Héctor de Souza

Punto impropio

A nadie se le hubiese ocurrido que el bueno de Carlitos Briante fuera capaz de tener un incidente con el gerente.

–Una cuestión de actitud, me dicen que es una cuestión de actitud –repetía al salir de la oficina de recursos humanos, cuando le anunciaron que estaba despedido–. No hay caso, a los gerentes no les gusta que les pongan los puntos sobre las íes. Hay veces que es necesario un punto final.

Todo había comenzado esa misma mañana, mientras esperaba la luz verde que le habilitara el cruce. Estaría a unas tres cuadras de la oficina, no más. Fue en un instante, en un destello ínfimo, que algo ocurrió en su cerebro; algo cambió en él. Cuando el semáforo dio paso, sin darse cuenta, en un abrir y cerrar de ojos, estaba caminando raro, mucho más laxo. Los movimientos se liberaron, el alambre se aflojó para permitir al funámbulo hacer su acto. En ese meneo había un gesto un poco afectado: los hombros, quizá las caderas, o los brazos balanceándose. Era el andar propio de un compadrito. Debía ser el pavoneo del petiso, que tanto tiempo había logrado reprimir hasta evitar que jamás se mostrara en público.

Entró por la puerta accesoria destinada al personal. Para llegar a su oficina tenía que recorrer varios pasillos y subir otras tantas escaleras excusadas, angostas y oscuras. Todos los días transitaba por un lento laberinto constituido por enseres y cubículos hasta acertar con su destino. En ese camino de dificultades, ahora el contoneo de su cuerpo era lo insólito. Sin embargo, habría una sorpresa más. Cuando se cruzó con la secretaria del gerente, buen día, buen día, y oh, llegó la novedad. Después del saludo –atento, moderado–, se dio el exabrupto. Giró la cabeza hacia un costado, contrario a la banda longitudinal imaginaria por la que caminaba la mujer, y un poco torcida la boca, escupió en el suelo. Fue un escupitajo ayuno de violencia; no un gesto de desprecio o de escarnio. Fue solo eso, un acto vacío, molesto y repugnante sí, pero sin intención aviesa. Acaso, solo acaso, fue un punto y aparte como para señalar la pausa que indica el final de un enunciado. Buen día punto y aparte. Tú sigues por tu camino, yo por el mío. Ambos cumplimos con el saludo familiar de la mañana. Una fórmula de cortesía. Respetada, punto y aparte; sigamos. Con todo, el episodio pondría una mancha sobre su reputación de tipo educado. Deseó que hubiera pasado inadvertido y que quedara en el olvido.

Un minuto y el hecho se repitió. Otro pasillo, otra persona. Buen día, buen día. El punto y aparte salió de la boca de Briante sin palabras pero concluyente, y la saliva dejó su firma en el piso. Primero, se horrorizó. Luego, llegó a pensar que aquello era como un sello, como una marca original que denotaba su presencia o su efímero pasaje por cualquier geografía mediante esa forma de poner puntos. Acababa de refirmar el acto. Sin premeditación, ese modo expresivo se incorporaba a su naturaleza.

En la tarde, se había acostumbrado. Para todos dejó de ser extraño verlo caminar moviendo el cuerpo en ondulaciones que lo hamacaban con desmesura. Pero, la tendencia a signar arrojando saliva por la boca aumentó. Tal vez no solo era el punto y aparte o el sello que denota, como en un principio se figuró. Todo esto se volvía sospechoso, entre otras cosas porque sus emociones habían comenzado a manifestarse, peligrosamente, por medio de los chorros de saliva. Si algo le disgustaba, respondía escupiendo.

Y lo peor: empezó a resultarle imposible dominar sus reacciones emotivas. Cualquier hecho lo irritaba. Para neutralizar sus arrebatos ensayó sin demora algunos trucos: contar hasta diez, respirar profundamente para eliminar tensiones, explorar el cuerpo centrando su atención en cada parte, meditar mientras caminaba informándose de cada paso, de la sensación de los pies tocando el suelo, del ritmo de la respiración con el más mínimo movimiento. Incluso, buscó un lugar propicio en donde aflojarse la ropa, quitarse los zapatos y, cómodo, tomarse unos minutos para relajarse, cerrar los ojos y olvidar sus preocupaciones.

Se aplacó, sin lugar a dudas, y algo mejoró con los ejercicios de relajación. Pero, a eso de las cinco de la tarde, lo llamó el gerente para que acudiera a su despacho. No le dijo para qué quería verlo. Es probable que la secretaria le haya ido con el chisme sobre lo de esta mañana, pensó Briante. Una ansiedad desmedida se apoderó de él. Y ya no pudo más con sus emociones.

–¡Ja!... El gerente, lo que me faltaba… Hoy no aguanto pulgas, ¡eh! A la menor bobada, me va a tener que escuchar. Estoy dispuesto a cantarle las cuarenta. Que no me joda, porque hoy yo le pongo los puntos –se le oyó decir mientras enfilaba para el despacho del gerente, caminando como un compadrito.

FIN

 

All rights belong to its author. It was published on e-Stories.org by demand of Héctor de Souza.
Published on e-Stories.org on 30.04.2015.

 

Comments of our readers (0)


Your opinion:

Our authors and e-Stories.org would like to hear your opinion! But you should comment the Poem/Story and not insult our authors personally!

Please choose

Previous title Previous title

Does this Poem/Story violate the law or the e-Stories.org submission rules?
Please let us know!

Author: Changes could be made in our members-area!

More from category"Contos" (Short Stories)

Other works from Héctor de Souza

Did you like it?
Please have a look at:

Escolta - Héctor de Souza (Contos)
A Long, Dry Season - William Vaudrain (Vida)