Héctor de Souza

La bizquita

 

“Entre el alba y la noche hay un abismo
de agonías, de luces, de cuidados;
el rostro que se mira en los gastados
espejos de la noche no es el mismo.
  El hoy fugaz es tenue y es eterno;
otro Cielo no esperes, ni otro Infierno.”

                                                                                                       Jorge Luis Borges
 
                                                                                                                                                                 
El jefe Artemio Goldaracena regresó a su oficina en la estación del ferrocarril después de la siesta. Miró los papeles apilados sobre el escritorio. Mientras los veía, se puso a adivinar cómo sería su tarde. A primera vista, iría a ser como todas.
 
Aderezó el mate amargo con automatismo, repitiendo un ritual diario. De la infusión de la mañana solo quedaban despojos. Mediante raudos y precisos movimientos, excavó con la bombilla de plata dentro de la calabaza hasta subvertir el orden de la yerba. Creía que con esas esmeradas maniobras podría extraer algo nuevo o volver a su primer estado a aquel puñado de empobrecidas hojas de té de los jesuitas.
 
En un repente, cambió su rutina y se preparó una tisana. Todo hacía presumir que tenía congestionado el hígado; acaso, una digestión pesada. Nada mejor que estimular la función gástrica con la ayuda de un tecito de carqueja. Entendía que era una verdadera panacea para el mal asiento. Solía decir que una proporción de carqueja de veinte gramos por litro de agua caliente era el mejor bajativo. Como puede resultar muy amarga, se puede disimular el gusto con una hojita de menta, aconsejaba con gran suficiencia.
 
Ese día se había sentado a la mesa un poco más tarde que de costumbre; era indudable. Toda su persona producía los indicios de un copioso almuerzo: los suspiros que lanzaba, los fragorosos eructos, la salpicadura en la camisa blanca. Un profuso calor en el estómago, como el que nace después de una puñalada, le trajo el ácido recuerdo del repiso que había bebido durante la comida; era de esos tintos que, apenas ingeridos, dejan sus efectos más rotundos en el dolor de cabeza y en la boca seca e inflamada. Pensó, resignado, en el brutal precio de infierno que hay que pagar por los gloriosos excesos.
 
Cuando todavía la carqueja no le había demostrado ni el más incipiente beneficio de sus propiedades curativas, la puerta del despacho se abrió casi al mismo tiempo que tocaron unos tímidos nudillos. Por la abertura asomó la cara de Apolo Rivero. Era un ordenanza viejo, útil para diferentes fines y para ninguno en particular al mismo tiempo, que Artemio Goldaracena aprovechaba como si fuera un ujier de cámara. Todo el mundo lo conocía como el Negro Apolo, remoquete tomado de una tan manifiesta como sosa referencia al color de su piel que, por comparación, podría decirse, tiraba a blanquecino al propio carbón.
 
–Don Artemio, lo busca la entenada de Zaldumbide –Apolo Rivero se adelantó unos pocos pasos, sumiso, para hacer el anuncio en voz muy baja, casi inaudible.
 
–¿Sí?
 
–Estaba dando vueltas en la sala de pasajeros. Dice que necesita verlo por una convocatoria de trabajo.
 
–La hubieras hecho pasar. Que entre… –dispuso de forma expedita Artemio Goldaracena, quien nunca había ocultado su amistad con los Zaldumbide y, además, como se suele decir, ellos, Goldaracena y el matrimonio Zaldumbide, eran correligionarios y se entendían.
 
Apolo Rivero salió silencioso como una sombra.
 
–Entre; don Artemio la espera.
 
–Gracias –respondió la muchacha después de adivinar, no sin dificultad, lo que Apolo Rivero le había susurrado.
 
El viejo ordenanza hizo una ligera inclinación en ademán de reverencia. Cuando la muchacha ya franqueaba la puerta del despacho de Artemio Goldaracena y alzó la cabeza, la acompañó detrás, obsequiosamente, con la sonrisa sin vida que hacía brillar la blancura de sus dientes, y que, como una furtiva señal de cortesía, casi siempre se le escapaba de entre los labios carnosos. En ese momento, acercándose, le farfulló:
 
–Es preciso dello con dello, si no, no es vida.
 
Las palabras fueron pronunciadas como un murmullo. La muchacha no se dio por enterada. No estaba como para interpretar lo que le pareció un ripio que, por si fuera poco, expresado con la opacidad de una tenue voz, más había imaginado que oído. Y guardó el dicho consigo, aunque sin razonar qué sería eso de andar necesitando dello con dello.
 
