahora no le va a faltar nada.
Esa frase me resultó irónica y fuera de lugar.
-Mirá no te metas con el recuerdo de mis viejos. Si me quedé estos últimos dos años fue por vos, aparte hice un juramento hace unos meses que cuando se cumplan tres años del fallecimiento de mi vieja me iba a enderezar, y faltan cinco días, así que me despido.
-Ay, dios mío volviste a meterte en el cascarón, vos te creés que una banda seria como la nuestra deja ir así porque si a uno de sus componentes? Estuvimos tirando del carro cinco años juntos en esto y vos sabés muchas cosas.
El tono amenazante me amedrentó un poco, medio que metí el rabo entre las piernas, pero no me achiqué y le dije con una firmeza que nos extrañó a los dos.
-Hacé lo que quieras, prefiero que me mates vos y no ir en cana.
-Podés ir en cana si quiero.
-Te conozco, sé que no harías eso, y si otro lo hace y voy en cana abro la boca, así que la única solución es que me mates vos o me mandes matar.
Hubo un minuto de tenso silencio como si se recordara a un difunto. Por una extraña razón pidió un vaso de vino blanco después de los cafés. Esta vez me levanté primero, y cuando estaba por llamar al mozo para pagarle dijo mirando el vaso de vino,
-Sentáte mihjito, acá el que dice quien paga o no, soy yo, me entendés? . Viéndote ahora así, como un pollo mojado pienso que la verdad es que tenés razón en todo. Que no servís para esto, que no podría matarte ni mandarte a matar y menos hacerte meter en cana. Creo que es la única vez que no voy a poder convencerte. Lo único que voy a decirte es que dentro de tres días hay un asunto y dentro de cinco hay otro y que todo fue planificado contándote a vos. Así que no podés fallarme. O sea que vas a seguir hasta dentro de cinco días justo el día del aniversario de tu vieja y ahí te largás. Quedás bien con ella y conmigo. No te pido un favor, es una orden.
Pensé; otra vez me agarró, yo lo había convencido y él me había convencido, al final de cuentas como no me iba a convencer , como no lo iba a obedecer si era Roberto, es decir era mi viejo.
-Bueno, está bien, quedamos así,- dije lacónicamente, mientras Roberto sacaba la plata para pagar lo consumido, de pié como siempre, y se largó diciéndome esta vez: chau croto.
A los dos días entrabamos a una cueva que cambiaba dólares. Era una pocilga que quedaba en Triunvirato y Monroe. Al frente había un mostrador de madera y un viejo que apenas se sostenía en pie y que hacía de custodio. Se ve que el viejo lo conocía y con un botón que estaba debajo del mostrador abrió la puerta y entramos al escenario. Yo estaba más nervioso que lo de costumbre, pensé en Jorge Salcedo y las piernas me empezaron a temblar. Roberto estaba sereno, era como una barra de hielo en medio del sol pero no se le resbalaba ni una gota.
Una vez adentro se acercó al mostrador, me quedé al lado de la puerta, que la había trabado con una bic para que no se cerrara del todo. Roberto sacó una 38 que llevaba camuflada en la espalda a la altura de la cintura y apuntándole al cajero le dijo- dame toda la guita o perdés. El tipo bajó la vista y le dio algo, no sé qué.
-Dame lo del otro cajón o te quemo. Levanta la otra mano, no sea que te de por tocar la alarma.
El tipo levantó la mano y con la otra le dio un fajo de billetes.
Ahora salí le dijo. Lo hizo arrodillar y mientras le apuntaba en la nuca le dijo que ponga las manos atrás. Me ordenó que se las atara y le pusiera una cinta en la boca. El tipo había quedado arrodillado de espaldas a la puerta, dimos unos pasos caminado hacia atrás sin perder la vista del cajero. Me sentía mejor, las cosas estaban saliendo bien.
Con la puerta entreabierta, me indicó que me asomara y me fijara qué estaba haciendo el viejo,
-Está leyendo el diario que tenía en el mostrador
-Y las manos dónde las tiene?
- Sobre el diario
-Vamos – me dijo, sin de dejar de apuntarle al cajero y diciéndole a media voz
-Te sigo apuntando, si movés un pelo fuiste.
Salimos, yo adelante y Roberto detrás mío con el arma baja, se acercó a mí y le pidió al viejo que abriera la puerta de salida. El viejo abrió con el timbre, pero de pronto sonó una alarma y el viejo automáticamente sacó debajo del diario un arma y me apuntó , Roberto le apuntó a él, le dijo que si disparaba, él le disparaba, que nos deje salir y todos estaríamos bien. Yo parecía una estatua, entre las armas que apuntaban a uno y a otro. El tiempo se había suspendido. Segundos que fueron siglos. Sin dejar de apuntarle a la cabeza Roberto fue acerándose a mí, el viejo apenas podía sostener el arma con las dos manos. Creí que el viejo nunca dispararía. Pero disparó.
