Javier Kramer

La Rata

Un sábado por la tarde entré al baño a hacer pis y sentí un ruido en un frasco que estába al lado del inodoro que servía como recipiente del cepillo para limpiar el retrete. Miré hacia abajo y una rata se movió a gran velocidad escapando por un agujero que hay debajo del marco de la puerta. Ese agujero debía estar tapado pero se salió el pedazo de madera que había ahí y nunca lo volví a poner. Del otro lado de la puerta, al marco también le faltaba el pedazo de madera. La diferencia es que por donde escapó la rata la abertura era mucho más grande.
Quedé conmovido. Tuve una enorme sensación de asco y me sentía desprotegido, invadido. La rata pudo haber entrado en otras ocasiones. Pudo haberse paseado por el resto de la casa y dejar su mierda por cualquier lado. La puerta del baño no estaba siempre cerrada. A veces la dejaba abierta, otras no. Ahora esa despreocupación desaparecía para darle lugar al asco y a la paranoia.
Comencé a rellenar el agujero. Junté piedritas y algo de tierra. Cuando las echaba dentro de esa oscuridad notaba que el hueco era más vasto de lo que imaginaba. Acaso debajo del piso había un profundo pozo? ¿Los cimientos de mi casa estaban sostenidos en el aire? Eso explicaba la llegada de la rata, tenía un espacio enorme donde moverse. Pero de dónde vino la rata y cómo llegó a ese hondo espacio?
Junto a la puerta del baño, del lado de afuera del mismo, hay una tapa, ubicada en lo que sería el living de mi casa. Hay que entender que esta es una casa de más de cuarenta años y también hay que saber que sufrió reformas. Esta parte, la del living y baño, era fondo, patio y quizás había un pozo o un aljibe o algo parecido. Cuando hicieron este baño armaron una especie de cloaca y la taparon bastante bien, ya que nunca se filtró olor a mierda. El tema es la antigüedad. Los caños son viejos y ya me pasó que algunos tuve que cambiarlos porque eran de plomo y estaban podridos. Los cambié por los que se usan ahora, de plástico. Lo que imaginé es que el caño, o los caños, que van de la cloaca al baño estában hechos mierda. Y que por ahí pasó la maldita rata.
Mi teoría era que entró desde la calle, por el desagote y viajó entre el barro, la mierda y otras alimañas de pozo. Así llegó a mi casa. Así comenzó a turbarme la tranquilidad.
Pensé que lo mejor fue haber visto a la rata. Si no la veía hubiese seguido entrando. Por ese agujero, o por esos agujeros, porque el otro a pesar de no ser tan grande, dejaba espacio suficiente para que pasen otros bichos, como las cucarachas. Y las cucarachas entraban. En verano, apenas comenzaba la estación, los primeros calores, aparecían rondando la bañadera o por el piso, medio atontadas pero presentes. Y la solución, al menos para que no se las vea en la superficie, era el Raid negro. Destructivo, echaba dentro de esos agujeros y listo, aparecían menos y encima muertas. Pero ahora tenía que enfrentarme a la rata.
Tapé las aberturas con trapos. Antes, eché cebo.
A los dos días, a eso de las cinco y media de la madrugada, mientras estaba en el sillón del living leyendo, escuché a la rata. Estaba del lado del agujero más pequeño, raspando. Raspando para que ese agujero se amplíe y le dé espacio para entrar por ahí. Otra vez la impresión, la piel de gallina, el asco y el temor a que la rata, o las ratas, porque ya imaginaba una cueva llena de ratas,  vuelva a entrar al baño. Comencé a patear el marco de la puerta para que el ruido la asustara y dejara de lado su labor, pero siguió. Tenía la puerta cerrada del baño y no quería entrar. Así, me fui a trabajar.
A la vuelta tomé valor y con mucha cautela y el secador de piso en la mano abrí la puerta. Miraba hacia los agujeros y los trapos seguían en su lugar. La rata no podría haber entrado. Sin embargo, y antes que sucediera lo de la rata trabajando, cada vez que entraba al baño era con el mismo temor.
