Francisco Javier Parias Lopez

El café de la primera vez

A través del cristal empañado por el vapor del café, mi madre contemplaba cómo la tarde de afuera libraba su batalla con aquel demonio que calaba hasta los huesos. Así se le podía llamar al implacable frío que se había eternizado en las alturas de los Andes, donde sólo el cóndor y uno que otro avezado conquistador español pudieron haber visualizado un sobrevivir seguro para sus descendientes. Me extasiaba observándola ocuparse del ritual que ella hacía de aquella costumbre heredada de nuestros ancestros y que venía desde los tiempos de la Santa Fe de la colonia. Mientras sacudía el colador con la mano izquierda, con la derecha vertía el agua aún hirviente sobre el café, logrando ese sabor y aroma de recién tostado que yo extrañaría años más tarde, aún en las pretensiosas cafeterías que animan las aceras de Champs Elysee en los atardeceres frescos del París otoñal.

Ahora el adentro se calentaba con nubecillas de vapor de café que se instalaban en cada recoveco de la casa, mientras en la radio Chabuca Granda entonaba La Flor de la Canela. El ambiente iba haciéndose más acogedor e invitaba a quedarse disfrutando de las anécdotas con que Doña Pau -como la llamaban sus amigas- y su comadre, sazonaban las cotidianidades de ambas familias.

Doña Cata avanzaba ya en el camino a sus cuarenta y lucía jactanciosa la voluptuosidad con que la naturaleza la había bien dotado. Dejaba aquella sensación de desperdicio que dan las frutas cuando llegadas a su punto de madurez nadie se ha dignado aún tomarlas del árbol. Una vieja pero confortable poltrona de ratán que abrazaba sus caderas y muslos, la exhibía hermosa, adornada con unas cayenas grandes y rojas, estampadas sobre el fondo negro de su vestido de algodón. Se me antojaba que el escote bajaba más allá de los límites de la generosidad, por entre sus senos y el corte de su falda subía mucho más arriba de lo convencional.

En un desafío a mis ojeadas, furtivas aunque frecuentes, Doña Cata apuntaba sus rodillas con coquetería hacia el zaguán donde yo simulaba hacer mis deberes escolares. Jugueteaba ella, haciendo rizos al descuido con su cabellera azabache mientras acotaba con gracia las anécdotas de mi madre, y a la vez fingía –y yo no lo sabía- no notar mis miradas que poco a poco iban convirtiéndose en una insolente contemplación. De repente, sin que yo notara su intención, -y ella lo sabía- sus rodillas se separaron para acomodar un sensual cruce de piernas, ofreciéndome así una visión, fugaz pero total, de su escondida intimidad. Aquel relámpago se alojó en mi cerebro, vertió fuego en mis arterias, tornó mi piel del color y el calor que el hierro toma antes de caer derretido y después fue a colarse con toda la fuerza de su caudal entre mis piernas que temblaban de susto y sin control. El pulso desbocado armó en mi cabeza un escándalo tal, que llegué a temer que mi madre pudiera escucharlo. Lo atenuó un poco el trepidar del tren de las seis que ya arribaba pitando y resoplando vapor a lado y lado de su camino de hierro, en una competencia de presiones contenidas, con mi virilidad apenas inaugurada.

Como una fiera sabedora que tiene la presa herida y a su merced, entornó con pereza sus ojos inmensos, para descubrir cómo la vergüenza de mis escasos doce años trataba de encontrarle una vía de escape al pequeño Tenorio atemorizado. Me sentí desnudo e indefenso, de frente a ella, que no disimulaba su deleite al contemplar victoriosa el espectáculo de mi rubor y aquella erección que no lograba yo controlar ni disimular. Entonces entreabrió con malicia los labios y los humedeció poco a poco, como si tuviera todo el tiempo del mundo para ello, dejándome ver la punta de la lengua en un anuncio descarado de lo que todavía quedaba por venir.

Ya Doña Pau volvía hacia ella con el café humeando en las tazas, recuperando así su atención y devolviéndome de paso el aliento que instantes antes había sentido perdido para siempre.

Los pocos minutos que había tardado mi madre en preparar el café, fueron para mí una eternidad en la que confrontaron bruscamente la precocidad de mi niñez y el erotismo de mi adolescencia.

Un poco más tarde, cuando ya las sombras empezaban a acomodarse en los rincones, la voz de mi madre, tierna pero irrefutable, me pidió acompañarle a la puerta para despedir a Doña Cata.

Ahora el aroma del café se disipaba un poco y abría espacio en el olfato al "Air du Temps" con que la comadre parecía haberse bañado aquella tarde y que, para mal de mis pesares, avanzaba directo al cerebro, provocando allí nuevos estímulos a mi sur que ya no daba para más. La estrechez oscurecida del zaguán le sirvió de alcahuete para deslizar su mano entre mis piernas, en lo que fue un rápido pero firme calibrar de mis aún palpables emociones, al tiempo que se despedía estampándome un beso sonoro y de apariencia tierna en la mejilla.

Sin poder pronunciar palabra y apretando los dientes para que el corazón no me saltara por la boca, volteé rápidamente tratando de ocultar de la vista de mi madre la protuberancia de mi bragueta agigantada ahora por aquel apretón de fuego que acabó de alterar el caudal de mi presión sanguínea y que, acto seguido, amenazaba con desmadrar la represa por su parte más vulnerable. El aturdimiento que nubló mis sentidos y enmudeció en la garganta un gemido que pugnaba por salir, garantizó a la comadre, antes de irse, mi complicidad con sus intenciones perversas, ahora manifiestas de modo tan evidente.