De pronto me encontré con Roberto encima de mí y una mancha de sangre caliente en mi pecho.
Me agarró de la campera y salimos corriendo. Yo sentía que la sangre me quemaba. Roberto me vió el pecho manchado pero no dijo nada. La vista se me nubló como si estuviera viendo a través de un vidrio esmerilado.
Corrimos en dirección contraria a donde nos esperaba el auto, entonces le dije;
- Es para el otro lado, el auto está en la otra esquina
- Vení conmigo y calláte.
Al doblar la esquina vimos que se acercaba el Torino y que antes de frenar habían abierto la puerta de atrás justo donde nosotros estábamos parados. Nos zambullimos sobre el cuero del Toro, y casi sin parar, el auto empezó a correr.-
-Qué hacemos?- preguntó El Poncho, mientras nos miraba por el espejo retrovisor
-Lo segundo – dijo Roberto.
Y el auto rumbeó por Monroe para Constituyentes. De ahí para la general Paz.
-Seguí para el lado del riachuelo y doblá en Roca- le dijo.
Yo estaba aturdido, los autos se movían como en cámara lenta. Me pareció escuchar por detrás el ruido de una sirena de la policía y empecé a temblar. Sin mirar Roberto me dijo :
-Quedáte tranquilo que es una ambulancia. Lo primero que me enseñaron es a distinguir el ruido de la sirena de la poli. Quedáte tranquilo.
Me hablaba como le habla un padre a un chico asustado.
Se había reclinado sobre el asiento de adelante. Al principio creí que era para esconderse y que no le pegaran un balazo. Pero cuando estábamos pasando por el autódromo observé que tenía una herida en el hombro izquierdo. Sangraba bastante y se presionaba la herida con una camiseta azul que ahora era todo granate.
Yo creía que me habían herido a mí y que me estaba muriendo. Pero en realidad la sangre que yo tenía en el pecho era de él, porque en el momento en que el viejo disparó, Jorge se interpuso entre la bala y yo y me salvó la vida. Ese plomo me iba a entrar justo en el corazón.
-Roberto estás herido.
-No es nada, seguí Poncho seguí.
Cuando Roca dejaba de ser una autopista y los bulevares anunciaban la entrada a Pompeya, sacó un fajo de billetes. Eran treinta mil dólares. El asunto más importante de nuestras vidas. Estaban en tres fajos de a diez. Me dio uno manchado en sangre y me dijo
-Esto es para vos, y ahora bajáte, andáte, acá termina lo tuyo.
- Pero Roberto es mucha guita , además no te puedo dejar así, me salvaste la vida.
-Ahora sabés que no podría matarte ni joderte la vida. Andáte , ya cumpliste conmigo, con tu vieja, con la virgen y todos los santos. Andáte, y andáte lejos, lejos de Pompeya , andáte a la provincia que allá vas a estar más seguro. A partir de ahora Pompeya va a ser como un campo minado para nosotros. Lo único que te pido es que si te mudás le dejés el número de teléfono a Luis, decíle que es el teléfono del Croto y que lo guarde. Chau pibe, yo te llamo.
Cuando estábamos cerca de la Suchard me bajé y me fui a la casa de Luis a buscar un poco de pilcha.
Estaba a diez cuadras. Llegando a la esquina escuché el ruido de la Offset que resonaba más suavemente que la rotora, era como el gemido de un sauce llorón.
Ya en la casa y después de tomar unos mates con Luis, le dije me iba a ir por unos meses. Que estaba saliendo con una mina que vivía en Mar del plata y que me había invitado a vivir con ella un tiempo, para conocernos mejor. Luis frunció el entrecejo pero no preguntó nada. Armé una pequeña valija que le pedí prestado y le dejé sin que sepa cinco mil dólares en la mesa de luz.
-Bueno tío yo te llamo, allá no hay teléfono, yo te llamo.
-Bueno , bueno, espero que todo salga bien, como se llama tu novia?
Pensé un segundo y le dije:
-Elsa, tiene mi edad y está estudiando derecho- como la Zubarry de la película, pensé.
- Que bien !- Me dijo Luis , pero en el fondo creo que no me creyó un carajo.
