Manuel Olivera Gómez

MARILU

MARILU

 
Marilú  vino al mundo en las primeras horas de una  madrugada  a  fines  de mayo, cuando las persistentes  lluvias  de  un temporal habían terminado por derrumbar el techo de guano que  un mes antes Crescencio  le pusiera a la casa. Fue la única  sobreviviente.  A sus hermanos los arrastró el agua enlodada que  corría libremente  por el patio. Cuando Crescencio quiso  socorrerlos  ya era demasiado tarde. Terminaron ahogándose en los turbios remolinos  del arroyo crecido. Milagrosamente ella se  había  enredado con  la soga que ataba a su madre a la mata de aguacate;  y  esta circunstancia le salvó la vida.
    
 Fue aquel un día inolvidable para Crescencio. Encima de  las   desgracias que le enviaba el cielo; y quizás motivadas por ellas, a  Ramona se le adelantó el parto. Al despuntar la  mañana,  comenzó  a  dolerle su séptimo descendiente. Tuvo que  llevarla  al pueblo.  Dejó a su hijo mayor reparando la casa tan maltrecha;  y aprovechando  un  escampado la subió a la grupa de  su  caballo. Atravesó cañadas y barrancos resbalosos, mientras le daba aliento para  que  aguantara y no soltara antes de tiempo  al  inoportuno crío.
 
Era una hembrita. Le pusieron María Luisa. Complacían  así un  antiguo pedido de la abuela, quien antes de fallecer  el  año anterior,  tantas  veces había rogado porque no  se  rompiera  la cadena de María Luisas que desde tiempos inmemoriales existía  en la familia.
 
Marilú tuvo suerte. Haber nacido el mismo día que la  niña, y  sobrevivir además al desastre que se llevó a sus hermanos,  la ayudó  de alguna forma a ganarse las simpatías de la gente de  la casa.  Si bien es cierto que nunca le quitaban aquella soga,  que tan  marcado  le  tenía el cuello, tampoco le  impedían  que  se pusiera majadera. Jamás la reprendían  por comerse los pollos que se acercaban hambrientos a picotear en su caldero. Al  contrario, alababan su destreza. Se acostumbró a estos festines. El olor  de la sangre le producía un raro placer, al que ya le era  imposible renunciar.                   
 
Para  cuando  María Luisa cumplió el año, ella era  ya  una marrana soberbia.
 
-Debe  de  tener casi tres latas de manteca -le  decía  con orgullo Crescencio a cada persona que los visitaba.
 
-¡Pero  esa  puerca  no se  mata!  -la  defendía  Ramona-. ¡Imagínese!  Nació  el mismo día que mi María Luisa  ¡Y  es  tan noble! Con sólo tocarla, se echa para que la acaricien.      
 
Lamentablemente Marilú  no razonaba. Una mañana,  en  que Ramona ponía la leche al fogón, y los hijos marcharon a la vega a ayudar a Crescencio en la recogida de hojas de tabaco, María Luisa aprovechó  y se escapó gateando hasta el patio.  Estaba  completamente  desnuda. En su inocencia, se sintió  fatalmente  atraída por los ruidos de hambre que emitía Marilú.
 
Ramona  la  escuchó gritar. Pensó que era  alguna  caída  y confiando en que ella sola se levantaría, siguió pegada al fogón. Minutos más tarde su conciencia la obligó a asomarse a la puerta. Fue ese el momento en que Crescencio levantó la cabeza por  encima de las matas de tabaco. El alarido que salió de la garganta de su esposa lo dejó helado.
 
Cuando llegó sólo una pierna de María Luisa estaba ya visible. Colgaba de las fauces ensangrentadas de Marilú, quien dejaba caer  al piso algunos pedazos de carne masticada; y  miraba,  con aquellos ojillos de fiera, buscando que una vez más le  aprobaran sus virtudes de buena cazadora.
 
 

 

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Published on e-Stories.org on 12.03.2015.

 

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