Manuel Morelli

Kilómetro 32

    ¿Qué fue lo me hizo perder a mi familia? No, no fue la bebida, aunque así a veces me lo dijera, fue ella la culpable de todo, no se podía conformar con nada, y ¿dónde estaba nuestra hija?, ¿hace cuánto había pasado todo esto?, algunos días, una semana, un mes, qué importa, si ya las perdí y nada va a hacer que vuelvan, por eso ahora manejo, manejo por una ruta desértica al sur de la capital, mis únicos amigos son los carteles, no se ve una luz en kilómetros, y salta el indicador del combustible, ¿no había cargado? Tengo que acelerar. No sé a dónde voy pero tengo que llegar lo antes posible, porque se agota el combustible, acelero, cien, ciento veinte, ciento cuarenta, no da más, se agotan las reservas, voy en bajada, hago algunos kilómetros más y me detengo. Se pelean el pánico y el éxtasis, por un lado la emoción de desconectarme de todos los problemas, y mirar el atardecer, y pensar que se vayan todos a la mierda, pero solo tengo una botella llena hasta la mitad con agua caliente, así que lo pienso dos veces y me invade el pánico, y me siento encerrado como en una caja, donde el cielo es el techo, y mi prisión es el desierto que me rodea, que lo traga todo, las ciudades, los pueblos, los océanos, solo hay desierto. Me levanto, estuve inconsciente, el sol se pone, ¿es un camión?, sí, grito, el primer alarido lastimó mi garganta, grito de nuevo, ¿por qué no me ve?, sigo gritando, me hace una señal de luces, me salvó la vida, así le dije, y se rió y le dije si podía llevarme pero tenía algunos litros de nafta atrás y me cargaba el tanque, gracias gracias gracias.
    Me empieza a contar la historia de su vida, no sé bien lo que dice, pero no me interesa, cortés, asiento y hago ajá y sí, claro pero no me importa, especialmente porque parecía el hombre más feliz del mundo, yo necesitaba que se callara, ah y ahora la foto de la mujer, sí, es hermosa, ¿otro bebé en camino?, que lindo, es la sensación más hermosa, sí, él que piensa en la vida y yo me obsesiono con su muerte, aunque quiero que sufra, porque quién era él para conectarme con la realidad y refregarme en la cara todo lo que no tengo, ahora veo todo en blanco y negro, y rojo, en blanco y negro y rojo, y esto ya pasó antes, es imposible, pero ya pasó, esta sensación, esta… ¿sed? NO, ¿a dónde se cree que va?, ¿terminó? va hacia el camión, se va a subir, se va a subir y se va a ir y va a quedar impune, sigue de largo, pasa el camión, para, empieza a mear, por supuesto, si es lo que me había dicho.
    Es ahora, está dado vuelta, me acerco a la camioneta sigilosamente, más rápido, más rápido, ¡silencio!, casi se da cuenta, llegué, es ahora, arranco la camioneta, por favor que no se dé cuenta y no se da cuenta, está demasiado lejos, miro alrededor y, en efecto, ya habíamos terminado, acelero al máximo y me aturde el chirrido de las gomas contra el asfalto, por no ponerme el cinturón me voy para adelante y me golpeo la cabeza, no lo siento, me estoy acercando, se da vuelta, quiero que me mire cuando lo mate, el impacto se siente muy bien en mi cuerpo, otro golpe en la cabeza lo vuelve más real, lo siento como el cuerpo ajeno debajo de mi auto, todo me duele, gotas de sangre en el parabrisas, todo vuelve a su lugar; el tiempo se detiene hasta que paso al hombre, acelero y me alejo, aúllo como los lobos, ¡JA JA JA JA JA!, no puedo contenerme, avanzo sonriente, nada puede detenerme, avanzo por
            cometí un grave error.
    puede estar vivo, lo dejé tirado ahí, o dejé su cadáver, y un camión, y doy media vuelta, ahora sí, voy a toda velocidad, ¿dónde está?, te vas a dar cuenta por el camión, bien, es verdad, pero no está, ¿dónde está?, solo veo la nada, y se está haciendo de noche, ¿dónde está?, no hay nadie a estas horas por acá, ahí está, ahí está, no pasó nada, no hay nadie como siempre, ya es de noche, genial, estaciono bloqueando la vista del cuerpo, y me acerco; mueve sus manos, todavía le queda una chispa de vida que se desvanece muy rápido, y con sus últimas fuerzas, al escucharme, levanta la cabeza y me señala, me detengo, tengo miedo, es un muerto vivo, empapado de sangre, ojos saltones, por un corte en la cabeza le quedan pocos pelos que le caen en mechones endurecidos por la sangre coagulada, su camisa casi marrón y sus pantalones desgarrados, le faltan los zapatos, algunos dedos doblados, anormales, que me impresionan y me causan dolor cuando piso, porque seguía avanzando sin darme cuenta, y la distancia que nos separa se hace más y más grande y escucho su respiración, costosa, débil, y la luz de la luna alcanza para verlo a él y a la tierra que llena el aire, la cabeza fría, y estoy al lado, y ahora sí que escucho su respiración, y sus últimas palabras, no sé cuáles son, gemidos tal vez, que se quedan en mi mente por mucho tiempo, lo estoy ahogando con su camisa, ¿por qué tarda tanto?, ya debe estar muerto, sí, lo está de hecho, hace algún tiempo, y ahora tengo que enterrarlo, con qué voy a enterrarlo me pregunto, y voy al camión, las llaves están puestas en el contacto, las puertas abiertas, prendo la luz; abro el acoplado, cajas y otras cosas, ¿qué más hay?, un matafuegos, no me sirve, esto sí, una lona, la separo por acá, herramientas, y que conveniente, una pala, otras cosas inservibles, y una soga.
