Héctor de Souza

La locomotora 119

Recuerdo que la primera vez que se habló de la locomotora 119 hacía por lo menos cinco años que no pasaban trenes por la estación de Pirajusar. Dos troperos decían haberla visto, tirando de un ténder (*) y cinco vagones, dos para el transporte de personas y tres para el transporte de leche. Cada uno de estos últimos llevaba en sus laterales la leyenda “Estación YATAY – Transporte de Leche en Tanques Térmicos”.
 
Fue un tiempo después que se asoció la aparición de la locomotora a vapor con el maleficio. Desde entonces, cada vez que se dejaba ver, movía el ánimo de los testigos: primero, sorpresa; luego, espanto. Y cada vez, causaba un fenómeno raro y curioso que terminaba por afectar a alguien.
 
Durante muchas noches Saturnino y yo velamos esperando el probable advenimiento para desentrañar el misterio. Saturnino era alto, joven, de pelo oscuro, de rasgos vulgarmente vagos. Había tenido para sí, en tiempos en que todavía circulaban trenes por Pirajusar, la responsabilidad del manejo de los raíles movibles que servían para que locomotoras y vagones cambiaran de vía. Era un tipo taciturno; a decir verdad, nunca se lo vio sonreír.
 
Una de esas noches de espera, me acuerdo, escondidos detrás de unos arbustos, oímos a lo lejos el traqueteo, lento, marcado, creciente. Demoraba en aparecer, como si se negara a revelarse enteramente. Pero se conocía que, en realidad, la locomotora venía despacio en una cuesta del camino de hierro.
 
Contra la suave claridad de las estrellas, en la luz cenicienta, se perfiló su figura. Aún venía lejos. El tiempo preciso para que nos preparáramos para el asombro. Y así lo hicimos.
 
Era tiempo. Una placa ovoide de hierro, de color rojo con el contorno dorado, que decía, en letras también amarillas, “Beyer, Peacock & Co. – Gorton Foundry, 1868 – Manchester”, brillaba en la negrura férrea de la locomotora. Frente a nosotros había una locomotora que se detenía; sin fuego ni luces ni pitidos. No se oían sus resoplidos, no sus vapores ululantes, no sus frenazos, no sus crujidos de carrocería.
 
Y aquí la sorpresa y la verdadera perplejidad: la vieja locomotora a vapor, identificada con el número 119, no era impulsada por la energía del carbón ni, convertida a propósito, por la quema de fuel-oil. Alrededor de la locomotora se apretujaba una multitud infinita de aciagas criaturas que, como un mar humano, la empujaban a tientas, tropezando, arrastrando los pies, dándose unas contra las otras y golpeándose contra la máquina o contra la áspera capa de balastro que, en explanada, cimienta el ferrocarril. Las criaturas avanzaban, aunque apenas se veían en la oscuridad. ¿Eran seres vivos o eran fantasmas?
 
Cosa de ver, algunos de aquellos seres resbalaban en la sangre pegajosa de los heridos. Al frente, unos daban la impresión de tirar con cinchas. Detrás, muchos se arrastraban a gatas hasta tropezar con las piernas de otros. Esas almas en pena se movían como almas en pena que eran. Y desde aquel macabro mar de sombras recortadas, desde aquella oscuridad, desde aquel paisaje de dolor, surgían gritos de rabia y miedo, aullidos de tormento y de agonía.
 
Por un momento, por un brevísimo instante, nos dio la sensación de que, como si pudieran vernos o notaran nuestra presencia, simultáneamente giraban, por su orden, cabezas, torsos y cuerpos hacia nosotros. No nos habíamos movido de nuestro lugar, medio ocultos tras los arbustos. Ahora, aquellos seres daban la apariencia de estar mirándonos atentamente. Fuese por casualidad o con intención, sus ojos de fuego se clavaron en nuestras miradas acechantes, y sentimos de golpe la impresión de que la furia y el rencor nos cercaban.
 
Luego, nos olvidaron y comenzaron a retirar unos bultos que había apartado a un lado el miriñaque de la locomotora; los arrastraban más allá de los márgenes de las vías. Ahí los tiraban. Eran cadáveres, o así lo parecían.  
 
De inmediato, avanzando juntos, como una piña, emprendieron nuevamente el camino. Algunos, más confiados, con gran determinación embistieron hacia delante; los otros, menos seguros o menos eficientes en sus capacidades espectrales, preferían ir empujando con pies y manos en el suelo, casi deslizándose a lo largo de los rieles.
 