Nos despedimos con un abrazo y un beso, que me llegó hasta el alma. Después de haber caminado unos pasos escuché un hasta siempre que voló sobre el aire frío de Pompeya y que me pareció admonitorio. Sin volver la cabeza levanté la mano y doblé en la primera esquina, mientras unas lágrimas corrían como bolitas de fuego sobre mis mejillas.
Me pasé cerca de un mes en una pensión en la calle San Juan, lleno de miedo. Como tenía esa guita encima , más otras casi cinco lucas gringas ahorradas, me la pasaba sin salir de la pieza, lo cual debería sonar medio sospechoso, por eso, antes del mes empecé a averiguar qué me podía comprar con ese toco.
En los clasificados leí” Importante terreno de diez por treinta con jardín al frente y fondo, casa, dos habitaciones, baño y cocina. Williams Morris a pocas cuadras de la estación. Total cuatro mil dólares y doce cuotas de quinientos dólares”.
Al otro día llamé desde un público que estaba en la esquina y concerté una cita.
A las dos de la tarde del día siguiente me acerqué al lugar y me estaba esperando un empleado de la inmobiliaria Della Vecchia. Si es De la Vieja no debe ser tan malo pensé.
El tipo llevaba unos pantalones grises y lustrosos que tendrían más años que la injusticia y una camisa blanca mangas cortas abrochada hasta el cogote. Cuando estaba abriendo la puerta de entrada y empezó a caminar, me di cuenta que no tenía medias. Mala fariña pensé, pero me dije que lo más importante era la casa, o mejor dicho lo más importante era rajarme y salvar el pellejo. La cosa fue que el jardín era nada más que un poco de tierra arcillosa que tenía menos flores que los balcones de Fernández Moreno y la casa era una de esas prefabricadas de Tarzán que por lo que colegí ya llevaba unos años sin habitar.
El tipo me hablaba de la tranquilidad del lugar, de la cercanía del centro comercial, que no eran más que un almacén rasposo y una carnicería que traía la carne a pedido porque no tenía ni heladera. Me hablaba también de las comodidades de la casa. Era por supuesto un rancho de madera al que había que cambiarle todo el techo, porque la chapa estaba tan podrida como el fulano lo estaría de mostrar esa bendita propiedad. Mientras me hablaba yo lo miraba en silencio haciendo una mueca con la boca.
-Bueno, le dije lo voy a pensar, no es lo que esperaba pero voy a pensarlo.
-Acá puede plantar un pino, acá puede hacer tal cosa, acá tal otra, la bomba de agua funciona a la perfección y además tiene luz eléctrica. La cocina es a garrafa pero pronto van a poner el gas natural.
-Lo voy a pensar- le repetí-
El pobre tipo ya no sabía que otro conejo podía sacar de la galera y se dio por vencido. Se dio cuenta que seguir hablando sería al cuete.
Cuando estaba cerrando el candado de la puerta, que en realidad no era una puerta sino un armazón con el mismo alambre tejido que limitaba todo el frente, me dio una tarjeta y me dijo:
-Cualquier cosa me llama por teléfono. Ah , la casa tiene teléfono, bueno el teléfono no está pero tiene una línea de teléfono.
Ahí me acordé de Roberto que me había dicho que me iba a llamar, entonces la cosa se dio vuelta. A veces el argumento más insignificante decide todo. La casa y el jardín eran un desastre pero que tuviera teléfono con lo difícil que era en esa época conseguirlo me convenció.
Hice como si no le diera importancia y mientras caminábamos hacia la esquina, le pregunté;
-Y cuánto es lo que piden?
- Bueno en el anuncio lo dice, son cuatro mil dólares y doce cuotas de quinientos, pero se podría conversar- Ahí me estaba dando el pié, entonces le dije:
- Mire la macana de esto es que hay que hacer muchos arreglos y va a ser difícil que convenza a mi señora si le muestro algo así porque con lo que piden, hasta que no termine de pagar las cuotas no voy a poderle echar mano a la casa.
- La casa es de unos jubilados que si usted le hace una oferta razonable ellos la van a aceptar
- Y que sería una oferta razonable?
-Podrían ser una o dos cuotas menos, podría hacer una oferta de contado, en fin no se cual es su interés y sus posibilidades, usted me dice a lo que está dispuesto y yo lo transmito y después le comento.
Yo mentalmente hacía números y al final como para que me quedaran unos magos en el bolsillo hasta que consiguiera algo, le dije
-Le puedo ofrecer seis en la mano pero nada de cuota, es lo único que tengo y por un largo tiempo no voy a tener más.
-Uhm, me parece poco, estírese un poco más y paso la oferta, creo que anda cerca, y no me gustaría que se perdiera esta oportunidad.