Como si se asociara con el momento que hacía estragos en mis adentros, Daniel Santos asomaba por la radio su voz nasal incomparable para cantar "Virgen de Medianoche" que era la sensación de aquellos días. Doña Pau, orgullosa de su receptor Phillips recién llegado de Holanda, le ajustó un poco el volumen y se alejó de regreso hacia la cocina haciendo con su voz de contralto un dúo alegre y perfecto con " El Inquieto Anacobero."

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Siempre me gustaron los viernes para andar de prisa a casa y luego de cumplir con las asignaciones domésticas de mi madre, refugiarme en la buhardilla. Se trataba de un espacio tan estrecho, que sólo podía entrar allí deslizándome a gatas pero a la vez me brindaba una sensación deliciosa de pertenencia y privacidad, cosa que en aquella casa y a mi edad, era todo un privilegio. Debido a la misma estrechez de ese mi refugio preferido, nadie más tendría cabida allí a menos que fuera un Conde Aventurero, un Corsario o un mosquetero de la Guardia de Luis XV. Eran los personajes de la imaginación de Alejandro Dumas o de Emilio Salgari, tantas veces leídos por mí en ese lugar, con la misma fascinación de la primera vez. Sin embargo, aquel fin de semana no estarían allí las explosiones de los mosquetes ni las aventuras de la guardia del Rey de Francia como tampoco los choques de las espadas en las bordas de los antiguos galeones. Tomarían su lugar los besos furtivos y encuentros apasionados que Corín Tellado describía como sólo ella sabía hacerlo. Era su estilo romántico y erótico pero sutil a la vez, que lo sugería todo sin especificar nada y que yo consideré fantástico a mi edad de entonces.

Mi madre aguardaba cada entrega semanal de la Tellado con tal ansia, que parecía como si la española escribiera esas historias en una carta exclusiva para ella. Entonces preguntaba por la revista, día por día, semana a semana. Involucraba a todos aquellos que le rodeábamos, al punto que frecuentemente los personajes y eventos de las mini-novelas eran el pan del día durante las comidas y el café de las tertulias vespertinas que solía sostener con amigas, vecinas y comadres. En muchas ocasiones les escuché, incluyendo especialmente a Doña Cata, manifestar morbosamente su apasionamiento por uno u otro de los protagonistas, de forma que cualquier desprevenido podría asumir que se trataba de personajes de la vida real.

También Don Isaac, el viejo cacharrero a quien los vientos de la posguerra habían traído a nuestra esquina al parecer para perpetuarle allí, se veía involucrado en la necedad de mi madre por la llegada de la revista. Con una paciencia que parecía haber heredado del mismo Job, soportaba las acusaciones de negligencia que Doña Pau le endilgaba por no averiguar qué pasaba, cuando era ya miércoles y la nueva entrega no llegaba. Como si eso fuera poco, también le llamaba abusivo porque leía las mini-novelas antes de entregárselas, cosa que ella detestaba y detectaba con facilidad, “por el inconfundible olor a tabaco y ajo que salía de entre las páginas”, decía.

El viejo había vivido suficiente para saber que de nada valdría hacerle ver a Doña Pau que él escasamente sabía leer en Hebreo y algo en Alemán y que lo poco que ella le escuchaba hablar en español era todo lo que había podido mal aprender de su tío Samuel antes que éste muriera y le heredara la cacharrería.

Esa tarde de viernes, aún poseído por la excitación febril que Doña Cata había inoculado en mi sangre el día anterior, decidí explorar aún más allá, dejándome llevar por la imaginación, convirtiéndola en la protagonista de cuanta historia erótica pude leer. Asumí el papel de cada uno de los galanes de la Tellado y le poseí una y otra vez, en Aranjuez, donde yo era Antonio el encargado de la casa de verano de sus padres y ella Maritere, tumbada al sol, con un bikini blanco que terminó flotando en la piscina mientras, cual caballitos de mar, nos transparentábamos en el agua clara, fusionados su cóncavo y mi convexo, confundidos mis bramidos de placer en su nuca suave y delicada con sus gemidos roncos y profundos de deseo guardado por una eternidad y ahora satisfecho hasta el más allá; en la absoluta soledad de un bosque de Avila, en primavera, siendo ella Estíbaliz y yo Miguel, quien le diera un aventón en la carretera y aprovechando lo solitario del paraje desflorara su inocencia, tentado por la exuberancia voluptuosa de su cuerpo, rompiéndole las bragas con violencia y a quien ella, una vez perdida su virtud, se entregara, hirviendo de pasión, para convertirle en su príncipe soñado y jurar amarle hasta que la muerte les separase, y también en el viejo establo de la hacienda de los abuelos en Lérida, donde ella era Penélope, la de la belleza insoportable, tendida sobre el heno, ardiendo de deseo, y yo, Manolo, el joven y apuesto granjero que, sin quitarse las polainas, accedía a ser el objeto de sus fantasías sexuales importadas del colegio de monjas de El Escorial donde estudiaba, para desnudarla y someterla con furia, azotándole el trasero con la fusta mientras le descargaba allí mismo todo el vigor reprimido de macho campesino, que la llevaba al otro mundo y le volvía a éste, una y otra vez, no logrando nunca, sin embargo, calmar sus ímpetus de ninfa alborotada ni sus berridos de maníaca insatisfecha.

Habrían pasado quién sabe cuántas horas, cuando, medio desnudo y aún sudoroso, desperté por los gritos de mi madre que llamaba a cenar. En mi mano derecha, un poco temblorosa aún, había quedado la huella, no muy fresca ya, de mi andar con Doña Cata por caminos de Alba, viñedos y olivares, llanuras manchegas y una entrada triunfal por la Puerta de Alcalá.










 

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Published on e-Stories.org on 24.07.2014.

 

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