Héctor de Souza

Resonancia

Sin que lo sepa, las cosas han cambiado a su alrededor. En el indiferente mediodía llega a la consulta médica. La recepcionista le indica que tome asiento, que será atendido. Por un instante, fija la vista en la placa de identificación de la recepcionista: Susana. Así, también, se llama su ex esposa, que hace años vive en España y está casada con un dentista.
 
Se impacienta un poco. Por una receta, tan solo por una receta, ¡todo lo que hay que esperar! El doctor es muy cordial y se preocupa, piensa. Y lo que piensa se deja traslucir en un tibio gesto de ternura. Salvo cuando me manda esos exámenes como el de los martilleos y los estruendos, admite para sí.
  
Todavía se recuerda acostado, sumido de cabeza dentro de aquella cápsula. Los sonidos cortos y largos del examen de resonancia magnética incrementaban su sensación de claustrofobia. Recuerda que el técnico interrumpió la sesión y, después de preguntarle cómo se sentía, le informó que debía administrarle contraste intravenoso. “¿Cómo está, maestro? Le vamos a dar un pinchacito.” ¡Claro que me acuerdo!; ¡si me acordaré! Se da cuenta que de eso hace mucho tiempo, aunque no puede precisarlo: quizá tres o cuatro años.
 
El resultado de la primera resonancia magnética de cráneo decía algo como no sé qué de hiperintensidades de la sustancia blanca, intenta recordar. La verdad, es que ahora no me acuerdo bien; noto que estoy envejeciendo en el hecho de que pierdo la memoria…   
 
De pronto, siente un desasosiego y su rostro asume un tono casi infantil. Seguro que mi mamá estaría aquí, conmigo, si no tuviera que trabajar todo el día. Y también me hubiera acompañado a ese maldito estudio de los ruidos. Yo no hubiera deseado a mi lado ninguna otra persona. Mi padre, quién sabe. Pasa mucho tiempo fuera de casa. Ahora mismo, debe andar por el norte, recorriendo pueblos en su VW. Un viajante no puede estarse quieto un minuto. Como él dice siempre, hay que rebuscárselas, porque si no se vende, no se tiene con qué parar la olla.
 
Lo sobresalta la estridencia de un niño pequeño. Este niño que corretea en el consultorio es muy molesto; los padres de ahora son muy permisivos; todo lo toleran. ¿Por qué me quiere tocar? De haber tenido un hijo, lo habría criado de otra manera, a la antigua. Pero Dios no lo quiso,… sabrá porqué, musita.
 
¿Cómo es el nombre del médico?, que no puedo acordarme. Con dificultad, se hurga los bolsillos y encuentra un pedazo de papel estrujado. Ningún nombre figura allí. Solo una fecha: la fecha del cumpleaños de su madre, que está muerta. No recuerda qué significan esos garabatos. Se intranquiliza, pero no se anima a preguntar algo tan obvio como el nombre del médico.
 
Una vez más, el niño atropella desde el otro extremo de la sala de espera. Se asusta de solo verlo abalanzarse. Pero, inesperadamente, el niño frena, da un giro abrupto y se aleja. Entonces, comenta con el joven que está sentado a su lado: este niño me hace acordar a mi hijo; así era de rubio y de inquieto cuando era chico. El joven no contesta más que con una sonrisa de indulgencia.
 
Por supuesto, ahora es grande, y ya no se acuerda de mí, dice con voz de resentimiento a alguien dentro de su cabeza.
 
¿Qué habrá sido del auto de mi padre? Pensar que quedó muy averiado después del accidente. Era un VW del año 62. Estaba impecable. ¿En qué hospital murió mi padre? Casi ensaya la pregunta en voz alta. No se decide, y en cierto modo se alegra porque también la fecha y los detalles del accidente se han desvanecido de la superficie de su mente.
 
La asistente del médico se acerca y le indica que es su turno. El joven rubio que está a su lado lo ayuda. Pero él quiere apañárselas solo. Cuando atraviesa la puerta que tiene una chapa con la palabra Neurólogo, se sorprende de que el joven continúe dándole apoyo. Es muy amable, no todo está perdido en este mundo. No recuerdo cuándo empecé con este problema en la pierna derecha… y el brazo tieso encogido contra el cuerpo. Parece mentira, tan bien que estaba.
 
El médico lo recibe. “¿Cómo ha pasado? Se lo ve mejor de semblante. De acuerdo a lo que leo en su historia clínica, los exámenes recientes han dado bastante bien; parece que venimos saliendo,…de a poquito, ¿eh?”
 
Y dirigiéndose al joven: “Usted es el hijo, ¿verdad? Bueno, su padre está estable. Algo es algo. Por lo menos no ha empeorado desde el último ataque cerebral. Acaso podamos retardar la ocurrencia de un nuevo derrame, ¿sabe?”
 
FIN
 

 

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Published on e-Stories.org on 17.07.2014.

 

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