Álvaro Luengo

Giorgio y Cipriano

Giorgio era diferente a los demás y él se daba cuenta de ello. Desde siempre.

Aunque le gustaba ir a jugar con sus amigos y encajaba bien en el grupo, de vez en cuando sentía la necesidad de aislarse del mundo para pensar en sus cosas, que a él le preocupaban aunque a nadie más parecieran importarles.

-¿De dónde venimos y a dónde vamos?- se preguntaba nuestro amigo -¿Qué sentido tienen nuestras vidas?... ¿Qué otros mundos habrá más allá de donde alcanza la vista?...

-¡Giorgio! ¡Ven a jugar con nosotros y no seas tan aburrido!- le recriminaban sus amigos -¡Te portas como si fueras un viejo!

-No me apetece jugar hoy a lo de siempre- les contestaba él -¿Queréis que hagamos una torre muy alta y nos asomemos desde arriba para ver qué es lo que se ve?… ¿No sentís curiosidad?

Pero sus amigos se cachondeaban de él cuando le daba la vena existencialista y Giorgio se acababa marchando malhumorado y refunfuñando:

-¡Zotes, que sois unos zotes! Así nunca llegaréis a aprender nada…

Y después de vagar en solitario durante un rato acababa buscando la compañía de Cipriano, un viejo huraño que vivía como un anacoreta detrás de unas rocas no muy lejanas de donde él se reunía para jugar con sus amigos.

Cipriano y él se encontraron un día de casualidad, y el joven se sintió atraído e intrigado por las rarezas del anciano, de manera que se hizo el encontradizo durante algún tiempo para poder intimar con él hasta que llegaron a establecer una atípica relación no exenta de cariño.

Y además, ¡qué leches!, le gustaba charlar con el viejo porque eso aligeraba su espíritu, y no hacía ningún mal a nadie con ello, ¿no? Así que estaba en su derecho.

-¡Ah!... Eres tú- gruñó Cipriano como todo saludo cuando le vio llegar –Debí imaginármelo. ¿Es que no sabes anunciarte antes de venir?... ¡Qué desconsiderado eres, muchacho! ¿A qué has venido?

-¿Qué estabas haciendo?- replicó Giorgio, pasando por alto la rudeza de su amigo –He venido a verte.

-Eso supuse al ver que venías con los ojos abiertos. Bien, pues  ya me has visto. ¿Qué más quieres?

-¿Qué hacías?- insistió.

-Nada de especial. Pensaba en cómo nos puede cambiar la vida por cualquiera de las muchas cosas aparentemente triviales que tienen lugar todos los días a nuestro alrededor, y a las que no prestamos la más mínima atención... Y en el destacado papel que juega la suerte en el resultado de todo ese cóctel.

-Je, je, je… ¡Buen lote, amigo! ¿Y a qué conclusión has llegado?... ¿Cómo es que te ha dado hoy por ahí?... Pues yo te venía a preguntar por el asunto de las picas…

Y es que el maldito asunto de las picas le llevaba a Giorgio por la calle de la amargura… ¿Qué podrían hacer para escapar de aquellos terribles venablos que caían desde el cielo con la velocidad del rayo para llevarse a sus desafortunadas víctimas ensartadas en ellos?...  ¿De dónde habían salido?... No guardaba ningún recuerdo de que aquellas cosas sucedieran en su más tierna infancia, pero el caso era que todos se resignaban a su presencia  y se limitaban a esconderse temblorosos cada vez que alguna sombra sospechosa les hacía intuir su llegada, sin atreverse a hacer nada por impedir sus ataques. Era angustioso vivir así.

-Pues de eso te quería yo hablar, para que veas lo importante que es tener suerte en la vida. Verás. Ayer por la mañana salí a dar una vuelta y estuve a punto de darme un encontronazo con una voluminosa señora a la que acabé cediendo el paso muy a mi pesar, porque se trataba de una de esas marsopas odiosas que aceleran la marcha en cuanto te ven llegar para ralentizarlo de inmediato una vez que se te han puesto delante y bloquear con su enorme culo cualquier intento de adelantamiento que pretendas hacer.

-Conozco el caso, Cipriano, que a mí también me ponen muy nervioso cuando me encuentro con alguna. Y parece que lo hacen aposta, ¿verdad?, porque es imposible que no se den cuenta de que te están fastidiando, pero les da igual.

-¡Pues claro que lo hacen aposta! Se trata de joder por joder y de disfrutar con el daño causado, lo cual supone la esencia del mal… Se trata de mala gente, sin duda, a las que habría que exterminar.