-Es lo único que tengo, para que le voy a mentir, pásela, si no va, qué se puede perder.
- Y bueno voy a ver como se los digo y si no me sacan corriendo, lo llamo.
- Yo lo llamo, cuándo quiere que lo llame?
-Mañana a la tarde, a ver qué novedades hay.
- Bueno, bueno mañana lo llamo.
- Veremos qué pasa.
-Hasta luego
-Hasta mañana -me dijo, sin mucho convencimiento.
Durante la noche me sentí optimista, pensaba quién iba a querer esa pocilga que, seguramente hacía años estaría a la venta y los dueños era más probable que se murieran antes de venderla. Así me dormí, pensando en la casita Tarzán, toda destartalada ella, donde caía más agua que en el cuartito de la terraza de Luis. De pronto ese parecido fue como una señal que me decía que yo tenía que comprar ese rancho. Quizás así estaría de alguna manera cerca de Luis y de Roberto, de aquel Roberto de los mejores años, de nuestra pureza e ingenuidad perdidas, que me inundaba el alma como una voz lejana en medio de la oscura noche.
Al día siguiente llamé a la inmobiliaria. Me atendió una voz vieja y femenina que me pasó con el fulano. Después de algunos rodeos me informó que había hablado con los dueños y que les parecía poco lo que estaba ofreciendo.
-Bueno y que es lo que están dispuestos a aceptar?
- Por nueve en la mano, la venden.
-La verdad es que no llego, de todos modos gracias y disculpe por la molestia.
- Espere, espere un poquito, dígame de verdad hasta cuánto puede estirarse?
Pensé, que no había que andar con vueltas
- Mire pateando la escritura para más adelante , todo lo que tengo para ofrecer son siete mil.
Después de un corto silencio me dijo:
- Por siete quinientos es suya.
No lo dudé más y le dije que si. Sabía que no era caro, pero sabía también que no era el palacio de Versailles, más bien eran las dos puntas del ovillo. Pero bueno, me podía rajar de esa mugrosa pensión, del peligro de Buenos Aires y podría ir al baño sin tener que hacer cola o tener que pedir la llave y aparte tenía teléfono.
Al los diez días estábamos cerrando el trato y a los quince me instalé en la otra punta del ovillo. Compré una mesa, dos sillas y una cama de pino usadas, un colchón, unas sábanas y una frazada. Después me fui comprando el resto de las cosas, no muchas más, porque un día, rasqué el tarro y noté que había no más de cuatro o cinco billetes, que no los miré como para no deprimirme. Saqué lo mínimo y me fui a comprar un teléfono, usado también, que no tenía contestador, ni ninguno de esos chiches que traen los teléfonos ahora, apenas servía para hablar. Pero era suficiente, no necesitaba más.
Lo llamé a Luis y le dije que seguía en Mar del Plata y le pasé el número de teléfono del croto diciéndole que quizás algún día alguien se lo iba a pedir, y que por favor se lo pasara. Me dijo que no me preocupara, si no me había olvidado nada en su casa y le dije que no, que si encontraba cualquier cosa hiciera como si fuera de él. Me dio las gracias. Yo le respondí que no tenía nada que agradecerme, nos despedimos y sentí que me alejaba cada vez más de él y de todo aquello.
Al principio miraba a cada rato el teléfono pero esa cosa nunca sonó. Pasados los dos meses, y ya con la lata vacía vacilaba entre llamar a Roberto o buscar otra forma de ganarme la vida. Por muchas razones me decidí por lo segundo pero como no tenía ni para el diario, se lo pedía al vecino a la tarde y al otro día llamaba.
Lo primero que conseguí fue de peón de albañil. Me ponían a cargar ladrillos y arena todo el día. Transpiraba como un marrano y llegaba a mi casa molido, pero como no tenía para comer, seguí. Aguanté un mes hasta que le dije al capataz que me iba a tomar unos días de licencia, porque tenía que hacer unos trámites para un tío mío que se encontraba en Mendoza.
El capataz que era un tano que tenía menos pulgas que un sapo me dijo medio en cocoliche:
- Muchache, mecore que váyase lo mase lecos que puedase perque osté non sirve para cuesto lavoro. Sacó mil pesos del bolsillo y me los dio.
- Cuesto e más de lo que tendría que pagarlo, pero non si preocupare.
No protesté ni nada de eso porque en realidad el tano me sacaba un peso de encima. Y eso de sacar un peso de encima era literal porque lo que pesaban las bolsas de porland llegaban a parecerme por momentos una tonelada.
