Vicente Gómez Quiles

SEBAS Y ADEMIR

 
Sebas y Ademir, son mis mejores amigos. Unos tipos extraños, tozudos e ingenuos, pero con ese fondo benévolo de las mullidas migas de pan antes de atragantarte. Ellos no se conocían y decidí quedar con los dos en un bar chungo de Vallecas, abajo de mi casa.
         Con Sebas tropecé en la presentación de su primera novela titulada: El hombre que susurraba a las mantis religiosas felizmente viudas tras una noche de granizada. Aquella tarde en el hall de una librería a la que no haré publicidad engañosa; bastaron cinco miserables minutos frente al micro para que se quedara la sala completamente vacía. No quise largarme, estaba a gustito en la silla de metacrilato y los bocadillos del fondo tenían muy buena pinta. Mi estómago rugía como una mala bestia, como un octavo pasajero con almorranas y no me importó que el interlocutor fuera tartaja. Para no involucrarme en su padecer, me puse los cascos para oír hip hop, mientras lo veía frente a mí, esforzándose en una diarreica e inútil verborrea. El muchacho me miraba inquieto, algo ilusionado, sudando la gota fría y con los ojos tan abiertos como unos platos soperos por estrenar. Al rato, un señor me dio golpecitos en la espalada. Me sorprendió que hubiera alguien más.
Podría cerrar usted el local interrogó, entregándome unas llaves el dueño del local.
Claro, pero ¿cómo abrirá usted mañana?
No se preocupe tengo otras. Confío en usted.
Pero…
Por favor miré el reloj y ya habían pasado cuatro horas, el hip hop engancha. El librero salió corriendo como si fuera a hacérselo encima. Volví a ponerme los cascos sin apenas inmutarme. Cuando observé que ya no movía la boca ni gesticulaba el colega, cuando descubrí que ya no intentaría nombrar todas las ciudades del imperio Inca, me los quité y pregunté.
— ¿Cenamos?
—¿Lelelelelelele aaaaa aaaagh aharrar a a aaaa gugugugugustatatadodo?
—Mucho, aunque si no hubieras improvisado tanto sería genial.
Grrrrraaaaaccciiiiaaaaaaaas.
 
         A Ademir lo encontré en el metro. En la parada de Lavapies con sus inconfundibles hedores corporales. Desde hace años lleva muletas y un pelo largo y liso hasta la altura del ojete. Es como un lince pero de lejos entre los matojos, un completo virtuoso de la guitarra eléctrica. Eso sí, sentadito, porque de otro modo jodido lo tendría. Me contó que una vez le robaron las muletas y lo llevaron en caballo a casa. Yo como no quiero contradecir, me lo creí. Además, es muy común ver cómo los jockeys montan por los subsuelos de Madrid.
          Reunidos y realizadas las oportunas presentaciones frente a las birras y las bravas. Omitiendo conversaciones del Sebas y el interminable itinerario que realizó Ademir al salir de su cuchitril. Es decir, para no alargar la cosa, andarme por rodeos, no irme por las ramas y dejar de reventar paciencias con la puñetera retórica del sin sentido y en el completo en diferido de lo que por desgracia nos acostumbran ciertos elocuentes y ser políticamente correcto. Les dije que tenía una sorpresa para los dos. Una formidable noticia. Algo que les cambiaría sus vidas. Se quedaron boquiabiertos, tanto que una mosca no tuvo problemas en tocar la campanilla del Sebas. Les aseguré que investigando por internet  comprobé que en Jerusalén el próximo 15 de septiembre actuaría un magnífico curandero. Les confesé que el curandero era famoso por curar las enfermedades, los defectos físicos cono un Cristo del siglo XXI. Había sacado tres pasajes de ida y vuelta a Israel y los tres lo celebramos haciendo chocar las cervezas.
         La expectación era máxima. Mr. Zozorobich, el famoso curandero había montado un escenario descomunal, donde hablaba desde un púlpito y la gente gritaba y alababa sus milagros. Pasadas unas horas, el curandero pedía más voluntarios para sanar. Yo empujaba a mis amigos que estaban con mucha vergüenza. Levantaron la mano y les hizo llamar. Les preguntó su nombre y les pidió que se colocaran detrás del muro de las lamentaciones, desde donde no les veía nadie. El curandero hablaba español mejor que mi amigo Sebas y les daba instrucciones a mis amigos.
— ¿Estáis ahí?
— ¡Sí! —gritó Ademir mientras Sebas arrastró segundos después el posterior eco afirmativo.
— Ademir ¿me oyes?
—si
—Entonces tira una muleta. No tengas miedo —Ademir lanzó una de sus muletas por encima del muro y la muchedumbre atónita, voceando, aplaudió emocionada.
—Tira la otra —y mi amigo lanzó su segunda muleta. La gente exclamaba y alzaba los brazos ante el milagro.
—Entonces, sal del muro y ven con nosotros.
—Te digo que salgas, no tengas miedo que ya puedes andar.
— ¡Ademir, sal te esperamos! —el genio pasó al amigo.
—Habla Sebas, sin miedo.
En eso, se escuchó lo siguiente:
Aaaaadddeeeemmiiirrrrrr seeeee haaaaa cacacacacaíiiiidoooo.
 
 
 

 

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Published on e-Stories.org on 28.12.2013.

 

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