Emilio Puente Segura

LOS JUGUETES ROTOS ACABAN SIEMPRE EN UNA BOLSA DE BASURA. 2

                                                                           Capítulo 2


 

08.45 a.m.

La puerta se abrió lentamente...

Sandra Luna asomó la cabeza para echar un vistazo rápido al interior del domicilio de su hijo. Y lo hacía con una pizca de temor y varios puñados de prudencia. Sabía que estaba quebrantando el acuerdo al que habían llegado dos meses atrás.

“No, a las visitas que le hacía casi a diario y por sorpresa.”

Así... sin más.  Sin anestesia. Pensó ella.

Acuerdo que Sandra aceptó con resignación, pero sin poder ocultar un gran disgusto.

Sergio llevaba algún tiempo dándole vueltas a la cabeza. Buscaba la manera menos dolorosa y el momento adecuado para suplicar a su madre que no viniera a verle un día sí y otro también. Estaba convencido de que había llegado la hora de empezar a experimentar personalmente la agradable sensación de libertad que debe sentirse cuando uno está verdaderamente emancipado. Y él, ya llevaba dos años viviendo solo, por decirlo de alguna manera, porque su madre pasaba tanto tiempo en su casa que tenía la impresión de seguir viviendo con ella. Además, nunca le abandonaba esa continua y obsesiva sensación de que a cualquier hora, y en cualquier momento, abriría la puerta con la copia de la llave que tenía en su poder, y una vez que ya estaba dentro preguntaría en voz alta: "¿Se puede..? ¡Soy yo… Mamá!

¡¡Dios santo, cuántas veces se había arrepentido del momento en el que decidió dejarle la llave!!

Sabía que la medida no la haría ninguna gracia. Que sería incluso más dolorosa que darle un puñetazo en el estómago. Se la veía tan feliz ocupándose de él que ahora, al arrebatarle esa ilusión, tenía cierto remordimiento de conciencia, como si estuviese robando la limosna a un mendigo. No era plato de buen gusto.

De todas formas, no se trataba de cortar sus visitas de manera indefinida, sino de dejar un espacio prudente entre una y otra. Y por supuesto, que se olvidara de entrar por sorpresa utilizando la copia de la llave. Quería recuperar el verdadero sentido de la frase: "Me alegro de verte mamá". Poco a poco se iría acostumbrando a la nueva situación.

Tampoco era necesario dramatizar sobre un tema que debería tratarse como algo natural.

Quizás tenga su parte de razón. --consideró Sandra en la soledad de su automóvil mientras conducía de camino a casa. Estaba furiosa después de haber mantenido la conversación con su hijo. Nunca se hubiera planteado, ni tan siquiera se le habìa pasado por la cabeza, la posibilidad de que pudiera sentirse saturado de ella y su ayuda desinteresada. Últimamente le veía raro. Nervioso. ¿Pudiera ser que estuviese viviendo ahora la etapa de adolescente rebelde que no pudo vivir en su día?

Quizás, había pecado de ser demasiado protectora y empezaba a resultar empalagosa. De estar muy pendiente de que su vida en solitario resultase lo más placentera posible, y sabe Dios que lo hacía con la mejor de sus intenciones. Comprendía que el pobre pudiera estar un poco harto de sus visitas.

Quizás sí, reconoció. Probablemente, se estaba pasando de la raya en su afán protector y más que su madre, comenzaba a parecer su guardaespaldas.

A partir de ese día, Sandra no tuvo más remedio que reprimir sus apetencias visitadoras y aprender a dominar esa patológica tentación suya de ir tan a menudo a su casa para comprobar, (¿o sería más acertado, según su hijo, utilizar otro verbo? Inspeccionar. Controlar. Husmear. Vigilar. Dirigir. Gobernar… etcétera, etcétera) que no necesitaba una ayudita femenina en las tareas domésticas. A lo que ella por supuesto nunca se negaría, es más, aceptaría con sumo placer porque necesitaba sentirse necesitada. Desde que su hijo se fue a vivir solo, echaba muchísimo de menos su rol de madre. Se sentía tan sola en esa casa que ahora la parecía inmensa. Llena de recuerdos, de voces familiares, de risas y de muchos llantos al final. Demasiado dolor y damasiadas  lágrimas.

