Héctor de Souza

Progreso

El ramal ferroviario que unía las localidades de Villa Fetén y de Pirajusar fue inaugurado el 21 de junio de 1922, con una extensión de treinta y ocho kilómetros y con dos poblaciones intermedias: Tres Bocas y Barbas del Monte. El ferrocarril alargó su momento de auge hasta fines de la década de los años sesenta; a continuación, empezó a decaer.
 
Cualquier vecino de Pirajusar podría decir, con una mezcla de asombro y de tristeza, que en cierto momento ese ramal fue desafectado y abandonado de todo servicio y mantenimiento. La estación del ferrocarril no fue destruida por la ira de Dios; no cayó fuego del cielo. Sin trenes no tiene sentido una estación, y sin estación no tenía sentido el pueblo; esa es la verdad.
 
Que nadie piense que es tarea fácil el camino del descalabro, que se recorre por su pendiente con gradualismo, un paso primero, luego otro y otro más. Cuando la estación hacía tiempo que había dejado de funcionar y estaba desmantelada –y el pueblo agonizaba–, surgió la idea del basurero.
 
 
En el cielo, de un azul inmaculado, no se movía una nube. El ingeniero del gobierno detuvo el auto a un costado de la estación, descendió y comenzó a caminar por el andén de madera, patinando sobre el brillo de unos zapatos que parecían recién lustrados y acurrucado debajo de una campera de tela cruda, desabotonada, en todo caso, innecesaria. Ni calor, ni frío, ni brisas, ni ruidos. Luz y silencio, eso sí; una luz radiante y un silencio infinito. 
 
De inmediato, sufrió un estremecimiento. Un extraño sentimiento de repetición le acometió, como en uno de esos sueños donde vuelve siempre la misma historia. Concibió la ilusión de que el sitio hubiera sido duplicado, que existiera en dos o más lugares a la vez. Lo cierto es que estaciones de trenes son estaciones de trenes, y todas son similares entre sí; y pueblos de estaciones de trenes son pueblos de estaciones de trenes, y suelen parecerse mucho. Quizá esa impresión de redundancia estaba más vinculada a las veces que debió cumplir misiones canallescas que a otra cosa.
 
Sería en la esquina del Café y Bar Las Vías, con la gente agrupada de cara a la estación, que se conformaría esa tarde una reunión multitudinaria convocada por el ingeniero. (Es procedente aclarar lo relativo que puede ser el adjetivo multitudinaria para referir a la reunión frente a la estación, en un pueblo cuya población era tan escasa que, puesto a empadronar a sus habitantes, hasta el más desmemoriado demógrafo censal hubiera sido capaz de recordar a cada uno de ellos por su nombre, apellido y sobrenombre).
 
 
Cuando eran las dos de la tarde comenzó la reunión. 
 
El ingeniero se dirigía en voz alta a los vecinos, al principio vacilante, con algunas frases como para romper el hielo. Más que un ingeniero, parecía un sacristán. Un rostro gracioso y rojizo, con una cabeza calva bordeada en semicírculo por un cabello merino apelotonado –remanente que persistía en dar noticia de un pasado frondoso pero lejano–, le otorgaban una traza espiritual. Por no hablar, como muy bien entreveía todo el mundo, de que el ingeniero no era sincero por naturaleza, y si es difícil creer en un mentiroso cuando dice, supongamos, que se ha titulado en ingeniería, ¿cómo y cuánto creerle cuando cuenta que ha desarrollado un procedimiento para dar nueva dirección al crecimiento sustentable de comunidades locales –esas fueron sus palabras–, o plantea ideas que a la fantasía más ardiente le cuesta trabajo imaginar? Su pose parecía muy estudiada, como si se hubiera detenido mucho tiempo frente a un espejo a premeditar cada gesto y cada palabra. De todos modos, hablaba con gran fluidez, y persuadía por medio de la fascinación.
 
Desde la cabecera del hemiciclo conformado por la gente del pueblo, el ingeniero enfocaba su discurso orientado por sus más íntimos deseos de obtener el consentimiento para la idea que estaba a punto de desembuchar.
 
–Ciertamente, el ferrocarril le dio significado al pueblo. Ahora, estamos en un cruce de caminos, y el pueblo puede elegir un nuevo destino sin depender del ferrocarril –dijo con voz casi mecánica, como si recitara una lección recién aprendida.
 
Y se apresuró a rematar la frase con una convicción irrebatible:
 
–Hoy puede comenzar algo distinto y mejor. No se queden aferrados al pasado. Miren sin el velo del viejo paradigma, y verán. El futuro puede depararnos un territorio con bellos horizontes.
 
Un silencio pensativo, o incrédulo, fue la respuesta a sus palabras. Leyó en los ojos de la audiencia la perplejidad. Ensayó una sonrisa. Sin decidirse a dejar las metáforas, probó:
 
–Cuando se cierra una puerta se abre una ventana. No circulan trenes, pero –dijo con tono grave y alarde de sapiencia–, hay necesidad de una visión nacional para que el país entero tenga una política de desarrollo sustentable, armónico y con todos los recaudos que corresponden. Y desde esa perspectiva es que se abre una ventana de oportunidad para Pirajusar.
 