La locomotora comenzó a moverse otra vez, muy lentamente, tan lentamente que aun hubiera podido subir un pasajero.  
 
Segundos después, una sombra que parecía la de una mujer tiraba de la cincha. Iba al frente. Unos pasos y resbaló en el sudor espeso como sangre. Cayó y la locomotora continuó rodando, cada vez a mayor velocidad. A su marcha, la máquina fue atrapando a varios seres que quedaron estrujados por las ruedas contra las vías o los durmientes. Los otros, seguían empujando a tontas y a locas.
 
En poco tiempo, el lugar quedó vacío, sin más señal que las manchas de sangre; aparte de esto, solo las huellas cruzadas de los pies, pisadas encarnadas o simplemente rastros humorosos.
 
No apareció ningún cadáver. Habíamos visto –o habíamos creído ver– las sombras de los agonizantes, los cuerpos al borde de los fríos raíles. Pero, no; no quedaron vestigios.
 
Recelosos, intentando cada uno ocultarse detrás del otro, fuimos saliendo hacia la planicie desde la cual podía verse a la locomotora desaparecer entre la noche y la bruma.
 
Quedamos atónitos; lo que vimos no era para menos. Cambiamos entre nosotros apenas unas palabras que no recuerdo bien. Pero, en el fondo, sentimos el alivio de que nada hubiera ocurrido después de aquella terrible pesadilla.
 
Saturnino, con los ojos extraviados, tenía el pucho apagado entre los labios, como era usual, aunque esta vez, ansioso, lo movía con frecuencia de un lado a otro de la boca. Había aguardado el encuentro con la locomotora 119 con infinito deseo, como una idea fija. Y allí se quedó, pasmado, al borde de las vías, esperando quién sabe qué.  
 
Yo, ganado por el estupor, me fui callado para mi casa. Antes de doblar la esquina de la estación y perderme de su vista por la calle Trevithick, Saturnino me gritó, desde lejos: “Quiero esperar, por si vuelve a pasar…”.

Me acosté y no dormí el resto de la noche. A las tres o cuatro de la mañana prendí la luz. Permanecí desvelado por las visiones acerca de la locomotora. Después, pasé por un sueño. Cuando había terminado de amanecer, desperté sobresaltado. No tuve que hacer esfuerzos para atisbar un sueño tan vívido. Saturnino, siempre hosco y sombrío, estaba a la orilla de los raíles. En cierto momento reapareció la locomotora 119, que embestía desde el fondo del paisaje. Saturnino no podía creer en el testimonio de sus ojos. Ahí estaba, otra vez. Con sus accesorios de latón relucientes sobre el monstruoso cuerpo negro movido por poderosos pistones, la locomotora corría hacia él entre la tenebrosa media luz grisácea. De pronto, ya seguro de estar viéndola, dio un salto, lleno de excitación. Como si aquello hubiera dejado de ser aterrador, se puso a hacer señales, escapando a cualquier convención, con una mímica sobreactuada. La máquina tiraba de varios vagones. Deslizándose con exasperante indolencia rebasó la estación. Entonces, Saturnino se echó a correr detrás. Una negra borrasca lo arrastraba a lo inevitable. Avanzó por las vías y la oscuridad fue agravándose. A pocos pasos del tren, se detuvo, como si dudara, como si algo se le hubiera olvidado. Retrocedió. Volvió su cara hacia la estación. Y, lo insólito, en el sueño Saturnino insinuó una sonrisa; no una carcajada, una tibia sonrisa. Un instante después, con gesto de significación oscura y misteriosa, se lanzó otra vez a correr, y ya no percibía otra cosa que el resplandor del racimo de seres que empujaba el convoy. Cuando se sumó a ellos, en la vasta noche, se hizo rápidamente invisible.
 
 
Durante el resto de la semana no supe nada de Saturnino. A los diez días me dijeron que había desaparecido. Nunca regresó.
 
 
…………………………………………………………………………………………..
(*)  Pequeño vagón contiguo a una locomotora de vapor, en el que se almacena el combustible (leña o carbón) y el agua.
 

 

All rights belong to its author. It was published on e-Stories.org by demand of Héctor de Souza.
Published on e-Stories.org on 05.06.2014.

 

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