Al día siguiente me quedé tirado en la cama, porque me dolía hasta el pelo. Con lo que me dió el tano me compré comida para quince días y me reservé unos cuatrocientos pesos para comprar diarios y una camisa para estar más presentable.
Al mes conseguí un laburo de cadete en una empresa de seguros. La Poderosa compañía de seguros. No tardé mucho en darme cuenta que lo único que tenía de poderoso era la habilidad para no garparle a nadie. Mil cien pesos por mes. Laburaba de 8 a 17 con un descanso de media hora para almorzar y fumarme dos cigarrillos.
El lugar parecía un cementerio, eran todos viejos decrépitos, que trabajaban mecánicamente como si fueran manejados por un titiritero filipino. Quedaba en un segundo piso por escalera en la calle Talcahuano al 200, todo viejo y roto, las escaleras, el piso, que algún día habría sido de pinotea y que después de tantos años y de tantos parches no se sabía bien si eran de pino, roble, o aglomerado. Parecía un tablero de ajedrez con los escaques distribuidos por un ñato en medio de una posesión demoníaca. Las luces alumbraban menos que una vela y las manchas de humedad superaban holgadamente a las partes secas de las paredes y los techos. Todo viejo, todo destartalado, todo sucio, lo que se dice una joyita.
Pero bueno al tiempo me abstraje de tanto derrumbe y emprendí mi larga carrera de cadete que nunca pensé que podría llegar a ser tan larga. Pasaron tres años y yo dele que da con la fotocopiadora y llevando y trayendo papeles a oficinas de todo el centro. Iba al banco, al correo, a tribunales, a empresas privadas, a Segba, a Entel, a Gas del estado y a casi todo lugar imaginable, siempre llevando papeles ensobrados que nunca tuve la curiosidad de saber de que se trataban.
Hasta que a los dos tres murió don Lázaro un viejo macanudo y gris como las paredes de la oficina que se había pasado cuarenta años en ese sucucho. A la semana el dueño me llamó a su oficina, cosa rara, porque le había visto la jeta dos o tres veces nada más y pensé que el tipo ni sabía de mi existencia. Me quedé parado frente a su escritorio y me invitó a sentarme. Detrás de él había una foto de San Martin montado en su famoso caballo blanco. Era tan vieja la foto que parecía que San Martin estaba arrugado y lleno de canas. Hasta lo blanco del caballo me imaginé que eran canas. Cuando me senté don Gerardo me dijo:
- Muchacho- yo pensé para mi este es chicato o me está cargando porque yo ya de muchacho no tenía nada. Debe tener más años que el obelisco, por lo que todo aquel que tenga menos de sesenta para él es un muchacho. Y comenzó con un discurso más remanido y aburrido que leer la guía de teléfonos en la playa. Pero en fin, me tenía que hacer el interesado porque de vez en cuando me mandaba un elogio y entonces me di cuenta que la cosa se encaminaba para un acenso o algo similar. Al final me espetó:
- y por todas esas manifestaciones de lealtad y dedicación creo que usted está en condiciones de cumplir con las funciones que desempeñaba don Lázaro y a partir de ahora su salario va a ser de mil setecientos pesos ajustados a la inflación y lo voy a poner en blanco para que tenga una obra social y todos los beneficios que usted se ganó por ser un trabajador responsable. Que le parece?
- La verdad don Gerardo que usted me honra con tal responsabilidad y es por eso que me siento muy agradecido y esté seguro que no se va a arrepentir de tomar esa decisión.
- No tiene nada que agradecerme muchacho, usted se lo ganó.
Cuando salía del despacho me sentía contento, a pesar de que sabía que don Lázaro ganaba cerca de cuatro mil pesos y que si yo arrancaba con ese sueldo necesitaría cerca de cuatrocientos ochenta y seis años de antiguedad para ganar lo mismo. Pero en fin algo es algo . Ahí me di cuenta que mi carrera de croto avanzaba a pasos agigantados. Tenía cerca de treinta abriles encima que empezaban a pesar como esas bolsas de porland que cargaba en lo del el tano.
Y así fueron pasando los años, grises y aburridos como esa oficina.
De vez en cuando iba a visitarlo a mi tío que iba envejeciendo al lado de un sobrino que había adoptado, que era una especie de Roberto pero con menos luces que una noche sin estrellas. De todos modos el muchacho le hacía compañía y eso me tranquilizaba. Luis ya no contaba tantas historias como antes y su discurso en general giraba en derredor de los problemas de las máquinas, de lo caro que estaba todo, de los achaques de la edad y esas cosas. Estaba viejo. Un día, como él nunca había mencionado nada del asunto, le pregunté si habían llamado para pedirle ese número de teléfono que le había dejado.
