Frank Mayhem

El becario

Te despiertas por la mañana, temprano. Tus parpados, sustituidos por láminas de plomo, apenas pueden abrirse cuando el despertador te invoca. Lo apagas casi sin mirar y te das la vuelta, ni siquiera eres consciente de que es la segunda vez que suena. Te vuelves a dormir.

Estas dentro de un sueño. Un sueño extraño. Vas andando por la calle y todo el mundo te saluda sonriendo pero tú cierras los ojos con fuerza, sientes que los odias y no quieres verles las caras, sus apestosas y deformes caras sonrientes.

Sabes que vas andando por el breve trozo de calle que separa la salida de la estación de Renfe de Plaza Catalunya con la estación de los ferrocarriles para coger él que te llevará como cada mañana a tu trabajo, tu apasionante y soñado trabajo de becario en el departamento de publicidad de una importante multinacional. Mientras andas, con los ojos cerrados, envuelto en la oscuridad de tus propios parpados notas un pitido agudo y una luz que penetra tus ojos. ¿El sol te está abrazando de frente? No. Lentamente ese pitido te va induciendo a la realidad. Vas despertando poco a poco, te montas en él y vas cabalgando en su lomo hasta un nuevo día. Finalmente abres los ojos. Una extraña figura oscura está en la puerta de tu habitación y ha encendido la luz, entre tus pestañas pegadas con lagañas puedes intuir que es tu madre.

 –Levanta, es tarde.- Te dice desde la distancia y te abandona allí tumbado, de la misma forma en que te abandono en la cuna el día que te dio a luz.

Apagas tú estridente despertador. Miras la hora, vas treinta minutos tarde. Vuelves a mirar el techo mientras coges consciencia de nuevo de quién eres y qué haces en este mundo. Pero, ¿cómo puedes recordar algo que no sabes? Sólo sabes que ha llegado otro día más.

Tienes el cuello atrofiado y los ojos pegados. Haces un esfuerzo sobrehumano por levantarte, pero caes de nuevo. No paras de caer; intento tras intento, mañana tras mañana, decisión tras decisión.

Consigues reptar hasta la cocina y proporcionarte un desayuno. Esquivando los saludos de tu familia. Te hablan con palabras pero tú respondes con gruñidos, no puedes hablar, te duele el paladar, te duele la cabeza, te duele todo. Vives como en una resaca constante, sufres migrañas constantes y notas la mandíbula dolorida. Ya ni siquiera durmiendo descansas. Los nervios, la tensión y el estrés diario se han filtrado a tus sueños.

Trabajas de lunes a lunes, sin un solo día de descanso y recuerdas que alguien te dijo que era por tu bien ¿Es realmente por mi bien? ¿Cómo puede ser por mi bien si no soy feliz? Siempre se lo preguntas a la persona que te mira desde el espejo, pero nunca te contesta. Le duele el paladar. Te mira con asco. Cada día más demacrado. Cada día más infeliz. Cada día más muerto en vida.

Ya no lees el periódico por las mañanas, ahora consultas el Facebook. Te parece que toda la gente se pega la gran vida. ¿Cómo lo hacen? ¿Cómo consiguen ser felices? ¿Por qué parece que tú seas el único desgraciado que hay en el mundo? Hace tiempo que la gente que se muere de hambre ya no son consuelo. Antes intentabas ayudar, donar algo de dinero, dar limosna a la gente que la pide. Ahora sientes que eres tú el que la necesita. Pedir limosna y mendigar energía. No tienes nada de las dos. Te vistes y te vas.

Tu mente sigue en la cama. Pero ni siquiera duerme, está demasiado vaga cómo para pensar, demasiado vaga para descansar.

Los días se vuelven fotocopias de fotocopias. Cada vez más negro, cada vez más difuminado. La única diferencia entre cualquier día de la semana y tu fin de semana es que cambias de trabajo. Lo único que no cambia es cómo te sientes, ni la gente, gente a la que odias. Cuando te das cuentas estas en la estación. Miras atrás. Has andado largo rato desde tu casa pero no lo recuerdas. Las calles no tienen color y los niños no ríen, o quizá si lo hacen, pero tú ya no recuerdas como suenan sus risas. Malditos niños. Solo les ves sus estúpidas muecas desencajadas mientras emiten ruidos ensordecedores, no sabes si lloran o ríen, tu cerebro ha desconectado la asociación risa y felicidad.