En más de una ocasión, Sergio la había sorprendido abriendo disimuladamente el frigorífico para asegurarse de que no le faltaba comida. Mirando dentro del cesto que había en el baño, junto a la lavadora, por si contenía ropa sucia que ella pudiese lavar. Pasando el dedo por encima de los muebles para medir el nivel de polvo acumulado y, como no... siempre soltaba alguna de esas frases típicas y tan manoseadas que forman el amplio repertorio de consejos de madres a hijos:

“¿Estás comiendo bien? Te veo algo más delgado cariño”. Era su favorita.  

Sandra actuaba como si no quisiera darse cuenta de que su niño tenía ya veinticuatro años y habían quedado muy atrás los juegos en el parque con sus amigos. Los besos antes de entrar al colegio. La seguridad y el cobijo de sus abrazos en las noches de pesadillas. Aunque no estaba ni mucho menos dispuesta a admitir, que sus continuas atenciones también habían dejado de ser necesarias hacía ya tiempo.

A menudo pensaba apenada en lo difícil que es para una madre tener que hacerse a la idea de que tarde o temprano, llega el temido día en el que los hijos rompen definitivamente el cordón umbilical virtual que aún les une a la figura materna, para descubrir por sí mismos el complejo mecanismo del mundo exterior. Es ley de vida, se decía… Pero sin duda, la vida tiene un ramillete de leyes que son claramente injustas las mires por donde las mires.  

Muy a su pesar, antes de aventurarse a pasar por el apartamento de su hijo con la excusa de que tenía algunas cosillas que hacer por la zona, tendría que llamar por teléfono para recibir su visto bueno. Pero si de esta forma contribuía a que se demostrara a sí mismo que era autosuficiente, ella no tendría el menor problema en aportar su granito de arena.

A cambio, e igualmente muy a su pesar, sin mostrar demasiado entusiasmo y bajo juramento obligado por su madre, Sergio se comprometió a conversar con ella telefónicamente todos los días. Aunque sólo fuese un ratito. Con unos escasos segundos cada día, mamá se daría por satisfecha y paliaría, en cierta medida, la pena de no poder pasar a verlo siempre que a ella le hubiese apetecido.

Pero precisamente hoy no había ido a su casa de visita. Si estaba incumpliendo su parte del trato no era por iniciativa propia. Estaba allí porque Sergio había sido el primero en romper su juramento pasando olímpicamente de lo acordado.

Esa mañana no la había llamado. Siempre lo hacía a la misma hora, como si fuera un ritual. Justo antes de irse a trabajar. A las ocho a.m. en punto. Con la precisión de la lengua de los camaleones.

A las ocho y cuarto, Sandra estaba en la cocina de su casa acabando de comerse sus propias uñas como parte del desayuno. Ese cuarto de hora esperando la llamada de su hijo se le hizo eterno. La resultaba imposible hacer cualquier tarea de la casa con esa desazón ocupando su cabeza.

No podía aguantar más. Descolgó el teléfono, y tecleó su número con la misma ansiedad que mostraría un fumador empedernido intentando quitar el precinto de plástico al paquete de tabaco con mano temblorosa, arrepentido de haber tomado la errónea decisión de dejar de fumar apenas dos días antes.

Después de más de diez minutos intentando ponerse en contacto con Sergio, de escuchar una y otra vez el mensaje machacón de su buzón de voz sin ningún éxito, acabó desesperada y con unas ganas irrefrenables de estrellar el maldito teléfono contra el suelo. Si no lo hizo fue porque con buen criterio decidió llamar a su oficina, no sin antes pensárselo dos veces. Teniendo en cuenta la actitud de adolescente rebelde que había aflorado ùltimamente en Sergio, la daba un poquito de apuro que su llamada pudiera resultar inoportuna o molesta en ese momento.

Esperaba verificar que no haberse puesto en contacto con ella, como todas las mañanas, simplemente se trataba de un descuido al que no debería dar demasiada importancia. Bueno... pensó, para ser exactos, no se trataba únicamente de un despiste aislado, habían sido dos: “No acordarse de llamarme, y por lo visto también se ha dejado el móvil olvidado en su casa”. Algo que la extrañó muchísimo. Eran inseparables. El uno sin el otro no tendrían ninguna utilidad, serían inservibles e irremisiblemente acabarían por apagarse. Incluso por la noche, la almohada era lo único que se interponía entre ambos. Su hijo, como millones de personas, mantenía una íntima y casi pornográfica relación con la pantalla táctil del teléfono móvil a través de las yemas de los dedos.

Sandra estaba enfadada. Sin ninguna duda, necesitaba recibir esa llamada diaria de su hijo... ¡La tranquilizaba tanto..! Se quedaría muy agusto echándole una pequeña regañina por el mal trago que la estaba haciendo pasar al no saber nada de él.