El aspecto endeble de Apolo Rivero contrastaba con el de Artemio Goldaracena, un hombre alto y robusto. De bigotitos recortados y piel cetrina, Goldaracena usaba lentes todo el tiempo y vestía, invariable, un traje oscuro y raído, con un corte pasado de moda. Su mirada, siempre alerta y vivaz, ardía menos por el fuego desatento de la vida que por el efecto de su contumaz abuso del alcohol.
 
Artemio Goldaracena, sin dejar de beber brevísimos sorbos de la tisana caliente, sugirió:
 
–Entrá, m’hija  –y la invitó a sentarse. Luego, depositó la taza sobre el escritorio y se dispuso a atender a la recién llegada.
 
El despacho de Artemio Goldaracena le pareció a la muchacha el más inmenso del mundo. De seguro el caso no era para tanto, y no tenía ella la experiencia en oficinas burocráticas como para ingresar en comparaciones fiables. Pero, las apariencias –no siempre tan engañosas como se dice–, fueron más acertadas de lo previsto. La verdad es que la habitación era, sin lugar a duda, la más grande del edificio de la estación. Muy amplia, tenía las paredes cubiertas con un viejo empapelado estampado en un motivo de flores pajizas, con un esplendor un poco marchito, cuyos jirones temblaban con las corrientes de aire. Presidiéndola, detrás del escritorio dispuesto para recibir lateralmente la luz de la ventana, el Escudo de Armas del Estado proporcionaba el toque de unción propio de su calidad de símbolo patrio. Enfrentada a la ventana, una biblioteca de tres cuerpos guarnecía en sus anaqueles unos libros fuera de uso, varias carpetas rectangulares de cartón cerradas por cintas y cantidad de resmas llenas de polvo y con una utilidad imposible de adivinar. Al escritorio de Artemio Goldaracena, dos sillas tapizadas lo circundaban a su frente.   
 
–¿Andás con ganas de trabajar? –interrogó el jefe Artemio Goldaracena.
 
La muchacha, sentadita frente a él, las rodillas pegadas, las manos heladas por la transpiración, con un vestido completo de paño de un color propio de su edad y de su aire serio, y el cabello recogido, podía disimular su mirada torcida, ahora casi imperceptible salvo por cierta desviación de astigmatismo que ocultaba con el uso perpetuo de anteojos. Podía pasar por alguien humilde, sí. Pero, su modo, a veces tímido, a veces desenvuelto, y su primera exclamación, disiparon todas las dudas con respecto a su voluntad.
 
–¡Sí, quiero trabajar! ¡Más que ninguna otra cosa en el mundo!
 
–¿Qué es lo que sabés hacer?
 
–Labores –respondió con prístina ingenuidad, quien, si bien se mira, era extremadamente hábil en los quehaceres de aguja, ya fueran artesanías de cosido, bordado, tejido o encajes. Y a nadie se le ocurra menospreciar: a fin de cuentas, son las manos, a no dudarlo, grandes fraguadoras de inteligencia.
 
–No, no; me refiero a tareas administrativas: dactilografía, contabilidad  –pretendió explicar Artemio Goldaracena–. En estos tiempos, para trabajar en una oficina se necesita, digamos, cierta preparación –terminó vocalizando con énfasis.
 
La muchacha se sonrojó. Lo que más le dolía, como les sucede siempre a los ingenuos, era eso mismo, su ingenuidad y, en este caso, la vergüenza de sufrir por su insignificancia.
 
Después de un silencio que le pareció interminable, reaccionó, trémula:
 
–La verdad, no sé, de eso no sé –y, casi de inmediato, se percató, al decir estas palabras, de la infinita omisión por no haber agregado “pero sé que puedo aprender”. No pudo volver sobre sus pasos; quedó callada. Sintió, en aquel momento, el malestar desmesurado que da el arrepentimiento por esos silencios de palabras no dichas, por lo que se debió decir y no se dijo. Y pudo sospechar que el silencio no siempre es dulce, y que a veces nos despoja de las cosas que amamos o nos priva de las que más deseamos.
 
–Bueno, no te preocupes, algo vamos a encontrar para que puedas hacer –la tranquilizó Goldaracena, como si pensara en voz alta.
 
Acto seguido, se despidió y, a la vez, sin más explicación, la citó para comenzar a trabajar en la boletería: debería despachar las encomiendas y la correspondencia, y expender los boletos o abonos que aseguraban a los pasajeros el derecho de viajar y de ocupar los asientos en los coches con salones. Ella se lo agradeció como una donación, y desde entonces le guardaría lealtad y devoción. Y fijó para siempre en su memoria la fecha de ese día de marzo del año 1945.
 
