Bibiana Hernandez

Okey, papi

Piero estaba muy ilusionado con su nuevo uniforme, sus libretas, sus lápices. Todo el verano lo pasó pensando en su nueva escuela, aunque también extrañaba a sus antiguos compañeritos de clases todavía. Iría a tercer grado. Eso lo hacía sentirse muy importante. Ya iba a cumplir ocho años. Siempre se portaba bien. Todavía no tenía hermanitos, pero quería tener uno algún día para jugar baloncesto con él, porque su papá trabajaba mucho y no tenía tiempo. Además, a don Geofredo no le gustaban los deportes. Tampoco las mascotas, ni las fiestas, ni los paseos, ni los clubes escolares, ni los campamentos… A la mamá de Piero, doña Luz, sí le gustaba ver a su hijo jugando volleyball o baloncesto con los vecinitos del nuevo condominio en que vivían. También lo llevaba de vez en cuando a la playa y a veces iban a ver juegos de sóccer. Pero la actividad que más les gustaba era ir juntos a correr bicicleta en el parque los sábados.
Cuando Luz estudiaba arte en la universidad, conoció a Geofredo. Se enamoró de su gran capacidad para estudiar, de su porte, y de su serio carácter. A Geofredo solamente le faltaba un año para terminar su carrera de ingeniería. Después de que ambos concluyeran sus estudios, Geofredo y Luz se casaron y comenzaron a trabajar. Luego nació Piero, y cuando surgió una buena oferta de empleo para Geofredo en otra ciudad, la pareja decidió mudarse. 
Lunes, ocho de la mañana, primer día de clases. Ese día Piero se había levantado por sí mismo, sin que la voz profunda de don Geofredo lo despertara, como siempre. Se había preparado lo más rápido posible para llegar a su nueva escuela. Quería conocer a sus profesores y nuevos compañeros. La noche anterior doña Luz le había informado a Piero que don Geofredo lo llevaría a la escuela, ya que ella tenía una entrevista de empleo esa mañana. A Piero la noticia de la ausencia de su madre ese primer día no le gustó mucho, pero de todos modos se sentía dichoso e ilusionado.
Padre e hijo caminaron hasta la escuela cercana. Cuando entraron al plantel, don Geofredo se paró frente a Piero cerca de la puerta cerrada del salón de clases y con voz profunda le indicó

…ten mucho cuidado no prestes tus cosas no juegues con nadie no corras para que no te vayas a romper un diente o recibas algún golpe no te ensucies la ropa si alguien te pega responde igual no quiero que los profesores se quejen de ti…

Piero no entendía mucho lo que decía la voz profunda y rápida de su padre, pero le contestó como siempre:

—Okey, papi…la bendición.

Don Geofredo no respondió. Se volteó y se fue. El niño puso su mochila en el piso. Mientras esperaba que su maestro o maestra abriera su salón-hogar, echó mucho de menos a su mamá porque ella siempre lo despedía con un besito y una sonrisa. Pero al pensar en el gran bigote de grueso pelo rojo de don Geofredo, Piero sonrió porque fue muchísimo mejor que su padre no se despidiera de él con un beso como hacía doña Luz.
Las tres de la tarde. Hora de regresar a casa. Piero estaba muy feliz con sus maestros y compañeros. A la salida todos los chicos y chicas salieron corriendo menos él. Seguramente don Geofredo lo estaba esperando fuera de la escuela en lugar de Doña Luz y él recibiría un regaño si su padre lo veía corriendo con los demás. Piero sabía que a don Geofredo le gustaban mucho la tranquilidad y el silencio. Efectivamente, fue su padre quien lo buscó.
—Papi, hoy en la escuela compartí mi merienda con otro niño que...
Su padre lo interrumpió y dijo con voz profunda

…¡no le des nada a ninguno cada cual que traiga lo suyo luego se acostumbran y para sacarlos de encima es difícil!...

Piero no sabía qué hacer. Sólo pudo decir:

—Okey, papi.

