Florencia Mur

Ahogado en mi propia miseria

Era martes por la madrugada, y  debería haberme encontrado en casa. Pero esa noche los hechos no habían transcurrido según lo planeado…
Todo comenzó horas antes, en el bar de la calle Rivadavia justo en la esquina de la oficina de mi trabajo. Había ido por unas copas de vino, pero perdí la cuenta a las quince. Cuando todo comenzó a dar vueltas a mi alrededor noté que era el momento justo para dejar de beber. Pero la tentación seguía allí, dentro mío, más fuerte que nunca. Me levanté de mi asiento y me dirigí a la barra para pedirle al cantinero mi próxima copa, cuando un hombre más menudo, pero a su vez más alto que yo, se cruzó en mi camino y me chocó bruscamente. Lo fulminé con la mirada, y retomé mi viaje hacia la barra, pero él muy terco volvió a cruzarse en mi camino y esta vez de frente. Cuando levanté la vista para observar su rostro, tenía los ojos perdidos, al parecer había estado tomando pero se encontraba en un estado de deterioro visiblemente peor al mío y lentamente una pequeña sonrisa comenzó a formarse en su cara. Estaba ebrio, pero era un ebrio feliz. El que no se encontraba nada feliz era yo, este hombre comenzaba a molestarme y por ahora lo único que tenía en la mente, era poder llegar a la barra para seguir tomando. Tomar, tomar… y olvidarme de los problemas que la vida ponía en mi endemoniado camino. Era una costumbre mal sana que había heredado de mi padre al cual odiaba por ello, pero que no puede evitar continuarla, muy hipócrita de mi parte y a ese ritmo perdería a mi esposa muy pronto. Así que la única escapatoria viable para mi cerebro alcoholizado, era seguir nublando mi, ya de por sí nublado, juicio.
Finalmente, decidí que ya era suficiente para una noche y cambie mi rumbo hacia la puerta de entrada, pero a último momento cambie de parecer y decidí retirarme por la puerta trasera, esa noche me encontraba muy dubitativo. La pesada puerta de metal, dejó residuos de óxido en mis dedos y me limpie con energéticos golpes en mis pantalones de un intenso color negro azabache; o al menos habían sido de ese color alguna vez. Ya eran las tres de la mañana y debería haber vuelto a mi hogar horas atrás. Me tambaleé hasta salir del oscuro callejón que se encontraba detrás del bar. Acostumbraba a salir por allí para guardar mis apariencias, llegar a un taxi lo más rápido posible y huir hasta mi casa sin ser visto. Aunque ya todos conocían mi afición por el alcohol.
Cuando conseguí un taxi, ya casi no podía mantenerme en pie. Estaba perdiendo la conciencia y me desmayaría en cualquier segundo. El taxista se percató de mi estado, segundos después de haberme subido. Tal vez se debía al fuerte olor que desprendía mi ropa o tal vez a mi aliento cargado de alcohol.
Balbuceé la dirección a la que quería ser llevado. Pero apenas terminé de decirla, olvidé lo que dije. Esperaba haberle dicho bien la calle. No podía terminar en ese estado de ebriedad en medio de la nada. Los segundos se hicieron minutos, y al cabo de, lo que calculé sería un cuarto de hora, el hombre me estaba echando de su automóvil y apenas puse un pie en la calle, aceleró y se fue. Pensé que era mejor para mi, un taxi gratis. Solo que, cuando comencé a mirar a mi alrededor, comprendí que no me encontraba donde debería. Por más borracho que estuviera, esa no era mi casa. Tal vez le había farfullado mal la dirección, o tal vez le di tanta repugnancia que me dejo tirado en el primer lugar que encontró.
Caminé por las inmediaciones buscando una manera de volver a casa, pero no me sentía ni física ni mentalmente capaz de tomar el rumbo correcto para llegar a casa. Por lo tanto me pareció mejor pasar la noche en ese lugar. Me fijaría a la mañana siguiente en la manera de regresar. Me acerqué a un banco de madera que lucía acogedor, me acosté sobre él y me subí hasta arriba el cuello de la campera de cuero, que podía tener muy buen aspecto, pero no abrigaba lo necesario, y la noche se estaba tornando fría. Cuando mis ojos se cerraban casi contra mi voluntad, pude ver un lago. Un hermoso, grande y profundo lago. Estaba a tan solo metros y brillaba reflejando la luz de los faroles cercanos. Muy en el horizonte comenzaba a verse una luz rojiza, estaba amaneciendo. No sabía si era efecto del alcohol, si estaba soñando o alucinando, pero había perdido la noción del tiempo. Me incorporé y comencé a caminar hacia el lago, la luz me atraía de una forma casi hipnótica. Debía de ser mi borrachera. Me acerqué y me acerqué hasta perder la noción del espacio. Me encontraba en trance. Cuando volví en mi mismo sentía una presión en el pecho, no podía respirar. No sabía que me estaba pasando. La luz desaparecía un poco más con cada segundo transcurrido. Lo único que podía escuchar era el latido de mi corazón. Latido. Silencio. Latido. Silencio. Latido. Silencio. Silencio. Y luego, solo deje de escucharlos…
 

 

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Published on e-Stories.org on 26.01.2016.

 

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