Fernanda Hernández

La fotografía

-Eso no existe, campeón. Todo está en tu mente.
-Pero, papá, Frank dice que la otra noche su hermano…
-Cariño, no todo lo que te dicen tus amigos es verdad – su madre acaricia los cabellos de su hermana desde la cama contigua a la suya – Tu padre tiene razón, cielo.
Anna toma su peluche más cerca y se aferra a la mano desocupada de su madre.
- ¡No es cierto, mamá! ¡También el otro día me metí en unas páginas en internet que nos mandó su hermano y aparecían esas imágenes! – Rodrigo se recarga en la cabecera de la cama mientras sus padres se miran.
- ¿Qué imágenes, mami? -pregunta Anna sacudiendo la mano de Sarahi, quien voltea a su hija y niega con tranquilidad.
-Nada, nena; no le hagas caso, tu hermano puede ser a veces…
- ¡No es cierto, carajo! – berrea el niño
- ¡Hey! – protesta su padre – No le hables así a tu mamá. – Rodrigo gira su cabeza y en tono de reproche contesta:
-Lo siento, mamá… Pero, ¡No les estoy mintiendo! ¡Esa señora… tiene garras… y unos ojos negros que te matan con solo mirarla, y también…!
- ¡Mami…! – la niña se sienta en la cama y abraza a Sarahi, mirando a su hermano - ¡No es cierto! ¡Esas cosas son mentiras!
Rodrigo se remueve en la cama, dándole la cara.
- ¡Claro que sí!
- ¡Claro que no!
-Chicos, basta – Alan toma del brazo a su hijo y lo recarga de nuevo con suavidad. – Ya Rodrigo, por favor.
-Mentiroso…
El niño se vuelve a su hermana una vez más para reprocharle.
-Pues no me creas, pero si en la noche viene y te lleva a ti o a tu Fluppy…
- ¡Ya, Rodrigo! – lo interrumpe su madre, quien acaricia los cabellos de su hija con dulzura y la tranquiliza. – Es suficiente por hoy. Ya es hora, mañana tenemos que levantarnos temprano. – se levanta y deja a Anna en la cama, recostada, quien, a regañadientes, la deja ir. Besa a la niña, a Rodrigo y acaricia el cabello de su marido con suavidad.
-Te espero en la cama, mi amor. – el asiente y la besa mientras que el niño hace una mueca de asco y su hermana sonríe, mientras su madre desaparece por la puerta y abre la de su habitación.
-Bueno, chamacones, ya oyeron a su mamá, y, si no se duermen me regañan… - se levanta y besa la frente de Anna – Buenas noches, princesa. – acomoda el peluche junto a ella y la arropa; se vuelve hacia Rodrigo y le revuelve el cabello – Descansa, General – cuando se agacha a apagar la luz, lo hace de tal manera que pueda susurrarle al oído – No le metas ideas, hijo, por favor. Se supone que das el ejemplo. – cuando se aleja, se limita a asentirle a su papá. Se encamina a la puerta y antes de apagar la luz del techo y cerrar la puerta, les susurra: -Los quiero.
-Nosotros también – dicen los niños al unísono.
La puerta se cierra, dejándolos solos y después de unos momentos, Anna gira la cabeza hacia su hermano.
-Entonces… ¿Es cierto? ¿Esa mujer tiene ojos negros y una hija que carga un peluche… como Fluppy?
Rodrigo la mira.
-Si… se supone que le gustan los niños… compensan al suyo muerto.
- ¿Y por qué con peluches?
El niño rueda sus ojos.
- ¡Ay Anna! ¡No sé! Solo decía eso la página. – antes que su hermana pueda preguntar, el responde – Nos la mandó su hermano, se supone que cuenta la historia de esa mujer… bueno, en realidad, la cuentan la gente que ha sido testigo de ello, como vecinos y familiares... Había imágenes muy feas…
Anna abraza más su peluche y gira todo su cuerpo hacia la cama de su hermano.
- ¿Cómo cuáles?
Piensa unos momentos, recordando aquellos niños sin ojos y ahorcados.
-De niños… muertos. – hace una pausa – La historia dice que les saca los ojos vengando a su hijo, que, en teoría, mató su marido por haber nacido ciego.
- ¿Ella… ella elige a sus víctimas o…? ¿Cómo…?
- ¡Ay! Según viendo la foto de un árbol, en donde, dicen, enterró a su bebé. Pero yo la vi y ni da miedo; podría ser cualquier árbol. – acomoda su almohada y cierra los ojos – Bueno, como sea. Buenas noches, Anna.
-Buenas noches, grandote.
-Abraza bien tu peluche… No vaya a ser que…
- ¡Ya Rodrigo…!
La puerta se abre suavemente - ¿Aún no se duermen? – susurra su padre – Los van a regañar, solo les aviso…
- ¡Cariño! ¿Podrías ayudarme a bajar esto? – grita su madre. Alan gira su cabeza hacía su habitación.
- ¡Voy! – se vuelve hacía sus hijos y susurra – ¡Ya duérmanse!
Cuando se cierra la puerta, Rodrigo rueda sobre su estómago, mientras murmura:
- ¿Ya ves? ¡Cállate!
- ¡Ash! ¡Cállate tú…!
 