Padre e hijo caminaron en silencio hasta llegar al condominio. Piero saludó tímidamente con su mano a don Celso, el vendedor de piraguas. Su carrito siempre estaba en la acera, a un lado de la entrada del condominio, bajo el almendro alto y frondoso cuya sombra lo protegía a él y a sus clientes del fuerte sol. Los sábados doña Luz llegaba con su hijo después de correr bicicleta y ordenaba dos piraguas para ambos combatir el calor. Cuando don Celso abría aquellas dos puertecitas de madera y vidrio para comenzar a preparar su producto, a Piero le gustaba ver lo hábilmente que el vendedor raspaba el hielo con su afilado cepillo de lata, para luego vaciarlo en un cono de papel blanco, y finalmente darle forma de pirámide con otro cono de metal. Luego la eterna pregunta de don Celso: “¿De qué la quieres?”. Dependiendo de la respuesta, el piragüero sacaba el sabor elegido de entre las dos filas de altas botellas de cristal a ambos lados de la gran barra helada.
Frambuesa rojo, uva violeta, melao dorado, tamarindo marrón, limón verde, coco blanco, anís transparente, vainilla ámbar, guanábana perla…tantos sabores y colores…Y cual fuera el escogido, don Celso lo vertía alrededor de la helada pirámide, desde abajo hasta arriba, girando el cono con la magistral destreza de muchos años de experiencia. Después de preparar y entregar las frías y sabrosas golosinas adornadas con el brillante almíbar, don Celso siempre bendecía a sus clientes pequeños de una manera muy suya. Tarareando alegremente la vieja y graciosa melodía “ma-ta-la-mos-ca---con-fli”, tocaba la visera de su gorra con su mano derecha mientras rápidamente hacía una pequeña cruz en el aire con su mano izquierda. Don Geofredo nunca comía piraguas porque cuando era niño le pidió a su mamá que le comprara una y ella le respondió con voz chillona

…sabe Dios de dónde viene ese hielo no conozco al vendedor no usa guantes no tengo dinero debo darme prisa esas cosas enferman el estómago y engordan el cuerpo y no alimentan y son costosas después te ensucias la ropa mañana te la compro los sabores no saben a nada están diluidos con agua…

Don Geofredo notó que Piero saludó a don Celso, y esperó a estar dentro del elevador del edificio para decirle con voz profunda
…no saludes más a ese señor las piraguas te quitan el apetito no saben a nada al entrar irás a tu habitación vacía la mochila límpiala te cambias de ropa y a hacer las tareas come lo que tu mamá te preparó cero televisión ni juegos hasta que termines y no me llames voy a estar ocupado si tienes sed toma agua y si te bañas no mojes el piso…

—Okey, papi, contestó Piero en voz baja, asintiendo con la cabeza.

Su pelo lacio y negro se movió un poquito sobre su frente. Su piel morena y sus facciones amerindias lo hacían parecerse mucho a su mamá. Piero sentía mucho orgullo de parecerse a ella porque se asemejaba a las cacicas taínas de su libro de la clase de historia nacional. El elevador subió, se deslizó la puerta metálica, y ambos caminaron hacia el departamento. Al entrar, Piero traía en su mente un pensamiento cómico: cómo sería tener la estatura tan alta y la piel tan blanca como la de su papá. Pero la idea de parecerse a un gigante de tiza como don Geofredo no permaneció por mucho tiempo en la mente del chico. Se rió, y de pronto notó su linda y brillante dentadura en el espejo grande de la sala. Su propia sonrisa le recordó que su papá con voz profunda siempre decía

…te prohíbo comer dulces el dentista nunca te ha encontrado caries después vienen gastos dentales menos mal que no te dio por chuparte el dedo cuando naciste…

Piero ni sabía lo que era caries pero esa palabra le parecía muy graciosa, tanto como su mamá cuando decía que don Geofredo era un adorable “viejito” bigotón y cascarrabias. Al final del día todas las instrucciones de don Geofredo habían sido cumplidas al pie de la letra. Al llegar su mamá, Piero corrió hacia ella para realizar un largo y maravilloso intercambio de abrazos y besos y contarle todo su día escolar. Doña Luz estaba cansada pero lo escuchó y le demostró todo el cariño que sentía por él. Piero finalmente le preguntó si iba a empezar a trabajar pronto, pero se fue a dormir satisfecho cuando su mamá le explicó que todavía no, ya que debía esperar a que le avisaran si era elegida para el puesto que había solicitado.

—¡Qué bueno, ma!, exclamó el niño.

Doña Luz lo miró sorprendida y sonriente. Nunca vio a alguien sentirse alegre de tener una madre desempleada.

Piero continuó asistiendo a clases y disfrutaba mucho. Todos lo querían y se portaba muy bien. Aprendía mucho y fácilmente. A veces compartía su merienda con algún compañero o compañera, y  también ayudaba a alguno que no había logrado entender la tarea. En ocasiones colocaba en su lugar los libros utilizados por los alumnos en la biblioteca escolar, o apagaba alguna que otra computadora que se hubiera quedado encendida. Durante el recreo almorzaba con su grupo. Piero sabía que su padre no quería que él hiciera nada por nadie ni con nadie y por eso se sentía un poco culpable al desobedecer. Pero por otro lado, sabía que no estaba haciendo nada malo.