-¡Hombre, tanto como eso ya no lo sé!... ¿No crees que estás exagerando un poquiiito?... Tal vez con un buen escarmiento sería suficiente, ¿no te parece?

-Lo dudo mucho, porque yo creo que esos casos ya son irrecuperables, pero bueno, el caso es que no pude dejar de ser un caballero y la cedí el paso de mala gana en un estrechamiento del camino, y en cuanto se puso delante de mí, su macizo corpachón fue ensartado de lado a lado por una enorme pica, que lo volteó en el aire con una violencia inusitada y lo ascendió hasta los cielos en un abrir y cerrar de ojos… Todavía me dan temblores al recordar cómo se retorcía intentando escapar de lo inevitable… ¡Fue horrible!

-Lo que yo decía, que quizás con un buen escarmiento no lo vuelva a hacer más, je, je, je.

-¡Vaya con el niño! Creía que el radical era yo. Pero a lo que vamos… ¿Te imaginas lo que me hubiera pasado si llego a tener un mal día y no le cedo el paso a la difunta marsopa?... Por haber discutido con alguien, o tener un dolor de muelas, o cualquier otra cosa así, hubiera pasado de la vida a la muerte sin paradas intermedias…

-¡Qué trolebús, amigo! Menos mal que cogiste el bueno. Me estás diciendo que vivimos de casualidad y de pura suerte, ¿no?, y por lo tanto hay que adoptar una actitud fatalista porque los hilos que mueven las cosas no están en nuestras manos, así que no hay nada que hacer, que ya te voy conociendo, ya.

-¿Tú? ¿Pero qué me vas a conocer tú, si no eres más que un besugo del tres al cuarto? ¡Si tú no sabes nada de nada!

-Vale, amigo, vale, pero no te exaltes tanto que te pones muy colorado y te puede dar unitus…

-¿Unitus? ¿Qué es eso de unitus?

-Pues no lo sé muy bien, pero debe ser algo muy malo, porque yo he oído por ahí que a no sé quién le dio unitus y se quedó paralítico y luego le dio otra vez y se murió, así que…

-¡Aaah! No sabía.

-Pero oye, Cipriano, hablando de otra cosa, ¿tú crees que puede haber alguien que sea tan sabio, tan sabio, que lo sepa todo?... Pero todo, todo, todo, ¿eh?

-Mmmh… Bueno, he oído decir que hubo uno, al que llamaban dios, que lo sabía y lo podía hacer todo, pero yo espero que ya se haya muerto si es que llegó a existir alguna vez, porque si es como dicen y nunca nos avisa ni nos defiende de las putadas que se nos vienen encima, yo no esperaría nada bueno de él.

-Pero entonces, ¿el intento de aprender es un esfuerzo inútil? ¿No seríamos más felices viviendo en la ignorancia sin sufrir buscándole un sentido a nuestra incomprensible existencia?

-Pues probablemente sí, mi querido Giorgio, pero en cualquier caso el truco consiste en hacer como si no lo supiéramos. Tú actúa como si no hubieras caído en ello y haz siempre todo lo posible por aprender un poco más, que tus conocimientos son el único tesoro que nunca te podrá quitar nadie.

-¡Vaya! Lo tendré en cuenta. ¿Y a ti cómo es que te dio por venirte a vivir aquí solo, tan apartado de los demás? ¿Qué fue lo que te pasó? Nunca me lo has contado.

-Pues si no lo he hecho habrá sido porque no he querido hacerlo, ya que en el caso contrario lo habría hecho, ¿no te parece?... ¿Has estado estudiando algún máster en impertinencias últimamente?

Giorgio apenas tuvo tiempo de dar un respingo frente al gigantesco pico que hizo presa en el cuerpo de su amigo y lo ascendió ante sus ojos, antes de verse atenazado a su vez por otra demoledora pinza que le impulsó hacia lo alto, provocándole un lacerante dolor que le impedía cualquier intento de escapada.

Y antes de ser engullidos por la pareja de cigüeñas que les habían pescado  aquella negra mañana, ambos peces tuvieron la oportunidad de contemplar durante unos instantes el pequeño estanque en el que habían transcurrido sus vidas, pero todo sucedió de una manera tan rápida que me temo que no les dio tiempo para comprender el significado de aquella extraña visión.


FIN

 

 

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Published on e-Stories.org on 22.02.2015.

 

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