 
Rodrigo se levanta de la cama; 3:06 AM. Su hermana, Anna, descansa tranquilamente sobre su costado, abrazando con fuerza aquel peluche de conejo.
Se levanta de la cama y, sin hacer ruido, se encamina a la puerta para ir al baño.; cuando lo hace, un frío aturdidor lo golpea desde el pasillo, mientras que a lo lejos, alcanza a ver la entrada al baño. Con sumo cuidado y mirando a cada lado al compás de sus pasos, llega. Cierra la puerta y prende la luz, aun adormilado, levanta la tapa de escusado y orina. Al terminar, tira de la cadena.
Va a salir del baño, cuando escucha el sonido de una risita, muy conocida para él. Se gira. Ahí está. Su hermana, sentada en la esquina de la bañera y con el peluche en sus brazos.
-Anna, ¿Qué haces? – reprocha el niño, somnoliento – Ven, rara, a dormir.
Ella se limita a negar y volver a reír.
-Anna, ¿Qué…? – la niña se gira hacia la bañera, dándole a entender que hay algo. Rodrigo se acerca, pero no hay nada, está igual que hace unas horas.
-Anna, no hay nada. Venga, vamos a dormir, mamá y papá…- ya no puede continuar la frase. Su hermana ya no está ahí.
Extrañado, niega con la cabeza y se propone a regresar a la cama.
Sale del baño, y antes de llegar a su puerta, esa misma risa se escucha.
Gira su cabeza. Nada. Suspira y abre la puerta, pero al entrar, no es su habitación. No están ni su cama ni su hermana, en su lugar, hay un sillón en medio de un cuarto vacío, parecido a los que usan los dentistas.
Se acerca, y con cautela, gira el sillón, encontrándose con un conejito de peluche como el de Anna, solo que, los botones que representaban los ojos habían sido arrancados, dejando los hilos afuera y hacía todas direcciones.
Horrorizado, se aleja de la silla, y, desesperado grita:
- ¡Anna! ¡Anna! – no se oye nada salvo el eco de su propio grito. El niño corre hacia la puerta, intentado escapar, pero antes de llegar, esta se cierra.
- ¡Mamá! ¡Papá! – golpea la puerta con fuerza mientras que sus lágrimas manchas sus mejillas.
- ¡Mamá…! ¡Papá…!
Una pequeña mano mueve su hombro, sacándolo de aquella pesadilla sin sentido.
- ¿Quieres dejar de gritar? ¡Intento dormir, tonto! – Anna lo mira enojada mientras que se encamina a su cama.
- ¿Q-Qué hora e-s? – Rodrigo logra murmurar, seca el sudor frío del cuello.
-No se… 3:05, según tu reloj. – se hace una pausa en la que el niño intenta procesar la información, convenciéndose que, siendo el mayor, no puede llamar a sus padres por una pesadilla. – Oye, ¿Has visto a Fluppy? Desperté y no estaba… - Rodrigo la mira horrorizado mientras que ella mueve sus cobijas y revisa debajo de la cama.
-Debe de estar por allí… - se levanta con la esperanza de encontrar el peluche, pero al cabo de un rato, no encuentran nada, salvo unas pequeñas piedritas color negro. Anna prende la luz para poder buscar al rededor de la recámara. Rodrigo aprovecha y sostiene frente a sus ojos aquellas piedritas, que resultan ser botones. Traga saliva mientras que siente como las tripas se le deshacen por dentro. -A-Anna… ¿Anna? – gira la cabeza por toda la habitación, pero no hay nada. Ni rastro de ella. - ¡Anna! – susurra.
Mientras se pone de pie y busca con la mirada por la habitación, ve la puerta del clóset abierta. Se encamina y, dudoso, la termina de abrir. Nada.
-Ya olvídalo – dice la niña cubriéndose con las sábanas, de espaldas a él– Ya lo encontré.
Se acomoda en su cama y apaga la luz de la habitación, dejando a Rodrigo en medio de la oscuridad y con los botones en la mano.
El niño se encamina a su cama, extrañado, y sin dejar de mirar los botones en su mano.
- ¿Estás segura? Había esto debajo de tu… - alza la mirada.
Y pasó.
La leyenda era cierta. Les quitaba los ojos y ahorcaba con sus propias manos. La víctima: su hermana. Lo mira con aquellos huecos en la cara y esa marca morada en el cuello, mientras abraza un peluche más descocido de lo que debería.
-Si, segura. – Rodrigo grita y se levanta de golpe, mientras que su hermana se incorpora en la cama, sin dejar de mirarlo. Antes de poder abrir la puerta, aparece ella, la mujer y le impide su salida, cómo a todas sus víctimas.
 
Dicen que no debes ver aquella fotografía; aquella fotografía en la que se esconde el cuerpecito de un bebé de apenas unos minutos de vida, aquella fotografía que tantos han mirado, y no lo han vuelto a hacer…
 
 
 
 
 

 

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Published on e-Stories.org on 25.02.2016.

 

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