Con el paso de los años, Piero se convirtió en un guapo y espigado jovencito. Iría al octavo grado y ya tenía trece años. Un nuevo año escolar le hacía sentir la misma ilusión que sentía en su infancia, pero por motivos diferentes. Sabía que todos los alumnos se divertirían mucho el primer día haciendo bromas y buscando el lado chistoso a todos los problemas y asuntos del mundo tan complicado de los adultos. Y además de eso, sabía que en dos años entraría a la escuela superior, y de ahí a la universidad. Quería estudiar literatura y su mamá favorecía sus planes de estudio. Pero don Geofredo quería que fuera ingeniero como él, y con voz profunda le decía

…para qué estudiar letras no sirven lo que produce dinero es una carrera profesional como doctor, abogado o ingeniero como yo un hijo mío no va a ser ningún escritor de disparates…

Cuando era pequeño, Piero se entristecía y se avergonzaba al escuchar los constantes regaños de su padre, pero ya era un adolescente y sus comentarios comenzaban a incomodarlo. Sin embargo, el chico respetaba y quería tanto a don Geofredo que intentaba vivir como si no escuchara sus palabras, sino solamente su voz profunda. Piero quería ser un buen alumno siempre porque sabía que su buen promedio escolar le permitiría obtener becas para lograr por sí mismo su sueño. Algún día su padre comprendería la gran importancia de la literatura para los  seres humanos.

Comenzaron las clases. Ya Piero iba solo a la escuela desde hacía años. Los colores de su uniforme habían cambiado, estaba en un nivel de estudios más alto. Todos los alumnos se felicitaban unos a otros por lo bien que lucían ese primer día. Piero saludó a todos y notó que había un joven nuevo, algo tímido, rubio, de ojos verdes. Cuando se acercó a él en la parte posterior del salón, recibió una sincera sonrisa que mostraba un diente frontal algo partido en una esquina. Piero le dio la bienvenida. Conversaron, y el chico indicó que su nombre era Ángel. Tenía catorce años y era hijo de la nueva cocinera del comedor escolar. Piero presentó a su nuevo amigo con todos sus compañeros, y ambos se sentaron cerca, tanto en el salón de clases como en el comedor. Allí Ángel presentó a Piero con su mamá mientras ésta les servía el almuerzo. Doña Eva era la mejor cocinera de todo el mundo según su hijo.
—¡Piero! ¿Ese es tu nombre en verdad?, preguntó curiosamente doña Eva.
—Sí, mucho gusto.
—Igual, guapo, Dios te bendiga. Bueno, a almorzar, muchachos. Angelito, siéntense cerca que quiero ver que coman bastante, ordenó doña Eva.
—En seguida, ma.
Ambos jovencitos buscaron sitio al lado del área donde doña Eva se encontraba sirviendo los alimentos en las bandejas del resto de los estudiantes. Cuando se sentaron, Piero sonrió y con cara de susto cómico susurró:
—¿“Angelitoooo”?...
—Sí, esta madre mía…pero es por cariño. Y si oyes mi segundo nombre, entonces sí que te vas a reir.
—¡Dímelo, cuéntamelo!, bromeó Piero. Prometo no reírme porque yo mismo tengo un nombrecito que parece…
—Arnulfo, dijo Ángel muy serio.
Ambos amigos se miraron y de inmediato comenzaron a almorzar. Nunca más volvieron a mencionar tan horripilante palabra. Pero algo sí era cierto. Ángel tenía razón, doña Eva cocinaba riquísimo.
La amistad entre ambos estudiantes creció al punto de considerarse como hermanos. Don Geofredo siempre prohibió a Piero traer amigos a casa. Por tal razón ambos chicos compartían en la escuela y también intercambiaban videojuegos. Un día Ángel le preguntó a Piero:
—¿Por qué somos tan buenos amigos?
—No sé, nos llevamos bien, nos gustan las mismas cosas, y yo siempre quise tener un hermano.
—Yo tampoco tengo hermanos. Qué bien, ¿no?
—¡Claro que sí!