Me tranquilicé pero el efecto rata se hizo presente en mí. Ya no era sólo el baño. La imaginaba caminando por la cocina o el lavadero. Tapé una rejilla y revisé si había agujeros en el resto de la casa. Ninguno. Me fijé si había mierda de rata por algún otro lado pero tampoco estaba muy convencido, nunca había visto mierda de rata. Algunos me decían que era como un granito de arroz de color negro, otro me dijo que era como un champignón. No sé, no encontré nada de eso.
Un día estaba sentado en el inodoro y escuché, o creí escuchar el chillido característico de la rata. Ese sonido agudo perturbador. Me imaginé una rata y sus hijitos. Pequeñas ratas deambulando el pozo que estaba debajo de mi casa, queriendo entrar a mi mundo, el de la superficie, recorrer el baño, infestarlo con su mierda y obligarme a prenderlo fuego. No podía dejar que la rata y sus hijos se apoderasen de lo mío.
Llamé al Tano Loco, el plomero, gasista, electricista y demás oficios, que siempre me ayuda para arreglar cosas en casa. Le conté. Me dijo que había que levantar la tapa y que ante eso íbamos a enfrentarnos a un nuevo mundo. Lo sabía, monstruosidades de todo tipo nos esperaban. Debía tomar las precauciones. Cerrar las puertas de las habitaciones, poner algo que contenga a los bichos que quieran pasarse al lado de la cocina, desenchufar aparatos y sacarlos de las proximidades del baño. Había que armar una zona limitada donde no puedan pasar a otro sector de la casa y a su vez encerrarlos dentro de un perímetro donde pudiéramos destruirlos. Mi idea era subirme sobre dos sillas, en cada una apoyar mis pies y con un viejo escobillón comenzar la matanza. También comprar un Raid negro y tirar encima de todas las cucarachas que salieran
Así, nos ocuparíamos de la o las ratas y sabríamos con certeza si había algún caño roto y la inmensidad del agujero que estaba debajo del baño. Eso nos llevaría a la solución, cambiar caños (esperaba no tener que romper mi hermoso piso) y/o rellenar el agujero (la solución que más deseaba ya que no habría que romper los pisos).Llegó el día. Tenía miedo. El Tano estaba nervioso, ansioso, más de lo normal en él. Armamos el perímetro para que ningún bicho entre a otro sector de la casa. Luego acerqué dos sillas a la tapa que pronto íbamos a levantar y agarré un escobillón gastado. Estabamos listos, en silencio.El Tano se agachó y ayudándose con una barreta levantó la tapa. Algunas cucarachas salieron, pocas, les echamos Raid encima y murieron. Quedaron boca arriba con sus patas inquietas resistiendo la muerte. Faltaba una tapa más, profunda. Algo acechaba debajo de esa segunda tapa. Lo percibía. El Tano volvió a agacharse pero metiendo parte de su cuerpo en el agujero que quedó al despejar la primera tapa. Volvió a usar la barreta y con gran esfuerzo levantó el cuadrado de cemento.El piso del sector de la casa donde se vivió este espectáculo es de color rojo con pintitas de color blanco. Todo quedó negro, y entre medio algunas manchas blancas que se movían rápido, escapando, buscando dónde meterse. Fue como si la luz que ingresara a ese agujero hubiese lastimado a todos esos bichos. Cucarachas negras, algunas rojas y muy pocas blancas, albinas. Desde mi posición luchaba entre aplastarlas con el escobillón y no caerme de las sillas. Y cuando levanté la cabeza vi al Tano Loco cubierto de cucarachas. Y cuando digo cubierto digo que no había espacio en su cuerpo que no tuviese un blatodeo escalando y bajando como en! una aut opista congestionada.El Tano saltaba y gritaba. Insultaba en castellano (la concha de su madre!) y en italiano (va fanculo!, porco Dio!, Eva putana!). En un momento, mientras las cucarachas vencían mi resistencia y comenzaban a ocupar parte de mis sillas donde estaba apoyado, el Tano, en su desesperación y sin querer pisó mal y cayó con una pierna dentro del pozo. Entonces fue cuando su rostro comenzó a quedar tapado por estos bichos. No lo atacaban en forma concreta, sino que su cuerpo