 Te sientas en un asiento destartalado y con manchas. Miras a tu alrededor. Todos son caras inalterables, máscaras de arlequín. ¿Van todos disfrazados? Nadie gesticula, han aceptado su destino, van impasibles hacia el matadero, su milla verde; la diferencia está en el proceso.

Ellos no morirán de un cóctel de barbitúricos o la silla eléctrica, su muerte será mucho más lenta, como la tuya, lenta y personalizada. Cada mal tiene su infierno; con sus diablos y sus castigos, con sus pecados y su falta de indulgencia, en el infierno no hay indulgencia ni benevolencia solo castigos y castigados. Tú sufres el tuyo pero no lo mereces. Tu único crimen ha sido tomar decisiones malas en tu vida. Te sabes brillante, creativo y con cierta picardía pero el mundo te gana el pulso. Un sistema educativo inventado en la era de la revolución industrial se olvidó de potenciar tú imaginación y tú creatividad para obligarte a entrar en unos estándares que aseguran la obediencia de unas directrices numéricas para que el desarrollo económico de la sociedad siga. Y tú lo permitiste. Tus padres tampoco supieron ver tú talento, y ahora con veintilargos lo has descubierto, quieres ser creativo. Quieres inventar y escribir anuncios, publicidad, la profesión más odiada del mundo después de los políticos. Quieres crear para hacer que otros consuman. Te mueres por sumir a la gente en cuentos de hadas que siempre acaban bien, pero de momento te tienes que conformar con bailar con los números y concentrarte en no vomitar cuando hablas con clientes.

Se sube una señora mayor al tren. No tiene sitio para sentarse. Tú bajas la mirada para que no se encuentre con la tuya. Esperas a que alguien le ceda el sitio y no tener que ofrecerlo tú. Estás demasiado cansado para ir de pie, demasiado cansado para ser buena persona. Antes no eras así, tenías buen corazón y eras cívico pero era todo de alquiler y el periodo de cesión expiró. Eres becario y no tienes el suficiente dinero para renovarlo, hasta ser buena persona cuesta dinero.

Debes de ir en un tren de pobres porque nadie se levanta. El tren frena de golpe, la señora cae, todos se levantan exaltados a socorrerla, tu no. Te quedas mirando; impasible e inerte. No sientes lástima ni compasión, sólo deseas que se haya roto la cadera para ver el espectáculo de los médicos llegando al lugar para atenderla y las caras de arrepentimiento de la gente por no haberle cedido el sitio. Arrepentimiento de alquiler, de pegatina .Tristeza de quita y pon. Además, de esa forma tendrías una excusa válida para llegar tarde.

 El tren ha parado y el conductor sale. Entre la multitud un tipo trajeado y engominado, con la prisa tatuada en la cara y el estrés por estandarte grita: ¡Por dios que alguien la levante, la siente y vuelva a ponerse esta mierda en marcha, tengo prisa!

La gente empieza a increparlo por insensible, los mismos que bajaron la mirada para no verse obligados a ceder su preciado asiento de oro macizo recubierto de gomaespuma y mugre. El conductor se escandaliza. Tú aplaudes mentalmente, aplaudes su honestidad y su sinceridad.

El hombre sincero y repeinado acaba cambiando de vagón.

Por suerte para la vieja no se había roto nada, eso sí, ahora podía elegir cualquier asiento que le diera la gana; todo el mundo se lo ofrecía. O la gente se vende barata o alguien había bajado los precios de alquiler de la compasión y decencia.

Vi a la señora dibujar una sonrisa casi imperceptible que se escapaba entre la oscuridad de su cara y de su prominente bigote. Sospecho firmemente que fingió la caída para conseguir asiento, zorra lista, ya lo dice el dicho “sabe más el diablo por viejo…”.

Finalmente llegamos a nuestra parada y toda la buena gente se dispersó corriendo en diferentes direcciones, empujándose y mirando con desprecio al que no se apartaba lo suficiente en la escalera mecánica, todo volvía a la normalidad.