    Voy afuera, corto la tela por la mitad con una pinza, pongo al muerto arriba, me llegan olores y contengo un vómito, el cuerpo produce ruidos viscosos, y se me cae una vez, y otra vez por la impresión, doblo la tela por la mitad y está fuera de mi vista, le hago agujeros a la tela y lo ato con un pedazo de la soga, tiro de ella y me adentro cada vez más en el desierto, contando los pasos, uno, dos, tres, cuatro, la luz ya no es suficiente pero tengo que ir más lejos, seis, siete, ocho, tropiezo con una piedra y la caída me recuerda el golpe en la cabeza, diez, avanzo con la mano en la frente, doce, trece, catorce, quince y dieciséis, dieciséis pasos desde la ruta, y ahora estoy cavando, y ensuciándome de tierra, comienzo a sudar, esto es agotador, muy cansador, como si cavara mi propia tumba, está tomando forma, formas, sombras que muestran el destino de mi alma asesina, y ya no siento culpa, sino la transformación que había sufrido, irreversible: la muerte es parte de mi vida, soy su marioneta. El agujero está terminado, o por lo menos yo terminé y ese agujero va a tener que servir, hora del funeral, pero el hombre no entra bien, doblo su cadera y quedan las piernas elevadas, bueno listo, lo cubro de tierra con mis propias manos, listo, ya está, dieciséis pasos, prendo las luces de mi camioneta, apago las del camión, vuelvo a mi coche, a descansar.
    No hay más tiempo para descansar, tal vez dormí algo, no sé pero me siento reparado, estaciono la camioneta frente al camión, apago las luces, me bajo, prendo las del camión, y observo el parachoques de mi Ford, cubierto de sangre, activo el chorro de agua y el limpiaparabrisas y busco en el acoplado del camión algo útil, solo hay unos trapos viejos, y algo de agua, que no alcanza, y aun así empapo uno de los trapos y empiezo a fregar y fregar, y no puedo eliminar la suciedad tras las líneas, y estuve una hora así y no quedó perfecto pero decido terminar, guardo la pala conmigo, con el resto de lona y una caja de herramientas, muevo el camión a un lado del camino y lo cierro con la llave que guardo en mi bolsillo, y continúo, con mi destino que ya se había perdido, en mi viaje hacia ninguna parte en busca de nada, sabiendo que encontraría algo, y veo un cartel, km 32, donde se escondía mi víctima, kilómetro treinta y dos ruta cuatro, repetiría esto por mucho tiempo, desconectado, hasta que el indicador de combustible me rescate del trance, y viera otro cartel, kilómetro 117, y una estación de servicio más lejos, donde me bajo, y los insectos revolotean en las luces, y hay un Toyota y un Chevrolet y tres empleados, ¿cuánto señor?, tartamudeaba y me miraba fijamente, lleno por favor, y me bajo, y tengo mucho hambre, voy hasta la caja con un aperitivo y una botella de agua, veo mi reflejo en un vidrio, tengo un aspecto terrible, la joven de la caja se me queda mirando, me voy apurado hacia la sección de carga de agua y me limpio. Al fin tengo un momento de tranquilidad para pensar qué hacer, dónde estoy suena bien para empezar, así que ¿dónde estoy?, necesito un mapa, pero no para ir a algún lado, sino para ubicarme en el espacio y ponerle un nombre a mis horizontes, o tal vez dejarme a la deriva sea lo mejor, ya no hay un lugar al que pueda llamar casa; lo más cercano a mí es el kilómetro treinta y dos de la ruta cuatro, kilómetro treinta y dos de la ruta cuatro y ¿kilómetro noventaicinco de la ruta siete?, no no, estaré mezclando cosas, ¿kilómetro sesentaisiete ruta nueve?, no importa si total no va a llevar a nada, se toma todo el tiempo del mundo para llenar el tanque, ¿qué está haciendo, mirando las estrellas?, es todo un científico, debería hacer el experimento de la carga de combustible, a ver qué pasa, no, no, está mirando demasiado la camioneta, el frente cubierto de sangre, las llantas que olvidé limpiar, que si bien la tierra y el viento ayudaron, incluso desde acá puedo ver algo extraño, y me acerco y se nota más, sigiloso, silencioso, todavía no me vio, pero ve una parte de la pala manchada de tierra que sobresale a la lona, también sucia, y una gota de sangre, pero esto lo noto yo, desde lejos, una gota de sangre, señor, está listo, y yo miro el parabrisas, con gotas de sangre más notorias, y lo miro a él, me mira, y en su mirada hay terror puro, bajo la vista hacia la mano que sostiene el vertedor, tiembla; tengo el dinero en la guantera, le digo, cuando entro a mi Ford cierro las puertas, finjo que busco algo, y el joven analiza más mi vehículo, lee algo, la placa tal vez, o memoriza mi cara, enciendo el auto, el empleado me deja ir, perplejo, y lo noto petrificado desde el espejo retrovisor.
 