era un lugar de tránsito por donde las cucarachas se movían a gran velocidad. El piso estaba negro y no sólo comenzaban a caminar por mis pies y piernas sino que también traspasaban el perímetro que habíamos armado con el Tano Loco.Con un profundo esfuerzo bajé de las sillas para ayudar al Tano. Comencé a sentir las cucarachas por mis piernas y las sentía llegando a la altura de mi ingle. Tomé de un brazo al Tano. Estaba como atascado pero a la vez sentía que se hundía. Entre gritos soltó un alarido, algo monstruoso parecía tenerlo retenido. Y entonces las vi. Las cucarachas les abrieron paso como si fuera una antigua batalla, cuando la caballería ataca al enemigo dejando atrás a aquellos valientes que fueron al frente a enfrentarse cuerpo a cuerpo.Ahí fue cuando solté al Tano. Fue su cuerpo el que dejó de hacer fuerza. El peso del mismo lo llevó a hundirse aún más en el pozo. El grito ahogado y las ratas comenzaban su participación.Como se supone, primero atacaron las piernas del Tano, en menos de un minuto, con una voracidad escalofriante, apenas dejaron pedazos de carne colgante en los huesos de las mismas. Mi amigo se hundió aun más en el pozo quedando apenas agarrado al borde del agujero con sus manos tembolorosas. Y fue entonces cuando una de las ratas, escapando al trayecto que las demás ratas segu&iac! ute;an, subió hasta la cabeza del Tano y allí, con unos dientes que jamás vi en una rata, asestó una mordida con sus colmillos en la frente del cuerpo despedazado. Los ojos del Tano se pusieron blancos y luego se llenaron de sangre, sangre que caía del agujero que la rata había hecho en la frente de su cabeza.Ya muerto, y con la rata dentro de su cabeza comiendo parte de los sesos del Tano, y con el resto de los roedores monstruosos haciendo lo suyo con la parte torácica, los hombros, el cuello y los brazos, huí. Huí antes de que me atrapen. Mi cuerpo estaba lleno de cucarachas. Era una masa oscura con algunas manchas blancas, como la primer imagen que tuve del Tano antes que lo ataquen las ratas.Apenas podía moverme, movía mis brazos, mis piernas en sacudidas que hacían volar a los insectos pero que no lograba liberar a mi cuerpo del todo.Para colmo, la rata que ya a esa altura se había comido el cerebro del Tano fijó su turbia mirada, con sus ojos achinados y pequeños, en mi. En ese momento, tuve un instante de lucidez trascendental. Si bien, y por instinto, me dirigía hacia la puerta de calle para correr hasta el infinito, pude iluminarme en mi desesperación y recordar que tenía dos bidones de nafta que mi viejo había dejado hacía bastante tiempo guardados en el lavadero.Debía encontrar los bidones, que estaban a mano, pero también un encendedor y las llaves de mi casa para escapar por el costado y no por la salida principal. El lavadero daba a un pasillo que presentaba otra salida por medio de una puerta de rejas. Por ahí saldría al jardín y de ahí a la calle. Pero mientras pensaba en todo esto (pensamiento que duró segundos y en esas circunstancias parecía mucho) la rata atacó y mientras lo hacía yo me movía hacia la cocina con mi cuerpo tapado de cucarachas. Por suerte todavía no me hab! í an tapado los ojos ni habían entrado a mi boca, ya que la mantenía cerrada, con dificultad, porque apenas podía respirar, pero mis fosas nasales aun estaban libres.La rata mordisqueó mis piernas pero no lograba asestar un mordisco certero porque las mismas cucarachas se lo impedían. Igualmente, cada tanto, sus colmillos llegaban a destino y me causaban un dolor lastimoso. Aparte me movía, con dificultad, pero con un ánimo sorprendente, irracional, intentando poner fin a esta locura. El anhelo de querer salir vivo movilizaba mi cuerpo más allá de la fuerza que pudiera tener.En la cocina encontré el encendedor al lado de la hornalla, donde lo dejaba siempre, y abrí algunas, para que salga gas y el fuego haga explotar todo.Corrí hacia el lavadero, y miré hacia el