Salí a la superficie de Plaza Catalunya, ahogado y casi sin aliento, como salen las ratas a cubierta cuando el barco se hunde y quieren abandonarlo.

El sol brillaba y yo estaba cruzando el mismo trozo de calle con el que había soñado momentos antes. Por suerte, la gente no me miraba sonriendo, ni mucho menos, a duras penas me miraban. Yo no existía para ellos, la leve fracción de segundo que compartíamos al rozar nuestros hombros cuando nos cruzábamos no significaba nada para ellos. Llevaban sus máscaras de diario puestas, que son parecidas a las del fin de semana sólo que más oscuras y tristes, más reales. Siempre pienso en las dos mascaras del teatro: la tragedia y la comedia. Creo que simboliza muy bien a las personas trabajadoras de nuestra sociedad. Llevas puesta la de la tragedia de lunes a viernes y te pones la de comedia los fines de semana, festivos y vacaciones.

 Una vida de tragicomedia. Yo no tenía mascaras de comedia, la había vendido para poder pagarme el billete de tren. Creo que la compró ese tipo que vive dentro de mi espejo, cada día me mira con ella puesta, riéndose de mí porque yo llevo la de tragedia incrustada en la  cara. Ahora mi vida sólo es tragi, ya no hay comedia.

Seguí andando, fumándome un cigarrillo. Me encantaba cruzar ese trozo de Plaza Catalunya hasta los ferrocarriles. Normalmente en todo el tramo sólo encuentro una cara conocida, la del anciano que pide cada día en la entrada. Siempre repite la misma palabra incomprensible. Va sucio y huele mal, es pobre y viejo, es un reflejo de la ciudad, es un reflejo de la humanidad, es un reflejo de mí; de mi futuro, del vuestro, del de todos. A veces pienso que el gobierno los ha puesto ahí para recordarnos lo que somos, lo que nos espera. Es una forma de mantenernos sedados y con la cabeza agachada. Hoy son viejos de Europa del Este los que piden en las bocas del metro de España, mañana serán españoles los que pediremos en la boca del metro de Alemania y más adelante serán alemanes lo que pedirán en la boca de los metros de china…y con el tiempo quien sabe, quizá será los chinos lo que pidan en las bocas del metro de los Annunaki o de cualquier otra raza espacial.

El viejo no estaba. Es posible que haya muerto, me hubiera encantado poder ser la única persona en el mundo que lo echará de menos, que notará su ausencia, pero no fue así. Ni siquiera me importaron las múltiples y posibles formas de muerte  que me pasaron por la cabeza con el viejo como protagonista. La única ausencia que echaba en falta era la mía ¿Dónde diablos estaba yo? Me habría encantado poder ir a la policía y poner una denuncia por mi propia desaparición.

<<Señor agente, me he perdido hace más de 48 horas y no me encuentro, querría denunciarlo>>

Finalmente llegué a las prácticas, tomé un café y me subí a mi puesto. Entré en nuestra parte de la oficina y puse en marcha la grabadora interna en la que había grabado un enérgico “buenos días” con sonrisa y todo, lo tenía guardado para situaciones de emergencia pero la cinta se debió atascar y me quede a la mitad del mensaje.

Si queréis saber que personas saludan con el piloto automático sólo tenéis que observar donde miran sus ojos al hacerlo. Si saludan mirando al suelo y tristes, huir porque quieren que les preguntéis que les pasa. Si saludan enérgicamente y mirando al suelo huir porque os están ocultando algo importante. Si saludan enérgicamente y mirando a vuestro rostro es que es feliz, así que huir más rápido, es un loco peligroso.

Yo me había quedado atascado y parado en mitad de la oficina, observé y a nadie pareció importarle, miré a los creativos, estaban charlando y bromeando entre ellos, miré a los cuentas; estaban hablando por teléfono, peleándose con clientes imbéciles y apuñalado a la gente con emails. Me senté en mi sitio, justo en la frontera entre esos dos mundos. El sitio del becario. Abrí mi bandeja de entrada y un montón de correos sin leer empezaron a acumularse, como hormigas al alrededor de un pegote de mermelada que ha caído al suelo.

Reclamaciones de clientes, urgencias de clientes, cabreos de clientes, insultos de clientes, amenazas de muerte de clientes, presupuestos, costes, ofertas, gastos…había de todo y para todos.

