María Sánchez

Lágrimas de Plata

Era una cálida noche de verano, el aire removia la arena de las dunas del desierto al rededor de mi poblado, mientras yo, en mi catre, daba vueltas en las mantas sin poder conciliar el sueño, con el calor pegándose en mi piel.
Desistiendo, me levanté de mi cama y salí al aire del exterior que, aunque caliente, me enfriaba el cuerpo. Alcé la cabeza hacia el cielo y empecé a contar estrellas, cuando, de repente, oí un alarido, unos golpes, forcejeo y silencio...
Rápidamente, me oculté tras unas cajas de madera amontonadas.
Ví huir una sombra furtiva y al pasar junto a mí, se le cayo un algo plateado que parecia un rayo de luna.
Cuando me asegure de que la persona no volvía, me acerqué al supuesto reflejo de luz, y ví una lágrima. Una lágrima plateada, pulida, perfecta. La recogí con cuidado y la guardé en el puño de mi mano, bien segura. Volví al punto de partida y fui hacia donde habia oído salir el grito y, con cautela, busqué por el lugar.
A mis pies, de súbito, me encontré con la figura de mi vecina Sayi. Estaba tumbada boca abajo. Levante su cuerpo y, poco a poco, la coloqué mirando al cielo... y ahogué un grito de espanto.
Pues le habian sacado los ojos.
No respiraba, estaba muerta, pero lo mas desconcertante de ella era la mueca que dibujaban sus labios, abiertos; los cabellos desordenados, alborotados, y unas evidentes marcas rojas en su cuello. Había luchado por su vida, pero el asesino fue más rápido y fuerte que ella.
Le sacó los ojos cuando aún estaba viva. Despues la axfixió.
Grité con voz ronca, pidiendo auxilio. Algunos vecinos salieron a ayudarme, y entre lágrimas y suspiros, se llevaron a la difunta.
Yo, temblando, volvi a mi casa y esperé a que pasase la noche.
Cuando salió el sol, me encontré a mí mismo agarrando el puño que contenia la lágrima, aún cerrado. Tenía los dedos agarrotados, pero con esfuerzo me abrí la mano. A la luz del sol era casi transparente.
En las noches siguientes hubo más asesinatos. Todos aparecian sin ojos y ahogados, pero yo no salía de me casa. Me sentia culpable. Guardaba para mí mi descubrimiento.
El miedo no me permitía descansar, cuando, por fin, una de las noches un ruido me hizo comprender que se habia introducido en mi casa y, como una sombra, iba hacia mi habitación.
Yo cerré la puerta, pero el ser la transpaso como si fuese niebla. Sentí las tablas crujir bajo sus pies, la boca se me secó como el cartón, el corazón me latió, desbocado, hasta tal punto que yo pensé que él lo podría oir. El cabello se me erizo al sentirme vulnerable ante su figura, el miedo inundaba todo mi ser. Ví al asesino al otro lado de mi habitación.
Con la luz pude apreciarlo mejor. Era un ser cadavérico, de piel cenicienta y ojos hundidos e inyectados en sangre. El pelo que le quedaba, blanco, le colgaba, sucio y desigual. No tenía nariz, y un corte en la cara, a modo de boca, sin labios. El fantasma de mis pesadillas.
Alargó una mano esqueléica hacia mí y, con un graznido, me exigió lo que se le había caído la primera noche. Me ofrecio riquezas, poder e inmortalidad, pero ante ese enjendro no podía creer que me estuviese diciendo la verdad.
Yo retrocedía, y el ser avanzaba, hasta que me topé con la pared. Estaba mudo de terror. En un momento, el deforme ser acercó su mano hacia mi cara, alabando mis ojos con deseo... y entonces recordé lo que le había hecho a mis vecinos.
Llenándome de valor, arrojé la lágrima al suelo y la pisé, rompiéndola en pedazos.
La criatura chilló con desesperación. Se tiró a coger los pedazos rotos y despues, con mirada asesina, se volvió hacia mí.
Intentó levantarse, pero no pudo. Se empezó a convertir en polvo. La mano, cuando la movió; las piernas, al intentar incorporarse. Con espasmos se fue disolviendo, y con un ultimo estertor y alarido, desapareció en el aire.
Los pedazos de la lágrima se licuaron y pasaron a un vapor blanquecino que atravesó el techo de mi dormitorio y desapareció.
Despues, el polvo del monstruo se fusionó con el suelo, desapareciendo, y no quedo de su rastro más que mi miedo y el recuerdo de las personas asesinadas.

 

All rights belong to its author. It was published on e-Stories.org by demand of María Sánchez.
Published on e-Stories.org on 02.04.2014.

 

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