Fernanda Hernández

Carta de una madre

Querida hija:
No se cuando leas esto, no se si seas una niña, una joven o una adulta, pero, sin importar eso, vengo a compartirte la pequeña historia que compartimos, muy pequeña, pero hermosa. Por favor, lee este pequeño escrito, que con todo mi corazón, te dejo:
El día que supe que te esperaba, entré en shock. No en mal plan, por su puesto, sino de asombro. Después de tanta lucha, había sido capaz de embarazarme, de formar una vida con el hombre de mis sueños; y entre varios besos y susurros de cariño, nació dentro de mí la criatura más hermosa que pudiera existir. Tu.
No puedo describir el sentimiento que sentí cuando pude ver aquel pequeño bultito en el ultrasonido, ni la emoción que me invadió cuando escuché tus latidos junto a los míos; tampoco olvidaré la dulzura con la que te miro tu padre, y mucho menos olvidaré ese aliento en mi oído antes de dormir, diciéndome un simple, pero sincero “gracias”.
Recuerdo la noche en la que te sentí por primera vez, abrazada por los brazos de papá, justo antes de dormir, un pequeño golpecito nos lo impidió, haciéndolo derramar la lágrima más pura de cariño, mientras que yo te susurraba lo mucho que te amaba, esperando que, dentro de todos tus inquietos movimientos, me escucharas.
La mañana en la que tuve que correr al hospital, llena de dolor y desesperación, aprendí que, sin importar cuanto dolor pasemos, siempre llegará un pedacito de cielo a quitarlo. Tu fuiste mi pedacito de cielo.
Con esa hermosa y dulce carita; esos pequeños pies, aun mas que mi mano y los ojos de tu padre, pude apreciar la verdadera belleza, la perfección en todo su esplendor. No puedo contener mis lágrimas al escuchar tu llanto. El amor más puro e inmenso nació de mi a tu lado, y me prometí protegerte de todo, hacerte feliz, amarte cada segundo y hacerte la niña más dichosa del mundo.
No me separaba de ti. No podía.
Aun río al recordar el miedo que sentía al dejarte dormir en la cuna. “¿Y si algo le pasa?” preguntaba a tu padre. “No le pasará nada, mi amor, estamos aquí”. A pesar de todo, cada hora me despertaba y revisaba que respiraras. Me desesperaba a muerte cuando no podía entenderte, y rogaba al cielo, que crecieras y pudieras decirme que sentías exactamente.
Tu padre y yo jugábamos todos los días contigo; iluminaste nuestras vidas, hiciste el milagro más maravilloso del mundo: una familia. Aprendiste a caminar y a hablar, cantar y a ir al baño; crecías. Me duele decirte que no solo crecías tu, mi vida.
Un día mi pecho comenzó a doler, dejé de respirar. No se como pasó, solo recuerdo aquel cuarto blanco, la luz y los aparatos, en el que, mientras tu padre besaba mi mano, nos decían la noticia menos esperada.
No podía pensar. No en otra cosa que no fueras tú. Tan pequeña y frágil, ¡no podía dejarte! Cuando salieron los doctores, vi a tu papá desplomarse recargado sobre la cama; me abrazó y me prometió cuidarme, juró que me curaría. Ojalá hubiera podido hacerlo, cielo. Hizo todo lo que pudo.
Luché día y noche, pero, cada vez, era mas difícil; el cáncer me ganaba la batalla.
Esos nueve meses fueron los mejores de mi vida. A pesar del dolor, tu buscabas la forma de hacernos reír. Tu padre y tu se disfrazaban de príncipe y princesa, para hacerme una obra de teatro. Jamás había visto una pareja tan hermosa; y a pesar del miedo de tu papá, el era feliz. Eres su adoración. Me alegra saber que pude hacerlo feliz durante el corto tiempo que estuvimos juntos.
 
Una noche, antes de acostarte junto aquél peluche que me habías pedido que te hiciera, no pude evitar decirle a tu papá. El prometió cuidarte y protegerte, hacerte feliz. Me dijo cuanto nos amaba y lo mucho que me necesitaban; Entre lágrimas, me pidió que me quedara con ustedes. Pero yo tenía otros deseos. Jamás lo había visto llorar tanto, pero te digo le mismo que le dije a él, no me iré.
Hoy, miércoles, te escribo esta carta, preciosa, y espero que me entiendas.
Cuida a tu padre por mi, yo prometo cuidarlos siempre. Dale de comer a Suffly. (No le des carne, le cae mal). Crece, más de lo que lo has hecho. Aprende todo lo que quieras, y haz lo imposible posible, cariño, ¡no tienes límites! Diviértete, ama, da vida, comete errores, acierta en lo irracional, ¡posibilidades te sobran!
No pares tu vida por mí, princesa, nos veremos en menos de lo que crees, y te recibiré con los brazos abiertos, como cada día lo he hecho.
No tengas miedo, aquí estoy; y, si lo dudas, por la noche, sal al patio, y busca la estrella más brillante, esa soy yo.
No te preocupes, te guardaré un lugar, casi tan grande como el que tienes en mi corazón.
Gracias por llenar mi vida, hija. Gracias por haberme hecho sentir la mujer más afortunada. Gracias por demostrarme la felicidad. Gracias por hacer sonreír a tu padre cuando lo que quería era llorar. Gracias, porque después de todo un sufrimiento en mi pasado, pude conocer la razón de mi existencia. Gracias por hacer de mis días eternos. Gracias por ser mi hija.
Algún día entenderás todo lo que te digo ahora.
Pero antes debes vivir, amar, conocer, disfrutar. Para eso te di la vida.
Vive, mi amor, que te esperaré. Toma tu tiempo, no hay prisa.
Vive, que es el mejor regalo que te pude dar.
Con todo mi cariño, mamá.
PD: se que te da miedo, pero si no apagas la luz, no podrás ver las estrellas, y no te preocupes, que yo te protegeré.
 
 
 
 
 
 
 
 

 

All rights belong to its author. It was published on e-Stories.org by demand of Fernanda Hernández.
Published on e-Stories.org on 25.02.2016.

 

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