Los números bailaban y danzaban, y yo me mareaba y me mareaba. Reprimí una arcada, dos arcadas… a la tercera  salí corriendo al lavabo y vomité. Volví al sitio, nadie me preguntó cómo estaba. Miraba a los creativos y deseaba poder ser uno de ellos, era uno de ellos, sólo que no lo sabían aún. Por culpa del estúpido perfil de mi carrera no había entrado en el departamento creativo, me habían enchufado en cuentas, otro error que hacía eco presente desde mis actos del pasado. ¿Por qué coño escogería aquella carrera si odio la gestión y odio tratar con clientes? Los creativos me despreciaban, lo veía en sus ojos. Si hubiera entrado como becario en su departamento habría encajado a la perfección. Pero no pudo ser, yo sólo era un cuentas más, y ni siquiera eso, era un becario de cuentas; el escalafón más bajo de la cadena alimentaria. Después de mí solo iban las cucarachas del sótano, y no todas, algunas estaban en los despechos de la última planta.

Inmerso en mí propia angustia, moviendo números de derecha a izquierda, y coleccionando errores por los que alguien más tarde me echaría la bronca, me llegó un email. Un correo electrónico explicativo de mi otra jefa, la de los fines de semana, diciéndome que ese sábado tendría que entrar dos horas antes para cubrir a un compañero  y que además no me lo iban a pagar en compensación del día que falté…genial.

Los Sábados, Domingos y festivos trabajaba en atención al cliente para una aseguradora. Mi fin de semana se reducía a centenares de asegurados descontentos que me acribillaban sin cesar con peticiones, problemas varios e insultos de diversas formas y colores. Es increíble lo estúpida e impertinentes, y a veces incluso creativa, que puede llegar a ser la gente cuando pagan por un servicio. Para la mayoría de los clientes que llamaban yo solo era un pelele, un punching-ball en el que descargar la furia que les producía sentirse estafados por una gran multinacional de los seguros.

Pagaban por sentirse importantes. La mayoría de sus problemas podían ser resueltos y atendidos por los servicios públicos que también pagaban con sus impuestos, pero preferían la sensación de exclusividad para pavonearse delante de los vecinos y amigos conforme eran pudientes, solventes y diferentes de las clases bajas ya que tenían contratados los servicios privados en la aseguradora de turno. Aseguradoras que vivían y se nutrían de las personas como ellos.

Una persona que utiliza sus servicios con regularidad no le sale a cuenta a una mutua. Por eso la mayoría de ellas hacen estúpidos cuestionarios de salud que ponen en evidencia su gran engaño y sus oscuras intenciones. ¿Mutua? ¿Socios? ¡JA! Desafiando a la lógica podríamos presuponer que si una persona, se hace una póliza médica es porque la necesita, porque esta o tiene riesgo de poder estar enferma en un futuro cercano. Pero eso a la mutua también le genera unos gastos que en muchas ocasiones no cubren las mensualidades de las pólizas. Por eso a las personas muy mayores no les hacen pólizas a no ser que se inscriban con más gente. ¿Entonces de qué viven las mutuas? ¿De dónde sacan sus jugosos beneficios? De engañar a la gente sana vendiendo exclusividad y que paguen por unos servicios que, muy probablemente, nunca utilizarán y no permitiendo a la gente verdaderamente enferma entrar, cuyos problemas de salud son incompatibles con las listas de espera de los servicios públicos.

Vivimos en un mundo de mentiras y verdades escondidas entre líneas.

Yo ahora mismo vivía en una ciénaga. Tenía frente a mí numerosas metas y objetivos que la vida me había vendido con un préstamo a largo plazo. Podía divisar a lo lejos, muy a lo lejos, la tierra prometida a los jóvenes estudiantes y trabajadores: enormes prados verdes repletos de oportunidades profesionales, puestos de trabajos bien remunerados acorde con los folletos de captación de las universidades, jefes que valoraban la creatividad y la iniciativa y que vestían ropas coloridas y casual,  brillantes áticos con vistas a los lagos de Champaign francés, jornadas que, aunque maratonianas , eran estimulantes por compartirlas con buenos compañeros que luchaban contigo, codo con codo, por el bien común, al más puro estilo espartano. Podía verlo, estaba allí, me habían hablado de ese país de las maravillas con montones de Alicias, diversión y reconocimiento. El gran sueño del joven emprendedor.