Habló con un compañero de oficina de Sergio.

--Su hijo aún no ha llegado señora. --la informó, mostrándose asimismo extrañado por la tardanza.

Ella agradeció su amabilidad, le deseó feliz Navidad y esperó pensativa, con el auricular pegado a la oreja durante unos segundos antes de colgar el teléfono; segundos, en los que notó un ligero aumento en el ritmo de sus palpitaciones.  

Si no contestaba a sus llamadas, si no estaba en la oficina, sólo quedaba una última opción. Se enfundó el abrigo, cogió la copia de la llave del apartamento de su hijo, y condujo hacia allí apresuradamente para comprobar en persona qué diablos estaba sucediendo.  

Llena de inquietud, Sandra accedió al interior del domicilio donde reinaba un envolvente y pesado silencio.

     --¿Sergio..? ¿Hola..? ¡Sergio! ¿Estás en casa cariño..? --preguntó desde la entrada sin elevar demasiado la voz. Cerró la puerta con sumo cuidado.

     Caminó casi de puntillas hacia el dormitorio. La embargaba una agria sensación de culpabilidad, ya estaba incumpliendo la prohibición de aparecer por su casa sin previo aviso, como para además, darle un susto de muerte en el caso de que, por cualquier motivo, todavía siguiera durmiendo.

Sergio no estaba en su habitación.

El revoltijo que las sábanas y el edredón formaban a los pies de la cama atrajo su atención; se extrañó de que no estuviese hecha porque él era demasiado meticuloso y ordenado, tanto, que por escasos milímetros no llegaba a rozar la obsesión; luego ese detalle pasó a un segundo plano. Lo que vió acrecentó de manera notable su estado de alarma.

La mesilla de noche estaba separada un buen trecho del cabecero de la cama y la lámpara de lectura tirada en el suelo, junto a un charco de agua que probablemente provenía del vaso de cristal volcado sobre la superficie del pequeño mueble. y que también había mojado la cartera de bolsillo de piel marrón de Sergio y el despertador analógico con radio incorporada.

Sandra se llevó las manos a la cara. Tanto desorden no la hacía presagiar nada bueno. Era obvio que en esa habitación había pasado algo, y no precisamente un huracán de categoría cinco en la escala Saffir-Simpson.

Desconcertada, colocó el vaso volcado sobre la mesilla en su posición natural, sin nisiquiera darse cuenta de que lo estaba haciendo. Un gesto tan mecánico, como innecesario en ese preciso momento. De soslayo descubrió en el suelo, detrás de la mesilla, el teléfono móvil de su hijo.

No quería ponerse trágica, ni pensar de antemano que le había sucedido algo malo pero..., inevitablemente, comenzó a sentir de nuevo esa maldita opresión en la boca del estómago. Una sensación de angustia y alerta ante la supuesta cercanía de un peligro desconocido, un mal presentimiento que no le gustaba nada y había quedado olvidado con el paso del tiempo. Sandra volvía a sentir miedo. Miedo al caprichoso e incontrolable destino, capaz de truncar una vida en décimas de segundo.

Y sobre vidas truncadas en concreto, se podría decir que Sandra y su hijo ya gozaban de cierta experiencia.     

     Sergio quedó parapléjico tras sufrir un grave accidente de tráfico seis años atrás, en el que falleció su padre.

Los recuerdos adormecidos de aquellos terribles días volvieron a la mente de Sandra Luna como una rápida sucesión de diapositivas. La preocupación por su tardanza. El repentino sonido del teléfono provocando en ella una inquietud premonitoria. Las palabras del policía anunciando la trágica noticia. La desesperación de su hijo cuando despertó del coma y le explicaron la gravedad de las lesiones medulares que sufría. Sus deseos de haber muerto también él en el accidente. Los intentos de suicidio.

Sólo tenía dieciocho años. Le causaba terror la idea de pasar el resto de su vida con el culo pegado a una silla de ruedas.

El futuro para él no existía. El presente le parecía tan crudo, tan imposible de asimilar, que el simple hecho de abrir los ojos cada mañana se convirtió en una verdadera tortura.

Por fortuna, en un fugaz instante de lucidez descubrió que la vida no estaba sentada a los pies de su cama esperando a que abriera los ojos a la realidad, al contrario, a su alrededor todo seguía inexorablemente su curso.