- Ah, sí ,lo de tu amigo el croto, si me llamaron hará como tres o cuatro años atrás, pero me había olvidado de cometártelo, perdoná, pero la memoria hace rato que me anda fallando.
- No te preocupes tío, no era muy importante de todos modos.
Qué raro me parecía todo! , Roberto le había pedido el teléfono recién después de dos años de que nos vimos por última vez. Yo pensaba que nunca se lo había pedido. Se lo pidió, pero nunca me llamó. En fin si en tantos años no me llamó, no me va a llamar más, pensé.
Me fui a mi casa cerca de las ocho de la noche porque el viaje era largo y al día siguiente a las seis de la matina me tenía que levantar para ir a La Ponderosa, digo a La Poderosa.
Con mis altas responsabilidades laborales que me abstraían de las cosas terrenales, me había olvidado de ese tema de Roberto.
Así pasaron tres meses más, entre papeles y notas y todas esas milongas, hasta que un buen día sonó el teléfono y grande fue mi sorpresa cuando escuché del otro lado la voz inconfundible de Roberto.
- Hola croto, cómo estás?
- Tragué saliva y medio entrecortado le dije después de reaccionar, bi, bien y vos?
- Me gustaría charlar con vos, podemos vernos mañana en el lugar de siempre a las ocho?
-Eh, este... pero..... sí, si mañana a las ocho, salgo del trabajo y voy para allá.
- Claro crotito, te veo después del trabajo. Un abrazo.
El tono sonaba irónico, pero algo paternal, nada imperativo, por eso me decidí a ir tranquilamente.
El bar era el mismo de siempre, salvo que habían reemplazado las mesas y sillas de madera por unas de plástico que decían cerveza Quilmes, y que seguro que para el hijo de Rodríguez que ahora estaba en la caja en vez del viejo, le habría, parecido acceder a la modernidad. Sinceramente lo único que me gustaba de ese bar eran justamente esas mesas y sillas de madera y las de ahora directamente me parecían una mersada.
Cuando llegó, ya hacía más de una hora que lo estaba esperando, en realidad más, porque como me vine directamente del laburo, había llegado antes de las siete.
- Hola como andás- Me dijo.
- Bien y vos?
- Siempre en lo mío. Las cosas fueron cambiando, hubo contratiempos, pero va todo bien. Y a vos como te va en la carrera?
- Que carrera?- Pregunté ingenuamente.
- La de croto, quiero decir en el trabajo- Me dijo con media sonrisa en los labios que después se transformó en una carcajada.
Me hice el desentendido.
- La verdad que al principio me costó mucho cambiar el rumbo, anduve galgueando un tiempo, pero al final me ubiqué en una empresa de seguros hace ya como diez años y no me puedo quejar.
Y ahora crees que no galgueás?
- Mira no sé si galgueo o no, si soy un croto o no , pero vivo tranquilo, y eso para mí es importante.
- Qué cosa es importante ser un cagón?
- Mirá Roberto ya no sos mi jefe, así que no me hablés así, sabés?
- Y como querés que te hable, como a una nenita? Si sos cagón, sos cagón y punto
- Bueno, está bien soy cagón, ahora decime lo que me tenías que decir y listo
- La verdad es que te iba a pedir que me ayudes en un trabajito, pero veo que ya sos un croto hecho y derecho, por eso no te pido nada, hagamos de cuenta que vine como para verte nada más.
- Y que me ibas a pedir, que trabajito?
- Nada, nada. Dudaba en que te hubieras hecho un croto de verdad, pero ahora lo comprobé, por eso no te puedo pedir nada, vos seguí por tu camino , que yo voy a seguir por el mío. Y Luis como anda?
- Ahí anda, envejeciendo, como corresponde, como envejecemos todo, salvo que a él se le nota más.
- Pobre Luis. Pero en fin la vida de los crotos es así.
- Yo también envejecí Roberto y vos también, ya los dos tenemos canas.
- Yo más que vos nene, yo más que vos. Desde pibe más que vos, siempre voy a tener más canas que vos. En el pelo y alrededor mío.
-Que querés decir?
- Hace rato me persiguen, pero nunca me van a agarrar, quedáte tranquilo. Querés otro café?
- Bueno uno más y me tengo que ir porque mañana me levanto temprano.
- Claro- Esta vez ya no hizo alusión a que era un croto porque me levantaba temprano y me tenía que ir a laburar.