Pero no era donde se encontraban un servidor. Yo estaba cruzando un pantano, sabía que antes de llegar a la tierra prometida tenía que cruzar esos densos fangales, el problema es que estaba cruzando arenas movedizas en cada batalla que tenía abierta y la situación no prometía mejorar. Pero no era el único. En los pantanos había cientos de jóvenes más. Mirara donde mirara había gente cruzando los pantanos. Jóvenes que habían sido engañados por la sociedad bajo la promesa de una oportunidad pero sólo si eran mejores que los demás. Eso venía escrito en la letra pequeña de los folletos de las universidades. Les obligaban y adiestraban a pisarse y pasar por encima los unos de los otros para llegar los primeros; divide y vencerás que dijo Julio César. De esa forma perpetuamos la cultura del individualismo para que cuando por fin el ganador entre en la empresa haya sido enseñado a desconfiar de sus iguales y glorificar la figura de su salvador, el cual lo mira desde los cielos en una gran butaca de cuero.

 Ahora entendía porque la tierra prometida estaba tan verde y tan inmaculada. Era por la falta de población que llegaba a ella, como las playas de Ibiza, antes naturales y virginales, ahora pervertidas por el paso y el goteo constante de miles y miles de personas que las destrozaban. Los pantanos estaban llenos de cadáveres de jóvenes que se quedaron en el camino, las metas eran brillantes, precisamente porque poca gente las alcanzaba.

Supongo que es el drama de cualquier persona joven en este país la cual no tenga padres con recursos. Aquí las oportunidades se compran. El sistema había acabado conmigo, me había noqueado y la cuenta del árbitro ya iba por ocho. Becario que trabaja nueve horas diarias sin cobrar ni un euro en el departamento que no quiere en la empresa en la que desea estar. Ganado una miseria en trabajos de mierda, y dando gracias por tenerlos, para ni siquiera poder seguir pagando una habitación minúscula de mierda y tener que volver a casa de sus padres.

El sonido del teléfono me sacó de mi trance. Y volví al bullicioso mundo real.

-Tienes sesenta y tres emails sin leer y el teléfono no para de sonar, vamos, espabila novato.

La voz procedía del supervisor de las prácticas. Me miraba intensamente y con nerviosismo, no parecía estar muy contento aunque era frecuente oírle decir que trabajaba mejor bajo presión. Yo nunca me lo había creído, la verdad. Se fue rodando sobre su silla hasta su puesto con un violento impulso. Me miré las manos mientras el resto de mi cuerpo volvía a adaptarse al entorno. Sentí un cosquilleo por todo el cuerpo, como si millones de hormigas estuvieran corriendo y mordiéndome a la vez. Nunca se me había dormido el cuerpo entero. Descolgué el teléfono. Era mi jefe escupiéndome una orden muy clara:

-Ven a mi despacho.

Ni siquiera me dio tiempo a contestarle. Para cuando pude articular palabra el sonido del teléfono comunicando me estaba azotando para que corriera a su despacho. Colgué y me quedé absorto mirando la pantalla. Había unos cuantos emails de él diciéndome que fuera a verle inmediatamente al llegar. Hablaba de unos presupuestos, y unas facturaciones y de un montón de miles de euros o algo así. A mí los presupuestos me parecían todos iguales, ponerle un precio y unas limitaciones económicas a la creatividad siempre me había parecido una tarea un poco estúpida.

La cabeza me daba vueltas y la lengua se me quedaba pegada a los lados de la boca por lo seca que la tenía. Fui a levantarme pero las piernas no me respondieron, el cansancio no me dejaba reaccionar. Finalmente lo conseguí. Dirigiéndome hacia la puerta pude percibir como me miraba el tipo al que estaba ayudando en mis prácticas, movía la cabeza a modo de negación mientras escribía un mail y hablaba por el teléfono a la vez.

Siempre me había gustado el sonido que hacían los pies al arrastrarlos por el suelo. No podía parar de mirarlos, me recordaba a cuando me llevaban al despacho del director cuando era pequeño.