    Llego al kilómetro 354 faltando una hora para el amanecer, y paro por el simple hecho de que hay un motel a la vista, donde me registro con un seudónimo y pago la mitad del costo de la habitación, a donde subo por escalera cargando con mi bolso, en el que había guardado la pala y la lona junto con las herramientas y lo que tenía en la camioneta, y cuando me cruzo con una ventana, no puedo creer la manera en la que el tiempo transcurre, como el amanecer llegó tan rápido, ¿o tan lento acaso? Había recorrido doscientos kilómetros, tal vez a paso de hombre, o había dormido más de lo que pensaba, porque el camino hasta acá había sido en extremo fácil; me había encontrado con un solo auto, que me pasó, luego volví a pasarlo y sus luces de desvanecieron a lo lejos, como el tiempo se desvanecía y se escurría de mis manos, porque, tan valioso, lo desperdicié en escapar cuando tenía que descubrir que hacer a continuación, y todo el viaje con la mente en blanco, sonaba la radio, o no, estática por momentos, atropellé a alguien, pero no fue en este viaje, fue en otro, uno lejano en el tiempo, y pienso en ese viaje pero no lo recuerdo con claridad, y mis ojos se cierran y estoy durmiendo.
 
    Me levanto y miro por la ventana las luces del auto que me había despertado, del cual se baja un hombre, su cara cubierta por una gorra, mirando para abajo, y entra a la recepción perdiendo mi interés, y recuperándolo de inmediato, cuando miro su auto, un Toyota gris, de donde cargué combustible, y vuelvo a dormir.
    Salgo temprano para escabullirme, pero cuando arranco mi camioneta, segundos después el auto gris también lo hace, y finalmente lo recuerdo, el único auto que me había cruzado en la ruta, que había pasado desapercibido, pero ahora no le interesa el sigilo porque tiene un plan, pero yo también lo tengo, y por delante tenemos cientos de kilómetros de desierto, avanzo como si nada, ningún auto se nos cruza, y elijo al azar el kilómetro 431 para detenerme delante del Toyota, los dos bajamos, yo con la pala en mano, y él, que levanta la mirada, revela su identidad y también un revólver, sostenido por una mano temblorosa que se levanta en mi dirección, y de pronto estamos mucho más cerca que hace un momento, yo y el joven empleado de la estación de servicio, que pregunta por el cuerpo mientras yo, lento, me acerco, evitando contestar, y al fin tenía una razón para matar, y él insiste en que “solo quiere enterrarlo”. “Me llamó y me dijo adonde estaba, y tardaba demasiado, así que decidí tomar el auto y recorrer un poco”, su mano temblorosa, el revólver apuntándome sin decisión, yo no siento miedo, mi mente fría, intentando calcular el movimiento exacto, el momento exacto, y mis pasos se hacen cada vez más cortos mientras el cielo me encierra y busco refugio en la inmensidad del caluroso desierto. “Encontré su camión, pero él no estaba, y empecé a preocuparme. Registré el lugar pero no vi nada, así que volví a mi puesto de trabajo. Luego llegó usted, con su camioneta con sangre, y la pala, y… y entendí todo cuando vi el carnet de mi padre a través del parabrisas”. ¿Cómo pude haber sido tan estúpido?, pienso, y de nuevo ese extraño pensamiento, tan