Tomamos el último café en silencio hasta que repentinamente sacó un billete del bolsillo y me dijo;
- Me voy, quedáte con el vuelto, pero dejá propina. Que tengas suerte.- Ya parado se me acercó, me tocó la cabeza como se acaricia a un chico y se fue sin decir palabra.
Todo duró unos veinte minutos. Veinte minutos que recordé toda mi vida, porque Roberto era parte de mi vida, aunque estuviera o no presente. Era parte de mi vida.
Seguí en La Poderosa. Tuve un par de noviazgos más serios, que los de antaño. Pero en realidad más serios significaba que me duraban tres o cuatro meses. Nunca me quise sentir atado por las minas entonces las dejaba, o buscaba la forma que me dejaran. Algunas me dejaron sin que yo buscara la forma a decir verdad.
Hasta que a los cincuenta conocí a Teresa. Ni muy linda ni muy fea, no tenía como las otras el berretín de casarse y eso me cayó bien. Al fin y al cabo yo era un caballo cansado y ella con sus cuarenta y cinco encima , supuse que también lo estaría. Trabajaba en una fábrica de calzado, allá por Chacarita, como cosedora de suela desde los veinte años. Había empezado la secundaria con la intención de seguir una carrera, pero la vida, o el destino , o vaya a saber qué , la llevo un buen día a la puerta de esa fábrica y ahí se quedó.
Un año después de conocerla se me cruzó por la cabeza presentársela a mi tío. Pensaba que eso lo iba a poner contento.
Pero de pronto Luis envejeció del todo y se murió. Igual lo conoció pero en el frio cajón de un velorio, rodeado de unas pocas personas que contándome a mi y a Teresa, no éramos más de cinco. Al costado del cajón había una corona de rosas rojas , que eran las que le gustaban a mi tío . En la leyenda se leía, a mi querido tío, su sobrino Roberto. Lloré como un chico al lado del cajón y no me moví hasta que se lo llevaron, pensando en todo lo que habíamos pasado juntos los tres. Roberto nunca apareció, pero no se olvidó. Así era él. Seguro tendría sus motivos, para no venir.
Pasaron cuatro años de la muerte de mi tío, veinte de la última vez que vi a Roberto, treinta que me abrí de la banda y más de cuarenta que lo conocí.
Y después de todo ese tiempo, anteayer me llamó para que nos viéramos mañana en el lugar de siempre. Cuando parecía todo sepultado, como mis viejos y mi tío, el pasado volvía. En los sueños mis viejos y mi tío, en la vigilia Roberto. Cada uno a su manera siempre volvían.
Me senté en una mesa que me permitía ver el puente Alsina, que en realidad se llama puente Uriburu en honor a un milico más facho que Mussollini. El vapor de las aguas del riachuelo parecía traspasar los vidrios de los ventanales que ahora eran de aluminio y que me desagradaban sobremanera. Cuando miré el reloj habían pasado cuarenta minutos de la hora fijada y empezaba anochecer. Por un momento pensé que no vendría pero me acordé de eso de que pasara el tiempo que pasase él siempre vendría. La verdad es que no me causaba mucho entusiasmo estar ahí y quería irme.
Pasaron otros diez minutos y cuando yo estaba mirando el puente y recordando viejos momentos que vividos, un tipo alto y flaco se sentó en mi mesa.
- Perdóneme pero no lo conozco, aparte estoy esperando a otra persona- Le dije.
- Me estas esperando a mí, es decir a Roberto, pero él no va a venir.
- Y usted quién es?
- Un amigo.
- Y por qué no va a venir?
-Porque hace un año está guardado en Devoto.
- Pero él no me dijo nada, me dijo que lo esperara acá, no me habló de usted.
- Si te decía que te ibas a encontrar con otra persona, vos no hubieses venido, o no?
- Bueno no sé - y cuando estaba por hacerle otra pregunta, me paró en seco.
- Mira hacé como si fuera Roberto, tengo poco tiempo y me tenés que ayudar.
- Pero si a usted no lo conozco!
- No a mi no, al que tenés que ayudar es a Roberto.
- Bueno y en qué quiere que lo ayude?
- Escuchá bien porque tengo poco tiempo, cuando perdió, estaba por tener un hijo con una pendeja con la que salía. La piba era muy joven, y estaba de ocho meses. Roberto me dejó una guita para ella y me pidió que la cuidáramos con mi señora, que es esa mujer que está afuera.
- Cuídenmelos hasta que yo salga, dijo. Me van a condenar a seis años, pero el ruso Bekenstein va a apelar en la cámara, y seguro me la rebajan a cuatro, y con buena conducta salgo en menos de uno porque ya llevo uno guardado sin condena. Son unos meses nada más.
