Adrián Chávez Pizarro

La reina de mi aldea


 
Yo era aún un mozuelo cuando vi llegar ese autobús del domingo a mi pueblecito de San Gerardo de Paca. Apresuré a mi burro para observar a todos los turistas capitalinos que arribaban alegres. Era un gran acontecimiento ver como llegaban esos bulliciosos visitantes  a nuestra pintoresca y tranquila aldea serrana a pasar el verano.
 
Todos los humildes aldeanos empezaron a aglomerarse alrededor de los pasajeros capitalinos que bajaban del vehículo para darles la bienvenida. Era una gran distracción verlos en nuestra tierra rompiendo nuestra monotonía. Era una fiesta.
 
Las últimas en bajar fueron dos mujeres: una mayor de rubio plateado, con un vestido y peinado a la moda; y una adolescente bonita y sencilla, pero de mirar ausente. Seguro que eran madre e hija. Me quedé impresionado por la joven mientras notaba que muchos lugareños habían puesto unas caras desagradables.
     — ¡Vaya, regresó esa sinvergüenza inmoral después de diecisiete años!—escuché decir a la más mala y chismosa del pueblo, refiriéndose a la madre— ¡Y ahora viene con una hija! ¡Seguro que acabará como esa zorra!
     — ¡Ojalá no vengas a quitarnos a nuestros maridos!—gritó una octogenaria levantando su bastón al cielo.
                                                                                                      
 La chiquilla se intimidó, pero su madre frunció fuertemente el ceño y retó con su mirada a todos los curiosos. Con tanto equipaje que traían, parecía que no venían de vacaciones sino para quedarse definitivamente en la aldea. Presuroso y osado me acerqué a ellas y les ofrecí mi ayuda para cargar sus maletas.
     — ¡Mira al hijo de doña Amparo, ayudando a aquella indecente!—escuché decir a uno de los campesinos de la muchedumbre; pero a mi poco me importaba lo que hablaban de la mujer, yo solo quería ganarme la amistad de la mozuela.
     — ¡Buenas tardes, señora y señorita! ¡Bienvenidas a nuestro bonito pueblo de San Gerardo de Paca!—hablé jubiloso mientras cogía sus maletas para cargarlas en mi fuerte burro.
     — ¡Felizmente todavía hay gente amable en esta aldea de mojigatos paletos!—la madura mujer desafió en voz alta a todos lugareños y luego se dirigió hacia mí, con una gentil mirada— ¡Llévame a mi casa, muchacho, que hace mucho tiempo que está sola…!
     —Me llamo Rogelio, señora, estoy para servirla a usted y a su… ¿hija?—interrumpí a la doña, tratando de aminorar su enfado con los pueblerinos mientras miraba de reojo a la moza.
      — ¡Pues, claro que es mi hija!...Niña, saluda a este jovencito tan educado que me trata de usted. ¡Así se debe tratar a una dama como yo!—exclamó mientras ayudaba a su hija a montar en mi borrico.
     —Me llamo Sara… ¡Encantada!—me saludó en voz baja la muchacha brindándome la más hermosa sonrisa que nunca nadie me había dado. Su acento capitalino y sus ojos negros, y tranquilos, me alegraron el día.
 
Luego de este espectáculo de bienvenida, todos los del pueblo se alejaron murmurando hacia la plaza: el centro neurálgico del chismorreo. Muchos ya habían descargado su veneno, pero yo estaba feliz de ayudar a estas nuevas vecinas.
 
Desde ese día Sara y yo, nos hicimos amigos y me gané de a pocos la confianza de su tranquila mirada. Dejé a mis vecinos de lado y cada tarde nos reuníamos junto a su casa, donde había una piedra en el suelo con forma de trono. Ella, acicalando su azabache cabello, con esas manos tan blancas, se sentaba en ese trozo de roca y yo, me quedaba a su lado escuchando ensimismado todas las historias de su vida en la gran capital. Pasábamos largas horas conversando allí con el beneplácito de su madre. Me maravillaba al imaginar todo lo libre y abierto que era el mundo lejos de San Gerardo de Paca; sin embargo, no cambiaba por nada ni nadie la hermosura de mi tierra y su laguna que me vieron nacer y crecer.
 
La nota triste de nuestra cita diaria era cuando me contaba melancólica de que no había                                                                                                                                        conocido nunca a su padre; pero después, suspiraba y se reconfortaba diciendo que fue mejor no haber tenido un progenitor, porque jamás hubiera soportado a un hombre cobarde que abandona a una hija en el vientre. Me observaba y se refugiaba en mis brazos.
Muchos vecinos de mi pueblo no miraban con buenos ojos nuestra amistad; y menos mi madre. Pero, yo ya era un hombrecito y no estaba bajo las faldas de mi progenitora.
      — ¡Hijo, no me gusta que salgas con esa chica!—miró avergonzada hacia la ventana que daba a la plazoleta llena de vecinos chismorreando.
     — ¿Por qué? ¿Es acaso por su madre? ¿Tan mala reputación tiene esa mujer ?—no quería hacerla sufrir, pero ya estaba prendado de Sara.
     — ¡Sí Rogelito! ¿Tú sabes que ella se largó de este pueblo estando preñada? ¡Sabrá Dios de quién!...Algunos vecinos la han visto en la capital en no buenos lugares… ¡Fíjate cómo se viste!...—me quedé reflexionando algunos segundos.
     —Pero, mamá… ¿y qué culpa tiene su hija? ¡Ella es mi amiga y no pienso renunciar a su amistad!—protesté bajando la cabeza.
     — ¡No me contradigas malcriado! ¡Muchacho del demonio!...Si tu difunto padre estuviera aquí te hubiera dado unos buenos azotes por juntarte con gente de mala reputación… ¡Dios Santo, qué hijo me has dado…!—la dejé hablar sola, salí de casa confundido y culpable. Jamás había dado un fuerte disgusto a mamá.
 
