Héctor de Souza

El artesano de Dios

De esta manera lo conocieron por las calles, los caminos y las casas de Pirajusar: el artesano de Dios. Nadie accedió a ver su registro de nacimiento ni documento alguno, pero todos sabían que su nombre era Teodoro Benuri; aunque, como alusión a su versatilidad para los oficios, lo llamaban Bezaleel, el artesano de Dios.
 
Una primavera llegó a Pirajusar. Para los habitantes no era todavía Bezaleel, pero sí se supo que era hijo de un humilde granjero y carpintero de Villa Fetén. Se estableció en el Café y Bar Las Vías. El gallego Gigirey le ofreció un lugar para dormir en el depósito del boliche a cambio de diversas tareas menores en las que el muchacho se prodigaría. Pasaron los años y su gratitud hacia el gallego no decayó.
 
A pesar de su poquedad de ánimo, tenía una difusa jovialidad. Su permanente sonrisa y una mansedumbre infinita, le conciliaron rápidamente el favor de la gente. Era flaco, feo y taciturno, con los rasgos agudos, la tez morena, el pelo negro y crespo, los ojos vivos y renqueaba de una pierna.
 
Parece increíble, pero la llegada del muchacho –un episodio ínfimo en su momento– vino a configurarse en un acontecimiento relevante en la vida del pueblo. Ocurrió que, con el tiempo, empezó a reconocérsele por su carácter solícito y por el prodigio de sus aptitudes. Se transformó en un artesano apacible y retraído que estaba siempre pronto a complacer y servir con generosidad a los otros. A estas cosas sencillas debió Bezaleel su fama.
 
Llegó a dominar con mucha pericia varios oficios: carpintero, ebanista, herrero, orfebre, talabartero, albañil, mecánico, jardinero, pintor; se daba maña para lo que fuera. Sus extraordinarias habilidades naturales explicaron que se le bautizara con el nombre del personaje bíblico.
 
En sus días de madurez, la apariencia de Bezaleel fue cambiando: los rasgos se hicieron más toscos, incrementando su fealdad; el cabello quedó largo e hirsuto; la túnica sin mangas, demasiado holgada, dejaba ver unos cuantos andrajos en el ruedo. La barba creció desmedidamente y, abundante en volumen, reposaba las puntas de los pelos montaraces en la mitad de su pecho. Su renqueo era más y más marcado; cuando iba y venía en el trabajo, se acentuaba la inclinación del cuerpo haciendo tumbos. Parecía un presagio, como si fuera confundiéndose, gradualmente, con la forma del destino del pueblo y con el suyo propio.
 
Pero, en algo no cambió; no dejó ni por un instante de estar al servicio de la gente.   
 
Rodaron los años sobre Bezaleel. Tal vez porque nunca se enloqueció por tener cosas o porque descuidaba de sí mismo, lo cierto es que vivió perpetuamente de prestado, aquí y allá. Después de parar en el depósito del Café y Bar Las Vías, recaló en un cuchitril abandonado en la estación del ferrocarril, al costado de la boletería para expender los pasajes; terminó durmiendo en la sacristía de la parroquia San Blas por un acto de caridad del cura Alfonso.
 
Sabemos todo esto, unas minucias biográficas. Pero, nadie supo con certeza si Bezaleel alguna vez tuvo el énfasis de una breve dicha. Tampoco, si sospechó lo valioso que era para los demás.
 
En las postrimerías de la vida de la estación del ferrocarril, cuando declinó la actividad hasta horadar la subsistencia del pueblo –que se fue hundiendo lánguidamente en el olvido–, Bezaleel, viejo y cansado, sintió la misma profunda tristeza que aplastaba a todos los habitantes. Cuando la estación hacía tiempo que había dejado de funcionar y estaba desmantelada, y el pueblo agonizaba, una mañana de otoño, Bezaleel se encaró con ese paisaje desolador. Quizá, en el devenir de las cosas, no lo había percibido con tanta nitidez. Pero ese día sintió el horror de la desesperanza. Era mirar la estación y ver la oficina del jefe Artemio Goldaracena cerrada con un candado. Más allá, contigua a la estación, estaba la casa de chapa de cinc de Goldaracena; apenas se distinguía: su estado de abandono la hacía poco menos que irreconocible. Miró alrededor. Se hallaban en el predio aún, más como vestigios de una fuente de indicios que como una existencia indiscutible, el horno de amasar, el chiquero sin cerdos, los alambres del gallinero en el suelo y el galpón, que a pesar del techo de chapa que reemplazaba el de paja quinchado de otros tiempos, era el mismo galpón: lo reconoció en el tallado de los horcones y en la comba del tirante frontal, porque los había hecho con sus propias manos. Años atrás, antes del suicidio de Goldaracena, había visitado muchas veces esa casa, en la que, ahora, el techo estaba arruinado por la intemperie y las hormigas, y una enredadera salvaje, que se metía por las ventanas, cubría casi todas las paredes.
 
Después de ese día, no volvieron a verlo en Pirajusar; Bezaleel desapareció como si se lo hubiera tragado la tierra.
 
Los viejos del pueblo, que han perdido la nostalgia y solo quieren morir en paz, de vez en cuando conjeturan sobre el destino de Bezaleel. Aun sin dejar de profesarle cierta envidia, urden sus historias.
 
Hay quien dice que Bezaleel sintió, más que el espanto de la realidad, un gran vacío: ya nadie lo necesitaba. Por eso se habría ido. Y como era un hombre modesto y digno, debió hacerlo silenciosamente, sin alharaca; de modo discreto, igual que como llegó.
 
Otros, en cambio, con algún grado de verosimilitud, aseguran que murió y está enterrado en Villa Fetén. Y hablan de estas cosas.
 
En el cementerio de la parroquia de Villa Fetén hay una tumba inconfundible; puede distinguirse claramente del resto. La mayoría de las tumbas están cuidadas con esmero. Sin embargo, más allá, donde la vista alcanza, siguiendo el tortuoso sendero funerario que, hacia una hondonada, conduce a los fondos del cementerio de la parroquia, puede encontrarse, en una pequeña parcela agreste, debajo de un ciprés desgreñado, una lápida con una sencilla cruz de hierro que nombra e indica el lugar de la sepultura. No es fácil ubicarla, tal como si el follaje y el desaliñado pastizal circundante tuvieran ese propósito. Por lo mismo, es fácil diferenciarla de las demás.
 
Según cuentan, en las noches de luna, puede verse una sombra esmirriada y tambaleante recorrer el cementerio. El espectro, con pasos trabajosos pero sin dejarse oír, ofrenda su sobrado tiempo yendo de un lugar a otro. Con unción, expertamente prolijo, mantiene limpias y bellas todas las tumbas; excepto la que tiene la lápida con una sencilla cruz de hierro, debajo del ciprés desgreñado.
 
FIN
 
 

 

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Published on e-Stories.org on 03.04.2014.

 

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