Me quedé frente a la puerta y tragué saliva, no paraba de mover y hacer chasquear los dedos, supongo que de los nervios.

No sabía que había hecho, pero seguro era una gran cagada; podía olerlo en el aire, podía notarlo en la tranquilidad de la atmosfera callada.

No había nada más siniestro que un gran espacio vacío en silencio. Como una selva enmudecida. Cualquier cervatillo que pretenda llegar a la edad adulta sabe que si se queda en una explanada cuando no se oye ni el silbar del viento entre las hojas, es bastante probable que acabe con los caninos de un guepardo cualquiera clavados en la yugular.

Miré a la secretaria en su mesa. Estaba quieta, callada, con la mirada baja. No me dijo nada, no me miró, no respiraba. Si alguien me hubiera preguntado habría jurado que ni siquiera tenía pulso. Ante el inminente peligro el camaleón se funde con su entorno, la mujer sabía que la caja de Pandora estaba a punto de abrirse en mi cara y pretendía pasar totalmente desapercibida ante el ataque del depredador. Lo sabía porque podía verla ensimismada mirando la pantalla, pero a través del cristal de sus gafas se apreciaba que sólo contemplaba el escritorio vacío de Windows con sus iconos y sus carpetas.

Me armé de valor y llame con los nudillos, no esperé respuesta, fuera lo que fuera lo que había hecho quería que pasara rápido, como cuando te quitas una tirita de un tirón. Abrí enérgicamente la puerta y para cuando me quise dar cuenta estaba en el centro de la gran sala. Me descubrí con las manos cruzadas delante de los genitales y la mirada baja, allí estaba; el cervatillo frente a la bestia.

Esperé unos instantes, no sabría decir cuantos segundos. El tiempo pasaba a un ritmo diferente cuando te encontrabas en este tipo de situaciones. Notaba como mi respiración se aceleraba, los dedos de mi mano derecha se movían a toda velocidad, ocultados por mi mano izquierda.

Entonces la pantera alzó su mirada penetrante por encima de la pantalla de su ordenador.

Él, el jefe. Apoltronado en su butaca de cuatro cifras y brillante cuero negro. Me clavó la mirada en mis temerosos ojos. El ritmo impulsivo de mis dedos se aceleró. Yo noté mi mandíbula tensarse y sentí un enorme deseo de salir corriendo, como un animal acorralado.

Mientras él se atusaba su barba de tres días yo notaba cómo mis piernas empezaban a temblar y desfallecer. Me estaba ganando la partida, y aun no había empezado.

No podía parar de concentrarme en el ruido repetitivo de su dedo chocando a toda velocidad contra la mesa, una y otra vez, el eco de ése sonido me retumbaba sin compasión en los oídos y una vez más tragué saliva.

Paró en seco, a mí me dio un vuelco el corazón, se levantó de golpe y sin que su engominado pelo negro se moviera ni un ápice dio un estruendoso golpe en la mesa con las manos.

Lo que vino a continuación fue una ráfaga de chillidos y aullidos que ininteligiblemente me chocaban con fiereza en la cara. Vociferaba y vociferaba como un mandril en celo. No se le entendía absolutamente nada salvo algunas palabras sueltas. No paraba de tocarse la nariz todo el rato, siempre había creído que era cocainómano y las manchas blancas que tenía en una fosa de la nariz lo delataban. Golpeaba la mesa repetidamente y hacía aspavientos violentos.

Presupuesto, cliente importante, miles de euros, cagada, inútil, imbécil…fueron algunas de las pocas palabras que entendía. Las escupía con rabia y bañadas en gotas de saliva que huían despavoridas de su boca en forma de espadas afiladas.

Las venas de la cabeza se le estaban marcando e inflando cada vez más como si alguien las estuviera bombeando con aire a presión. La cara se le había tornado de color purpura y un centenar de pequeñas venas capilares estaban empezando a reventar tiñendo sus ojos de un cálido color rojo sangre.

Cada nueva silababa que disparaba rebotaba por toda la habitación, por cada pared, por cada premio conseguido en concursos de publicidad y me chocaban en la cara abofeteándome con violencia.