pozo sin detenerme. El Tano estaba casi desintegrado y las ratas, que eran muchas, comían los últimos restos. Una vez terminado con él se iban a ocupar de mi.Tomé un juego de llaves que estaban colgadas en el llavero y a los tropezones, lleno de cucarachas y con la rata sobre mi rodilla derecha causando daño, entré al lavadero y me agaché para agarrar los dos bidones. Agacharme fue casi mi derrota. Me costó hacerlo con la rata carcomiendo mi pierna pero aparte, al agacharme, la rata se prendio de mi pecho, pudo haber sido mi cara, lo que significaba el final, y ahí sí las mordidas se sintieron casi como la muerte. Con la mano derecha quise sacarla, empujarla pero estaba agarrada. Entre medio de las cucarachas encontró un resquicio por donde penetrar mi carne. Grité, fuerte, con sumo dolor. Saltaron lágrimas y la derrota comenzaba a ganar lugar en mi mente. Pero el impulso de vida me hizo resistir y me paré, con los dos bidones, las llaves en el bolsillo del pantalón, lleno de cucarachas ensangrentadas, sangre de mi pecho y la rata, incómoda, porque ! al levan tarme perdió el equilibrio, y avancé hacía la puerta de rejas. Ahí me tiré contra la puerta misma, intentando golpear a la rata contra las rejas y el impulso fue eficiente, la rata, que ya venía incómoda sobre mis carnes, cayó del otro lado de la puerta, del lado del jardín. Aproveché y antes que vuelva a atacarme abrí un bidón y corrí de nuevo hasta la puerta del lavadero y comencé a echar nafta mientras, volviendo de espalda a la puerta de rejas, cubría el piso del pasillo con más líquido inflamable.Cuando estaba por abrir la puerta de reja las veo. Asomaban por la puerta del lavadero, la sangre les dejó mi rastro. Me ubicaron y vinieron hacia mi. Ya tenía la llave puesta y di las dos vueltas necesarias para abrir la puerta. Lo hice. Pasé al otro lado, la rata que me atacó primero no estaba y corrí hacia la puerta principal. La abrí y entré al comedor. Cerré la puerta principal y algunas ratas quedaron aplastadas justo cuando me estaban alcanzando. Abrí el otro bidón y restregué nafta por toda la casa sin acercarme adonde estaba el pozo. Escuchaba los chillidos, cada vez más ratas asomaban desde el agujero y tomaban mi casa. El olor a gas era insoportable. Mi cuerpo tenía menos cucarachas y me permitía moverme mejor, aunque el dolor por las mordidas en el pecho era insoportable. No quería mirar, pero sabía que tenía un agujero importante. Y luego, saqué el encendedor de mi bolsillo.Cuando prendí el encendedor y apoyé el fuego en el rastro de nafta, estaba con la puerta principal semi abierta. No me importaba si entraba alguna rata a atacarme, ya me sentía triunfal. Ese momento fue de satisfacción, entendía que de esta las ratas no iban a escapar. Y salí corriendo. Pisé algunas ratas, fui mordido en los pies por ot! ras, per o al llegar a la calle y seguir mi carrera hasta la esquina, ya nada me importaba. Al rato, la explosión. El fin.Los vecinos salieron. Las sirenas, a los pocos minutos, comenzaron a sonar más cerca, llegaban los bomberos, la policía, la ambulancia. Estaba enmudecido. Me preguntaban qué había pasado. No tenía respuestas, estaba en estado de shock, pero estaba consciente, sabía lo que había pasado. En un momento, cuando intentaban subirme a la ambulancia y llevarme al hospital, me acerqué a la puerta de casa y miré hacia adentro . Entre los escombros, entre medio del fuego y de los hombres estaba ella, la más grande, la que se salió del itinerario a la hora de atacar, la que no quiso hacer el mismo camino que sus compañeras y la que casi desolla mi pecho. Me miró y la miré y supe que no era un simple roedor, que del mundo de donde venía no era el mundo nuestro, el de los humanos y de las incautas ratas.
 


















 
 
 
 

 

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Published on e-Stories.org on 29.05.2014.

 

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