Vi por el ventanal a una mujer con un bebé en brazos .
- Ya pasó un año me dijiste , entonces en un año sale.
- Sí, yo hablé con el ruso también y me dijo eso, pero esperá que termino de contar.
-Al mes que cayó en cana nació el bebé, un varoncito, el hijo de Roberto. Cuidamos a la piba y al bebé. En realidad mi señora los cuidaba porque yo tenía que salir a laburar, pero sin Roberto la cosa iba de mal en peor. Al cabo de unos meses decidimos abrirnos cada cual por su lado.
A pesar de todo seguimos bancando a la piba y al bebé. Pero hace cosa de un mes me hicieron una cama, alguien abrió el pico y ahora me pisan los talones a mí y a mi señora. Entonces como la cosa pintaba fiera y teníamos que estar yendo y viniendo para no caer, la piba se cansó y una mañana cuando fuimos a su habitación nos dimos cuenta que se había rajado sin decir ni mu y nos dejó al pibe.
Como no podía ir a verlo ni llamarlo por teléfono porque era como ir a la jaula de los leones, mandé a un amigo para que hablara con él.
- Y? Lo fue a ver? Qué le dijo Roberto?
- Por eso te llamó, por eso estoy acá, porque necesita que lo ayudes, que te hagas cargo del pibe, porque sos buen tipo y estás limpio y porque vos no le vas a fallar.
Queeeé!!! ..??? Que yo me haga cargo de qué?
- Que te hagas cargo del pibe, es menos de un año, no más.
- Pero vos estás loco, Roberto está loco, todos se volvieron locos, vos te pensás que me voy hacer cargo de semejante quilombo? Yo con un pibe, ni loco , por más que fuera de Roberto, de Mahatma Gandhi o de Gardel, así que ese paquetito que trae tu mujer llévenselo a otro gil.
- Primero que no es un paquetito, segundo que en el caso que fuera un paquetito, no es el que tiene ahora mi mujer en brazos, porque hace una semana lo dejamos en la casa de una vieja amiga de Roberto. Y tercero que en el caso que vos fueras un gil, es el gil que eligió él y vos le debés una-. Y sacando un papelito del bolsillo me dijo
- El pibe esta acá, andá a buscarlo lo antes posible.
Leí el papelito y había una dirección y el nombre de Dora, ahí me enteré como se llamaba la vieja . Yo la conocía y conocía esa dirección, era de Pompeya a pocas cuadras de lo de mi tío. En un rapto de locura lo iba a guardar, pero lo hice un bollito y le dije mientras se lo metía en el bolsillo de la camisa:
- Decíle que el croto es un croto, pero no es un boludo como para arruinarse la vida con un pibe, a esta altura del partido.
Cuando decía esto parecía que lo decía otra persona, ni yo mismo me reconocí, esta vez el que pagó los cafés fui yo, pagué y me fui sin decir nada. Claro que el tipo no era Roberto.
Pasaron diez años de ese encuentro. Después me enteré que el ruso Bekenstein nunca apeló, que cuando se dió cuenta que ya no había más guita se tomo el piróscafo. Que a Roberto lo condenaron efectivamente a seis años, pero un año antes de cumplir la condena, lo mataron en la cárcel. Un suceso desgraciado dijeron.
Son las ocho de la noche, pasaron diez años. Y los recuerdos me llenan de bronca de indignación y de verguenza por las cosas que pasaron y por las que nunca llegaron a pasar, sin embargo a pesar de todo, guardo todavía algunas alegrías silenciosas que me llenan el corazón.
Teresa esta planchando esa interminable pila de ropa, esperando que suene el teléfono para chusmear con Rosita, cuya voz me imagino debe ser mas chillona e insoportable que nunca.
Son las ocho de la noche pero ya no voy todos los días al bar.
Escucho en la radio un tango de Enrique Campos con Tanturi, " En el salón".
-En el salón dejé mi juventud, lejana juventud....
Enciendo la hornalla de la cocina, saco un paquetito de postre Royal de la alacena y un sachet de leche de la heladera. Mientras estoy revolviendo la ollita con una cuchara de madera una voz melodiosa y dulce me pregunta
- Qué estás haciendo?
- Uno de esos postrecitos de vainilla que tanto te gustan.
-Uhm, que rico! son para esta noche ?
- Sí, claro son para comerlos ésta noche.
- Y como los haces papá?
-Ah, es un secreto, es un gran secreto.
Y el rostro de Robertito se llenaba de ensoñaciones, como sonriéndole al misterio de vivir.

Nicolás Frega

 

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Published on e-Stories.org on 25.04.2016.

 

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