En ese lugar, debajo del armazón de chapas de la estación, con el cartel de letras enormes, el tanque de agua a lo lejos, las señales en la vía, la sala de espera provista en lo alto de un reloj muy grande –de mecanismos complicados y pesados– para que los viajeros tuviesen conocimiento de la hora del día, y unos bancos de madera para hacer más descansada la espera, con los años tendría la muchacha la oportunidad de descubrir que algo más grande y real que su mínima existencia había dentro de sí; allí, en ese recinto, en la estación de Pirajusar, donde de haber existido numeración habría sido el número uno de la calle Trevithick (la calle de la estación y arteria del pueblo, cuya singular nominación fue dada por los pioneros pobladores en homenaje a Richard Trevithick, inventor de la locomotora a vapor de alta presión). 
 
Al volver a su casa, deshaciéndose en demostraciones de alegría, no demoró en contarle las buenas noticias a la mujer de Zaldumbide, a quien nunca llegó a reputar como madre y la llamaba por su nombre de pila.
 
Esa tarde, entró a su cuarto y cerró la puerta. A solas, recordó el día de 1928 que, con siete años de edad, llegó a Pirajusar; recordó que, sin explicarle nada, los Zaldumbide la habían subido a un tren en Montevideo para emprender un silencioso viaje; recordó que serían las cinco de la tarde cuando llegaron a la estación del pueblo y recordó el frío y el temor. Recordó que, tiempo después, en la geografía del pueblito de la estación del ferrocarril pisó por primera vez unas lomas donde se puede mirar a lo lejos y unas praderas donde canta el verano; y que por el ejido, como si unas manos le hubieran acariciado el rostro y el corazón, pudo apacentar el espíritu; y que, en el dulce silencio, llegó a escuchar el crujir del sol por las cuestas. 
 
Sus labios sonreían de felicidad. Pero la memoria es ávida y la vida es miel y sangre. La Bizquita se acordó de sí misma. No pudo dejar de pensar que, en la soledad, cuando salía hacia esos campos acompañada por sus propias sombras, el silencio le sabía dulce porque en él soñaba que de nuevo era pequeña, y podía cribar los afectos más puros. Porque en el silencio podía respirar las manos de su madre, que volvían, grandes, a iluminar una memoria que le confería la desvivida redención.
 
Dejó de sonreír. Poco a poco una suave tristeza le iba llenando el alma. Los latidos del corazón se fueron amortiguando uno a uno, más tenues cada vez. Cuando recobró el sosiego, las dos manos unidas como en oración, un leve estremecimiento recorrió su cuerpo.
 
Acaso buscara una definición de su lugar en el mundo. Una fe que le asegurara que todo esto tenía un significado más profundo que las apariencias. Lo cierto es que algo vino a su mente.
 
Mientras las lágrimas le llegaban a las mejillas, recordaba o estaba viendo: los niños a la derecha, las niñas a la izquierda, de pie, expuestos e inermes, en fila, como en un escaparate; y ella aterida y lívida de pavor, entre las niñas, entre las tres paredes blancas y la pared de ladrillos sin revoque. Veía los muebles destartalados y escuchaba otra vez el escandaloso silencio del hospicio que muchos llamaban asilo, hasta cuando Zaldumbide, que llevaba la voz cantante, había dicho, señalándola:
 
“Nos quedamos con la bizquita”.
 
                                                              -----------------------------------
 
El sol había declinado en la estación del ferrocarril. Cuando el jefe Artemio Goldaracena se puso de pie, no parecía triunfante. Parecía apenas recuperado de la indigestión. Quizá fuera el resultado de los hierbajos de carqueja y su acción tónica para el estómago. Eso sí, estaba en paz consigo mismo.
 
Salió lentamente. Tal vez lo confortó verificar, en el insípido trajín de la oficina, que la vida es una mezcla de cosas opuestas entre sí.
 
–Hasta mañana –se despidió de Apolo Rivero. No hubo respuesta: el ordenanza, sentado en el largo banco de madera de la sala de espera, se había quedado dormido. 
 
Y remedándolo, con las palabras y el tono de voz que tantas veces le había oído, Goldaracena agregó una frase que Rivero usaba para explicar que la vida es miel y sangre:
 
–No tiene vuelta de hoja,… la vida es dello con dello.
 

FIN
 

 

 

All rights belong to its author. It was published on e-Stories.org by demand of Héctor de Souza.
Published on e-Stories.org on 18.03.2014.

 

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