Matias Olivares

Las Huellas Del Capitan

Apartó despacio las cortinas del ventanal y exclamó:
 ¡No puede ser! ¡Es un fantasma!
¿Cuánto tiempo ha pasado? –Preguntó Alan-
¡Demasiados! –Atinó Lidian-
Para nadie es un misterio la reputación que tiene, y en cuanto alguno se entere de su regreso… -Exclamó este con buen afán-
¡Viene por sus cosas! –Lamento ella-
¡Se enterará que tiene un hijo! –Continuó Alan-
¡No! ¡No lo hará! –Su voz no sonaba feliz-
El la observaba. Estaba mirándola. Miraba la forma de su boca, la curva de sus mejillas y sus pómulos; sus ojos y la manera cómo caía el cabello sobre su frente. El borde de las orejas, que se veían bajo el pelo y el cuello. Años atrás cenaron juntos en un restaurante del centro de la ciudad, desde entonces no lo ha olvidado.
-Lidian se amarró el pelo con un elástico. Cerraron las ventanas para aislar el ruido exterior.
La última vez que lo vi, era ver a un niño ansioso por tener el juguete más deseado. Cuando se marcho mintió, y no confió en mí, y eso fue lo que más dolió. –Recordó con tristeza-
¿Aún lo amas? –Preguntó Alan-
¡Qué sabes tú!
¿Has amado a alguien? –Exclamó-
-Hubo alguien. –Respondió-
 Saco de una cajetilla la mitad de un cigarro gastado, acercó la silla a la mesa y quedo pensando.  El viento se había colado por algún lugar de la casa y emitía un sutil sonido.
 
 ¿Bebes algo?
-Ahora no gracias-
¿Qué harás entonces? –Dijo Alan-
¡No lo sé! ¡Creo que no lo sé!
 El continúo fumando y tomando un cargado cafetal. La mañana de otoño, estaba por convertirse en un sofocante sol de mediodía. El invierno aún no se establecía en ese lugar.
 ¿Sigue en pie lo del café?  -Dijo- Mientras se ubicaba encima de un amplio cojín de color lila que traía desde su pieza.
¡Claro!
-Tres de azúcar, una bien cargada y con leche por favor. –Exclamó-
¿Todavía lo recuerdas? – Insistió Alan con merodeo-
¡Sí, lo recuerdo!
 Durante esa mañana Lidian había estado cubierta con su abrigo y un sweater de cachemira beige que le había regalado su madre para su cumpleaños el invierno pasado. Debajo llevaba puesta una blusa blanca primaveral delgada que tapaba apenas la abertura de su ancho busto que asomaba afuera por el segundo botón.
¡Sí, yo ame a ese Capitán! -Dijo bajando la voz-
La ternura con que me miró, me transformó y al tener el primer contacto con su piel, se hizo ceniza. Fuerte como el arpón, me contuvo las veces necesarias para calmar mis hondos deseos. Tuvo mi boca en la suya, para decirle una y otra vez, que lo amaba, que era suya para siempre, y moriría antes de separarme de él. Corríamos por las olas pretendiendo atrapar al inmune viento hasta agotarnos y dormirnos desnudos en el ambiente más frío pero tibio de nuestros cuerpos. Navegábamos por alta mar mientras quedábamos a espaldas del suelo sobre la proa del barco observando las noches estrelladas en el cielo sin tener acaso deseos de regresar, solo deseos de amar. Aliviados un amanecer nos tapamos con la arena más seca que encontramos en las rocas altas, y nos quedamos así una noche larga hasta los primeros atisbos de sol del siguiente día.
Alan no escuchaba, estaba muy ocupado en sus bellos ojos imaginando quien sabe qué.
¡Lo vez, yo si supe amar! –Dijo sonriendo-
¿Qué sientes?
¡Rabia! –Respondió mirándolo a los ojos-
¿Te sientes culpable?
¡Culpable de amar! –Argumentó ella-
Su voz le sonaba muy extraña. No la reconocía. Tenía su boca amarga.
¿Qué hora es? –Preguntó Nerviosa-
¡Es tarde!
La temperatura descendía. Lidian pidió que le trajera el sweater.
¿Dónde vas?
A respirar aire fresco. -Argumentó ella-
 Abrió, y el viento azotó la entrada barriendo toda nutrida esperanza albergada en su vehemente corazón. Tuvo escalofríos de verse entre sus bazos, de encontrar su mirada, que ya enloquecía de ansiedad ahora con su recuerdo. Las nubes cubrieron el extenso cielo azul plateado a obscuro intenso. Continuaron conversando.
¡Pobre niño! –Exclamó Alan- ¡Pobre niño!
Oscar ha crecido bastante, se entretiene armando pequeños botes con los retoños de otros pescadores. –Habló mirando a su hijo.
¿Pregunta por su padre?
¡Muchas veces! –Dijo-
 El parecido es idéntico. –Aseguró Alan.
 