Yo lo miraba y lo miraba. Sabía que esto iba a pasar y finalmente estaba ocurriendo. Creí que me acobardaría más y mantendría la cabeza agachada mientras me caía el chaparrón de plomo, pero en lugar de ello entré en un estado zen. Yo era el centro tranquilo del universo: el cervatillo se había vuelto roca, mi yo interior se había vuelto vacío y mi miedo se había vuelto aire liberándose libre por cada poro de mi piel, mezclándose con el oxígeno y desapareciendo sin hacer ruido.

Podía haberle contestado, haberle chillado yo a él. Otras personas se habrían ido llorando al cuarto de baño y otras habrían cogido la pluma estilográfica de la mesa y se la habrían clavado en la tráquea. Me gustó esa última idea y me recreé en ella. Me imaginaba como sus chillidos se iban apagando poco a poco y se iban amortiguando con pequeños gruñidos y sangre saliéndole por la boca. Podía ver sus ojos abrirse tanto que pareciera que se estaban saliendo de sus orbitas y como enormes chorros de sangre a presión salían por la herida abierta. Ya lo dijo Bulwer:” La pluma es más fuerte que la espada”.

Él seguía gritándome, al parecer la había cagado bien y yo ni siquiera sabía el porqué. Tampoco me importaba en realidad. Odiaba mi trabajo y lo odiaba a él. Me daba igual que me echara o que no.

Finalmente la tormenta amainó. Se desplomó rendido en su butaca y se echó las manos a la cabeza, por un momento pude ver casi como si estuviera llorando. Su respiración era entrecortada y parecía haber perdido todo el fuelle. El silenció había vuelto a la estancia, a la selva.

Me miró e hizo una señal con la mano para que me fuera. Yo salí y cerré la puerta tras de mí.

La secretaría seguía sin mirarme, no había duda que lo había escuchado todo. No estaba seguro si  estaba despedido o no. Estuve a punto de preguntárselo a ella, pero deseché la pregunta en cuanto me di cuenta de que me importaba una mierda.

Fui a mi sitio y cogí mis cosas, nadie me miró, nadie me preguntó, a nadie parecía importarle un carajo lo que había pasado ni el dinero que supuestamente se había perdido por mi culpa. A mí tampoco me importaba, la verdad.

Salí y me fui de camino a la estación; sin mirar atrás, tranquilo y despacio. Aunque notaba mi alma tranquila podía sentir como me costaba andar por el estado de tensión en el que se encontraban mis músculos.

La saturación me había llevado a un estado de vacío metafísico. El no yo se había apoderado de mi pequeño universo.

Todo iba a cámara lenta: mis pasos, el sonido, las sombras, la gente, mi vida…

Debía de moverme muy raro porque todo el mundo me miraba. Aunque yo me notaba la mente relajada y fluida, como reseteada, mi cuerpo parecía andar acartonado de alguna forma. No sentía el suelo bajo mis pies, me había quedado flotando a un palmo del suelo, con todo el cuerpo rígido.

El mundo parecía girar siguiendo una línea horizontal recta, todo iba a cámara lenta y todo pasaba, nada era estático pero tampoco parecía avanzar a un ritmo normal, era como si estuviera andando bajo el agua. Todo era imperecedero, eterno de alguna forma brutal y siniestra, deambulaba por una realidad en formol.

No sé cuánto tardé; diez, quince minutos… en llegar al tren, aunque a mí me parecieron segundos.

El trayecto no duró mucho más. Me quedé de pie en medio del vagón pese y haber asientos vacíos. Alguien se me acerco y me habló. Creo que me dijo algo sobre sudor frio, palidez y sentarme. El rostro de aquella figura iba y venía, como si se estuviera derritiendo y mezclándose con el entorno.

 Cuando me di cuenta estaba en medio del aparcamiento de mi pueblo. Salvo algunos coches desperdigados estaba desierto. El sol pegaba fuerte y yo sudaba más y más. Una leve brisa, que me cortaba la piel como si fueran finas cuchillas, levantaba el polvo del suelo y me lo metía en la nariz y los ojos. No oía nada salvo algunos sonidos lejanos. Voces sueltas y remotas parecían discutir por cosas sin importancia y el ruido de cigarras  me martilleaba el cerebro haciéndome entrar dolor de cabeza.

