Monica Perez

Un Minuto

Un minuto
Sesenta segundos. Eso es todo lo que el cerebro ocupa para decidir si una persona es especial o no. No ocupamos mucha información para que nos agrade alguien. Su mirada, su postura, sus movimientos cuando habla, la emoción con la cual describe algo... Todo esto contribuye en nuestra imagen de alguien. Un minuto. Eso fue todo lo que tardó mi mente en convencerme que había conocido a la persona correcta. A esa persona que me dio el pánico más grande de la vida: el terror de perderla. Un minuto me hizo darme cuenta que ella me haría feliz. Tic toc, ese minuto fue eterno. Mis pupilas se dilataron como nunca antes. Ni el mismo sol que estaba en mi cara logró que estas regresaran a su estado normal. Un minuto y ella ya era parte de mí. Un minuto y yo ya sentía el dolor que me podría causar el día que me dejare. Sólo un minuto bastó para que yo la quisiera para mí y para que yo la escogiera a ella como principal musa de mis poemas y principal causa de mis desvelos. Al conocer a Roberta mi mundo paró y el reloj se detuvo. Tal vez fue más que un minuto, pero yo lo sentí así de corto pero eterno a la vez. Roberta cambió mi mundo e hizo con él lo que nadie más había podido hacer: darle sentido e iluminación.

Tiro al blanco
Nunca olvidaré el día en el que Roberta y yo salimos juntos por primera vez después de habernos conocido. Mi voz temblaba, mis manos estaban húmedas gracias a los nervios, estaba lloviendo pero el sol salió para mí y estuvo presente aunque éste nunca se dejó ver. Ella era mi sol. Ella era la causa de mi sonrisa, al escuchar su nombre todo era emocionante y entretenido. Su voz era una melodía para mis oídos. Nunca me había interesado escuchar tanto acerca de alguien. Nunca tuve tanto interés en la historia de alguien. Cada palabra hechizaba mi ser y el efecto era una gran curva en mi cara. Esa curva que refleja el inicio de un bello momento. Esa curva que te delata y te hace vulnerable hacia alguien. Esa maldita curva que te pone en el centro del blanco mientras cada palabra que ella dice, cada suspiro, cada mirada fija en mis ojos son nada más que flechas que pegan justo al centro de ese blanco. ¿Quién ocupa a Cupido cuando la persona que te tiene idiotizado lanza las flechas con cada cosa que hace y tú sólo caes al vacío? Así me tenía Roberta, mi Roberta, era sólo mía.

Roberta

¿Quién es Roberta y por qué me tenía así? Es sencillo, me tenía así porque cada vez que sentía que ya la conocía, me salía con algo inesperado. Exactamente, ese factor sorpresa me tenía como un loco detrás de ella. Ella era fascinante para mí. Era un reto para mi mente poder seguir el hilo de sus conversaciones. Me vi leyendo el periódico y viendo las noticas más frecuentemente que antes. Yo quería estar a su nivel intelectual pero parecía imposible. Esta mujer sabía un poco de todo y siempre tenía una opinión acerca de algo. Nunca le importo alzar la voz para hacernos saber qué es lo que ella pensaba. Esto me gustó de ella. Cuando hablaba de algo que le gustaba, su pasión se daba a ver. Esa pasión con la que discutía ciertos temas, eso me enamoró. La manera en la que me quedaba viendo cuando yo no estaba de acuerdo con ella, esa mirada que decía “entiendo tu posición y sé que tienes derecho a tener una pero tu argumento no tiene soporte”, esa mirada cuando sus ojos color turquesa se miraban tan grandes y tan concentrados, eso fue lo que hizo que yo la amara. Roberta hizo que yo la amara por su manera de pensar, por su forma de ser y por la manera en la que retaba mis conocimientos y mis opiniones. Esto fue lo peor, no fue su físico, fue su mente. Y así como decían en mi barrio, de la atracción física te liberas rápidamente pero de una mental, esa no te la puedes sacar ni cuando cierras los ojos.