Quien sí permaneció sentada día y noche en el sofá de cuero para los acompañantes de los enfermos desde que tuvo el accidente fue ella. Sergio se fijó en su rostro apesadumbrado. En sus ojeras. En su aspecto prematuramente envejecido. No se merecía continuar con ese calvario. Haber perdido a su marido, y asistir sin poder remediarlo al hundimiento de su hijo en su propio océano, ignorando cualquier ayuda externa que le permitiese salir a flote, era demasiado fuerte como para no empezar desde ese momento a tomar medidas drásticas.

Asumió que no volvería a andar, y en lo sucesivo tendría que adecuar su día a día a las nuevas circunstancias. Lamentándose a todas horas de sus desgracias sólo conseguiría acabar tocado psicológicamente, sentado con su silla de ruedas en la soledad de cualquier rincón oscuro de la casa. Encontró la dignidad y el valor que junto a su padre y la movilidad de los miembros inferiores había perdido entre aquel amasijo de hierros en el que quedó convertido el coche.

Lo más complicado sin duda, fue derrotar a su minusvalía mental. Luego trabajó incansablemente hasta lograr la máxima autosuficiencia física posible.

Hacía dos años, con veinticuatro inviernos a sus espaldas, un trabajo que personalmente le satisfacía, retribuido con un sueldo aceptable y el dinero obtenido de un seguro de accidente que tenía contratado su padre en caso de fallecimiento o invalidez, insistió en adquirir una vivienda e independizarse. Tratar de normalizar su vida, soltarse de las piernas de mamá; aunque ella, como haría cualquier otra madre en su lugar, nunca dejaría de estar atenta y preocupada por su cachorro. Lógicamente, se sentía responsable de su bienestar, a pesar de que a él le molestara tanto lo que había calificado como un caso de “bullying materno” en toda regla.

Solía bromear con la posibilidad de pedir una orden de alejamiento, pero Sandra lo tenía muy claro, la situación actual en la que se encontraba su hijo merecía por su parte una preocupación especial. Una preocupación doble. Por desgracia, él se había convertido en su único estímulo diario, en el carburante que ponía en marcha el motor de su vitalidad. Todo lo que pudiese hacer para verle mínimamente feliz y facilitarle la existencia, siempre le parecería poco.

Pero con el panorama que tenía ahora mismo ante sí, su preocupación, más que doble, había evolucionado a la categoría de extrema.

Salió del dormitorio y cruzó con paso rápido el salón en dirección al estudio.

     --¡Sergio! ¡Hola..! ¿Hay alguien? –esta vez no tuvo ningún reparo en alzar la voz mientras se acercaba a la puerta del estudio, lo único que le importaba era escuchar a su hijo dar una respuesta afirmativa.

Pero no hubo réplica alguna. Sólo una tensa calma prevalecía en el ambiente de la casa, una calma, que para ella comenzaba a resultar exasperante.

¿La casa estaba vacía? No recordaba haber visto la silla de ruedas en su habitación. ¿Adónde podría haber ido..? Sin una llamada de aviso. Ni a ella, ni a su oficina. Sin llevarse la cartera con su documentación. Y lo que más le preocupaba. ¿Por qué su cuarto ofrecía ese aspecto tan lamentable e inquietante? ¿Y su móvil? ¿Qué hacía tirado en el suelo..?

Las respuestas a tantas preguntas como le venían a la cabeza, andaban más perdidas que sus nervios. No entendía nada. No podía razonar. Sus pensamientos no alcanzaban a seguir un orden lógico.       

     Cruzó el umbral del estudio y se quedó inmóvil…

Como si de repente se hubiera convertido en una pétrea estatua. Como si el tiempo, en ese preciso instante, hubiese decidido detenerse.

Un escalofrío estremecedor contrajo su nuca y recorrió de forma fugaz su espalda como un latigazo eléctrico; como una guadaña letalmente afilada que cercenó su corazón helado en dos mitades.

Sus piernas comenzaron a debilitarse. Levantó con pausa el brazo derecho y se apoyó en el marco de la puerta.

Sin parpadear...

Unos segundos eternos, en los que la única expresión dibujada en su rostro, era una total inexpresividad.

    Apretó con fuerza los labios temblorosos.

Sus ojos se humedecieron ahogados por el horror, y un grito desgarrador escapó por su reseca garganta arrastrando el pánico que, en ese momento, amenazaba con reventar en su pecho como una olla exprés defectuosa.

Al instante, su estructura muscular se vio invadida por una sensación gelatinosa, desplomándose inconsciente sobre el piso entarimado de la sala.

 

                                           *************

 

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Published on e-Stories.org on 24.01.2016.

 

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