lejano y tan familiar, el que sentí cuando supe que asesinaría al padre de mi siguiente víctima, el recuerdo en el motel, el kilómetro algo de la ruta algo, ¿a quién atropellé?, ¿por qué llevo en las venas este instinto tan primitivo? “¡¿Dónde está!?, continúa. Salgo del aislamiento mental, avancé bastante, demasiado, me detengo, me doy cuenta de que el chico no va a disparar el gatillo; tiembla y llora y no advierte mi cercanía. Está en un lugar mejor, le digo, sabiendo que se quebraría, y así lo hace, se agacha y el revólver ahora apunta hacia abajo, descansa en la mano del brazo que descansa sobre su regazo del joven, que mira para abajo, y tras unos segundos de espera, viendo que no va a sorprenderme, descargo la pala en su mandíbula y su cara se va para atrás, obligando a su cuerpo a caer de espaldas. Agarra el revólver, la pala contra su mano y el revólver cae lejos, y él no se resigna, pero gano la carrera y le ordeno que se ponga de rodillas, y no va a ser tan divertido matarlo de un tiro en la frente, tiro en el pie, grita de dolor, se retuerce, esto me gusta, estoy sonriendo, salen palabras de su boca, plegarias, necesito la pala, la pala contra su cara, de nuevo, y sus mejillas se ensucian con la tierra que condenó a su padre. ¡Silencio!, este es mi momento, ¡mío!”.
    Me dirijo al punto de partida, un eco, las palabras que había gritado hace momentos, las últimas palabras de aquel hombre, las plegarias del cuerpo que llevo cargado en la parte de atrás, cubierto por la lona, y se exactamente a donde ir, kilómetro treinta y dos ruta cuatro, y lo susurro y lo pienso y lo siento y nunca lo voy a olvidar, y la llegué, es mediodía, no hay nadie, dieciséis pasos desde la ruta, el camión detrás, el cuerpo es pesado en mis hombros pero no es tiempo de descansar, y un pulgar delator, un pulgar delator que sale de la tierra, señalador, acusador, delator, evidencia, desentierro evidencia y me invaden los olores de la descomposición, dentro de la tumba queda una fracción del hombre que alguna vez había sido algo, un desconocido, como el otro, los dos ocultos en mi camioneta y ya sé a donde ir, ruta siete; ruta siete kilómetro sesentaiuno, uno dos tres cuatro cinco seis diez veinte veintiséis treintaiuno treintaidós, treintaidós ruta cuatro que ya no existe, es treintaidós, ruta siete, y cincuentaitrés cincuentaicinco cincuentaiséis cincuentaiocho y sesenta y me explota el corazón, sesentaiuno y cargo con los cuerpos, los cuerpos al hombro y dieciséis pasos hacia adentro, es de noche y dieciséis pasos y la pala que sube y baja y la tierra en los ojos y la tumba tiene que ser el triple de grande, porque me espera alguien dentro, y hago otra más, para mí, cuatro, cuatro tumbas, el hombre, su hijo, yo, y si no recordaba lo que me hizo perder a mi familia ahí estaba con sus olores su viscosidad su forma y su deformidad, la primera víctima, mi fruto, y la máquina se va a detener al fin porque tengo un revólver en mano y lo uso y voy a dormir para siempre al lado de mi hija.
 

 

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Published on e-Stories.org on 06.03.2016.

 

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