La primera cita

Cada día que pasaba, yo me emocionaba más con la idea de Roberta. Me moría por preguntarle si me podría dar el honor de llamarla mi novia. No sabía cómo hacerle esta pregunta. A veces sentía que ella me quería pero a veces la notaba distante. Y me aterraba el pensamiento que ella solo me viera como un amigo. Un día decidí decirle todo lo que me hacía sentir y fue cuando agarre un lápiz y un papel. Tenía tanto que decir, pero no sabía cómo decirlo. Así que en lugar de escribir, decidí invitarla a cenar a un restaurante fino, no podía pensar en nada mejor para la mujer de mis sueños. La llamé para invitarla a cenar el siguiente viernes a las siete de la noche. Ella contestó, su voz inmediatamente dibujó una sonrisa en mi cara. Ella inmediatamente aceptó y ese viernes compartimos una hermosa velada. Después del restaurante, fuimos a mi apartamento. Tomamos una copa de vino, tan rojo como sus labios. Hablamos de todo, conocimos más de nosotros mismos. Mencionó a su familia y yo a la mía. Y en un momento de silencio, tuve el atrevimiento de acercarme a ella, acariciar su rostro, verla a los ojos y darle un beso en sus labios. Ella me besó. Yo no lo podía creer. Roberta me besó. Mis sueños se hacían realidad. Le di un abrazo, ella me abrazó fuertemente y yo no la quería soltar. Luego me dijo que se hacía tarde y decidí llevarla a su casa. Al dejarla en frente de su puerta, ella se acercó y me besó de nuevo. Las mariposas del estómago migraron a todo mi cuerpo. Fui feliz. Nunca había estado tan feliz. La amaba. Y ella me amaba a mí.

El mejor año de mi vida

Dicen que para amar verdaderamente a alguien, ocupas años. No estoy de acuerdo. En cuanto conoces a alguien sabes que esa persona te cambiará la vida y es cuestión de segundos cuando ya tienes interés. Y solo basta una cita, un momento, para darte cuenta que el amor se da no por la cantidad de tiempo, pero por la cualidad de los momentos compartidos. Roberta me dio muchas sonrisas, momentos de total felicidad y varios de intenso placer. Nos amábamos. Éramos unos tórtolos. Pasaron los meses y ya teníamos un año de ser novios. ¡El mejor año de mi vida! Jamás lo cambiaría por algo más. La mejor parte de nuestra relación era cuando conversábamos y ella me contaba acerca de su día. Me decía de sus logros, sus fracasos, sus sueños. Todo esto me inspiraba. Yo sentía que con cada día a su lado yo me convertía en un hombre más decente, más feliz y sobre todo más educado. Ella me ensañaba cosas que los libros no podían enseñarme.

Cada beso reducía el mundo a nada. Nada importaba solo su presencia. Lo demás era irrelevante. Cada vez que me miraba a los ojos mi mundo se paraba. Cada vez que ella lloraba, mi mundo se derrumbaba. Ella se convirtió en mi todo. Por fin llegó nuestro aniversario y yo decidí invitarla a comer, a aquel restaurante donde tuvimos nuestra primera cita. La llamé y le dije que el viernes a las siete pasaría por ella, ella me dijo que ya tenía planes para esa fecha con su familia. Sugerí el día siguiente, y me dijo que tenía que estudiar. Yo con el corazón en mano acepté que no era posible verla para celebrar la fecha tan importante en mi vida, sin embargo ella sugirió un almuerzo el domingo. Volví a la vida y acepté inmediatamente. Jueves. Viernes. Sábado. Todos duraron una eternidad. Por fin fue domingo. Llegó el día. Me levanté. Me duché. Me vestí con mis mejores trapos. Salí de mi apartamento una hora antes. Llegué al restaurante treinta minutos antes. A tiempo. La puntualidad siempre fue de mis principales cualidades. Esperé. Cinco. Diez. Quince minutos. Nada de Roberta. Veinte. Treinta. Aún nada. Sesenta. Nada. No lo podía creer, Roberta nunca llegó. Me dejó plantado. ¿Por qué hizo esto? ¿Le habrá pasado algo? Tantas dudas inundaban mi mente y nadie me podía dar respuestas. Ochenta. Al fin decidí irme, derrotado, confundido, herido.

Al llegar a mi casa, la llamé. Ella lloraba al otro lado del teléfono y me decía que lo sentía mucho pero que no estaba lista para decirme lo que tenía que decirme. Me colgó y me dejó más confundido que nunca. ¿Qué estaba pasando? ¿Habré hecho algo malo? ¿Me dejará? Esa noche no pude dormir, le dedique cada segundo a Roberta, pensando que podría estar pasando y tratando de darle sentido a la llamada. Nada. No sabía que pensar y eso me estaba apuñalando el costado, lentamente, sentía que me desangraba y sólo estaba esperando lo peor: que ella me dejara.