 
 
 
 ¡Capitán! ¡Mi capitán! Un saludo de reverencia se escuchó desde una esquina de la calle.
¿Está de regreso? –Preguntó el extraño-
¿Qué lo trae por estos lados?
¡Viejos amigos! –Respondió con voz cortante-
¿Piensa establecerse entonces? –Continuó el sujeto-
¡Estaré un tiempo y a tiempo me marcharé! –Exclamó.
¡Bienvenido a suelo firme! –Concluyo el hombre.
Un silencio nuevo se apodero al interior de la casa. Alan y Lidian se miraban vacilante sentados sobre el largo sofá. Las piedras en el camino saltaban esparcidas a medida que las pisadas se escuchaban acercándose desde una dirección desconocida.
¿Qué piensas ahora? – Habló él en voz baja-
¡No puedo respirar! –Respondió-
¿Bromeas?
Hizo un gesto de negación. Estaba en shock. Con un vaso de agua logro aliviarla después de muchos intentos. Un accidente en el campo cuando niña, la hizo transitar el túnel que lleva a otras dimensiones.
¡No estaré otros cinco años sola! –Habló más recuperada-
¿Quién te asegura eso? ¡Ah!  -Argumentó Alan-
¡Bastaría una llamada! –Manifestó decidido-
¡Si lo matas, yo te mato! –Exclamó Lidian-
El paseó de un lado para el otro mirando el suelo. Tomó asiento apoyando los codos sobre la mesa con el cuerpo inclinado hacia delante, encendió otro cigarro y esperó paciente ordenar sus pensamientos. Vistió su chaqueta de cuero que había dejado sobre el sofá, estaba muy frío. Alan odiaba el frío. Había leña cortada a los pies de la chimenea. Optó por quedarse quieto frotando sus manos. Sobre la pared un reloj antiguo marcaba indicando las diez de la noche, mientras afuera las nubes dieron paso a un frente lluvioso no despreciable. Las piedras esparcidas por el camino rebotaron más de cerca, ladridos de perros alborotaban los cercos de madera.
 Un estrepitoso llamado a la puerta quebró la tranquilidad de sus deseos. Observó hacia el pasillo que conecta el dormitorio de Lidian, pero no había indicios, su estado nervioso la tenían exhausta. Insistieron a la puerta de manera más enérgica. Los obstinados golpazos en la entrada de la casa renovaban las huellas de amor de Lidian por su querido Capitán.
La decisión estaba en sus manos, enfrentar al hombre que le arrebataba el amor de la mujer que amaba, o dejar que se fuera lejos y no abrir. Esperó un momento a ver si el intruso se rendía de insistir. Los golpes se intensificaron cada vez más. Pensó en tomar su escopeta heredada de su abuelo cuando era adolescente, y acabar con esta condena, pero no podría resistir el desconsuelo de perder a Lidian para siempre.
Se puso en pie, dio unas pisadas para afianzar su curiosidad y llegó a la puerta. Tocó la manilla haciendo un gesto para abrir y enfrentarlo de golpe, cuando remotamente desde lejos al fondo una voz magullada y soñolienta se interpuso entre él y su enemigo, que lo llamaba desde sus aposentos y le decía reiteradamente:
¡Alan! ¡Alan!  ¡Están golpeando la puerta!
¡Bromeas! –Le dijo-
¡Hoy no se ha asomado ningún gato, por la entrada de esta casa!

 

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Published on e-Stories.org on 17.04.2015.

 

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