Estaba frente a mi coche, pero algo parecía no funcionar. Un pequeño torbellino oscuro remolineaba a su lado y a mí me quemaba la garganta, la tenía seca y embarrada, había tragado demasiado polvo y lodo de la ciénaga.

Las composiciones se empezaron a mezclar, mi respiración se aceleró, el mundo entero empezó a correr. Yo ya no era el centro tranquilo del universo, ahora era una gota de agua cayendo a toda velocidad por una catarata.

¿Qué era esa forma fantasmagórica que se acercaba a mí? Una extraña alimaña vestida con ropas anchas y sucias se había materializado delante de mí. Sus formas y sus matices se filtraban entre los tejidos de la realidad color sepia formol.

La extraña criatura salida de las oscuras cloacas de un mundo que ya no era el mío me hablaba, pedía algo, ¿dinero? ¿Mi teléfono? Sus ojos brillantes se acercaban a los míos con la misma velocidad que mi raciocinio se alejaba de la escena.

Algo brillaba entre tanta mugre. Algo sobresalía cromáticamente de la composición. Era un objeto metálico, quizá un cuchillo o una navaja. La figura de ojos rojizos y brillantes lo blandía delante de mí. Las extrañas filigranas del metal moviéndose a cámara lenta dibujaban extrañas estelas color plata entre los tonos apagados.

No veía luciérnagas desde que era niño, no veía hadas desde que alguien me dijo que no existían ¿Existir? ¿Podía alguien llamar existir a la mera presencia material de algo en un espacio y tiempo determinado? Alguien tiró una piedra al estanque tranquilo y color sepia que era mi realidad. Uniformes olas circulares nacieron y ondularon desde el centro tranquilo del lago hasta los bordes, volviéndose más embravecidas a medida que avanzaban. Unas gotas rojas empezaron a erigirse en el centro del estanque donde había caído la piedra. Ahora esas gotas rojas manchaban los tonos sepia, tiñendo la situación de colores extraños.

Yo estaba en una esquina del aparcamiento. Me observaba de lejos. Un tipo que se parecía al que vivía al otro lado del espejo, con su máscara de comedia, estaba encima de un chico perdido y sangrante. Aquella bestia le estaba machacando la cara con una piedra mientras sonreía.

Bajé la cabeza y me miré las manos. Estaban manchadas de sangre. Las separé y pude ver la cara del chico con los dientes destrozados. Yo estaba sobre él, inmovilizándolo, y la piedra estaba junto a mí. Era una piedra preciosa. La cogí de nuevo y la miré detenidamente, tenía forma de pasa gigante, con puntiagudas aristas. La sujeté con las dos manos y empecé a machacarle los ojos, los pómulos y las cejas a aquel pobre diablo. Si no veía no podría robar coches nunca más.

Le estampe la piedra contra la cara tantas veces que los músculos de mis hombros empezaron a dolerme, podía notar la sangre fluyendo e hirviendo dentro de ellos.

El chico ya no hablaba, ya no chillaba. Salía un gran torrente de sangre del interior de su boca, no tenía dientes; las cejas y los pómulos los tenía completamente abiertos y unos líquidos viscosos, blancos y amarillos le salían de su ojos izquierdo, el derecho seguía mirándome. La pupila era muy grande, como un agujero negro que absorbía toda la luz  que tenía alrededor.

Me  levanté y me fui. Hice el mismo recorrido que había hecho por la mañana. La gente que se cruzaba conmigo se apartaba, las madres resguardaban a sus hijos detrás de ellas, por suerte ya no reían.

Llegué a casa y me encerré en la habitación. Sentado en una esquina no podía parar de mirarme las manos, estaban ensangrentadas y temblaban sin parar. No me apetecía verlas así que apagué la luz. Si no lo veo no existe. Me quede en silencio observando la oscuridad. No sé por qué a la gente le da tanto miedo la oscuridad. La oscuridad es buena, nos protege del resto del mundo, de nosotros y de los monstruos. Sí nosotros no podemos verlos, ellos tampoco pueden vernos a nosotros, no existen. En la oscuridad todos somos iguales, no hay defectos, no hay diferencias, no hay nada, solo oscuridad.

 

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Published on e-Stories.org on 13.07.2014.

 

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