Un minuto

Al día siguiente me encontré a Roberta en los pasillos de la universidad. Ella no me saludó y actuó con nervios. Yo confundido sólo seguí caminando. No sabía que pensar. ¿Será que yo hice algo malo? La seguí con la mirada y luego decidí seguirla. Quería saber qué era lo que pasaba y si había algo que ella ocultaba. La seguí y vi cuando ella se lanzaba hacia los brazos de otro hombre. Tuve un momento de parálisis. Mi mirada estaba en blanco. No lo podía creer. Otro. Había otro. Mi mente no lo concebía, todos los momentos que tuve con ella. Todos los besos fueron en vano. Los momentos en los que nos mirábamos a los ojos y sólo sonreíamos se redujeron a nada. Yo estaba ahí parado sin poder moverme o decir nada. Mi mundo no tuvo sentido una vez más. Pensamientos oscuros en mi mente. Cero motivaciones. Decepción. Traición. Un minuto, fue todo lo que transcurrió mientras mis sentimientos se transformaban de amor a odio. Sesenta segundos fueron los que pasaron mientras mi corazón se partía en pedacitos. Un minuto fue suficiente para amarla y este mismo fue suficiente para odiarla. ¡Desgraciada! ¿Cómo me pudo hacer esto? Seguí ahí parado mientras ese hombre la besaba apasionadamente y ella suspiraba con cada beso. La quede viendo y de pronto ella se volteó hacia mí. Y su cara lo dijo todo. Estaba asustada que la vi. Se acercó a mí de la mano del hombre que la besó con tanta pasión. ¡Desgraciada! Al estar frente a mí me presentó al hombre. “Él es Jorge, nos conocimos hace tres meses.” Luego con lágrimas en los ojos y sin poder mantener mi mirada, se marcharon. Mi mundo colapsó y decidí irme. Salí de ese lugar caminando pero corriendo a la vez. Un minuto. De odio a completo ! asco. Un minuto. Hace tres meses. Nunca había odiado a alguien tanto en tan poco tiempo. Tampoco lo podía creer. Ella no tuve el valor de decirme que conoció a alguien más.
 

A las dos semanas después de este amargo suceso, recibí una carta en el correo. Era de Roberta. La quise romper pero me pudo más la curiosidad y la leí:

Querido Ignacio,

       Lamento mucho lo que pasó. En realidad no tengo palabras ni la cara para decirte como lo siento. Espero que por favor puedas perdonarme. He estado pensando mucho estas últimas semanas y he decidido que me quedaré con Jorge. Lo que siento por él es tan fuerte, es algo que nunca antes había sentido por alguien. Me siento muy mal por no escogerte a ti, ya que has sido tan importante en mi vida por estos últimos meses. Eres tan lindo, tan dulce y casi perfecto sin embargo, no puedo amarte con todo mi corazón y tú te mereces a alguien que pueda hacerlo. Lamento decirte, que esa persona no soy yo. Aprecio mucho todos los momentos que compartimos juntos, todas las risas, las conversaciones, las discusiones, todo me hizo conocerme más a mí misma. Sí te amé, de eso no hay duda pero después conocí a Jorge y él le dio otra definición a la palabra amor. Aprendí mucho contigo y siempre te lo agradeceré. Espero que entiendas mi decisión y tal vez me arrepienta, pero por un sentimiento tan fuerte vale la pena arriesgar. Con el amor, uno siempre se la juega y uno no decide a quien amar. Yo quise poder decidir, quise escogerte a ti pero mi corazón apuntaba a Jorge. Espero que no me odies y espero que conozcas a alguien que te pueda amar irrevocablemente.

Sinceramente,

Roberta

El desengaño

Dicen que el primer amor es el que más duele. Dicen que los demás sólo sirven para tratar de olvidar y sanar las heridas. Yo estoy de acuerdo. Tantas lágrimas que derrame por culpa de Roberta. Le di todo y ella me pagó con semejante sorpresa. ¿Por qué me hizo eso? ¡Qué injusta es esta vida! 365 días tirados a la basura. Sueños rotos. Miedos creados para siempre. Es imposible poder confiar en alguien ahora. No tiene sentido. Todo es un relajo y lo único que me ayuda a olvidar es el alcohol. El sexo. El cigarro. Roberta me convirtió en la persona más viciosa que yo mismo he conocido. Ya han pasado nueve meses y yo sigo amándola y odiándola a la vez. Esa mujer me cambió la vida. Me dio todo y me dejó nada. Las mujeres son unas ingratas, de eso no tengo duda alguna. Me duele tanto esta herida. Todo es diferente ahora y a veces me encuentro a mí mismo recordándola. Duele aún más. Porque no ha habido algo que me afecte tanto, ni alguien que haya marcado mi vida tan profundamente como lo hizo ella. Espero que sea feliz. Espero que viva una larga vida. Espero que a veces en las noches se acuerde de mí y de todo lo que vivimos. Espero que le duela y espero que se arrepienta. Espero olvidarla y sanar pronto. Espero que otra vez, haya otro minuto que cambie mi vida.

 

All rights belong to its author. It was published on e-Stories.org by demand of Monica Perez.
Published on e-Stories.org on 22.11.2015.

 

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