Pasaron muchos días y mi amistad con Sara se fue afianzando aún más, a pesar de todo. Caminábamos por la orilla de la cristalina laguna, respirábamos el aroma de los eucaliptos, cantábamos con los coloridos pajarillos y gritábamos a las verdes montañas como dos locos perdidos; pero siempre llegábamos a esa piedra, al lado de su casa. Era su lugar favorito para sentarse: ella era la reina; y yo, siempre a su vera, su lacayo encantado. Los vecinos pasaban mirándonos y haciendo gestos de disconformidad, y hasta algunos se santiguaban. Solo Don Cosme, un campesino triste y solitario que parecía que siempre rondaba la casa de Sara, nos sonreía a los lejos con aires de nostalgia. Nosotros, no hacíamos caso a nada y seguíamos en lo nuestro. Aunque, a veces las mezquindades de los lugareños le hacían mella.  
      — ¿Sabes Rogelio?, yo no me veo viviendo toda la vida en este pueblecito—la miré sin entenderla, pero Sara prosiguió—.Hay mucha mojigatería e hipocresía en estas personas… ¡Ojalá tú nunca cambies!
     —Sara, tú no te preocupes que a mí me da igual lo que diga la gente de aquí. Por ti soy capaz de incendiar San Gerardo de Paca con toda su chusma. Solo salvaría a nuestras madres, a mi burro y a ti—empezamos a reír a carcajadas.
     —Mi mamá quiere quedarse a vivir aquí y rehacer su vida; pero a mí no me gustan estas personas. ¡Aquí no nos quieren y nos criticaran siempre!—sus ojos se apagaron y miraron al cielo observando a unos pájaros alejándose al sur.
 
Siguieron pasando los meses, los vecinos no cesaban de contar chismes sobre ellas y el verano que acababa la convirtió en mi primera novia.
                                                                             
En una cómplice noche nuestros cuerpos inocentes pecaron en la oscuridad de los matorrales, cerca de la laguna. Nos avergonzamos y regresamos a nuestras casas, apenas sin hablar y sin mirarnos.
 
Pasaron los días y ya no quise verla, ya no me apetecía como antes. Me refugié nuevamente con mis vecinos en la plaza y sus cotilleos cotidianos. Solamente la observaba desde lejos sentada triste en su piedra. Sara trataba de buscar mi atención sutilmente, pero yo esquivaba su mirada cruelmente.
  
A la semana siguiente ya no la encontré en su sitio preferido. Su trono estaba vacío y gris. Arrepentido traté de buscarla sin conseguirlo. La esperé sentado una semana interminable cerca a su casa, solo me alejaba de allí discretamente cuando veía salir a su preocupada madre a hacer las compras y traer la leña. Mi alma sin Sara dejó de reír.
 
Siguieron pasando los días e impaciente ya no pude más; me atreví a tocar su puerta entreabierta, pero nadie respondió. Entré al lugar temblando. Tenía miedo de violar la intimidad de su sagrado hogar.
                                                           
En un rincón sentada, junto a la mesa, encontré a su madre que me habló sin inmutarse:
     — ¡Se escapó a la capital! ¿Adónde más podría ir?—me espetó con un cigarrillo en la boca, vino tinto a medio acabar y los ojos humedecidos.
     —Yo…yo…yo…—nervioso no pude construir mis ideas, mis piernas se tambaleaban. Sentía una honda decepción.
     —No esperes a que pasen diecisiete años para que la veas regresando al pueblo trayendo un hijo bastardo y buscando a un padre que todavía no quiere saber nada de su responsabilidad —me miró fijamente. Aparté su mirada, no la pude sostener.
     — ¡Se…señora…!—balbuceé tratando de no entender lo que hablaba.
     —Si de verdad eres un hombre búscala y tráela, que yo les daré mi bendición. ¡Una bendición que vale igual o más que la de cualquier madre de aquí!—se levantó, apartó el vaso y arrojó la colilla por la ventana que daba a la plaza llena de vecinos murmurando—.Pero si quieres tomar el camino más fácil… ¡Lárgate de mi casa y déjame en paz!
     — ¡Sí, sí partiré a buscarla señora y la traeré vestida de blanco!—hablé con firmeza, le miré a los ojos con respeto.
 
Tenía que tomar una gran decisión. Partí de casa con lo poco ahorrado que tenía, vendí a mi querido burro a Don Cosme, el campesino triste y solitario, quien en un acto de comprensión me pagó muchísimo más de lo que valía. Desobedecí la negación de mi pobre madre y caminé al pueblo más cercano por donde paraba el tren rumbo a la capital. Esperé sentado en un madero y pasaron por mi cabeza mil ideas. Todavía era muy joven para cargar con una familia, no quería desperdiciar mi juventud que recién afloraba con serias responsabilidades.
 
Siguieron pasando largas horas absorto en mis pensamientos cuando sentí el pitido del tren, me puse de pie y traté de regresar a mi pueblecito, sus montañas y a su laguna. Pero el recuerdo de Sara aún seguía en mi mente, sus ojos tristes continuaban encantándome y su franca sonrisa me atrapaba todavía más. Me reconfortaba saber que la encontraría en la gran capital y que ella perdonaría mi gran cobardía por haberla dejado sola cuando más me necesitaba; sin embargo no sabía si regresaríamos alguna vez a mi bello San Gerardo de Paca.
 
El tren se detuvo y subí, me acomodé en el último vagón y vi como arrancaba dejando atrás a mi recordada aldea.                                                                                                      
                                                                                       

 

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Published on e-Stories.org on 14.02.2015.

 

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