Ya Doña Luz llevaba trabajando algunos años en una galería de esculturas y cuadros, pero, aún estando muy ocupada siempre se las arreglaba para atender a su hijo. Cada día Piero le hablaba a su mamá sobre su amigo Ángel. Doña Luz visitaba brevemente el salón de su hijo siempre que su horario laboral se lo permitiera. Lo hacía porque pensaba que los padres y madres debían estar al tanto de sus hijos en la escuela, y también porque Don Geofredo nunca tenía ni tiempo ni ganas de ir con ella para asuntos “de madres”, que no le interesaban, fuera alguna actividad o día de campo, entregas de calificaciones, reuniones de padres y maestros o graduaciones.
Un viernes en la tarde doña Luz fue a la escuela antes de que terminara la última clase del día, y permaneció fuera del aula para hablar con la profesora de Piero cuando el salón quedara vacío. En minutos sonó el timbre y Doña Luz entró y conversó brevemente con la maestra. Esta la felicitó por el buen desempeño de su hijo. Después ambas se despidieron y doña Luz salió. Piero la esperaba en el pasillo y la saludó cariñosamente. Doña Luz se rió y le acarició el pelo. Cuando salían de la escuela, Ángel había esperado afuera por Piero porque había olvidado despedirse de él hasta el lunes. Lo llamó en voz alta y Piero le indicó que se acercara. Le presentó a su mamá y le dijo que este era el amigo de quien le había contado. El muchacho la saludó muy respetuosamente. Doña Luz dijo que era un chico muy amable y educado y por tanto ambos debían continuar siendo buenos amigos. 
De pronto, a Ángel se le ocurrió que fueran con él al salón comedor antes de irse, para presentar a doña Eva con doña Luz. Ésta aceptó, y al llegar los tres al comedor, doña Eva había terminado de poner todo en orden y ya estaba recogiendo su cartera. Cuando las dos señoras se vieron, no hizo falta que los chicos las presentaran. Ambas se reconocieron, comenzaron a reírse, corrieron una hacia la otra para saludarse y se dieron un gran abrazo con mucha fuerza y cariño. Luego se pusieron a llorar de alegría y a conversar, preguntándose y contándose tantas cosas a la vez y tan rápido como podían, sorprendidas y encantadas. Ángel y Piero las observaban y se miraban uno al otro, entre sonreídos y extrañados mientras Doña Luz y doña Eva se reían amorosamente de ellos. Finalmente, ambas madres se volvieron a saludar con otro gran abrazo y se despidieron después de expresar gran sorpresa y agrado por la amistad entre sus hijos, y de intercambiar números de teléfono y direcciones. Los dos jóvenes se despidieron también, chocando sus manos uno al otro con inmensa alegría.
—¡Con razón somos tan buenos amigos, si ma y Doña Luz lo fueron primero!, dijo Ángel.
—Así es, ma y Doña Eva son como nosotros. ¡Nos vemos el lunes!, contestó Piero.

De camino hacia su hogar, doña Luz le fue contando a Piero que ella y Eva eran amigas, vecinas y compañeras de clase desde siempre, pero cuando se graduaron de escuela superior la familia de Eva se mudó y ella entró a la universidad, y así perdieron contacto. Le contó también que al nacer él le puso el nombre que llevaba porque a ambas les gustaban mucho las canciones de un baladista italo-argentino llamado así.
—Con razón se quedó tan sorprendida doña Eva al escuchar mi nombre cuando Ángel me la presentó el primer día, yo creía que era por lo raro y feo que suena. Y ella cocina rico…
     Mientras Piero continuó escuchando a su mamá, ambos llegaron a la esquina del condominio. Esa tarde estaba demasiado calurosa. aunque no era sábado, Doña Luz compró dos piraguas. Para ella, de melao.
—¡Bib-bi-ri-rip-bip---bip-bip!, que Dios me lo favorezca y lo haga un niño bueno, mijo, dijo don Celso.
—Amén, don Celso, gracias, la mía, de crema, dijo Piero.
El humilde vendedor sonrió despidiéndose como siempre, y Doña Luz y su hijo continuaron conversando y andando hacia el elevador mientras disfrutaban del refrescante dulce. Cuando llegaron al departmento, doña Luz notó que el celular de su esposo estaba sobre la mesa del comedor y le pareció extraño porque don Geofredo era excesivamente cuidadoso en todo, pero Piero tenía hambre y ambos se metieron a la cocina a preparar arroz, habichuelas y empanadas. Piero le comentó a doña Luz lo bien que cocinaban ella y doña Eva por igual y le preguntó si ambos podían ir con Ángel y con Doña Eva a la playa o al parque algun día. Doña Luz aceptó la idea y le prometió a Piero invitar a su amiga.