Abandonó por un instante sus ínfulas y confesó que en el gobierno habían estado estudiando mucho para elegir un sitio de disposición final de residuos, tanto domiciliarios como industriales.
 
El profundo silencio que reinaba era únicamente interrumpido por algún golpe de tos, o por los ruidos de una naturaleza todoparidora que, como si no hubiera adivinado la contingencia o proximidad de un daño, continuaba, en su ardiente sitio, con sus costumbres inveteradas.
 
Ya decidido a jugarse el todo por el todo, el ingeniero fue al grano. Les informó sobre el emprendimiento. Se proyectaba destinar un total de cuatrocientas cuarenta y cinco hectáreas para la construcción de una planta de residuos sólidos de centros urbanos, lo que equivalía decir, un depósito para dos mil toneladas diarias de basura. Además, vendría a ser el sitio de disposición final de residuos industriales tóxicos y no tóxicos de todo el país.
 
Había expuesto la idea del basurero. Creyó oportuno dar cierre a su discurso. Antes bien, dudó. Parecía perplejo, también él, como todo lo circundante. Mejor dicho: la demás gente; porque resulta clara la vehemente sospecha de que la naturaleza, también circundante, cruel siempre, torpe muchas veces, no ingresa en tales confusiones que, así expresadas, solo resultarían recursos de una narrativa poética. 
 
Lo que me desconcierta –pensaba el ingeniero, que mientras tanto miraba a los ojos de la gente como buscando alguna respuesta– es por qué esta manifestación colectiva no ha reaccionado aún con alboroto y desagrado a lo que ha escuchado. Porque, al parecer, no había todavía enojo, enfado, rabia –con las debidas excusas por la sinonimia, que lo único que persigue, intencionadamente, es amplificar o reforzar la expresión del concepto que representa el sentimiento cuya ausencia, en aquel momento, debió extrañar al ingeniero–.
 
Acaso no entendieron, discurrió. Y luego de un silencio que nadie procuró interrumpir, el ingeniero se dio cuenta que no sería otra persona quien tomaría la iniciativa de hablar. Entonces, miró a todos; y como invitándolos a compartir buenas noticias, les dijo:
 
–Pero, esto es lo bueno, señoras y señores –y lo exclamó con algo de euforia–, esta zona reúne las condiciones necesarias establecidas por el gobierno para acoger el proyecto. Porque, entre otros aspectos favorables, es un lugar de baja densidad ocupacional que, en palabras más sencillas, quiere decir que tiene muy pocos pobladores y poca actividad productiva. Y como ven –acotó con innegable cinismo–, no hay mal que por bien no venga, como se acostumbra decir. Pirajusar ha calificado para este proyecto y ha sido seleccionada para una actividad de tanta importancia para el país.
 
Era el tiro de gracia para un pueblo que ya había sido fusilado por el olvido, donde no funcionaba la estación del ferrocarril y solo unos pocos trenes pasaban con otros destinos, sin detenerse.
 
–Entendemos –agregó– que en un plazo de cuarenta y cinco días estaremos en condiciones de poder tomar las primeras decisiones, para ejecutar algunas medidas concretas en el segundo semestre de este mismo año. Como pueden apreciar, ¡es una gran oportunidad para el pueblo!
 
La noticia del basurero no había sido bien recibida por los habitantes de Pirajusar, aunque la habían arrostrado. Pero, ante la tremebunda inminencia de su implantación, el estado de ánimo general cambió del abatimiento a una cierta agresividad. La reprobación comenzó a ser ostensible entre todos aquellos seres abandonados por la esperanza. Caras desencajadas, gestos de aquí, gritos de allá.
 
Y cuando todo se precipitaba, y solo podía esperarse de la gente, soliviantados los instintos, el desencadenamiento de sus oscuras fuerzas primarias, el gordo Paladino intervino para echarle al ingeniero todo el peso de su actitud.
 
El gordo Paladino, ex guarda de ferrocarril en las líneas de larga distancia, estaba ubicado en las últimas filas del grupo de personas congregadas para escuchar al ingeniero. Tenía el gesto distraído y sus carrillos, que siempre estaban marcados por venitas violáceas, eran dos grandes fogaradas.
 
Fue un verdadero milagro que el gordo Paladino no estuviera borracho cuando, tiempo después, evocaba esa reunión. No fue lo mismo cuando la vivió; según sus propias palabras, estaba borracho como una cuba.
 
Nadie daba crédito al verlo. Asomó su enorme cabezota casi redonda por detrás de la gente, y cuando las miradas de todos, con estupor, se posaron en su cuerpo rechoncho, exclamó ebrio de vino y de admiración:
 
–¡La pucha! ¡Al progreso no hay quien lo pare!
 
 
FIN
 

 

All rights belong to its author. It was published on e-Stories.org by demand of Héctor de Souza.
Published on e-Stories.org on 18.06.2015.

 

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