Eran más de las cuatro y todavía Don Geofredo no había llegado. Doña Luz estaba preocupada porque no había manera de comunicarse con su esposo. De pronto, entró don Geofredo, despacio, silencioso, su ropa, sus manos y su cara estaban sucias. Doña Luz le preguntó angustiada qué le había pasado y él dijo en voz baja y lenta
…venía caminando desde el archivo general es cerca dejé el carro fui a donar unos libros viejos el calor me mareó me caí me golpeé el piragüero ya se iba con el carrito pero me vio corrió me ayudó a levantarme me dio servilletas me ofreció agua con hielo no te pude llamar dejé el celular…

Cuando doña Luz escuchó lo sucedido, de inmediato urgió a que todos fueran a la sala de emergencias. Piero estaba muy tenso y triste al ver a su padre sufriendo, y también temía que comenzara con sus regaños y mal humor, pero tuvo valor y lo ayudó lo mejor que pudo junto a su mamá. Los tres bajaron poco a poco al estacionamiento del condominio. Doña Luz buscó el carro y entraron en él de prisa. Saliendo del estacionamiento, emprendieron la marcha velozmente. A través del cristal posterior el muchacho alcanzó a ver a don Celso, que había decidido quedarse un rato más, pensando en lo que le había pasado al papá de su amiguito. Piero lo saludó con la mano, agradeciendo su ayuda y pidiendo su apoyo. El anciano piragüero nunca había visto tan triste a su joven cliente. Le respondió elevando levemente su moreno puño derecho, firme, sereno, arrugado y húmedo, en señal de fuerza. Piero pasó todo el camino orando en silencio por su padre, quien permanecía callado. Pero se llevó la sorpresa mayor casi llegando al hospital. Sucedió lo imposible. Don Geofredo con voz muy emotiva le dijo a Piero
…todo esto que me ha pasado me lo merezco no por la caída es por la experiencia de recibir ayuda mi vida lo que ha sido es una existencia dura hostil exigente esto es muy importante para mí tengo que aprender ser agradecido compartir hacer amistades siempre estoy ocupado me siento solo mamá me crió así no lo hizo por mal papá murió casi no lo conocí no tuve hermanos en este tiempo hay otra actitud no debo ser egoísta ni creerme mejor que los demás porque cuando necesité ayuda el señor me socorrió sabiendo que he sido huraño con él en lo que te he ido enseñando no me sigas Piero uno no puede ser así en esta vida nunca se sabe cuándo le va a tocar una necesidad llevamos años aquí no conozco ni a un vecino si te da la gana de ser escritor hazlo pero nunca dejes la bondad ni dejes de ser generoso me alegro que salieras como tu madre mañana vete a jugar baloncesto invita a todos tus amigos quiero que me enseñen volleyball yo soy alto voy a ganarles luego comemos piraguas la mía de melao la que a tu mamá le gusta tengo que darle las gracias al don él se llama Celso sí Andrés Celso así se llama salúdalo siempre mañana vamos a la piscina mejor vámonos a la playa yo nado como pez aprendí a escondidas de mamá hijo estoy muy orgulloso de ti siempre me has amado me has respetado a pesar de mi genio debí ponerte mi nombre vas a ser el novelista más famoso del mundo…

Al escuchar tal mensaje, Piero se sorprendió tanto que no lo podía creer. Se quitó el cinturón de seguridad, se movió hacia adelante y, poniendo sus brazos sobre los hombros de su padre, le dijo en voz muy alegre
…¡no te preocupes pa vas a estar bien yo sé que mi nombre es feo y el tuyo está peor pero me lo voy a cambiar a Geofredito qué te parece se oye fatal pero te voy a contar algo bien chévere que pasó en la escuela resulta que doña Eva es la mamá de mi mejor amigo Ángel él sí quiere ser ingeniero hoy supimos que ella y ma fueron amigas desde niñas tienes que conocerlos podemos ir todos a la playa…

—Suave, Pierito, mijo, -dijo don Geofredo entre riéndose y quejándose-, me duele hasta el pelo, colócate el cinturón que aquí como puedes darte cuenta ya hay un accidentado que soy yo, ¡ja, ja, ja, ghrff, ghrff, ghrff…ay, ay, ay! 

Piero volvió hacia atrás en el asiento mientras se reía disimuladamente. Buscó la mirada de su mamá en el retrovisor del auto. Doña Luz había estado atenta a la conversación mientras conducía. Observó la expresión de su hijo. Un breve e inesperado guiño suyo hacia el chico fue mejor que mil palabras. El sonoro resuello de potrito con que se rió de su propia bromita el “viejito” bigotón y cascarrabias, fue lo más gracioso de ese día. Y Piero, aún riéndose, contestó

—¡Okey, papi!
 

 

All rights belong to its author. It was published on e-Stories.org by demand of Bibiana Hernandez.
Published on e-Stories.org on 03.06.2015.

 

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